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Jaime Sabines o el significado de “Los amorosos”

Jaime Sabines cuenta cómo y qué sucedía cuando escribió “Los amorosos”. Recuperamos esta entrevista realizada por Pilar Jiménez Trejo, publicada en el número 85 de Este País.

Texto de 08/04/22

Jaime Sabines cuenta cómo y qué sucedía cuando escribió “Los amorosos”. Recuperamos esta entrevista realizada por Pilar Jiménez Trejo, publicada en el número 85 de Este País.

Muchos lectores de Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, 1926), junto con algunos críticos literarios, afirman que “Los amorosos” y “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, son los poemas más significativos que él ha escrito. Lo que es indudable es que ambos textos son conocidos por un gran número de lectores que los dicen casi de memoria.

A diferencia de “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, que comenzó a escribirse en 1961 y fue editado en 73, después de la aparición de ocho de sus libros, es decir, ya en la madurez absoluta del escritor, “Los amorosos” es el poema con el que Sabines cierra Horal, el primer libro que publicó allá por 1950. Es el poema número 18 de Sabines en su obra hasta hoy reunida en Recuento de poemas. Es el poema que muchos conocen de memoria; el que diversos compositores han musicalizado; del que se han robado algunos versos para decirse dentro del guión de una película, una serie de televisión o el libreto de alguna obra de teatro; el que allá por los años setenta se exhibió en enormes carteles en el Metro de la Ciudad de México; o el que recientemente se vendía en las librerías como un cuadro para colgar en la pared. Este espejo de la obra de Sabines lo explicó muy bien el poeta Octavio Paz cuando en 1966 escribió: “Jaime Sabines se instaló desde el principio, con naturalidad, en el caos. No por amor al desorden sino por fidelidad a su visión de la realidad. (..) Su humor es una lluvia de bofetadas, su risa termina en un aullido, su cólera es acerosa y su ternura colérica. Pasa del jardín de la infancia a la sala de cirugía. Para Sabines todos los días son el primer y el último día del mundo”. En 1972, Paz reafirmó: “Jaime Sabines es uno de los mejores poetas contemporáneos de nuestra lengua. Muy pronto, desde su primer libro, encontró su voz. Una voz inconfundible”.

En esta conversación, Sabines cuenta cómo y qué sucedía cuando escribió “Los amorosos”. Al hacerlo explica por qué de alguna manera “Los amorosos” es un poema “circular” que recorre toda su obra.

No encuentran, buscan

Pilar Jiménez Trejo (PJT): ¿Qué piensa de que su poema “Los amorosos” sea tan conocido?

Jaime Sabines (JS): No sé, a la gente le gusta. Creo que a lo largo de mi vida es el que más éxito ha tenido.

PJT: ¿A usted le gusta tanto como a los lectores?

JS: No niego que me guste, sí me gusta, pero no creo que sea lo mejor que haya escrito. Es tan difícil decir: “Esto es lo mejor.” Hay poemas breves que son una joya. Por ejemplo el de “Tu cuerpo está a mi lado”, que está en Poemas sueltos, es un poemita que me encanta, mucho más que “Los amorosos”. Es una breve estampa de un momento, es un poema redondo, lo terminas y puedes empezar a decirlo de nuevo; es un poema circular, de esos que se puedes leer incansablemente y siempre están diciéndote lo mismo.

PJT: ¿Y “Los amorosos” no?

JS: Bueno sí, pero éste es más certero, más breve, tiene una gran economía de palabras y lo dice todo. No llega a una cuartilla, curiosamente es el título que le dieron a un libro mío en Alemania, Dein Körper neben mir, que publicaron en la editorial Vervuert. Y me pregunto ¿por qué escogieron este poemita?, y me respondo: “Porque es precioso”. Aparentemente no vale nada, pero si te pones a leerlo verás que cada línea es tan sustantiva, tan concreta, tan masiva. Termina diciendo: “Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas/ se ponen a escuchar lo que no hablamos”. Empieza así: “Tu cuerpo está a mi lado/ fácil, dulce, callado.” Fíjate en la estampa del par de amantes sobre una cama, en un cuarto de hotel. “Tu cabeza en mi pecho se arrepiente/ con los ojos cerrados”, porque es una muchacha que acaba de dar la virginidad, está feliz y al mismo tiempo se arrepiente. ” Y yo te miro y fumo/ y acaricio tu pelo enamorado./ Esta mortal ternura con que callo/ te está abrazando a ti mientras yo tengo/ inmóviles mis brazos”, estoy quieto, inmóvil, pero la ternura la está abrazando. “Miro mi cuerpo, el muslo/ en que descansa tu cansancio,/ tu blando seno oculto y apretado/ y el bajo y suave respirar de tu vientre/ sin mis labios./ Te digo a media voz/ cosas que invento a cada rato/ y me pongo deveras triste y solo/ y te beso como si fueras tu retrato./ Tú, sin hablar, me miras/ y te aprietas a mí y haces tu llanto/ sin lágrimas, sin ojos, sin espanto. / Y yo vuelvo a fumar, mientras las cosas/ se ponen a escuchar lo que no hablamos”.

Los amorosos viven al día

PJT: Sin embargo, a pesar de que todos sus lectores conocen muy bien ese poema usted nunca ha contado cómo lo escribió…

JS: Es que no recuerdo cómo lo escribí. Puedo decir en términos generales cómo escribía en esa época. Tenía una vida muy tranquila porque las clases en 1949, 50 y 51 eran en las tardes. Estaba estudiando en Filosofía y Letras en Mascarones, y tenía un horario de estudio de cuatro o cinco de la tarde a ocho de la noche, era muy cómodo. A la salida de la Universidad pasaba a algún lado a tomar un café con leche, un pan o cualquier cosa porque casi no cenaba. Recuerdo que cerca había un café de chinos. Y a las nueve ya estaba en mi cuarto. Por lo general me ponía a leer hasta la una de la mañana. Tenía un radio chiquito que siempre estaba sintonizado en la XLA, me acuerdo que es esa de “Buena música desde México”, nunca lo movía de esa estación, nada más lo apagaba y lo prendía. La XLA era buena música.

PJT: ¿Qué música?

JS: Clásica. En la madrugada ponían siempre lo que llamaban “la sinfonía o el concierto de medianoche”; por lo general la oía de las doce a la una de la mañana. Más que nada tenía el radio para ambientar mi cuarto, era música que escuchaba quedito, pero siempre buena música en la XLA, no decían palabras, casi por una hora te ponían un concierto, pero mi interés era la música como ambiente, no sé nada de música. Me gustan ciertos autores, me encanta Claude Debussy, Wolfgang Amadeus Mozart, Johann Sebastian Bach y Ludwig van Beethoven, los grandes para mí.

PJT: Pero Bach en especial, en esos años hay poemas en los que se refiere a él y su música…

JS: Me gustan las misas de Bach, el espíritu de Bach es un espíritu místico. Pero no tenía ni tocadiscos, ni discos, así que escuchaba lo que ponían en la radio y siempre era buena música. Por lo general me dormía hasta la una de la mañana. Me despertaba como a las nueve o nueve y media. En mi cuarto tenía una mesita y encima un bote de Nescafé, uno de azúcar y una parrilla eléctrica donde ponía a calentar una jarra con agua; entonces lo primero que hacía era prepararme un café.

PJT: Que acompañaba con un cigarro

JS: Obviamente. Los cigarros estaban siempre en el buró y en la mañanas, al igual que todas las noches, me la pasaba fumando.

PJT: Eso era en República de Cuba.

JS: Si, en el número 43, interior ocho. A las 10 de la mañana regresaba a mi cuarto y me acostaba otra vez en mi cama, ya arreglada; y me ponía a leer o a escribir. Casi todos los días escribía y leía mucho. Todo el día me la pasaba leyendo, excepto las horas en que me iba a la escuela. Leía muchísimo, seis u ocho horas diarias. Eran los libros que quería leer. Tenía tareas de la escuela, pero muy pocas. Como a las tres bajaba a comer a un restaurancito que estaba a la vuelta y de ahí me iba a la escuela que estaba en San Cosme. A mi cuarto, entre semana, no permitía visitas de mis amigos; al que llegaba a las nueve de la noche lo corría luego luego: “Perdóname, pero tengo que hacer. Nos vemos el sábado.” El sábado sí era el día de la pachanga, ahí en mi cuarto nos emborrachábamos, jugábamos pockar de a 20 centavos, declamaban, leían capítulos de una novela, de una obra de teatro, en fin.

“Casi todos los días escribía y leía mucho. Todo el día me la pasaba leyendo, excepto las horas en que me iba a la escuela. Leía muchísimo, seis u ocho horas diarias. Eran los libros que quería leer”.

PJT: ¿Qué amigos los visitaban?

JS: Chucho Arellano, Chucho Álvarez Amaya, Tito Maldonado, que eran pintores, y alguno que otros escritores. Casi siempre les ganaba en el juego y sacaba mis 14 o 18 pesos para el domingo, que eran muy buenos.

PJT: ¿Tomaban ron?

JS: Tomábamos ron con coca o agua mineral, a eso le entrábamos; pero los sábados exclusivamente. Me acuerdo que a veces, entre semana, en la mañana pasaba Emilio Carballido porque vivía por el rumbo, y subía y platicábamos media hora, y le leía algún poema del día. Una vez confesó que él se creía poeta, pero contó que cuando vio como escribía yo, dijo: “Mejor me dedico al teatro”, porque casi cada día le enseñaba un poema diferente. Le decía: “Este me lo acabo de echar anoche, éste lo escribí hoy en la mañana”.

PJT: ¿Habrá sido el primero que conoció “Los amorosos”?

JS: A lo mejor, no sé. Posiblemente. Pero no recuerdo si “Los amorosos” lo hice de día o de noche, porque siempre

PJT: ¿Eran Delicados?

JS: Sí. Empecé con los Delicados desde 1945. Entonces en las mañanas me tomaba mi café y luego ya me salía a asearme al baño que estaba cerca de una zotehuela. Tenía que atravesar todo el departamento de doña Anita, que era mi casera. En ese momento dejaba que entraran las /alas a barrer, a sacudir, todo se lo echaban en unos veinte minutos. No tenía más que un ropero, la cama, la mesita y unas sillas. Escribía igual: en mi cama acostado cómodamente con la libreta del lado izquierdo, mi cigarro, mi café, ya sea de noche o de día.

PJT: ¿Pero fue un poema que salió todo junto, digamos, de un golpe?

JS: Sí, claro, como me han salido casi siempre todos los poemas, sólo con pequeñas correcciones, una que otra. Tenía la costumbre de escribir todo de un jalón. La mayor parte de mis poemas abarcaban sólo una cuartilla, una hoja de la libreta porque eran breves, pero había otros en que todavía tenía muchas cosas que decir y me pasaba otra y otra, hasta tres o cuatro páginas. El que ya fue otra cosa fue “Tarumba”, porque ahí tardó meses el impulso poético, igual sucedió con el poema al Mayor Sabines, y con “Adán y Eva” que también lo escribí en varios capítulos, pero los poemitas breves que lo componen eran los de un día.

PJT: ¿Se acuerda si estaba triste cuando escribió “Los amorosos”?

JS: No, no creo que hubiera estado triste. Incluso en el poema de “Tía Chofi”, que también escribí en esos años, no estaba triste. Estaba relatando la impresión de unos días antes, porque dice: “Amanecí triste el día de tu muerte, tía Chofi,/ pero esa tarde me fui al cine e hice el amor./ Yo no sabía que a cien leguas de aquí estabas muerta/ con tus setenta años…”, porque vine a saber de su muerte tres o cuatro días después que mi mamá me escribió diciendo: “Murió tu tía Chofi.” Recordé que ese día había ido al cine y había hecho el amor con una chamaca. Pero amanecí triste ese día, tal vez fue un presentimiento, ve tú a saber, pero no relacionado con la tía Chofi. Hay veces que amaneces triste o preocupado o angustiado por algo, y en esa época eso era muy frecuente en mí. Entonces es tal como se relata.

Llorando porque no salvan al amor

PJT: En “Los amorosos” empieza diciendo: “Los amorosos callan. / El amor es el silencio más fino,/ el más tembloroso, el más insoportable.” ¿Por qué es insoportable? ¿Cuál era el sentimiento en ese momento?

JS: Porque así es. Estamos hablando del amor: “El amor es el silencio más fino,/ el más tembloroso, el más insoportable” quiere decir que muchas veces entre tú y el ser amado se hacen unos silencios tremendos. No estás hablando constantemente, de pronto te callas y sientes que la amas profundamente, y ese amor es insoportable, se llega a hacer insoportable ese silencio: “el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable”. Es tal como se dice, no hay palabra de más ni de menos.

PJT: Cada verso de “Los amorosos” podría ser un poema solo.

JS: Tiene lo suyo.

PJT: Luego dice: “Los amorosos buscan,/ los amorosos son los que abandonan,/ son los que cambian, los que olvidan. /Su corazón les dice que nunca han de encontrar,/ no encuentran, buscan”. ¿Cómo explica esa parte?

JS: Pues andan siempre buscando el amor, con una mujer y con otra y con otra y con otra. Lo quieren encontrar y saben que no lo van a encontrar, pero lo buscan.

PJT: ¿Pero no es también una actitud gozosa?

JS: Claro. Gozosa y triste al mismo tiempo. Pero el resultado es triste.

PJT: Luego dice: “Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos,/ entregándose, dándose a cada rato,/ llorando porque no salvan al amor./ Les preocupa el amor. Los amorosos/ viven al día, no pueden hacer más, no saben. / Siempre se están yendo, / siempre, hacia alguna parte”. Esa idea está siempre, ¿es el amoroso o es el amor el que siempre se va?

JS: Es el amoroso.

PJT: ¿Es un poema de dolor y a la vez de alegría?

JS: Tiene todo eso. En cierto sentido también el amoroso es un don Juan que anda enamorando a una mujer y a otra y a otra y otra, entonces él mismo se justifica diciendo que busca al amor, aunque sabe que no lo va a encontrar, le gusta la mujer y hacer el amor con todas. Nada más que no es el don Juan clásico, más bien es Casanova. Hay una enorme diferencia entre don Juan y Casanova. A don Juan le gusta el placer por el placer mismo, abandona a la mujer luego luego, no anda buscando que lo amen, anda buscando acostarse con la mujer, hacer el amor y ya, eso es lo que le interesa. En cambio a Casanova no, él era un conquistador de mujeres, pero con el deseo de ser amado. Entonces la mujer de Casanova siempre lo va a recordar con gran cariño y con gran afecto, aunque él la haya dejado, porque se hace amar, busca más que el sexo, el amor. Desde luego encuentra que el camino para el amor es el sexo, y hace el amor como un don Juan, conquista a una y a otra, pero la diferencia es que busca que lo amen, que le interesa ser amado, aunque también abandona, pero hasta que conquista el amor.

PJT: ¿Los amorosos son casanovas que siempre han de irse a buscar otro amor?

JS: Es su sentimiento, su manera de ser. Es decir, siempre buscan el amor y siempre fracasan. Creo que eso es porque piensan que el amor es un largo fracaso, es decir, han idealizado tanto al amor que cualquier amor real es limitado para ellos. Creo que andan buscando siempre un amor perfecto, un amor total.

Encuentran alacranes bajo la sábana

PJT: ¿Por eso “encuentran alacranes bajo las sábanas”?

JS: Estoy hablando sobre todo del insomnio. Cuando no puedes dormir, es como si hubieran alacranes bajo la sábana y como si tu cama flotara como sobre un lago. Hay veces que te pasas toda la noche en vela. Eso me pasó con mucha frecuencia cuando estaba estudiando medicina, padecía insomnios horribles, no podía dormir, estudiaba hasta la una o dos de la mañana, luego quería dormir y no podía, eran las tres, las cuatro, a veces a las cinco me quedaba dormido, pero tenía que sonar el despertador a las seis y media o siete para irme a la escuela, ¡horroroso! Después ya ni ponía el despertador y me quedaba durmiendo hasta las ocho o nueve. Una noche no dormí nada, me dieron las cinco de la mañana, prendí la luz y vi el reloj. Dije: “¡Las cinco y sin dormir!” Había sido pura vuelta para un lado y otro. Sentía que me caía arenita en el cerebelo. Y decía: “Me voy a volver loco, ¡qué bárbaro!, ¡qué me pasa, Dios mío!”. Y por fin miro mi reloj ¡las cinco!, “Qué hago aquí, mejor ya me voy a levantar”. Vi sí tenía dinero y encontré, en el bolsillo del pantalón ¡20 centavos! No importa. Me puse el pantalón, la camisa, un suéter y me fui. Vivía en Belisario Domínguez 72. Pasé por la Plaza de Santo Domingo, caminé rumbo al Zócalo, ya en la esquina de Cinco de Mayo dije: “El primer camión que pase, en ese me voy”. El camión costaba 10 centavos, así que tenía para la ida y el regreso. En el frente del camión decía que iba al Bosque de Chapultepec y no sé qué. “En éste me voy”, dije. Pasó exactamente frente al Bosque, frente a las rejas verdes de Chapultepec, de las que habla la canción de los changuitos. Me bajé y me metí al Bosque, caminé como 300 metros para llegar al lago y ahí me senté en una banquita, solito, ya estaba empezando a amanecer, y veo pasar unos muchachos corriendo, haciendo ejercicio, ta, ta, ta, ta… y yo hecho ahí una piltrafa. Luego veo otros que agarraron una canoa y estaban remando y gritando, al ratito otra canoa y otros corredores. Y pensaba: “Ya te amaneció Jaime, estás en el Bosque, éstos que estás viendo están aquí como tú, pero vienen a hacer ejercicio, han pasado una noche sana, durmieron bien, ahorita están haciendo ejercicio para sentirse mejor, y tú estás aquí porque no pudiste dormir. ¡Pendejo!” Me sentía el hombre más desdichado del mundo, tenía 19 o 20 años, era en 1945. Y me repetía: “Pasaste toda la noche en vela porque no pudiste dormir, porque tienes insomnio, porque te caen arenitas en el cerebelo y vienes aquí, y estás desgastado, inútil, no puedes correr, ¿dónde está tu juventud?, ¿dónde estás tú? Mira a los demás, ¡qué diferencia!” Me sentí humillado y ofendido por la vida, fue horrible. Al rato agarré otro camión y me fui a mi casa. Con frecuencia me pasaba eso del insomnio.

“Cuando no puedes dormir, es como si hubieran alacranes bajo la sábana y como si tu cama flotara como sobre un lago. Hay veces que te pasas toda la noche en vela”.

Y se van llorando, llorando la hermosa vida

PJT: ¿En todas estas cosas que ha dicho y le ocurrían, pensaba cuando escribió el poema de “Los amorosos”?

JS: No sé, no pensaba en nada… tal vez pensaba en mí, en mi vida, en lo que había hecho de joven, ir de un lado para otro con las mujeres. No pensaba en otras personas, era una cosa mía, de mis manos. Creo que todo lo que se plantea ahí es lo que he hecho a lo largo de mi vida y en muchos sentidos el poema anticipa toda mi obra poética. Los grandes temas ya estaban ahí: la soledad, el amor, la muerte, el tiempo, el cuerpo. Tal vez, sin quererlo, sin pensarlo, sin premeditarlo ni mucho menos, todos los poemas que escribí después los hice como desarrollando el tema de “Los amorosos”. Fundamentales son las última líneas en las que digo: “Y se van llorando, llorando/ la hermosa vida.”

PJT: ¿Es sufrir la hermosa vida?

JS: A mí me aman algunas gentes porque se identifican con lo dramático y lo trágico de mi poesía. Aquí vino una muchacha que me decía: “¿Verdad que el mundo es una desgracia?, ¿verdad que no vale la pena vivir esta vida, esta pinche vida?; todo es doloroso, dramático, tremendo, no puede uno pasarla más que locamente, llorando.” Y le dije: “Te equivocas si piensas que yo solamente soy así. Una parte de mí mismo se revela en contra del dolor y protesta porque la vida es dolor, pero también conozco la alegría de vivir.” Creo que la actitud de los poetas malditos era una actitud parcial. No creo en los poetas que sólo están en la punta de la lanza, que están circulando en órbita alrededor de la tierra porque no les gusta pisarla. No creo en los poetas malditos en cuanto estén maldiciendo la vida constantemente, son malditos porque maldicen, es una actitud parcial, verídica, auténtica, pero limitada. La vida es eso y aparte es la alegría, la esperanza, la confianza en la vida, la fe en la vida. Lo he pensado muchísimas veces, aun en lo momentos más desesperados. Creo que se puede ser poeta maldito a los 21 o 25 años, tal vez lo fui porque es cuando uno toma demasiado en serio el dolor y las puertas cerradas; pero después, a los 30 o 35 años, cuando empiezas ya a madurar te das cuenta de que la vida es también este otro aspecto de la alegría. Por eso tal vez dejé de pensar en el suicidio, porque en un principio pensaba constantemente en él.

PJT: Pero siempre, desde esos primeros poemas había en usted un sentimiento de soledad, de tristeza, de añoranza, que como dice ya estaban en “Los amorosos”. Hay en un poema en La señal, libro que publicó un año después que Horal, donde dice: “Si yo tuviera un hijo le enseñaría mi retrato/ o le diría un cuento/ que no dijera nada pero que fuera largo.”

JS: Eso es cuando estaba soltero en el cuarto de Cuba, que no tenía ni la esperanza de casarme, todavía ni tenía un hijo, ni un perro al que le contara un cuento. Entonces ésa era

la época de sufrimiento de la soledad, pero siempre sabía que el día de mañana habría de amanecer. Me acordaba de un poema de Huidobro que dice: “Buenos días, día”. Y yo decía mucho eso. Es cuando uno está en la euforia de vivir: ¡Bueno días día!, ¡qué alegría de vivir!

PJT: En ese sentido de la esperanza, recuerdo ahora un poema de usted que está en Diario semanario, donde dice: “El día y la noche son la única medida de nuestra duración. Existir es durar, abrir los ojos y cerrarlos.” De alguna manera es una especie de continuación de los “Los amorosos” y su esperanza de la hermosa vida.

JS: Sí, porque habrá de amanecer. “Aunque sienta que, igual que sube la fruta por las ramas del durazno, está subiendo, en el corazón de estas horas, el amanecer”. Esa es la confianza, pues por muy triste y derrotado que se vea al día, la vida se recupera. A la vida hay que recuperarla siempre; tal vez la perdemos todos los días y tal vez todos los días la recuperamos.

PJT: ¿Igual pasa con el amor?

JS: Igual pasa con el amor.

PJT: Eso explica porque en el verso XIII de “Adán y Eva”, en 61 dice que “Eva ya no está”, que es como “una rama seca” que “no se mueve” “ni habla”, de alguna manera está diciendo que está muerta, pero luego en el verso XV, Adán cuenta que el vientre de Eva crece y que su hijo la “está haciendo más dulce”, es decir que ahí está viva y embaraza…

JS: En el poema Eva muere. Pero a propósito puse al último ese fragmento, porque es el poema de la esperanza, de la vida, del renacer: “Bajo mis manos crece, dulce, todas las noches, tu vientre manso, suave, infinito”. Cuando Eva va a parir, se renueva la vida. Ese poema está al final intencionalmente, aunque sea ilógico porque ya habíamos hablado de que estaba muerta. Pero lo que quiere decir ese poema es que no ha muerto, eso significa que la vida está al frente.

PJT: Es un poema dulce, hermoso, al leerlo hay una sensación de placidez, de tranquilidad…

JS: Como debió haber sido el mundo de Adán y Eva. Ellos no tuvieron celos jamás, no había un tercero, ni hombre ni mujer que se metiera en su vida. Adán y Eva fueron los primeros habitantes del mundo. Es un poema de ternura y del encuentro del hombre con las cosas de la tierra, el encuentro con el mar, con el fuego, y luego la historia de cómo él construye su casa.

PJT: Pero ella piensa que quizá no sea tan buena idea alejarse de los animales, de la naturaleza…

JS: Sí, es cuando ella le dice, “¿Qué te pasa? Aquella vez te sentaste bajo el árbol de la mala sombra y te dolía la cabeza”, porque Adán está muy presumido, muy presuntuoso pensando que ya lo sabe todo. Por eso Eva le dice: “Te voy a enterrar hasta las rodillas otra vez”. Es que Adán primero le cuenta que está construyendo una casa para ellos: “Mira ésta es nuestra casa, éste nuestro techo. Contra la lluvia, contra el sol, contra la noche, la hice. La cueva no se mueve y siempre hay animales que quieren entrar. Aquí es distinto, nosotros también somos distintos”, él presume de que es diferente. Entonces Eva le pregunta: “¿Distintos porque nos defendemos, Adán? Creo que somos más débiles”. Y él responde: “Somos distintos porque queremos cambiar. Somos mejores”. Pero ella con su sabiduría dice: “A mí no me gusta ser mejor.” En este poema reconozco la sabiduría de la mujer, siempre es más sabia que el hombre, siempre. Por eso dice: “Creo que estamos perdiendo algo. Nos estamos apartando del viento. Entre todos los de la tierra vamos a ser extraños. Recuerdo la primera piel que me echaste encima: me quitaste mi piel, la hiciste inútil. Vamos a terminar por ser distintos de las estrellas y ya no entenderemos ni a los árboles.” “Es que tenemos uno que se llama espíritu”, le dice Adán. Y ella responde: “Cada vez tenemos más miedo, Adán”. Y él comienza a decirle: “Verás. Conoceremos. No importa que nuestro cuerpo…”. “¿Nuestro cuerpo?”, lo interrumpe ella. Y Adán continúa:”… esté más delgado. Somos inteligentes. Podemos más”. Y es cuando ella dice: “¿Qué te pasa? Aquella vez te sentaste bajo el árbol de la mala sombra y te dolía la cabeza. ¿Has vuelto? Te voy a enterrar hasta la rodillas otra vez”. Eva le contesta eso para decir de alguna manera: “Tendrías que tener más contacto con la tierra de nuevo.”

PJT: ¿Por qué los amorosos “se ríen de las gentes que lo saben todo,/ de las que aman a perpetuidad, veridicamente,/ de las que creen en el amor como en una lámpara de/ inagotable aceite”?

JS: Porque ellos saben que hay que intentar imposibles como coger el aire, tatuar el humo, eso dicen. Sé que es en vano pero hay que intentarlo. Textualmente el poema dice: “Los amorosos juegan a coger el agua,/ a tatuar el humo, a no irse./ Juegan el largo, el triste juego del amor./ Nadie ha de resignarse./ Dicen que nadie ha de resignarse./ Los amorosos se avergüenzan de toda conformación./ (…) y así, vacíos, pero vacíos de una otra costilla. / La muerte les fermenta detrás de los ojos,/ y ellos caminan, lloran hasta la madrugada/ en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.”

PJT: Aunque están vacíos siguen caminando…

JS: Van en busca del amanecer. “Les Llega a veces un olor a tierra recién nacida,/ a mujeres que duermen con la mano en el sexo,/ complacidas,/ a arroyos de agua tierna y a cocinas./ Los amorosos se ponen a cantar entre labios/ una canción no aprendida.” Cualquier cosa van cantando, una cosa que ni la han aprendido: “Y se van llorando, llorando/ la hermosa vida”. Es decir, la actitud es más de comprender que la vida es una maravilla de cosas positivas y negativas, es un conjunto de cosas y no hay que quedarse sólo con una de ellas. Estamos en un festín, pero tal vez un festín dramático.

Se avergüenzan de toda conformación

PJT: A veces es difícil ver ese conjunto de cosas…

JS: Últimamente a mí me da asco ver todo lo que pasan en la televisión, mucha nota roja, ya dan ganas de no encenderla. Cambio canales y casi en todos lados me encuentro con el crimen. Ya sé que ocurren esas cosas pero ¿por qué estarlo diciendo constantemente? Porque no proponerse presentar en la televisión programas hermosos, de entusiasmo. Hay muchas cosas importantes en la vida que los empresarios no se acuerdan de presentar. Esa cosa morbosa a mí me molesta mucho. Y me recuerda también a los poetas que sólo están hablando de los malestares de la vida, que sólo le están mentando la madre a la vida, al destino, a la porquería de su vida y su existencia. Se quejan de la soledad: “La soledad es una prostituta, la soledad esto, la soledad lo otro.” Por qué no sacarle jugo a la soledad también. Es curioso, hay que aprender a vivir en soledad.

“Hasta que llegué a la Ciudad de México aprendí a vivir en soledad, y después la defendía. Me encantaba estar solo porque podía leer, pensar, sentir lo que quisiera”.

PJT: Usted la conoció en esta ciudad cuando escribía Horal y La señal, incluso antes cuando estudiaba medicina.

JS: Hasta que llegué a la Ciudad de México aprendí a vivir en soledad, y después la defendía. Me encantaba estar solo porque podía leer, pensar, sentir lo que quisiera. Y fíjate que ahora ya no me gusta estar solo, pero no me gusta por mis limitaciones físicas, sobre todo estos años que he padecido tantas operaciones que a veces no me he podido ni levantar de la cama. Es tremendo eso, tienes que depender de que te ayuden. Ahora que estuve tan enfermo había ocasiones en que no podía ni siquiera alcanzarme un vaso de agua, la soledad para un inválido, para un desposeído de sus energías, de sus fuerzas, de su manera de comportarse en el mundo, es horrible. Quizá eso me marcó en estos años, ahora ya me puedo mover, ya puedo agarrar un vaso de agua, ya puedo hacer muchas cosas solo y sin embargo, no me gusta quedarme solo en mi casa. La sensación de soledad ya no es agradable como cuando era joven y escribía. Con el paso del tiempo vas cambiando de apreciaciones sobre muchas cosas que son el mismo objeto. La misma palabra soledad tiene dos interpretaciones: antes era mágica, creativa, creadora, y ahora ha llegado a ser como una amenaza, infunde temor.

PJT: Pero la escritura siempre ha sido un acto de soledad ¿Lo sigue siendo?

JS: Pues sí, por ejemplo, Diario semanario lo escribí en un departamento en la calle de Cedro, en la colonia Santa María La Ribera. Mis padres vivían en la planta baja y yo alquilé un departamento en el primer piso para estar junto a ellos. Estaba ya casado y vivía con Chepita y mis hijos: Julio, Judith, Julieta y Jazmín, todos iban a la escuela y cuando regresaban estaban en un departamento pequeño, así que las tardes eran una escandalera tremenda. Cuando me llegó el impulso de escribir, me encerraba en mi recámara que daba a la calle de Cedro y le decía a mi mujer: “Te encargo que no me vengan a distraer los muchachitos, ponles la televisión y que jueguen y hagan todo, pero allá afuera, en la sala, o que se vayan a la casa de su abuelitos.” Necesitaba encontrarme conmigo mismo, en la cama, con mi libreta, mis cigarros, mi taza de café, como siempre. Y oía la escandalera, que cuando se hace muy rotunda ¡qué bueno! porque no entiendes nada, no le prestas atención. Las voces infantiles son como un ruido más. Entonces ya podía escribir en esa pequeña soledad de mi cuarto, como cuando escribí “Los amorosos”. EP


* Texto publicado en 1998

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