La Masacre de los Inocentes

En esta traducción, Jorge García González presenta un estremecedor texto de Maurice Maeterlinck.

Texto de y 30/10/20

En esta traducción, Jorge García González presenta un estremecedor texto de Maurice Maeterlinck.

Al día siguiente, fue sepultado y no hubo más eventos extraordinarios en Belén esa semana. Pero el domingo después de la Misa Mayor, los lobos hambrientos vagaban por el pueblo y nevó hasta mediodía; de repente, el sol brilló y los campesinos regresaron a cenar como de costumbre y se vistieron para la bendición (del santo sacramento).

En ese momento no había nadie en la plaza, porque hacía un frío terrible; sólo los perros y las gallinas vagaban bajo los árboles, donde las ovejas pastaban en un triángulo de hierba y la doncella del sacerdote barría la nieve de su jardín.

Entonces una tropa de hombres armados cruzó el puente de piedra al final del pueblo y se detuvo en el huerto. Algunos campesinos salieron de sus casas, pero volvieron a entrar aterrorizados al reconocer a los españoles y se asomaron a las ventanas para ver qué pasaba.

Alrededor de un anciano de barba blanca había una treintena de jinetes con armaduras. Llevaban lansquenetes vestidos de amarillo o rojo en las grupas, que desmontaban y corrían sobre la nieve para estirar las piernas, mientras varios soldados cubiertos de hierro también descendían y meaban contra los árboles a los que habían atado sus caballos.

Luego se dirigieron a la posada Soleil-d’Or y llamaron a la puerta. Les abrieron con miedo, entraron a calentarse junto al fuego y se hicieron servir cerveza.

De rato, salieron de la posada con ollas, jarras y panes de trigo destinados a sus compañeros alineados alrededor del hombre de barba blanca que aguardaba entre las lanzas.

Como la calle estaba desierta, el jefe envió jinetes detrás de las casas, para vigilar el pueblo del lado del campo, y ordenó a los lansquenetes que trajeran ante él a los niños de dos años o menores, para matarlos, según está escrito en el Evangelio de San Mateo.

Fueron primero a la pequeña posada Chou-Vert y a la cabaña del barbero, vecinas en el medio de la calle.

Uno de ellos abrió el establo y una piara de cerdos se escapó, corriendo por todas partes. El posadero y el barbero salieron de sus casas y humildemente preguntaron a los soldados qué querían, pero estos no entendían el flamenco y entraron a buscar a los niños.

El posadero tenía uno, que lloraba vestido en camisa sobre la mesa donde acababan de cenar. Un hombre lo tomó en sus brazos y lo llevó bajo los manzanos, mientras el padre y la madre lo seguían pegando de gritos.

Los lansquenetes abrieron también los establos del tonelero, del herrero y del que hacía zuecos; los becerros, vacas, burros y conejos andaban sueltos por la plaza. Luego de verlos entrar por la puerta del carpintero, varios campesinos, algunos de los más viejos y ricos de la parroquia, se reunieron en la calle y avanzaron hacia los españoles. Se quitaron respetuosamente gorros y sombreros delante del jefe con capa de terciopelo; le preguntaban qué pensaba hacer, pero éste desconocía su idioma y alguien fue a buscar al cura.

Se estaba preparando para la bendición en la sacristía y llevaba una casulla de oro. El campesino gritó: “¡Los españoles están en el huerto!” Espantado, el sacerdote corrió hacia la puerta de la iglesia, seguido por los niños del coro que llevaban las velas y el incensario.

Entonces, vio a los animales de los establos que andaban sobre la nieve y la hierba, los jinetes en el pueblo, los soldados frente a las puertas, los caballos atados a los árboles a lo largo de la calle, los hombres y mujeres suplicando alrededor del que sostenía al niño con la camisa.

Se apresuró hacia el cementerio y los campesinos se volvieron ansiosos hacia su sacerdote que llegaba como un dios cubierto de oro y lo rodearon frente al hombre de la barba blanca.

Habló en flamenco y en latín pero el jefe se encogió de hombros lentamente para expresar que no entendía.

Sus feligreses le preguntaron en voz baja: “¿Qué dice? ¿Qué es lo que va a hacer?”. Otros, al ver al cura, abandonaron sus casas, temerosos; las mujeres acudían corriendo y susurrando en grupos, mientras los soldados que asediaban una taberna, se sumaban a la gran concentración que se formaba en la plaza.

En ese momento, el que sostenía por la pierna al hijo del posadero del Chou-Vert, le cortó la cabeza con la espada.

La vieron caer frente a ellos, seguida por el resto del cuerpo que sangraba sobre la hierba. La madre lo recogió y se lo llevó, olvidando la cabeza… Trotaba hacia su casa pero chocó contra un árbol y cayó de bruces sobre la nieve, quedando inconsciente, mientras el padre forcejeaba entre dos soldados.

Los campesinos jóvenes arrojaron algunas piedras, pero los jinetes bajaron sus lanzas; las mujeres huyeron y el cura comenzó a gritar con sus feligreses, entre las ovejas, los gansos y los perros.

Pero cuando los soldados se alejaban, ellos guardaron silencio para ver lo que estaban a punto de hacer.

Los soldados entraron en la tienda de las hermanas del sacristán, luego salieron tranquilamente, sin lastimar a las cinco mujeres que rezaban de rodillas en el umbral.

A continuación, se dirigieron a la posada del jorobado de Saint-Nicolas. Allí también les abrieron inmediatamente para apaciguarlos, pero reaparecieron en medio de un gran tumulto, con tres niños en brazos, rodeados del jorobado, su esposa y sus hijas, que les suplicaban con las manos juntas.

Cuando llegaron frente al anciano, dejaron a los niños al pie de un olmo, donde permanecieron sentados sobre la nieve, con sus ropas de fiesta. De pronto, uno de ellos, que vestía de amarillo, se levantó y tropezó con las ovejas. Un soldado lo persiguió con la espada desenvainada y el niño murió con la cara en la hierba, mientras, a los otros los mataron alrededor del árbol.

Todos los campesinos y las hijas del posadero huyeron gritando y regresaron a sus casas. Solo, el párroco suplicaba a gritos a los españoles, arrastrándose de rodillas de un caballo a otro, con los brazos en forma de cruz, mientras que el padre y la madre, sentados en la nieve, lloraban lastimosamente por sus hijos muertos, tendidos sobre sus piernas.

Recorriendo la calle, los lansquenetes notaron la gran casa azul de un granjero. Quisieron derribar la puerta, pero era de roble y estaba cubierta de clavos. Tomaron barriles congelados en un estanque frente al umbral y los usaron para subir al piso por donde entraron a través de una ventana.

Hubo una fiesta en esta casa y los familiares habían venido a comer gofres, natillas y jamón. Al sonido de las ventanas rotas, se refugiaron detrás de la mesa cubierta de jarras y de la vajilla. Los soldados entraron a la cocina y luego de una pelea en la que varios resultaron heridos, apresaron a los niños y niñas pequeños y a un criado que le había cortado el pulgar a un lansquenete; salieron cerrando la puerta, para evitar que los habitantes los siguieran.

Cuando estuvieron frente al anciano, arrojaron a los niños sobre la hierba y los mataron, imperturbables, con sus lanzas y espadas; en tanto, desde la fachada de la casa azul, las mujeres y los hombres asomados por las ventanas de arriba y desde el ático, blasfemaban y se desesperaban violentamente al ver las ropas blancas, rosadas ​​o rojas de sus pequeños, inmóviles en la hierba, entre los árboles. Luego, los soldados colgaron al criado del letrero del Demi-Lune, al otro lado de la calle y hubo un largo silencio en el pueblo.

Ahora la masacre se había extendido. Las madres escapaban de las casas y a través de jardines y huertos intentaban huir al campo, pero los jinetes las perseguían y las hacían retroceder hacia la calle. Los campesinos, con las gorras entre las manos unidas, perseguían de rodillas a los que arrastraban a sus hijos entre los perros, que ladraban alegremente por el desorden. El cura corría con los brazos hacia el cielo frente a las casas, rezando desesperadamente, como un mártir; los soldados, temblando de frío, respiraban por entre sus dedos mientras avanzaban por el camino o con las manos en los bolsillos del pantalón y la espada bajo el brazo; esperaban frente a las ventanas de las casas, que otros estaban escalando.

Al ver el terrible dolor de los campesinos, ahora los soldados entraban a las casas en pequeños grupos; a lo largo de la calle las escenas eran las mismas. Una hortelana que vivía en la vieja casita de ladrillo rosa, junto a la iglesia, perseguía, armada con una silla, a dos hombres que llevaban a sus hijos en una carretilla. Quedó trastornada cuando los vio morir y la sentaron en su silla contra un árbol del camino.

Otros soldados subieron a los tilos, frente a una casa pintada de lila; quitaron las tejas para entrar por arriba. Cuando reaparecieron en el techo, el padre y la madre, con los brazos alzados, también subían por la abertura, ellos los empujaron varias veces hacia atrás golpeándolos con la espada en la cabeza, antes de descender a la calle.

Una familia, encerrada en la cava de una cabaña enorme con techo de paja, lloraba a través de la ventana frente a la que el padre blandía furiosamente una horca. Un anciano calvo sollozaba solo, sobre un montón de estiércol, una mujer de vestido naranja se había desmayado en la plaza y su marido la sostenía por debajo de las axilas, gimiendo, a la sombra de un peral, otro besaba a su pequeña hija que ya no tenía manos y le levantaba los brazos alternativamente, para ver si no quería volver a vivir. Otra se escapaba al campo y los soldados la perseguían entre montones de forraje, en el horizonte de campos de nieve.

Debajo de la taberna Quatre-fils-Aymon se oía el tumulto de un asedio. Los habitantes se habían atrincherado y los soldados daban vueltas alrededor de la casa sin poder entrar. Trataban de trepar hasta el letrero utilizando las barras de la pared de la fachada, cuando descubrieron una escalera detrás de la puerta del jardín. La apoyaron contra la pared y empezaron a subir en fila. Pero el posadero y toda su familia les tiraban sillas, platos y escalerillas por las ventanas. La escalera se rompió y los soldados cayeron.

Al final de una choza, otros encontraron a una campesina bañando a sus hijos, frente al fuego, en una tina. Vieja y casi sorda, no los escuchó entrar. Dos hombres levantaron la tina y se la llevaron; la mujer desconcertada los siguió con la ropa de los pequeños, que quería volver a vestir. Pero cuando vio, de golpe, desde lo alto del umbral, las manchas de sangre en la nieve, las cunas volcadas, las mujeres arrodilladas y a las que agitaban los brazos alrededor de los muertos, se puso a gritar enloquecida, golpeando a los soldados que dejaron la tina para defenderse. El párroco también corrió, con las manos entrelazadas sobre su casulla, implorando a los españoles frente a los niños desnudos que lloraban en el agua. Llegaron más soldados que lo hicieron a un lado y ataron a la loca a un árbol.

El carnicero había escondido a su pequeña hija y apoyado contra la pared de su casa, fingió mirar con indiferencia. Un lansquenete y uno de los que llevaban armadura entraron en la casa y encontraron a la niña en un caldero de cobre. Entonces, el carnicero desesperado agarró un alfanje y los persiguió por la calle, pero una tropa que pasaba lo desarmó y lo colgó de los pies en unos colmillos del muro, entre los animales desollados, donde movió los brazos y la cabeza blasfemando hasta la caída de la noche.

Cerca del cementerio había una gran concentración, frente a un granero enorme pintado de verde. El hombre estaba llorando lágrimas calientes en el umbral. Como era muy gordo y tenía rostro jovial, los soldados sentados al sol contra la pared y acariciando al perro lo escuchaban con ternura. Sólo el que se llevaba al niño hacía gestos para decir: “¿Qué quieres? ¡No es mi culpa!”.

Un campesino perseguido saltó a una barca amarrada del puente de piedra y se dirigió al estanque con su esposa e hijos. Sin atreverse a aventurarse sobre el hielo, los soldados caminaban enfurecidos entre los juncos. Subieron a los sauces de la orilla para intentar alcanzar a los fugitivos con lanzas y al no conseguirlo, amenazaron durante mucho tiempo a toda la familia, asustada en la barca.

El huerto siempre estaba lleno de gente, porque ahí fue asesinada la mayoría de los niños a los pies del hombre de barba blanca que presidió la masacre. Los niños y niñas que ya tenían edad para andar en la calle, también se reunieron allí y vieron con curiosidad morir a los otros, mientras ellos comían sus tartinas de la merienda, o se reunieron alrededor del loco de la parroquia que tocaba la flauta sobre la hierba.

Entonces, súbitamente hubo un gran movimiento en Belén. Los campesinos corrían hacia el castillo que estaba sobre un montículo de tierra amarilla al final de la calle. Habían visto al dueño y señor inclinado sobre las almenas de la torre, desde donde contemplaba la masacre. Y los hombres, mujeres, ancianos, con las manos extendidas, le rogaban como a un rey en el cielo. Pero él levantó los brazos y se encogió de hombros para expresar su impotencia; como le imploraban cada vez más terriblemente, con la cabeza descubierta, arrodillados en la nieve, profiriendo fuertes clamores, regresó a su torre y los campesinos no tuvieron más esperanza.

Cuando todos los niños fueron exterminados, los cansados ​​soldados limpiaron sus espadas y comieron bajo los perales. Luego los lansquenetes montaron sus grupas y todos salieron de Belén, por el puente de piedra, como habían llegado.

Finalmente el sol se puso detrás del bosque. Cansado de correr e implorar, el sacerdote se sentó en la nieve frente a la iglesia y su criado permaneció de pie cerca de él. Veían la calle y el huerto lleno de campesinos paseando por la plaza y junto a las casas. Las familias, el niño muerto de rodillas o en brazos, se contaban con asombro su desgracia. Otros todavía les lloraban en el lugar donde habían caído, cerca de un barril, debajo de una carretilla, al borde de un estanque, donde los habían llevado silenciosamente. Varios ya lavaban los bancos, las sillas, las mesas, las camisas manchadas de sangre y recogían las cunas arrumbadas en la calle. Pero casi todas las madres se lamentaban bajo los árboles, frente a los cuerpecitos tendidos en la hierba, que reconocían por sus ropas de lana. Los que no tenían hijos deambulaban por la plaza y se detenían alrededor de los grupos de desolados. Los hombres que no lloraban más perseguían con los perros a sus animales escapados o reparaban sus ventanas rotas y sus techos entreabiertos, mientras el pueblo se calmaba al claro de luna que se elevaba en el cielo. EP

Maeterlinck, Maurice. Le Massacre des innocents. 1886 

Brueghel, Pieter El Viejo. Le Massacre des innocents. Pintura 

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