La sangre que habla sola

Hernán Bravo Varela reseña un par de antologías de poetas mexicanas.

Texto de 18/06/21

Hernán Bravo Varela reseña un par de antologías de poetas mexicanas.

AA. VV., La huella posible y Puntas de luz. México, UAM (Col. La Lengua que Habito): 2020, 76 y 108 pp.

Once propuestas para este mismo milenio, La huella posible y Puntas de luz son una sola muestra que reúne a once de las voces más significativas de la poesía mexicana actual. Aunque cinco de sus autoras aparecían ya en una antología señera como Sombra roja. Diecisiete poetas mexicanas (Rodrigo Castillo, ed.; Vaso Roto, 2016) —Paula Abramo (1980), Maricela Guerrero (1977), Irma Pineda (1974), Minerva Reynosa (1979) y Karen Villeda (1985)—, en este par de volúmenes se añaden los nombres de Elisa Díaz Castelo (1986), Tanya Huntington (1969, traducida por Pura López Colomé), Xel-Ha López Méndez (1991), Martha Mega (1991), Yolanda Segura (1989) e Isabel Zapata (1984). Además, cada uno de los once capítulos integra algo mejor que una muestra personal definida por criterios representativos: una posible sección dentro de un libro unitario. Dicho abordaje —emprendido por Andrea Fuentes, editora de la colección La Lengua que Habito— no solo resulta inédito en un país sobrepoblado por antologías, muestras y asambleas, sino francamente agradecible y novedoso. Once voces grabadas en el momento de una modulación particular y no en la elección, arbitraria o veleidosa, de sus cambios de registro. Once suspensiones de una incredulidad como constante de una producción siempre coherente, pero siempre problemática.

Así, en estas páginas, Maricela Guerrero define negativamente su ya extensa obra. A través de la pura y abierta posibilidad, desafía el carácter prescriptivo de la escritura y de la lengua, “una lengua que canta y juega desbarata sus orillas”.

Por su parte, orillada también, Minerva Reynosa exige “hablar para decir adiós ante terceros / en su lengua / y no en el vocabulario hermético del dolor”. El duelo, ya familiar o pop, se refiere conmovedora e indistintamente como “un deber público de memoria y [un] deber de memoria pública”.

Entre “lagunas insondables, / pequeñas catástrofes” y “reconstrucciones / de lo perdido para siempre”, Paula Abramo se remonta a la Grecia clásica para ilustrar el origen de todo cuanto hoy nos niega sentido de pertenencia, de la verdad y de la ironía. Una herida abierta en el corazón de las civilizaciones.

“Se supone que algunas cicatrices”, advierte Tanya Huntington, “funcionan como recordatorios, ¿lo ves?, de percances menos reales que míticos”. Líneas y versos que ejercitan la memoria exhaustiva de un mito personal y no la realidad fantasma de recuerdos comunes.

Del binizá al español, Irma Pineda confiesa: “Construí las paredes más altas del silencio / para no revelar mi origen”. Y, sin embargo, los poemas de la autora oaxaqueña exhiben un silencio mediador, tan reflexivo como tenso, entre la violencia de género, los usos y costumbres de su tierra y cultura.

“[no quiero hablar de la sangre pero a veces habla sola]”, concluye Martha Mega en su apartado. Una elocuencia al servicio de lo que no se puede o no se debe hablar —antes que por falta de palabras, por la mudez de ciertas experiencias límite dentro de las relaciones sociales y amorosas.

El cuerpo y la pintura no son simples temas en Xel-Ha López Méndez. También resultan instrumentos para aludir a “la materia oscura / de no saber cómo nos llamamos”. La ignorancia como don o significado último de lo imposible.

Por ello mismo, según Yolanda Segura, “hay ciertos acontecimientos / que se convierten / demasiado pronto / en una historia / y no quiero / que este / sea el caso”. El yo es un acontecimiento político cuya irrupción, más que traumática, es de orden genésico. La primera persona verbal como primera persona sobre un mundo ajeno.

Ordenar y clasificar ese mundo ha sido la tarea de Isabel Zapata. Desde el fragmento, asume que “No alcanzo a distinguir / dónde terminas tú / dónde empiezo yo / en esa fotografía”. Todo lo sólido se transforma en un mirador para verlo desvanecerse en el aire.

La ciencia aplicada a hacer sensible y legible la oscuridad del cosmos, ocupa el interés de Elisa Díaz Castelo. Si “tampoco nosotros / tenemos tiempo suficiente / para terminar de nacer, apenas / el mundo empieza y nos marchamos”, la poesía es la hipótesis de un mundo amniótico y apocalíptico.

Con una perspectiva afín a la etnopoética de Jerome Rothenberg, Karen Villeda emprende un relato fundacional que desemboca en genocidio. “Esta es una historia de rivalidad por la tierra que amábamos”, dice Villeda a través del mestizaje de la poesía lírica con la antropología y la épica.

En resumen, once territorios —“desconocidos pero presentes y cardinales”, en palabras de la editora— que forman hoy una república donde, a falta de ley, al menos impera la justicia poética. EP

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