La ahuianime

“Rafaela estaba tras la barra cuando llegó Gema. La joven sonrió, admiraba a esa mujer por el espíritu de libertad con el que dirigía su vida. En ausencia de un acompañante, Gema pidió sólo una copa de mezcal de naranja.”

Texto de 17/07/20

“Rafaela estaba tras la barra cuando llegó Gema. La joven sonrió, admiraba a esa mujer por el espíritu de libertad con el que dirigía su vida. En ausencia de un acompañante, Gema pidió sólo una copa de mezcal de naranja.”



Existía una cantina a simple vista ordinaria, con mesas, sillas oxidadas y una barra de madera tras la cual guardaban botellones repletos de mezcal. Decían que la dueña del lugar practicaba brujería, ella refutaba que sólo vendía mezcales de sabores: de ruda para la cruda o de poleo para el mareo. Cuentan que el día que le avisaron que su hijo y su nuera habían fallecido, ella preparaba mezcal de cedrón y sus lagrimas cayeron en la botella. Cuando los clientes lo probaron, se sintieron eufóricos y bebieron hasta terminarse las garrafas. Pero esta no es la historia de la bruja del mezcal, ni de su nieta que quedó a su cargo. Es la historia de una mujer que frecuentaba esa cantina atraída por el sabor y reputación de misticismo en esos mezcales. Se llamaba Gema. Pintaba su cabello de rubio y sus labios de color rojo. A la dueña de la cantina no le agradaba su presencia, pero sí el dinero que sus acompañantes pagaban por el mezcal endulzado con cascara de naranja, el favorito de Gema.

Un día que la cantina no tuvo ningún cliente, la dueña se retiró a dormir temprano. Dejó a cargo a su nieta, Rafaela. Esta tenía dieciséis años y el castigo de ayudarla porque la encontró con un joven, semidesnudos, en su habitación.

Rafaela estaba tras la barra cuando llegó Gema. La joven sonrió, admiraba a esa mujer por el espíritu de libertad con el que dirigía su vida. En ausencia de un acompañante, Gema pidió sólo una copa de mezcal de naranja.

—Tus dientes se mancharon del labial rojo —dijo Rafaela al entregarle la copa de mezcal y una rodaja de limón con sal de gusanito de maguey.

—Es que yo soy una ahuianime.

—¿Qué es eso? —preguntó Rafaela.

—Algo sagrado. —Acercó el vaso a su nariz, inhaló el aroma y bebió todo de un sorbo. Sus ojos se clavaron en la cruz del fondo del vaso—. Mi padre decía que era mi destino, lo repetía cada noche cuando entraba a mi cama… y a mi cuerpo.

Rafaela no supo qué responderle y rellenó el vaso de mezcal.

—Va por la casa —dijo—. ¿Y qué hacen las ahui…?

—Las ahuianime somos mujeres de una época pasada. Cubrimos nuestro rostro con tinta amarilla y los dientes con grana cochinilla. Nuestro propósito es satisfacer a los guerreros o a los que serán sacrificados. Esos sí son hombres dignos, aquí debo conformarme con borrachos. ¡Anda, bebe!

Gema acercó a Rafaela la copa de mezcal, la bebida tenía un color rojizo por el contacto con los labios de la mujer. Rafaela bebió todo y llenó de nuevo el vaso.

—Por eso vengo aquí —continuó Gema—, dicen que tu abuela tiene sangre de bruja. Voy a embriagar mi cuerpo con este mezcal y regresaré, como la ahuianime que soy, a los días que ofrendábamos sacrificios al Dios del sol y la guerra.

Rafaela suspiró y bebió de la copa de mezcal. La joven sintió que su sangre enardecía y, cuando miró a Gema, se sorprendió: el rostro de la mujer, antes pálido, se había tornado en color amarillo y sus dientes en perlas oscurecidas por la grana cochinilla.

—¡Eres una ahuianime! —dijo Rafaela.

La visión de Rafaela fue interrumpida cuando la puerta se abrió.

—¡Gema! Mi amor. —Era el Cancionero, cliente habitual de la cantina y de los brazos de Gema.

—Un litro de mezcal de naranja para la dama —pidió.

Puso su mano sobre las nalgas de la mujer y esta le respondió con un beso.

—Es que yo soy una ahuianime.
—¿Qué es eso? —preguntó Rafaela.
—Algo sagrado.

Ambos se retiraron a una mesa al fondo de la cantina y el Cancionero, haciendo honor a su mote, entonó: “Si mis ojos no me mienten, si mis ojos no me engañan, tu belleza es sin igual”. Gema contoneaba su cuerpo al compás de la melodía y de las manos que estrujaban sus caderas.

Después de llevarles la botella de mezcal, Rafaela volvió detrás de la barra y bebió lo que quedaba del mezcal manchado por el labial de Gema. De nuevo, aquel torrente cálido fluía en sus venas y miró a la pareja al fondo.

El Cancionero sujetó el rostro de Gema y fundió los rojos labios con los suyos. Desabotonó su vestido y sus manos recorrieron ávidas ese cuerpo femenino hasta que la ropa que la separaba de la desnudez terminó en el suelo. El hombre vio la botella de mezcal y lo derramó sobre los pechos de Gema, su boca saboreó la piel húmeda de sudor y mezcal de naranja.

El mezcal enardeció la sangre de la pareja que se amaba al fondo de la cantina. Mientras, Rafaela, que los miraba y bebía el mezcal de naranja, era partícipe de su placer. Gema se transformó en un ser anhelante de pasión y la joven vio que el rostro de la mujer, de nuevo, se coloreó de surcos de tinta amarilla y sus labios rojos se atiborraban de mezcal. El líquido se derramó sobre su cuello y la sedienta lengua de su amante lo limpió. Sin demora, el hombre desabrochó su pantalón y colocó encima a Gema, ella lo rodeó con sus piernas y con su húmeda intimidad lo recibió exhalando gritos de placer y dolor. Rafaela temió que despertaran a su abuela, por suerte, eso no ocurrió. 

Incitada con el vaivén de aquellos cuerpos, los dedos de Rafaela hurgaron en su mojada entrepierna. Se deleitó al contemplar la danza erótica de Gema, sus senos sacudiéndose y su cabello rubio cayendo en su espalda. La mujer desahogó el éxtasis de su cuerpo en un ronco gemido; casi al mismo tiempo, Rafaela alcanzó la cumbre de su placer.

El aire se tornó denso y la luz, cada vez más intensa, cubrió totalmente el cuerpo de Gema. Rafaela estaba pálida e inerte ante lo que sucedía, cuando de manera precipitada el lugar oscureció. La joven, agotada, cedió ante el cansancio detrás de la barra.

Transcurrieron algunos minutos y Rafaela despertó al escuchar que alguien se acercaba. Era el Cancionero, que colocó un par de billetes arrugados en la barra, miró a Rafaela e inclinó la cabeza con gesto respetuoso antes de salir.

—¡Chamaca! Apúrate a cerrar y limpia las mesas. —El grito la sobresaltó.

—¡Sí, abue! —respondió.

Rafaela se extrañó de no ver a Gema. La mujer no estaba en ningún rincón de la cantina ni en el baño; incluso la joven salió y vio en la calle la silueta tambaleante y solitaria del Cancionero. Cuando ella regresó, observó que en el suelo estaba la ropa de Gema cubierta de fino polvo rojizo.

Rafaela sonrió, suspiró y se deleitó con el aire aún perfumado a mezcal de naranja. EP



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