Las ocho de la mañana

Fernanda Ballesteros presenta un cuento sobre las sutilezas entre los placeres materiales y las presiones morales en una residencia del Opus Dei en Milán.

Texto de 31/10/20

Fernanda Ballesteros presenta un cuento sobre las sutilezas entre los placeres materiales y las presiones morales en una residencia del Opus Dei en Milán.

La una de la tarde

Pasta diferente cada día preparada por una cocinera de Sicilia. Francesca. Cejona, dientona, habla lento, la boca estirada en una sonrisa rectangular. Vino blanco, tinto o rosado en las comidas y en las cenas. Cuando tenemos plan de salir después, Antonella y yo tomamos dos, tres, cuatro, cinco copas, y aseguramos el mareo gratis antes de la fiesta de estudiantes. La puerta se cierra con seguro a las diez de la noche y se vuelve a abrir a la hora del desayuno, concluida la misa de las siete en el oratorio del primer piso.

Las ocho de la mañana 

Veinte a tavola. Dieciocho italianas perfumadas, dos mexicanas con peste a tabaco y a alcohol evaporado en la piel. Café, pan con mantequilla, galletas. Habíamos dormido dos horas en la casa de Marcelo. Las sábanas no las han lavado en meses. Una flatulencia nos despertó. Los segundos de incertidumbre del estruendo acabaron en carcajadas. Antonella, mexicana con nombre de italiana. Decíamos que éramos marida y mujer. Matrimonio en el sueño europeo, lejos de prosapias provinciales. Madrid, Florencia, Lyon, dormir en sillones donde no podíamos ni estirar las piernas, las dos acostadas hacia el mismo lado o en camas matrimoniales con otras dos, las cuatro coordinadas, todas a la derecha, todas a la izquierda, los alientos mezclados, ningún ronquido.

Las cinco de la tarde

Hora del té después de la oración en el oratorio del cuarto piso. Postres recién hechos en la sala de postres recién hechos, al lado del comedor, con ventanales al jardín interior. Nos servimos el agua caliente y usamos, Antonella y yo, una misma bolsita de té, cuando le colora a una, pasa a la otra taza.

Las seis de la tarde 

Silvia, cuarenta años, caderas anchas, me encierra en un cuartito con tres sillones y me pregunta: ¿él ya sabe que tú eres virgen? Antes de hoy no habíamos hablado en privado. No sabe mi pasado ni yo el suyo. Es importante que le hables de eso, dice. Detrás de ella está un balcón que da a Milán bajo la nieve.

Las nueve de la noche

Me voy a uno de los cuartos del piso del subsuelo, donde hay un gimnasio, un estudio y una sala de música, con un piano y guitarras colgadas en la pared, sillones, espacio. La pantalla invade tu cara. Lloras. Me sube la autoestima ver tus ojos azules derretidos en el territorio podado y esculpido que rodea tu boca, roja bajo la nariz de resbaladero, bajo los pómulos alzados, sobre la quijada delineada que da sombra al cuello, al pecho donde dormí. Me dices que te duele que estemos lejos. Yo no te siento lejos.

La una de la mañana

Los mismos recuerdos de insomnio. La carretera de los Pirineos a tu casa, o no sé si era otro día, del regreso de Nérac, Antonella y dos amigas dormidas atrás, y yo preguntándote cómo se llama ese árbol, y ese, y ese, y qué más, dime todo, soy una oreja gigante, te quiero seguir escuchando, hablar por los siglos de los siglos de hojas o pájaros, para que luego me hables de mí como nadie me había hablado, conociéndome más que yo misma. Me dices pechocha porque así me decía mi papá de chiquita. Me hablas de mi religión. Me dices que soy fuerte. Eres la primera persona que me lo dice y me dan ganas de creerte. Nos damos el primer beso ¿abajo? ¿en la fiesta? Tú de Lara Croft, shorts de licra y tirantes, sin camiseta, todo piel, con pistolas de juguete, músculos blancos bailando conmigo reguetón, creo que era reguetón, era algo así, o cumbia, un pretexto para mover las caderas pegados; no sabía que bailabas delicioso, de repente bailamos en círculo con tus amigos, un monje, dos gatos, uno disfrazado sin sentido, tus hermanas, ebrias, y luego más de tú y yo, hasta irnos arrinconando, descubrir a mi amiga con tu amigo agarradísimos y nos da risa, todo nos va a dar risa, porque me acabas de decir que soy tu platónico y tú eres el mío, y no sabía que así íbamos a quedar, en algo inconcluso; yo ahí sigo pensando que vamos al siguiente paso. Subimos las escaleras, me metes a tu cuarto donde unos amigos tuyos, una pareja, están dormidos en tu cama. Hacemos tendidos en el piso y me hablas en susurros. Me haces reír y trato de reír bajito. Cosas empalagosas, soplas miel al oído. Me quedo dormida en tu codo, las narices casi tocándose. Con tu cara todavía a dos centímetros, me despierto. En francés, la pareja te dice que tu cama está espectacular. No entiendo bien el idioma, pero me queda claro, la mano del amigo empujando el colchón al ritmo de una cogida y el gesto en estupefacción.

Las ocho de la mañana

Antonella entra a mi habitación. Cama individual, clóset de madera, aire acondicionado, lavamanos y espejo. El escritorio da a la calle Bartolomeo Panizza, ringlera de palacetes en escala pequeña que cambian el nombre de la calle después de la curva a Andrea Verga. Antonella me dice que es seguro: andas de novio con la brasileña. Lo comprobó en Instagram. Ya deja de hablar con él, me dice, acostándose en mi cama. EP

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