Adelantos: No hablaremos de muerte a los fantasmas

Por cortesía de Casa Futura Ediciones traemos el adelanto de esta obra de ficción especulativa escrita por Daniel Centeno en la que se desenvuelven historias sobre fantasmas de distintas clases, de diversos escenarios, características y situaciones en las que estos espectros cálidos aportan una visión distinta a la concepción tradicional del ente que atrae el frío.

Texto de 24/09/21

Por cortesía de Casa Futura Ediciones traemos el adelanto de esta obra de ficción especulativa escrita por Daniel Centeno en la que se desenvuelven historias sobre fantasmas de distintas clases, de diversos escenarios, características y situaciones en las que estos espectros cálidos aportan una visión distinta a la concepción tradicional del ente que atrae el frío.

El Aleph está escondido en los ojos de los peces

Aura me grita desde la playa, intentando en vano levantar la arena que rodea sus pies. Sólo los masoquistas hacen eso, dice. Me concentro tanto en ella que tampoco puedo sentir la arena, ni la brisa, ni las gotas que caen sobre mí y sobre el proyector que descansa como una protuberancia en mi clavícula. Ya habíamos estado aquí. Esta es la tercera vez. 

La primera vez viajamos solas hasta esta misma playa que ahora detesto de un modo absolutamente nuevo. Habíamos viajado seis horas hasta llegar a la terminal de autobuses y, sin dejar nada en el hotel, corrimos hasta la playa y nos recostamos con la cabeza sobre las maletas. Lo único que sacamos fueron las gafas oscuras y un par de sombreros deformes para cubrirnos del sol. Luego de viajar de madrugada, encontramos al mar hablando sin interrupciones y nosotras queríamos escuchar lo que nos tuviera que decir. 

Entonces Aura se giró hacia mí, con la frente cubierta por el sombrero y por las gafas. Yo apenas podía ver su expresión. ¿Te has preguntado si el mar es un fantasma?, comenzó a decir. Los peces pasan su vida bebiendo de él… Ya la había visto dibujando ojos de peces en cuadernos donde se suponía que planeaba sus inventos, pero sólo el mar me permitió comprender un poco de lo que ella pensaba. ¿No te preguntas si cada vez que comemos pescado, en realidad nos comemos partículas de un fantasma de alta densidad?

Había conocido a Aura en una feria de ciencias a la que ambas fuimos, aunque la sede no era nuestra escuela y no conocíamos a nadie; quizá precisamente por eso acabamos juntas, discutiendo con saña los errores en las tecnologías de los otros. Ese proyector es impráctico, me dijo. Imagínate cargar con ese armatoste sólo para proyectar algo que no existe. Sólo un masoquista hace eso. Ella señalaba un prototipo ajeno que acabaría perfeccionando; una esfera que, según Aura, era un punto singular desde el que podía proyectarse cualquier cosa que pasara por su lente. 

Te presento al Aleph, me diría luego. 

Frente a la playa, aquella primera vez, Aura divagaba como nunca: Imagina que cuando nos comemos un pez, en realidad estamos dejando que una parte de esa sustancia viscosa que ellos comieron entre en nosotras. Por eso, cuando morimos, acabamos volviéndonos fantasmas; el mar nos reclama, pero no por completo. ¿Y eso por qué?, le pregunté curiosa. 

Ella soltó una risita muy suya y me dijo: Porque no comemos suficiente pescado, ¿no es obvio? 

Aquella primera vez se metió al mar con su traje de buzo. Nunca la había visto tan feliz.

Al volver, se recostó a mi lado sobre la arena e insistió en su deseo por comprobar si era posible verlo todo desde un solo punto. ¿Ellos pueden superponer todo lo que existe, frente a sus ojos?, me preguntó. 

Tendrías que ser un fantasma para saberlo, le dije, o un pez, y no creo que quieras ser ninguno de los dos. Pero Aura habría querido, lo sé; era yo la que no podía concebirlo porque esperaba tenerla a mi lado por siempre. Por eso le dije que su idea no le haría ningún favor: si se convertía en un fantasma, dejaría de sentir esa brisa que tanto le gustaba; ya no podría tocar su piel con la arena. 

Todo se convertiría en un mar irrefrenable de sensaciones fantasmas. 

¿Qué es eso?, me preguntó. ¿No te da curiosidad qué se siente ser uno? Que supiéramos, los fantasmas no existían, pero a Aura eso no la detendría. Ella iba a construirlos, si eso hacía falta para saciar su curiosidad. 

Siguió divagando: Los peces son como el Aleph, ¿no te das cuenta? Se puso de pie y sacó de su maleta uno de sus cuadernos. Lo que antes había sido un dibujo, de pronto era una promesa. Uno puede ver la anchura del mar desde los ojos de un pez. Sin importar a donde mire, me dijo, sin importar donde se sitúe, el mar se vuelve su eternidad en el tiempo y en el espacio. Me mostró los pequeños mecanismos que harían posible su visión, los cálculos que eran tan indescifrables como el resto de su mente. Todo en Aura me hacía añorar el futuro, donde ella tenía los ojos puestos, donde yo no podía alcanzarla, sin importar cuánto traté. El pez lo puede ver todo, insistió, así debe ser con los fantasmas. ¿Te preguntas por qué todos son mudos? Estaba tan entusiasmada y yo sentía que podía ver todo lo que ella decía, rodeándola como fantasmas provenientes de una imaginación que me compartía por ratos. No quieren decirnos lo que ven, me dijo, o no pueden. Es indescriptible… 

El segundo viaje a la playa comenzamos a planearlo luego de meses de recuperación en los que el ánimo no me alcanzaba para nada. Me había fracturado de tal modo la clavícula que necesité una prótesis. Sin embargo, antes de que la pusieran ahí, antes de que introdujeran en mí una parte tardía de mi ser —un poco de metal entre tanta carne—, Aura me pidió que por favor probara el Aleph. 

¿Estás feliz de poder probarlo conmigo, verdad?

Por favor, me dijo, sólo será un pequeño bulto en tu injerto. Me tomó por el hombro, y aunque me dolió su tacto, no quise que se apartara de mí. Ni siquiera vas a sentirlo. Será como un pequeño ojo de pez y cuando esté en tu hombro podrás ver nuestra playa sin importar en donde te encuentres. 

Aura había escaneado la playa, los patrones de las olas y un mar artificial que yo podía invocar, con sus peces, igual que si un fantasma se apareciera ante mí a voluntad, como un alma mecánica que sólo necesita un switch de encendido. 

No sé si quiero eso en mi cuerpo, le respondí, pero Aura insistió tanto, y yo la quería tanto más, que le dije que sí. Los cirujanos, que la admiraban, trabajaron con ella hasta que la prótesis quedó lista. 

Durante los primeros días de la recuperación, Aura encendió el Aleph en mi hombro y el mar se proyectó en todas direcciones. Yo estaba rodeada por un fantasma digital. Por primera vez sentí que podía ver en el interior de su mente: frente a mí estaba el agua que ya había visto al sumergirse en su traje, la arena sobre la que nos habíamos recostado, nuestras huellas… ¿Soy un pez?, le pregunté. 

Aura me sonrió como si estuviera orgullosa de mí, aunque yo no había hecho nada. ¿No te parece que puedes verlo todo desde dónde estás?, me preguntó. ¿No te convierte eso en el Aleph? ¿No eres uno con todos los fantasmas, viéndolo todo? De pronto aparecieron las estrellas de nuestra primera noche en la playa, cuando me hizo acompañarla con su equipo a grabar cada centímetro del cielo. Las luces se superpusieron a los peces, que parecían devorar estrellas con su nado, y las algas se elevaron hacia el espacio como si ellas bastaran para unir a los planetas. haciéndolos parte de un arrecife de hojas delgadas y verde superficie. Todo el universo parecía crecer desde el fondo del mar. 

Podía verlo todo gracias a Aura. Ella me había regalado todo. 

Es tan pequeño, susurré mientras acariciaba mi piel, cerca de mi clavícula. 

Aura repitió: ¿Recuerdas aquel otro invento, el que vimos en la feria? Qué bueno que los peces me hicieron ver su error. Al ponerse frente a mí cerró los ojos, para que la luz no le hiciera daño, entonces el Aleph los proyectó para mí. Imagínate cargar con ese armatoste sólo para proyectar algo que no existe.

Cuando al fin concretamos el viaje a la playa, con mi brazo recuperado en su movilidad, Aura me dijo que el Aleph respondía a la presión de mi hombro. Cuando te sientas tensa, el Aleph proyectará para ti algo que te saque una sonrisa. Ya lo programé. Luego añadió: Tú puedes ver todo igual que los peces, con tus ojos. 

Aura llevaba sujeta en sus manos una pequeña cámara que iba registrando todo para mí. Quería regalarme su mundo y yo amaba la posibilidad de sumergirme en él. 

Aura murió en esa misma playa, a la mañana siguiente. 

Se había subido a un bote, se había puesto otra vez su traje de buzo y pretendió regalarme un poco más del mar que tanto le hacía añorar a los fantasmas. Fue eso lo que más me dolió: que ella jamás volvió; que su fantasma no se apareció por ningún sitio, aunque trajeron de vuelta su cuerpo. Fue esa traición la que no podía perdonarle, porque a veces, sin querer, el mar se aparecía frente a mí por culpa del Aleph, que Aura puso en mi hombro. 

Aquí estoy en la playa, por tercera vez. Quiero sentir la brisa que el Aleph no reproduce, el silencio del fantasma. La esfera en mi hombro hace un ruido semejante al de los cuerpos al interrumpir el flujo del agua, el sonido del bote en el que subió Aura antes de morir. Aura se aparece frente a mí igual que las olas que proyecta el Aleph, una reproducción que imita las cosas que ella creyó que necesitaría cuando estuviera tensa. Esta mujer frente a mí no es la Aura que debía volver de entre los muertos como lo hacen quienes tienen asuntos pendientes, quienes se hunden en las penas; porque Aura no volvió, porque ella avanzó; siguió nadando en ese fluido viscoso que es la muerte, sumergiéndose sin mí. 

Todavía desciende, hundiéndose para siempre.

Aura me sonríe y me habla del Aleph, desde el que ella nace, sin darse cuenta hasta que se lo digo. Le digo que murió y le digo también que ella no volverá, que no lo ha hecho y que el Aleph no basta, que la eternidad no se ve desde aquí; que no hay ningún punto en el universo desde el que la eternidad sea visible, excepto desde sus ojos. 

Pero tú ya no estás, le digo. Tú descendiste al mar para traerme un trozo de la eternidad que tanto añorabas. 

Le confieso cómo murió. Ella se sigue lamentando. 

Lo hiciste, Aura, tenías razón. Los fantasmas lo abarcan todo. Abarcan la eternidad y a ti, ahora. Tu alma está en el mar, nunca ha salido. 

Aura está llorando. 

¿Qué es lo que quieres que haga?

No quiero destruir su creación. Me odiaría si fuera yo quien borrara la eternidad que ella creó con su invento: ese otro vasto fantasma que son los recuerdos hechos de luz, proyectados sobre el mundo gracias a ella; este otro mar en el que los peces flotan sobre mí, observando la eternidad en todas direcciones, mezclados con las estrellas y con Aura, que sigue aquí. 

Pero es un engaño.

El invento de Aura sólo tiene un corto alcance. 

El infinito se reproduce en fragmentos. 

El mar es irreproducible. 

No comí suficientes peces, me dice la proyección de Aura; la que es resultado de haberla visto reír, llorar y bailar con los pies desnudos sobre la playa; la que no me dejaba ver su rostro bajo el sombrero y las gafas; la que criticó otros inventos hasta superarlos todos y regalármelo a mí y a nadie más. 

¿Qué se siente ser un fantasma?, le preguntó. Por primera vez soy yo la que hace las preguntas, porque si ella no está, alguien debe hacerlas, manteniendo viva su curiosidad. Si destruyo el Aleph te irás para siempre, le digo. En parte es verdad: se irá lo que ella construyó, lo que quiso darme. Pero hay tantos recuerdos de Aura dentro de mí. Su fantasma, si es que existe, no habrá de dejarme. 

Ella me sonríe y me mira como si acabara de quitarse unas gafas invisibles, y responde: No tiene caso que cargues ese armatoste para proyectar algo que no existe


*Este cuento forma parte del libro No hablaremos de muerte a los fantasmas (Casa Futura Ediciones, 2021).

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