La isla

Estos poemas son parte del libro La isla, que se publicará próximamente bajo el sello de la editorial Monte Carmelo.

Texto de Silvia Eugenia Castillero  20/03/20

Estos poemas son parte del libro La isla, que se publicará próximamente bajo el sello de la editorial Monte Carmelo.

Los señores de la isla

Ellos son los quince peregrinos postergados por la niebla,
solitarios buscadores;
esperan de pie detrás de la montaña,
son árboles que dialogan con los vientos
llena de escamas su corteza
esperan a que vuelvan las hojas otoñales
lanzadas como barcos de papel
con mensajes de piedra. Son raíces mudas
demasiado hondas para desprenderse de la tierra,
acrisolados sus ojos de roca, aguardan,
buscan volverse al mar tras la lluvia,
aletear como barca, ser sílaba
y navegar por el aire sin el resentimiento del suelo.


Laderas

Fuimos ladera arriba
como nos pediste en tu carta,
decías que te salváramos del olvido.
Pasamos baches, demasiados rastrojos
sobre el campo inclinado que cultivaste algún día;
quisimos imaginar peldaños
pero se deshacían entre los pies a cada paso.
No había ningún indicio de ti, nos perdimos
ladera arriba, ¿tendría que ser ladera abajo?
Seguimos hasta llegar al borde de algo
que tal vez era el fin del mundo.
Llegamos a la línea divisoria:
el precipicio: Era un acantilado
en cuyo fondo vimos
un cráter lleno de flores blancas,
¿las cultivaste?
¿fuiste a cortarlas al paraíso?
Bajamos hasta ese ojo hirviente
y descubrimos tu corazón
latiendo todavía, raído sobre la piedra.


La hojarasca

Bajo nuestras pisadas
se escuchan las inflexiones de tus gestos,
palabras suaves junto al ventanal;
frases virulentas como cascadas detrás del sillón.
En los rincones susurros, altibajos de los cuerpos,
voces entrecortadas y risas. Tu historia va y viene
en ese riachuelo que cruza tu casa,
entre hierba crecida las flores han usurpado tu cama
y sobre la almohada abre ahora mismo un bulbo
blanco y brillante ilumina la hojarasca,
se planta en medio de este páramo,
pero al abrir —en el instante mismo—
pierde los pétalos, se deshoja y muere.
Seguimos entonces escuchando tu conversación
en el murmullo de la hierba crecida. EP

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