El idioma del silencio

En este texto, Raúl Motta ensaya sobre la trascendencia del silencio en la literatura del Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata.

Texto de 16/03/22

En este texto, Raúl Motta ensaya sobre la trascendencia del silencio en la literatura del Premio Nobel japonés Yasunari Kawabata.

Mokumoku to shite

¿A mí mismo no me había enseñado la experiencia que ninguna palabra puede decir tanto como el silencio?, escribió Yasunari Kawabata en la Primera nieve en el monte Fuji, antología publicada a mitad del siglo pasado. El ganador del Premio Nobel de Literatura en 1968 sabía que el silencio no es una ausencia de historia: es una forma más profunda del lenguaje inscrita en un código secreto. No se trata de hablar, no se trata de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio. La palabra es el resumen del silencio, del silencio, que es resumen de todo, escribió Roberto Juarroz.

En la obra de Kawabata, el silencio es la sensación de ausencia que va dejando un rastro en la profundidad de los personajes, como una huella en el tiempo. Las palabras no dichas los inmovilizan, los dislocan del eje narrativo y les descubren su deseo. Esas palabras no se pueden pronunciar porque están fuera del tiempo, pero dentro del paisaje. El lenguaje es lo intermedio entre dos silencios. La verdad es anterior a la palabra. La verdad es el silencio, pensaba Luis Villoro. Todo cuento dice más en aquello que no está escrito que en la propia historia. La duración del texto es mucho menos relevante que su permanencia imaginal. Los personajes encaran un destino brumoso, arrastrado por tensiones afectivas que tienen ecos en su pasado. La poesía de sus relatos consiste en dejar que la sensibilidad de la naturaleza atraviese las palabras. “El doctor Yukio Yashiro —internacionalmente conocido como estudioso de la obra de Botticelli; hombre de gran erudición acerca del arte del pasado y del presente, de Oriente y de Occidente— ha dicho que una de las características distintivas del arte japonés se puede resumir en una simple frase poética: «La época de la nieve, de la luna, de los cerezos en flor: entonces, más que nunca, pensamos en quienes amamos».” (Kawabata, Yasunari. El bello Japón y yo).

El relato que le da nombre a la antología inicia con un viaje en tren de dos personajes que comparten un pasado en común y se vuelven a encontrar. Las señales de una historia profunda y el misterio que la sostiene aparecen en la comparación del monte nevado y las nubes que lo rodean con una foto publicada el día anterior en un periódico. Lo estático de aquellas nubes que aparentan no haber cambiado de forma de un día para el otro actúa entonces como una necesidad de devolverse a aquel momento en el que estaban enamorados. Un retorno a la belleza: “La foto era idéntica a como se ve aquí. Me acuerdo que decía que la habían tomado desde el avión del periódico. Las nubes se veían tal cual”. Como si aquel instante se hubiera detenido para revelar la voluntad de restauración de los valores perdidos de la realidad. El tiempo se pausa constantemente durante el trayecto del viaje que emprende la pareja hacia Odawara para explorar el sentido intrincado de todo aquello que fue posible y que se ha perdido. Las tensiones principales de la trama ocurren en los diálogos y en la interioridad de los protagonistas. Esa fijeza los obliga a la inmersión en el sedimento de la memoria: “De tal manera se esforzaba Jiro por recuperar las facciones de la Utako de ayer, que su corazón maquinaba argumentos como el siguiente: «Hay un poeta que dice que cuando ha pasado el tiempo y vuelve a cantar la voz de lo que una vez resonó, felicidad y tristeza se funden en una sola canción. Pero ¿a qué le podríamos llamar «canción» ?, se preguntó Jiro»”.

“Lo fundamental en Kawabata ocurre constantemente en lo que los personajes no se pueden decir y se transforma en un indicio de algo más. Existen palabras que sólo se pronuncian en el mutismo”.

Lo fundamental en Kawabata ocurre constantemente en lo que los personajes no se pueden decir y se transforma en un indicio de algo más. Existen palabras que sólo se pronuncian en el mutismo. El silencio es traducido en contemplación, en pintura sin marco. Éste es el espíritu de la pintura oriental. Sus características esenciales son la organización del espacio, el trazo simplificado, lo que queda sin dibujar. Los japoneses emplean la oración Mono no aware para referirse a esta sensibilidad frente a lo bello de la naturaleza. Implica la intención de querer retener ese momento sin poder conseguirlo completamente y entonces sentir cierta tristeza ante lo efímero. “La emoción ante lo bello despierta fuertes anhelos, de modo que la expresión «ser querido» puede ser tomada como equivalente a «ser humano». La nieve, la luna, las flores de cerezo, palabras que representan la belleza de cada una de las estaciones que se suceden una tras otra, abarcan en la tradición japonesa toda la belleza de las montañas y los ríos y las hierbas y los árboles, todas las múltiples manifestaciones tanto de la naturaleza como de las emociones humanas.” (Kawabata, Yasunari. Dos ensayos). El cuento termina con una repetición, como si nada se hubiera movido, pero en un punto distinto del viaje interior de los personajes: “Jiro siguió mirando la primera nieve del monte Fuji.” Según Mishima, que fue uno de sus mejores amigos y su alumno, Kawabata en todos sus escritos, desde su juventud, se encuentra, como una obsesión, el mismo tema: el contraste entre la soledad fundamental del individuo y la inalterable belleza que se aprehende intermitentemente en las fulguraciones del amor, como un rayo que de pronto pudiera revelar, en el corazón de la noche, las ramas de un árbol en plena floración. Se entiende entonces que frente a la belleza la única posibilidad de lenguaje es el silencio. El amor pronuncia palabras que nadie conoce. ¿Pero acaso no es el silencio el idioma de los que se aman? 

En La casa de las bellas durmientes (1961), se narra la historia de una mansión de los suburbios de Kioto donde los ancianos burgueses pagan sumas enormes para pasar la noche contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, que reposan desnudas y narcotizadas en la misma cama. No podían despertarlas, ni tocarlas, aunque tampoco lo intentaban, porque el placer más puro de aquella experiencia era que podían soñar a su lado. En el sueño las palabras se articulan distinto, desde un fondo más cargado de sentido. Esas palabras también son impronunciables en la vigilia, son imágenes, atmósfera. Los ancianos permanecen en un estado profundo de admiración y por lo tanto no es necesario decir nada. La contemplación en el sentido más preciso de la palabra significa estar dentro del templo, que es un lugar en donde lo verdadero en su definición más antigua, lo sagrado, se manifiesta. Lo verdadero es un concepto de totalidad, por eso se relaciona con lo indeterminado y por lo tanto con el silencio. El lenguaje pertenece al mundo de lo determinado, de lo inteligible. La poesía en Kawabata es el amor por lo indeterminado, por lo que excede al habla; por la naturaleza. La naturaleza está provista de un lenguaje secreto que la razón no entiende. La poesía no se pronuncia, se contempla. El silencio es entonces una cualidad estética de la belleza para sus personajes. En occidente el concepto del vacío es intolerable, se busca siempre romper con la quietud y con el silencio. Llenar el vacío, que es ese fondo oscuro en donde todo se dibuja. Sin el vacío la palabra no podría destacarse, no sería parte de los márgenes de la realidad. 

“La contemplación en el sentido más preciso de la palabra significa estar dentro del templo, que es un lugar en donde lo verdadero en su definición más antigua, lo sagrado, se manifiesta”.

Hay algo cíclico en la experiencia de lo sublime en los textos de Kawabata. En varias de sus obras aparecen las revelaciones de su último proceso, sobre todo la muerte, la vejez y el desgaste de las facultades. En su imaginario, el vacío no opera como concepto existencial, sino como pérdida de la capacidad para apreciar o evocar la belleza. El paisaje se transforma, pero la belleza permanece como una impronta, como un destino. Un encuentro único en la vida: Ichigo ichie. La última de las estaciones, el invierno y su blanquísima nieve son una nostalgia del amor, del deseo perdido. La inexistencia consiste entonces en la imposibilidad de percibir lo bello. El silencio es también uno de los idiomas de la muerte, pero estar muerto no significa no existir. Yasunari Kawabata se sumergió en el silencio en 1972, escogió el suicidio en un pequeño apartamento a orillas del mar como su último relato. Su obra nos confirma que la verdad y la belleza forman parte de lo inexpresable. Frente a la poesía la única rebeldía posible es quedarse callado. Toda literatura aspira al silencio. EP

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