Las Hurdes

Este relato de Paul Antoine Matos describe un viaje hacia un rincón de España, llamado Las Hurdes.

Texto de 30/06/22

Este relato de Paul Antoine Matos describe un viaje hacia un rincón de España, llamado Las Hurdes.

Este es otro mundo. El lugar más recóndito de España, entre montañas inaccesibles, en el norte de Extremadura. Las Hurdes, un lugar poseído por el pasado. La comarca está en la frontera con Castilla y León, bordeando la provincia de Salamanca. 

Carlos Díaz maneja hasta ahí, mirando el GPS del celular para no perdernos. Carlos es periodista, historiador y cazafantasmas extremeño, conduce por la Vía de la Plata hasta el desvío en Plasencia, atento a la salida que debemos tomar.

—El gran problema de Extremadura es la despoblación —dice, al fin, tras media hora de viaje, encaminados.

Las Hurdes es una comarca de 500 kilómetros cuadrados y habitada por 5,700 personas. Por cada kilómetro cuadrado hay 13 personas. En la Ciudad de México, donde vivo, hay más de 6,000 en el mismo espacio.

—Como veamos, un joven en las Hurdes va a ser un milagro. Es una zona muy despoblada, sobre todo con la crisis económica, la mayor parte de las personas que quedan en Las Hurdes son ancianos.

Carlos recuerda esa crisis de 2008 en la que España —junto a Islandia, Grecia y Estados Unidos— fue uno de los países más afectados: “antes de 2007 se construía de forma indiscriminada, las inmobiliarias hacían bloques y bloques y bloques de pisos en todo tipo de lugares que te puedas imaginar, en los sitios más remotos que te puedas imaginar, eso formó una burbuja que terminó estallando. Una gran crisis sin trabajo, se fueron fuera”.

El 20% de los extremeños —200 mil— son mayores de 65 años. Los jóvenes, dice Carlos, se van a estudiar fuera cuando cumplen 18, a Madrid o Sevilla, porque son muy pocas las universidades. Las oportunidades laborales son escasas, entonces cuando concluyen su carrera se preguntan por qué volver a Extremadura, solo regresan para navidades o semana santa. Es un problema muy grave aquí, los ancianos van muriendo y los jóvenes no vuelven, dice.

Él mismo formó parte de la estadística. Estudió periodismo en Madrid y, viviendo ahí, trabajó de teleoperador, telefonista, vendedor de alarmas, hasta que fue contratado por la edición extremeña de ElDiario.es, entonces volvió. Ahora, tras tomar un curso de periodismo freelance, se dedica a su propia empresa periodística porque “entrar a trabajar a un periódico otra vez iba a ser imposible”.

Como freelance tiene que pagar una cuota de “trabajador autónomo” de 200 euros al mes, dinero que se acumula para su jubilación y se integra a la seguridad social del Estado por si tiene un accidente o si queda en paro, lo que le da derecho a una prestación. Son aportaciones progresivas, el primer año son 50 euros, el segundo 100, así hasta llegar a 300. Compensa sus ingresos escribiendo artículos sobre telefonía y otros temas y dando recorridos por Trujillo y sus leyendas.

—¿Y quieren ser como Barcelona, Madrid? —le pregunto.

—Prefiero ver esto —los campos por la ventana— a las fábricas. 

La carretera muestra grandes extensiones de la Dehesa con sus olivos y cerdos y ovejas. El paisaje cambia poco a poco, ese ecosistema queda atrás con los kilómetros y el coche toma un ángulo elevado, Carlos reduce la velocidad para tomar las curvas. A los lados, las rocas toman dimensiones mayores y los olivos son sustituidos por pinos. En este primer día de invierno la carretera se llena de niebla.

—No me gustaría que vivieran ocho millones de personas siendo un territorio masificado —dice —pero también es peligroso que vivan un millón de personas y la mayoría población anciana, es un problema grave que no están sabiendo corregir.

*

Conforme nos acercamos a Riomalo de Abajo, pueblo que cruzaremos para ver el Meandro del Melero, un famoso accidente geográfico, Carlos me da un consejo periodístico: en pueblos como los de Extremadura, de pocos habitantes y dónde las personas se conocen de antaño, una manera sencilla de saber su historia y conocer su gente es acudir a las parroquias y hablar con los padres. Las iglesias tienen el registro de los antepasados, con bodas y bautizos, de quienes han nacido ahí, así como los registros funerarios.

El Meandro del Melero está en Castilla y León pero debe ser visto desde Extremadura. Es una protuberancia geográfica que rompe con el cauce normal del río Alagón. Los siglos de erosión formaron el nuevo camino del río. El silencio que se espera en un lugar así es imposible con el sonido del romper del agua en las rocas ahí, un par de cientos de metros abajo. El celular no tiene señal y solo estamos Carlos y yo. A kilómetros de aquí, en el mundo, el mundo sigue girando: hay asesinatos y nacimientos, millones de mensajes son mandados y recibidos, correos enviados, cartas recibidas, fotos en Instagram, tuits tuiteados, videos en Facebook y TikTok, hay sesiones de Zoom, influencers recibiendo likes, extranjeros viajando, migrantes viajando, sedentarios encerrados en sus cuartos jugando videojuegos, gente que da positivo al coronavirus, gente muriendo por coronavirus, cánceres, ingresos al hospital, infartos, accidentes de tráfico, coches atascados en el tráfico, futbolistas entrenando, tenistas entrenando, basquetbolistas entrenando, corredores, ciclistas, nadadores, gente pidiendo comida a domicilio, gente con diarrea y vomitando, miles en los mercados y supermercados comprando el pavo para la cena navideña, las manzanas y uvas para la ensalada de frutas, los mariscos, el bacalao, el vino, cervezas, aviones despegando, aviones aterrizando, televisores encendidos y alguien viendo el celular con su ruido de fondo, gente sin luz, sin agua, sin casa, sin comida, parejas cenando en un restaurante lujoso, parejas cenando taquitos en la esquina de su barrio, parejas teniendo sexo, parejas peleándose, adolescentes emborrachándose, adultos emborrachándose, jóvenes probando las drogas por primera vez, jóvenes probando las drogas por centésima vez, músicos cantando rock, cumbias, reggae, tango, trova, mujeres perreando reggaeton, hombres perreando reggaeton, cineastas filmando, escribiendo guiones, borrando historias, poetas con el corazón roto, novelistas fracasando, fábricas contaminando mares y ríos, jefes dando indicaciones absurdas y empleados renunciando, billonarios cagándose en sus empleados, en el medio ambiente y en la salud para ser multibillonarios, empresas minando montañas, drenando pozos petroleros, arrasando selvas, flora, fauna, presidentes preparando invasiones, gobernadores firmando decretos, alcaldes inaugurando calles, dictadores negociando con el ejército, con el narco, con la mafia, policías golpeando a detenidos, detenidos siendo golpeados por policías, revolucionarios preparando un alzamiento, terroristas comprando armas, madres buscando a sus hijos desaparecidos, padres vengando a sus hijas asesinadas, jueces corruptos negando la justicia, fiscales corruptos dejando sin investigar crímenes, niños y niñas jugando con cochecitos, columpiándose en columpios, resbalándose por las resbaladillas.

Aquí todo eso no existe.

Solo somos dos seres vivos en medio de la naturaleza escuchando el agua estrellarse contra las rocas y correr, correr para estar quieta.

*

Hace un siglo, en 1922, el rey Alfonso XIII llegó hasta esta comarca. Se sorprendió de la forma en que vivían los hurdanos, cómo estaban desconectados del mundo. A 100 años de distancia, acceder a Las Hurdes es más fácil pero son fácilmente reconocibles las dificultades que existieron para llegar a esta región antes de la modernización. Las carreteras hurdanas son de la mejor calidad, sin baches ni traqueteos, el coche se desliza con suavidad a través de ellas. Pero no puedo evitar pensar que durante siglos era inaccesible. Sus montañas, bosques y ríos atraviesan los intentos humanos de establecerse, ¿qué sembraban? ¿cazaban? ¿cómo vivían aislados?

El rey, sin pudor, decidió bañarse desnudo en una charca del río Los Ángeles y fue fotografiado por “Pajarito” Pepe Campúa. Después de su visita, decidió llevar a cabo una serie de reformas para impulsar la región, como la construcción de una carretera y proyectos educativos y de sanidad.

Carlos me cuenta que su nieto, el rey emérito Juan Carlos, venía a Las Hurdes a comprar  Ciripolen, un producto de las abejas producido por un don Cirilo, que servía como afrodisiaco. Según era el rumor, dice, el rey emérito venía hasta Las Hurdes en secreto para comprar decenas de cajas de Ciripolen.

Segismundo Moret, político liberal de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y presidente del Consejo de Ministros en 1905 y 1906, quería establecer colonias penitenciarias al aire libre en Las Hurdes, expropiando las tierras de los hurdanos. La caída de su gobierno evitó que ocurriera.

“En 1932, una década más tarde del rey desnudo, ya durante la Segunda República, el cineasta Luis Buñuel alcanzó estos pueblos”.

En 1932, una década más tarde del rey desnudo, ya durante la Segunda República, el cineasta Luis Buñuel alcanzó estos pueblos. Al llegar, notó que las promesas del antiguo mandatario no se cumplieron. Las Hurdes, tituló su documental, era “Tierra sin pan”. Buñuel filmó los pueblos hurdanos con “enanos y cretinos”, con niñas muriendo en las calles, abandonadas de toda ayuda, con sacrificios animales y burros enfermos embarrados de miel siendo picados hasta la muerte por abejas. “Una tierra estéril en la que el hombre está obligado a luchar en cada momento por su subsistencia”, la llamó. Su película marcó la pauta de cómo serían vistas Las Hurdes a lo largo de las siguientes décadas, un lugar con miseria que sí tenía remedio.

*

“SE NOS CASAN”, dice un graffiti en una roca. Un corazón al lado, pintado en amarillo neón.

“Víctor y Noé”, mismas letras, mismo amarillo neón.

Amor es amor, aún en el lugar más recóndito de España.

*

El consejo de Carlos sobre hablar con párrocos no funciona aquí. La iglesia de Riomalo de Arriba está cerrada. En la entrada hay una cruz de piedra que dice “CAÍDOS POR DIOS Y POR ESPAÑA. PRESENTES”.

Una cruz que rememora a los soldados sublevados de la Guerra Civil.

Dejamos el coche unos 15 metros abajo, en un estacionamiento anacrónico, junto a una piscina que retoma el agua del río.En verano debe ser el punto de reunión de quienes viven aquí. Subimos por pasadizos de escaleras, mientras un perro, que oímos pero no vemos, nos ladra.

Abelardo Rubio Crespo vive en en Riomalo de Arriba. Él nos dice que ahí hay otras 15 personas, pero solo vemos a Canelo, el perro color miel que advirtió nuestra presencia ladrando, ahora se sube a mí, poniéndose de dos patas, pidiendo que lo acaricie, vemos también a los cuatro gatos más amistosos del mundo. Uno de ellos también se pone a dos patas para recibir cariño en su cabeza. Abelardo está reparando una casa, pero los ladridos de Canelo le avisaron que estábamos cerca. 

Nos saluda, nos pregunta qué hacemos y dice que no hay mucho. Regresa a trabajar.

—Periodistas —le dice Abelardo, cuando nos alejamos un poco, a una voz que le preguntó sobre quiénes éramos.

—¿Periodistas otra vez? —responde la voz, un albañil que le ayuda en la construcción de la casa, suponemos. No vemos a nadie más.

Parece que el lugar más recóndito del mundo es el más visitado por los periodistas. Lo extraño, las rarezas, son un lugar común.

Abelardo regresa con una motosierra. Se acerca a nosotros, cargándola de forma amenazante. No hay nadie en Riomalo de Arriba y en un lugar como este no sé si gritar pueda servir de algo, si correr por estas calles empinadas y resbalosas por la lluvia pueda servir. Me cruza un pensamiento: si nos ataca y descuartiza, ¿cuánto tiempo tardarían en encontrarnos? Nadie sabe a qué pueblo hemos venido. Tendrían que buscar en cada uno de los pueblos hurdanos y eso le tomaría varios días a la Policía Nacional. Pero lleva la motosierra a su casa, pasando de largo de nosotros.

—Tenemos muchas máquinas para bajar el colesterol —dice, finalmente, para nuestro alivio cuando la guarda en casa. Una chica y un chico de aquí son periodistas, añade, el chico es camarógrafo de televisión y ambos trabajan para la Junta.

—¿Aquí en qué se trabaja? —le preguntamos.

—Antiguamente vivía la gente del ganado, algunos jornales, en el campo se tenía ganado, se cogía de todo. Sin dinero se vivía, el dinero que se ganaba se ahorraba porque se daba de todo, tomates, pimientos, patatas, de todo, las aceitunas. Olivos hay, este año apenas han salido, pero los jóvenes no quieren trabajar y muchos están sin coger.

Antes había una mina y una cantera de donde sacaban níquel, cobre, hierro y azufre, que fue explotada y la pararon. También sacaban maderas de los castaños centenarios.

Los jóvenes emigran. A Salamanca, Madrid, Barcelona, San Sebastián, Navarra.

—¿Siempre ha vivido acá?

—No, no, he estado fuera. Desde 2015 vivo aquí. Aquí me crié con 10 hermanos, y ahora están ya todos fuera, el único que estoy aquí soy yo. Y tranquilo y ya está.

Estudió en una escuela con 80 niños, que está hacia un camino estrecho con una escalera bastante resbalosa en esta mañana húmeda. En la parte de abajo vivía su maestro, ahora está arruinada y se cae.

Nos presume que acaban de poner la fibra óptica y señala una caja gris con cables en el exterior de una de las casas. Dice que mucha gente de Mérida y de Cáceres compran casas en Ríomalo de Arriba pero no hacen nada.

—Vino un empresario con un promotor sevillano, compró las casas baratitas para rehabilitarlas y lo que hizo fue llevarse la pizarra, empezaron con 108 y no terminaron ni una, ahora están sin tejado y se están cayendo.

Un grupo de casas en lo más alto del pueblo no tienen techo. Son esas a las que les quitaron la pizarra del tejado y las dejaron a la intemperie. Carlos y yo nos metemos por las calles, pasillos de piedra gris, a los lados casas que la maleza ha recuperado de a poco. Intentan mantener la naturaleza a raya.

—Vienen porque queremos nombrar al pueblo de Bien Turismo, rehabilitarlo —dice Abelardo. Lo que pasa es que el gobierno este no nos apoya, han pedido subvenciones a Europa, pero manda el gobierno central.

Quieren que se vuelvan a habitar las casas, rehabilitarlas porque hay muchas que se están cayendo, para que la gente vuelva y que se preserven. La casa que él mismo remodela es la de un hermano suyo y usan los materiales tradicionales hurdanos como piedra, pizarra y madera de castaño.

En los años 1700 ya habían casas hechas aquí, nos cuenta. La historia de su fundación es que dos hermanos pastores buscaban abrigo para su ganado, rodeados entre las montañas, y así empezó el pueblo. Los hermanos se separaron, uno de ellos se fue pa bajo, y así se fundó Ríomalo de Abajo.

—Esa la restauré yo —señala la iglesia —eso es lo bonito aquí, la piedra y los tejados de pizarra y luego por dentro eran todos madera de castaño.

»La gente se ayudaba a hacer obras. El pueblo ayudaba a la gente, todo a mano, cuando estaba de obra y necesitaban iban todos a ayudarlo —rememora.

Abelardo sueña con encontrar oro. Un tío suyo le dio una piedra, que la llevó a analizar y tenía oro. Cree que ese tío se llevó a la tumba el secreto de una veta áurea que pasaba por un huerto suyo, porque ahí el agua sale “color oro”. Si tuviera un buen detector de metales la buscaría.

—Normalmente las minas que dan oro dan de todo, tienen distintas vetas, hay que descubrir la de oro.

*

Conducimos por una carretera llena de curvas invadida por una espesa niebla que solo nos permite ver 30 metros más adelante. Carlos baja la velocidad a 20 kilómetros por hora, maneja con precaución, atento por si un vehículo viene en la dirección opuesta.

La carretera hurdana está vacía. La niebla nos recuerda a la película de terror Silent Hill y las curvas a El Resplandor.

Carlos me cuenta que en el cementerio Aceitunilla se aparece por las noches el Niño blanco de Las Hurdes, un fantasma infantil con 150 años de edad cuya historia es desconocida.

Se dedica, con un grupo de amigos, a buscar fenómenos paranormales en Extremadura y mapearlos. Tienen equipo que les permite identificar movimientos extraños, como de apariciones, y sonidos. En una ocasión, cuenta, fueron a un monasterio abandonado. Las puertas y ventanas estaban tapadas por cortinas negras y tenía indicios de que se realizaban rituales de brujería. Estuvieron toda la noche grabando video y audio. Al escuchar con los audífonos puestos y en su computadora lo grabado, escuchó una especie de grito, un aullido en lo profundo de la noche de una figura que no estaba en video.

Contuvo la emoción. Estaba cerca de lo que podía ser su primer registro como cazafantasmas en Extremadura, pero la lógica tenía que imperar. Los programas como Cuarto Milenio, que compran ese tipo de material, son muy exigentes en cuanto a la verificación de las grabaciones.

Llevó el audio a un analista de sonido, quien le dijo que pudiera tratarse de un perro ladrando. Se decepcionó un poco.

En otro viaje, en el cementerio antiguo de un pueblo extremeño, siguieron los rastros de unos huesos en el suelo, hasta llegar a un esqueleto que aún vestía la ropa, zapatos incluidos, con la que fue enterrado.

“Más peligrosos son los vivos. En varias ocasiones, tráilers que vienen en sentido opuesto cruzan peligrosamente la línea divisoria de la carretera”.

Más peligrosos son los vivos. En varias ocasiones, tráilers que vienen en sentido opuesto cruzan peligrosamente la línea divisoria de la carretera. Aunque Carlos baja la velocidad, los conductores de los demás vehículos la mantienen y solo al vernos se reinsertan en su carril.

*

El volcán está a dos kilómetros, nos dicen en un bar en El Gasco. Hay que subir una cuesta inclinada, pasar por el río, y seguir subiendo. Compramos un par de bocatas de chorizo y queso de cabra para almorzar en el camino.

Se supone que es un volcán. Aunque también se dice que son los restos de un meteorito que se estrelló hace un millón de años. Eso, en estos momentos, me es irrelevante. Llevamos 15 minutos subiendo un sendero y mi corazón está por salírseme del pecho. Late, late, late y Carlos, al verme subir con dificultad, advierte que debemos tomar un descanso. Le digo que estoy bien, que podemos seguir, que intentemos.

—¿Seguro?

—Sí, sí, vamos. Si nos detenemos ahora, nunca llegaremos.

Continuamos otro rato más, unos cinco minutos, hasta que me rindo por falta de aire. Ahora sí, Carlos decide que paremos y aprovechemos a comer los bocatas. De acuerdo, le digo.

Comemos en silencio. Mascamos y respiramos el aire de la montaña. Un cerro nos bloquea la vista hacia El Gasco.

Carlos se da cuenta que este sendero es uno de los bancales de olivos. Los hurdanos solucionaron la falta de tierras planas y extensas con estos caminos escalonados sobre las montañas para sembrar y cosechar los olivos.

Retomamos la subida. Pensamos en que lo más difícil, por lo inclinado y por la amenaza de lluvia que enlodará el sendero, será el retorno. Menos mal que vinimos en invierno, dice Carlos, en verano seguro todo esto tendrá serpientes.

“Pero entre la maleza sentimos que ojitos nos miran. Pensamos en duendes. En este tipo de lugares, donde la naturaleza domina, es donde más son escuchadas las historias de seres fantásticos que cuidan a los viajeros o les hacen bromas”.

Nos sentimos observados. No lo decimos, pero cada uno se lo guarda para sí. Solo nos lo diremos más adelante, cuando hayamos vuelto a la seguridad de El Gasco. Pero entre la maleza sentimos que ojitos nos miran. Pensamos en duendes. En este tipo de lugares, donde la naturaleza domina, es donde más son escuchadas las historias de seres fantásticos que cuidan a los viajeros o les hacen bromas. Sea en España, Irlanda o Yucatán las leyendas coinciden en que aparecen; en mi tierra les llamamos aluxes, ahí cuidan la selva, el monte, y la milpa, si se les respeta y se respeta a la naturaleza, ellos no dañan al campesino. 

No se nos manifiestan en nuestra travesía pero Carlos y yo coincidimos en que sentimos una presencia extraña que nos miraba y que esa presencia era de duendes.

Alcanzamos la cima, o eso creemos. No hay nada más que unas rocas que parecen sacadas de la guarida de un dragón. Suponemos que esto es el volcán. No hay lava, no hay piedras celestiales, no hay más. A lo lejos vemos la cascada del Chorro de la Meancera.

Volvemos. Notamos que en el camino de vuelta no hay tantas señales como al subir hacia el volcán. Bajamos por una ladera que cada vez es más empinada y advertimos el peligro.

—Por aquí no es, retrocedamos —dice Carlos. 

Eso hacemos, por un camino que estamos creando y del cual no sabemos por donde saldrá. Acordamos en que nos lo tomemos con calma. Aún quedan un par de horas de sol y El Gasco no debe estar tan lejos. Vamos, pie con pie, mano con mano, tanteando rocas, agarrando las más firmes y retrocedemos nuestros pasos. Subimos unos cinco metros y retomamos el camino original. Carlos descubre que en el punto que tomamos para abajo había una desviación hacia la izquierda, el rumbo correcto.

Identificamos elementos que vimos en la subida. Una manguera negra, unas sábanas colgadas.

Al subir, cruzamos un riachuelo. No estamos seguros de si estamos en el camino correcto, porque el sendero nos obliga a atravesarlo tres veces y antes solo fue una. Nos sentimos otra vez perdidos. Retrocedemos y repetimos los pasos que tomamos antes de llegar aquí hasta darnos cuenta que estábamos bien.

Cuando me agarro de las plantas para bajar lentamente intento agradecerles por permitirme tomarlas para evitar resbalar. No sé si sirva de algo, pero no pierdo nada en hacerlo.

Los mejores consejos de senderismo que se me ocurren serían pisar lento, pero firme y seguro, y confiar en los instintos. Si notas algo raro, mejor tomarlo con calma, reprensar y retroceder. Es mejor llegar intacto y tarde, aún con la ropa llena de barro, que lesionado.

Encontramos un mensaje pintado de rojo en una pared de rocas: Si en todas partes del mundo el hombre es hijo de la tierra, en Las Hurdes la tierra es hija de los hombres.

La frase es de Miguel de Unamuno, antiguo rector de la Universidad de Salamanca y cronista que pasó por Las Hurdes en su libro Andanzas y visiones españolas.

Oi oi oi 

Alguien grita.

Ah, ah, ah, oi, oi, ah

Santos emite sonidos guturales. Así llama a sus cabras; las campanas que rodean sus cuellos repican con sus movimientos por las laderas. Santos tiene un habla antigua, extremeña, que se me hace difícil entenderle. Su castellano es del encierro de este mundo hurdano.

Santos nos dice que tiene unas 15 cabras que pesan unos nueve kilos y que en vida cada kilo vale 7 euros, muerta 19.

Le pregunto si puedo tomar una foto, pero él no quiere salir, que se la tome a las cabras, entonces una de ellas se acerca y se pone a la foto.

*

Elena, ojos verdes en la oscuridad, trabaja en el Centro de Interpretación del Gasco, una especie de museo en el que explica cómo era la vivienda tradicional hurdana. Al lado está una de esas casas. La puerta es baja y noto que este podría ser un lugar que inspirara a J.R.R Tolkien para la Comarca de los Hobbits en sus novelas. Eran espacios pequeños en donde vivían familias con muchos hijos. Esta casa tiene dos pisos, algo raro. Uno de los cuartos con su cama, en las paredes un par de crucifijos con Jesucristo; otro de los cuartos con una estufa de mediados del siglo pasado, unas sartenes y cacerolas colgadas en la pared.

Los hurdanos debían pasar la mayor parte de sus vidas fuera, pienso, y las casas solo usarlas como refugio y descanso.

Elena es de La Fragosa, una alquería a 50 minutos en coche de El Gasco. Entró en el paro con la pandemia, resopla al decirlo, y en marzo encontró esta oportunidad de estar en el Centro de Interpretación. En días como hoy, mitad de semana, a dos días de Nochebuena, no tiene contacto con visitantes. Somos la sorpresa.

—De Mérida, México.

—Jolines.

—¿Cómo dirías que son Las Hurdes? —le pregunto.

—Diferentes según el pueblo. Este está muy unido, se ayuda muchísimo y los otros pueblos ya vamos perdiendo la esencia. El hurdano se tenía que ayudar porque no había nadie más y eso también se está perdiendo.

—¿Qué tuviste que aprender?

—Yo hablé mucho con la gente mayor.

—No era como las Hurdes de Buñuel —dice Carlos.

—La de Buñuel no nos gusta, no nos gusta nada lo de Buñuel. Al día de hoy, por verte con la cámara así mucha gente te diría algo, por creer que les vas a hacer una foto y que los vas a ridiculizar.

Recordamos a Santos que prefirió que le tomáramos una foto a su coqueta cabra antes que a él.

—La manera en que habla de nosotros. Y la imagen que dio de nosotros, porque a día de hoy viene gente buscando a la niña abandonada en la calle, a que sigamos viviendo en las casas de arriba.

»Llegan y dicen “ostras, no se ha llegado ni a la cobertura”, perdón pero todos somos Vodafone.

Nos dice que la idea que Buñuel dejó en Las Hurdes —”cretinos y enanos”— marcó el estereotipo y el desprecio con el que se les veía. Y que, aún hoy, hay viajeros que siguen buscando a esos “cretinos y enanos” al ver la altura de las puertas de las casas tradicionales hurdanas.

En una escena del documental se ve a una niña enferma, abandonada por dos días a su muerte. Elena dice que fue un montaje:

—Se le pagó a los padres para poderlo decir. Sí murió, a los dos años, pero no por el documental, ni fue abandonada en la calle.

—¿Qué haces cuando no hay nadie?

Ella saca una tablet y dice que ve Netflix. Otras veces lee.

—¿Quieres renovar?

—No creo —risa nerviosa.

Dice que en la Junta están apostando para que se queden muchos jóvenes para trabajar en la apicultura, pero esa ayuda no sirve aquí. 
—Todos nos queremos ir, aquí no queremos tener una vida. En verano queremos venir, pero en invierno es muy duro y muy largo porque así se puede estar tres semanas. Es muy deprimente. EP

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