Los libros, los viajes y las cosas

En esta crónica, el escritor Antonio Moreno nos lleva a conocer personas peculiares, así como distintos países, libros, fechas significativas y lugares particulares.

Texto de 23/06/22

En esta crónica, el escritor Antonio Moreno nos lleva a conocer personas peculiares, así como distintos países, libros, fechas significativas y lugares particulares.

Para mis hijos Emilio y Leonardo

Los turistas me echaron de Florencia, pero descubrí Bologna

No tengo la menor idea de cuándo volveré a Florencia. Quizá nunca. Sin embargo, me regocijo con los recuerdos nítidos que atesoro de la ciudad cuna de Dante. Algo había de cósmico en ese viaje: era el último verano del siglo XX, sostuve un inesperado encuentro con Samuel Ruiz, obispo de Chiapas en aquel lejano entonces y, de manera inevitable, pondría en práctica mi manejo del italiano (seis semestres intensivos, traducciones chapurreadas de Ungaretti, novelas leídas de corrido de Bontempelli y Gambini sin consultar el diccionario, me habían dado mucha seguridad para que, al llegar –así lo creía yo– hablara como un perico). 

Debido al intenso calor me corté el pelo a rape. Mis ataques de ansiedad volvieron de nuevo ante tanta gente desplazándose de aquí para allá como hormigas por las calles. Tratando de esquivar a las multitudes, decidí treparme en un autobús para recorrer los pueblos aledaños de la ciudad que Dante volvería legendaria y núcleo de la fundación del italiano como lengua nacional. En esas comarcas me topé con paisajes únicos y una comida más barata y sabrosa. De vuelta a la ciudad, casualmente, me enteré de que el obispo Samuel Ruiz sería distinguido por las autoridades y posteriormente impartiría una charla en una de las salas de la galería Uffizi. Ahí estuve yo escuchándolo. Su Excelencia derrochaba gracia, su sonrisa permanente era esmerada, y por la chispa de sus ojos, podía percibirse que estaba en alerta máxima.

Ante su extraordinario manejo de la lengua italiana, asumí que el curso que había yo tomado con mucha dedicación, no me había sido útil para comunicarme con esa fluidez y elegancia; aunque me hacía entender sin problemas, no pasaba del empleo de un itañol baquetón, mezclando a capricho, pero, eso sí, no dejaba de enfatizar un acento de cantante agripado. El turismo excesivo me echó de la ciudad. Así fue como llegué a una de las mejores ciudades de Italia, quizá la mejor: Bologna, la culta; Bologna, la gorda. En el trayecto de Florencia a Bologna, pasando por villorios, a los que desde la ventanilla del autobús veía con anhelo y nostalgia, leí Pájaros y otros poemas, de Saint-John Perse.   

Los libros y las cosas 

No recuerdo el primer texto leído (quizá haya sido uno de Armida de la Vara, reunido en mi libro de texto de primer año de primaria); sin embargo, flota en mi memoria el título de la primera novela leída de cabo a rabo: Los tigres de Mompracem. Tenía casi siete años y convalecía (durante meses) de una herida en la vena femoral que casi me cuesta la vida. Con el transcurrir de los años, esas sensaciones pueden equivaler a la experiencia del primer beso (por casto, frugal y radiante). Por fortuna, aún no cae esa pesada bruma en la imagen de un niño leyendo la novela de Emilio Salgari (mi hijo mayor se llama así en honor a este novelista italiano).

No se desvanecen las peripecias de Sandokán ante su lucha rabiosa con el enemigo (que pertenecía a su misma cultura) y sus brillantes estrategias para acercarse a la hermosísima Lady Mariana, en cuyos ojos azules no sólo nacían el cielo y los planetas, también bebían agua allí los dragones y los tigres. No llegué por supuesto a dilucidar el contexto del colonialismo atroz en el que las historias tomaban lugar. Estaba ante una obra de descubrimiento y mediación, entre las simpatías por los personajes buenos y el rechazo virulento por los malos. Desconozco la causa de no haber releído dicha novela. 

En la escuela secundaria, el maestro de español leyó en voz alta un poema de Rubén Darío que me conmocionó; y por orgullo, evité el llanto. Aunque estaba ornamentado con muchas palabras que desconocía, me generó sensaciones inéditas. Comprendí que con lectura de la poesía no había que asomarse, como suele pasar con las novelas, al mundo exterior. Eran escasos los mensajes referenciales o nula la necesidad de escabullirse entre las patas de una realidad intonsa (que siempre me ha desagradado). En general, el poema o el verso forma parte del sistema de interpretación más difícil que existe. No abundan las redundancias. Por lo que las relaciones entre el lector y el poema se tornan más complejas. Y porque la ventana de acceso, si es que uno la encuentra, no te conduce hacia afuera. Perdón por el pleonasmo. El poema mismo eleva la esclusa por arte de magia y es cuando el lector, si es que localiza esa consagrada rendija, puede visualizar un riquísimo universo interior jamás visto. 

“En la escuela secundaria, el maestro de español leyó en voz alta un poema de Rubén Darío que me conmocionó; y por orgullo, evité el llanto. Aunque estaba ornamentado con muchas palabras que desconocía, me generó sensaciones inéditas”. 

De carne de camello me como un taco

El compa Ahmed, de origen sirio, hijo espiritual de Mahoma, y también hijo adoptivo del barrio de Balvanera, me contó relatos asombrosos sobre camellos. Tiene 35 años, pero aparenta más edad. Este verano de 2022, si la pandemia lo permite, volveré a probar las delicias que cocina en su pequeño restaurante del barrio de Palermo. 

Los nombres de los platos que me dio a probar los asocié con personajes de novelas mestizas provenientes de la ciencia ficción y las del espionaje colonial: Zaatar, Manakish, Baklava, Mutabbal.  Nada de estas delicias, me confesó, se asemeja a la carne guisada de camello. Cuando su padre desposó a su madre, su abuelo paterno tuvo que sacrificar dos camellos para satisfacer a todos los invitados. El camello es el animal más aludido en el Corán, dice el compa Ahmed. Pese a ello, el pobre camello no alcanza su sacralización como es el caso de las vacas en la India, deduje. Al contrario, se lo comen de mil maneras. 

Antes de iniciar el relato más importante sobre camellos, el compa Ahmed me pidió que pausara la canción que escuchábamos, precisamente sobre un simpático camello (de la banda Tinariwen; aunque no entiendo las letras, es mi banda favorita de la música tradicional del norte de África). Los árabes siguen narrando con las mismas técnicas narrativas imaginadas por Sherezade, por eso son buenos vendedores: después de una descripción minuciosa de hechos triviales, la lógica narrativa anticipa un suceso contingente y realmente motivador, sin duda, y se ve venir; pero de no haber, o no insinuarse, una verdad general que explique un fenómeno aparentemente anormal, la historia del compa Ahmed no valdría ni un peso; como vendedor, sería un fiasco; como narrador, un vulgar mentiroso. 

Todo aquel que se atreva a fisgonear a un camello teniendo relaciones íntimas y logra ser pillado por el rumiante, su vida correrá peligro. El camello no descansará hasta cegarle la vida. Aunque existe una suerte de conjuro para sofocar el impulso asesino de la bestia. Apersogar el camello en un árbol, sería el primer paso; posteriormente, que la posible víctima sea vista por él durante el día. Al llegar la noche, como es la costumbre siria en la época de los calores, extenderá una estera, lo más parecido al petate mexicano, a una distancia prudente del camello, para hacerle creer a éste que pasará la noche a la intemperie. En lugar suyo, acomodará allí a un fantoche bajo las sábanas, con la misma ropa que fue visto. Alguien, con mucha habilidad, desatará el camello y desaparecerá en el acto. Llegada la media noche, el camello tendrá el tiempo suficiente para cumplir su venganza. 

Comiendo en Hungría (1969)

Narrar un viaje no es un ejercicio menor, como tampoco una tarea fácil, porque obliga a poner en marcha técnicas para describir el paisaje y recursos variados que buscan presentizar y, de igual modo, trascender un determinado momento en el que el viajero conecta de manera intensa con el lugar y la gente. De las muchas concepciones del viaje que nos han legado los grandes viajeros del siglo XX, destaco la de Paul Bowles, nómada incansable por culturas y lenguas ajenas a la suya, que precisamente insiste en ese vínculo inestimable al que todo viajero está expuesto; y si quiere trascenderlo, deberá de poner en práctica la búsqueda, el regateo, la interacción, el cruce y también estar dispuesto al trueque: el texto que narra un determinado viaje resulta del todo cuestionable si está mediado por el estereotipo, el prejuicio y por consiguiente el menosprecio por la cultura de acogida. 

El más alevoso resulta ser Mexico: An Object Lesson (1939), del narrador británico Evelyn Waugh, cuyo contenido revela que su viaje que tomó lugar en 1938 no fue por razones placenteras, estéticas ni gastronómicas, sino evidentemente políticas; la traducción del título al castellano confirma que su viaje fue en calidad de corresponsal tanto de la corona como de las empresas petroleras de su país, tal como lo hacían los empleados que contrataba en el siglo antepasado la famosa Compañía de las Indias Orientales; y no la del viajero que quiere aprender lecciones de un país inmenso que desconoce por completo: México: robo al amparo de la ley (2009). Las opiniones de Waugh sobre México podrían ser indignantes si no reconociéramos que poseen algo de certeza, en la medida que aceptamos que esas evidencias forman parte del resultado de una práctica y convivencia con una lengua y una cultura que él, y esto es decir mucho, conoció a medias. 

Un país del tamaño de México, sin querer ponerme romántico, con miles de paisajes únicos y una calidez humana desmesurada que no te cabe en las manos y que por lo mismo te revienta el corazón, se torna escurridizo hasta para los más desconfiados de hoy en día que argumentan sobre la base de oposiciones previsibles derivadas de aquella poderosa metáfora de Domingo F. Sarmiento, aún vigente, ahora bajo el cartabón de chairos contra fifís. Lo mío no forma parte de un alegato de lector. No obstante, Waugh vino a México como periodista corporativo. Decir que México es un país en ruinas, caótico, dependiente de los países ricos y, por si fuera poco, sin ideas ilustradas, no despeluca a nadie; ya don Alfonso Reyes nos ha curado de espanto.  

Waugh trata de imponer su punto de vista siguiendo la trayectoria de una ideología imperial (un inglés conservador, colonialista y que escribe, menos mal, endemoniadamente bien), al momento de valorar los efectos de la expropiación petrolera que había echado a andar el presidente Lázaro Cárdenas, afectando con ello las inversiones y los intereses de Gran Bretaña en suelo mexicano. 

También habría que destacar, por el contrario, Comiendo en Hungría (1969), un libro de una originalidad sorprendente, escrito a cuatro manos por Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias; claro está, son autores ideológicamente opuestos a Waugh, pero en este caso ellos gozan como sibaritas en un país que les pone la mesa puesta con sus mejores viandas y, sobre todo, con mucho vino. A estos gordos (apodados “los chompipes”), sesentones e impenitentes del fogón que pasan por un país despojado territorialmente después de la segunda guerra, y que posee como patrimonio nacional unas de las comidas más sorprendentes de Europa por sus combinaciones y mezclas tradicionales, nada les es ajeno de lo que va del plato a la boca. Quien haya visitado Budapest alguna vez, sabe que dan ganas de quedarse para siempre. Corre el año de 1965, Neruda va en dirección a Yugoslavia con el propósito de ser elegido presidente del PEN Club Internacional; y Asturias, hacia Moscú. Aunque están de paso, el gobierno de Budapest los nombra huéspedes distinguidos. Volviendo a Bowles, éste pone de manifiesto que un libro de viajes es un relato de lo que le ocurrió a una persona en determinado lugar, y nada más que eso (Días y viajes, 1993), donde el tema de los mejores libros de viajes emerge precisamente del conflicto entre el escritor y el lugar. El término conflicto aquí habría que abordarlo con unos buenos y resistentes guantes de látex. 

“Quien haya visitado Budapest alguna vez, sabe que dan ganas de quedarse para siempre”.

La lección de Kafka

Ante los vestigios de la evidente crueldad humana, uno termina hecho pedazos; el interés decae, emerge la desconfianza, principio de las taras y germen de los miedos porque restringe la posibilidad del afecto y el privilegio del amor; la curiosidad se esfuma, las palabras se evaporan y la moralidad parece que perdiese fuerza de gravedad, tan necesaria. Estar ahí viendo las barracas, las pertenencias de las víctimas, las vías del tren, una bienvenida tramposa, las muchísimas fotografías, leyendo la información que te carcome el alma e imaginando a la vez el funcionamiento de una industria generadora del peor de los horrores, y sostenida bajo los principios de una ideología que vociferaba el sonido tumultuoso de la barbarie, indignado, me puse a llorar como un niño. Habría querido que todo eso que yo veía con resignación formara parte de los materiales de una ficción que exigía nuevos modos de contarse, a sabiendas de que a la especie humana le es imposible extirpar de los mitos el infortunio y la desgracia. 

En el verano de 2012, después de un largo trayecto en tren que inició en Ámsterdam, pasando por ciudades con suburbios y barrios realmente atractivos –Molenbeek, Bruselas; Kreuzberg, Berlín; Vinohrady, Praga; Bulinegyed, Budapest– visité por primera vez lo que quedó del campo de concentración de Auschwitz. Arribé a la estación central de Varsovia antes de la media noche, un sábado de luna llena; el buen clima me animó para superar la fatiga de los días intensos, porque al siguiente, antes de la diez de la mañana, tendría que desplazarme, por fin, al campo del horror en el que —se estima— fueron asesinadas más de un millón de personas, en su mayoría judíos de origen polaco. Por un lado y por otro, los datos entumecen hasta el más enérgico, Auschwitz contaba con cinco crematorios y los verdugos podían incinerar cientos de cadáveres semanalmente. 

Recordé la cabellera plateada de la señora Sara Goldstein que había conocido en Buenos Aires tres años atrás, y más aún el tono oracular de sus palabras que, mediante un acto de generosidad sorprendente (¿por qué la generosidad siempre nos sorprende?), empleó para contarme algunos detalles que ella había vivido allí en carne propia. En sí fueron pocas palabras porque hablaba con la luz de sus ojos (tómese esto como metáfora del asombro), de inquietante profundidad. Vivía en el barrio de Palermo, con la compañía de una señora de Paraguay que la auxiliaba en todo, y por lo que ella había padecido, en nombre de la justicia poética y divina, merecía vivir toda la vida. No puedo olvidar tampoco la manera en que pronunció mi nombre al despedirnos, un lujo que atesoro con mucho cariño. Nadie que haya sufrido semejante maldad puede ver la vida como tú y yo queremos verla, un realismo pálido, con sus infiernitos y resentimientos cotidianos, que, para justificarlo, le llamamos el riesgo de vivir. No sé si lo dijo Kafka. Pero creo que fue él. Que a la gente que uno ama, había que tratarla con el tiento de las cortesías que echamos mano al momento de dirigirnos a los desconocidos. 

Cerré los ojos para imaginar a la bella y jovencísima Sara Goldstein, hija de comerciante en un pueblo polaco, con muchos ideales y ganas de vivir. No pude saber más de ella, sólo que era polaca, argentina e israelí, un museo viviente. Porque no quise hacer preguntas. O las que quería formularle fueron respondidas con su mirada.  De igual forma invoqué a Primo Levi. Once meses en este campo de concentración fueron suficientes para cambiar radicalmente su visión del mundo y su relación con el prójimo. Ante el racionamiento extremo de los alimentos y las enfermedades que brotaban con una extraordinaria facilidad (por la antihigiene, el hacinamiento y el trabajo forzado hasta el quebranto), gracias a sus conocimientos de química, pudo sobrevivir para contarlo. Levi no era simplemente Levi, además de su uniforme a rayas que lo evidenciaba como un hebreo proveniente de la judería italiana, con la estrella de David pegada al pecho. Levi era un número que llevaba tatuado en uno de sus brazos: 174517. Que yo, por solidaridad, usé muchas veces como contraseña y también, trucos del universo, compré boletos de lotería para ver si me hacía rico de la noche a la mañana.

De la hábil administración de los mendrugos que recibía al día, Levi sabía de antemano las justas calorías que tenía que consumir para mantenerse en pie y así librar el pellejo. Con ese mismo esmero cuidaba de sus zapatos, como el mozo de cuadras hace lo propio con su caballo más querido, y muy buenos zapatos, porque esos, sabía Levi con toda la certeza, te llevan siempre a la comida. 

Sí, que no nos falten nunca los buenos zapatos; y por respeto y sentido común, tratemos siempre a todas las personas (amadas o no) con el mismo escrúpulo que disponemos un buen día en la calle para preguntarle a alguien, con tono suave y cordial, la dirección que aún no encontramos. 

Cincou de Maio

Cuando el viajero no encuentra otro adjetivo para describir el lugar, tiene que pretextar recurso colombino (fundado por Marco Polo, el padre de los viajeros), limitado pero eficaz, porque aparentemente lo pinta todo de una belleza prístina. Corría el año de 1988. Viví casi dos años en la ciudad de Puebla, que es magnífica y aunque quisiera morderme la lengua, no puedo despreciar el adjetivo recurrente: me pareció maravillosa. 

Residí durante un año en la casa de huéspedes de doña Gris, en la calle 2 poniente 780, interior 2. Mi habitación contaba con un balcón que daba a la calle y desde ahí podía ver los árboles del Paseo Bravo. En cuestión de minutos, a paso de tortuga, hacia el sur, podía alcanzar el zócalo. 

Llegó el esperado 5 de mayo. Doña Gris, mujer de convicciones (extraño su café y la manera en que me llamaba mágicamente a la mesa del comedor: joven Toño, a comer), me dijo que ella celebraba el día más importante para los poblanos. En la guerra que libraron mexicanos y franceses, decía ella con el orgullo de maestra escrupulosa por la historia patria, murieron antepasados suyos.

Reunió a sus inquilinos. Nos pintó la cara con los colores de la bandera mexicana y nos mandó al zócalo. Sí que era una noche de fiesta: la mayoría, “a medios chiles”, se congregaba para dar vueltas en el zócalo. De un lado, los franceses; del otro, como corren las manecillas del reloj, los mexicanos. Unos y otros se tiraban harina y huevos llenos de confeti. Cantaban canciones y la gente sonreía de contenta.

Han pasado más de 30 años, y no he vuelto más a la maravillosa Puebla.  

Aquí, en los Estados Unidos, no tienen idea de las tradiciones derivadas de esa guerra. Creo que yo tampoco: una vez que esa victoria se ha convertido en una mercancía que posee un alto valor simbólico para su subsistencia. México es un pueblo que ha ganado pocas guerras, o quizá sea la única, la que se libró contra los franceses. De ahí en adelante, hemos aprendido a gozar de las derrotas persistentes como parte de nuestros usos y costumbres. Al cabo del tiempo, leí de Fernando del Paso Noticias del Imperio y quedé maravillado no sólo por la imaginación del autor, también por la sagacidad de sus personajes femeninos y anónimos: mujeres que vendían tamales elaborados con carne francesa y mujeres suicidas que mostraban sus partes íntimas al enemigo, para que éste quedara expuesto en la mira de los francotiradores mexicanos. 

“México es un pueblo que ha ganado pocas guerras, o quizá sea la única, la que se libró contra los franceses. De ahí en adelante, hemos aprendido a gozar de las derrotas persistentes como parte de nuestros usos y costumbres”.

Unos gabachos me invitaron a celebrar el Cincou de Maio. Comprendo de inmediato la deferencia porque creen que equivale al Día de la Independencia, y no los saco de su craso error: lo tomo como si fuese un texto paródico. Les agradezco y deseo que se diviertan, y se pongan chispeantes con esos cocteles de ocasión. 

Dicho de otro modo, la victoria de los mexicanos en Puebla no hay que leerla como la dramatización del sentimiento. Es parte de una alegoría narrativa de la nación que permanecerá viva para siempre. Tampoco hay que tomarla como si fuese una relación conyugal de supervivencia porque anhelamos celebrar otras victorias. Dudo que podamos ganar otra guerra militar contra un imperio en el futuro. Para finalizar, sigamos celebrando nuestras victorias mínimas con solitarios protagonistas, esas que puedan caber justamente en un poemínimo, como los que escribió el poeta Efraín Huerta.

¿Cómo se dice China en chino?

El compa Loi llegó a Buenos Aires a los 8 años. Nació en Shangái y me asegura que el mandarín no es una lengua imposible, como yo tengo entendido. Sin embargo, acepta que en su ciudad natal predomina el shangainés, un dialecto impenetrable y nada amigable, todo lo contrario al castellano que aprendió a dominarlo con habilidad porteña tres años después de su arribo, exactamente hace dos décadas. 

Es el propietario de una lavandería situada entre las calles Paraguay y Malabia. Estoy convencido de que nadie ha pronunciado el nombre del negocio (Lin Xiuying), dado que aquí todo mundo dice: voy a lo del chino. Y yo solicito sus servicios muy a menudo. Aunque es dicharachero, logra esquivar con habilidad milenaria las preguntas que le hago para reunir el material suficiente que exige todo perfil, y me sale conque los precios del tomate y del palta son inalcanzables. Aprovecho para aclararle que el verdadero nombre de la fruta es aguacate, de origen mexicano; sus ojos se abrieron con desmesura tras darse por enterado que la palabra proviene del náhuatl y cuyo significado es “testículo”. 

Sostuvimos una ríspida conversación la semana pasada, por lo que tuve que empezar de nuevo, a emplear un tono y vocabulario distintos, sin recurrir al uso peyorativo de la palabra chino como me diera en gana. Ahí estaba el reto. Creo que lo logré, no sin mucho esfuerzo, porque esbozó una sonrisa, luego de preguntarle cómo se decía China en chino. 

Jamás habría podido imaginarlo, yo escuché algo así como chon/guó. El compa Loi quedó picado por aquel agrio debate sobre si la prenda se había extraviado en la lavandería o yo la había olvidado en el departamento. La prenda apareció en casa, por el color oscuro se había camuflado con el cobertor de la cama, y tuve que ir a ofrecerle mis disculpas. Pero quedó picado; y hoy, el compa Loi tuvo su revancha a lo chino: corrigió mi castellano, asegurando que no se dice zapatos tenis, sino zapatilla.

Borges era turco 

Pasé a visitar al compa Ahmed. Me sirvió un poderoso y fragante cafecito a la turca que me espantó el sueño durante algunos días. Como le di por su lado, me presumió la gastronomía siria: 200 platos dulces, 400 platos salados, 40 platos hechos de trigo, yogures, y tantos manjares como los que aparecen en Las mil y una noches… Ahmed andaba espabilado, y con hambre, porque la semana pasada había concluido el Ramadán, un mes insufrible por el largo ayuno, de seis a seis, sin probar bocado. Dentro de poco le otorgarán la ciudadanía argentina. Está feliz por eso, pero no puede ocultar su congoja: la inflación lo está ahorcando. Sólo trabaja para pagar el alquiler del restaurante. 

En la campaña presidencial de 2018 en México, los enemigos políticos del presidente actual soflamaban que el país, de ganar las elecciones el candidato nacido en Tabasco se convertiría en Venezuela. Nunca imaginé que algo así podría pasar en México. Desde que sabemos que existe, Haití siempre ha estado jodido. 

Y nadie ha dicho que Latinoamérica se convirtió en Haití hace mucho tiempo. Quizá no sea cierto, aunque tampoco México se ha convertido en Dinamarca; o, el Perú, en Suecia. No obstante, por las dificultades económicas que me dibuja el compa Ahmed, la Argentina, con la varita mágica de Mauricio Macri, se convertirá en la segunda Venezuela de Sudamérica. Sin lugar a duda. Antes de marcharme, medio en broma, medio en serio, le sugiero al compa Ahmed que piense en otros nombres para el negocio, como “Borges era turco” o “Un camello por el ojo de una aguja”.

De camino a Bologna, la gorda 

De camino a Bologna (apodada “la gorda”) decidí alterar mi apretado itinerario. Consideré que dos días serían suficientes para recorrer Asís, una pequeña ciudad de la región de Umbría, rodeada de villorios coquetos, en la que había nacido San Francisco. Aún no entraba en vigor la zona euro (una misma moneda, etc.), de modo que por unas cuantas liras podías comer en Roma toda la pasta posible y ahuyentar el hambre durante semanas. La inminente llegada del nuevo siglo había aterrorizado a todos: puede caerse el avión, no vayas; el colapso de los bancos […] 

Ya estaba harto de comer siempre lo mismo. La mejor comida europea, quiero reiterarlo, se come en las zonas rurales, en el campo, en la provincia.

No lo digo yo, parafraseo lo dicho por el mejor cocinero que ha dado ese continente, Brillat-Savarin, que no tenía manos (y aquí no cabe ese látigo mexicano que puede verduguear a cualquiera de nosotros, consistente —benigno pedazo de pan— en escribir con las nalgas). Aun así, escribió uno de los mejores libros sobre cocina. Ni más ni menos que el primer tratado de gastronomía; y con esa publicación, fundaría la cocina francesa con una nueva envoltura y con sabores hechizantes.  Brillat-Savarin imaginaba, cocinaba y escribía con garfios.

En una callejuela de Asís, siguiendo mi rumbo hacia la estación de trenes y con la panza vacía, medio tristón, divisé un pequeño restaurante que de sus vitrinas resaltaban unos suculentos panes negros. El menú terminó por hundirme en el légamo de mi propia mala suerte. 

¿Qué comiste esta mañana?, le pregunté al dueño. 

Su respuesta me aclaró algunas cosas. Me dijo que había comido un plato simple, hecho con salsa de tomate, huevos, queso, albahaca y pan; y que por considerarlo muy de campo, no lo incluía en el menú, porque su clientela prefería comer pasta y pizza. Después de 23 años decidí cocinar ese mismo plato simple, llamado “huevos italianos”. Quizá, el cocinero me albureó. Y no me percaté. Pero poco importa de eso. Es muy de nosotros —los mexicanos— emplear ese recurso punzocortante con las palabras; son las metáforas las que nos definen, mucho más que el mole de siete chiles que nos gusta paladear cada semana. EP

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