Kafka le dice a Milena

La tristeza es una constante en el ejercicio de la escritura, pero ¿qué pasa cuando es la escritura la que nos permite imaginar que hacemos lo que no podemos hacer? Emiliano Cassigoli, becario de la Fundación para las Letras Méxicanas, nos comparte por qué la tristeza se vuelve su motor de escritura.

Texto de 29/01/21

La tristeza es una constante en el ejercicio de la escritura, pero ¿qué pasa cuando es la escritura la que nos permite imaginar que hacemos lo que no podemos hacer? Emiliano Cassigoli, becario de la Fundación para las Letras Méxicanas, nos comparte por qué la tristeza se vuelve su motor de escritura.

Hay una carta de Kafka a Milena en la que le dice que la pereza epistolar es un síntoma de felicidad. La primera vez que leí la frase pensé que era bastante extraña, parecida a un negativo fotográfico, hasta que descubrí que había que leerla al revés. Lo que en realidad decía era: la voluntad epistolar es un síntoma de tristeza. O lo que es lo mismo: quien escribe cartas no es feliz. Leí la frase por primera vez en Berlín, hace 7 años, y estaba nevando. Yo nunca había visto la nieve y mi experiencia fue, más bien, decepcionante: no era la nieve de las películas, no era suave ni esponjosa, sino más bien afilada, dura, casi hostil al tacto. Esa nieve que suena como arena en las ventanas y que se congela en las esquinas como un barro turbio. La nieve del fin del mundo, me pareció esa vez. Y me lo pareció, ahora recuerdo, porque yo estaba triste y tenía diecisiete años, y pensaba cosas como: esta es la nieve del fin del mundo. En ese entonces, por lo general y casi con ánimo deportivo, yo me dedicaba a estar triste. Y la frase, porque hay frases como enviadas por Dios, me pareció irónica y espantosa precisamente porque estaba en una carta, con lo que Kafka declaraba, entre líneas, que quien está feliz no tiene mucha razón para escribir, y entonces parecía que decía, con lágrimas en los ojos: Milena, amor de mi vida, es esta carta la prueba de mi desdicha, es el testimonio de que no soy feliz, son estas letras, estos trazos, la geografía de mi tristeza.

Supongo que ahora recuerdo la frase porque dice algo sobre mi historia con la literatura. Una historia adolescente y afectada, pero cierta, que es lo único que importa. Porque aún ahora pienso que para mí la literatura tiene que ver con la tristeza. Y la verdad es que si me pusieran una pistola en la cabeza, y me obligaran a decir por qué escribo, diría que escribo porque estoy triste. Lo de la pistola en la cabeza no es tan en serio, es muy exagerado, y al escribirlo me da risa. Pero quizás escribir se trate de eso, de pistolas en la cabeza, de amenazas de muerte en las que, de pronto, se asoma la risa. Y es que a veces hay que reírse de uno mismo, a veces es necesario reírse de uno mismo para no llorar. Y eso, bien pensado, no es triste, sino bellísimo, tanto que dan ganas ya no de reír sino de llorar de nuevo. Y entonces me río y lo digo: para escribir hay que estar triste. La escritura, más que cualquier otra cosa, es un modo de restablecerle sus derechos a la tristeza. Porque detrás de todo escrito hay un dolor mudo y sin palabras, y escribir es la revancha de ese dolor. El alarido que no supimos dar cuando las cosas nos hirieron. Conjurar una impotencia. Hacerle un exorcismo.

            Hay mucha mentira y mucha vanidad en esta fantasía romántica de la escritura. Sobre todo, hay una imagen del escritor que suena falsa: el genio deprimido y eterno adolescente. Pero no puedo evitarlo. Debería pedir disculpas. Esa es la imagen en mi cabeza. Y ahora que lo pienso, es así como siempre concebí a los escritores. Gente triste. Y no sólo triste. También incompetente, inútil. Carreras exitosas cortadas a la mitad, promesas futbolísticas que se chingaron la rodilla, ese posible abogado o contador público que llegó un día, con el traje empapado y la camisa sucia y arrugada, y dijo: mamá, lo siento, no puedo, lo que pasa, lo que sucede con todo esto, es que no puedo. Alguien que piensa: debería ponerme a hacer ejercicio, o construir una mesa, o meterme a clases de canto. Alguien que piensa eso, pero que termina por desistir y por imaginarse otra cosa, algo que todavía no existe: un berrinche contra el mundo.

            Aquí haré una pausa y una confesión. Esta es la pausa: Lo cierto es que lo que yo quería era ser actor de teatro. Y sin embargo, por cobarde o por desidioso, o por ambas cosas, nunca me decidí a estudiar. Por ese mismo tiempo, en el que veía desvanecerse mi futuro como actor, comencé a escribir. Y ahora que me recuerdo, de diecisiete años, escribiendo con enojo y con tristeza, pienso que lo que hay detrás es la idea de que se escribe por una especie de incapacidad para actuar. Escribo porque no puedo hacer. Y lo que está detrás de eso es de nuevo la tristeza. Una incapacidad de disfrutar la vida de un modo tan pleno que no necesite rumiar mis enojos y mis tristezas, ni en el papel ni en el escenario. Y entonces no escribir. Y no escribir que no hace falta escribir, sino sólo vivir, con esa ligereza terrible que tiene todo lo verdaderamente auténtico. Y pienso en qué podría significar sólo vivir, si es que eso significa algo.

            Ahora la confesión: a veces sueño con ser un bandido. La idea es estúpida, pero lo cierto es que a veces, muy de vez en cuando, es preciso que nos pongamos a decir estupideces, como a veces es preciso, sino más bien obligatorio, que contemos un chiste que sabemos que no le hará gracia a nadie, quizás ni a uno mismo. Más hubiera valido, decía, nacer un bandido. Mi padre sería un tabacalero de Richmond, Virginia, o de Tennessee o de Georgia. Mi padre sería un campesino tabacalero, un hombre sin ninguna educación, sin dientes y sin dinero, terriblemente serio, con ese carácter vagamente amargo de ciertos sureños de Estados Unidos, la mandíbula trabada de severidad, los ojos ariscos, conservador, un hombre del campo, que usaría un overol lleno de tierra y unos zapatos que le habría durado mil años, y un sombrero de paja, y seríamos, como es evidente, pobres, pobrísimos, más bien miserables. Pero al menos no seríamos escritores. Y de niño, yo ayudo a mi padre a sembrar, a pescar, a echar a andar el tractor, a cargar la hoja del tabaco y a ponerla a secar. Y un día, harto de la miseria y del aburrimiento, me convierto en bandido. Y junto a una joven hermosa y divertida y cruel, una joven que no existe más que en esta fantasía que ahora me imagino, junto a ella, digo, nos dedicamos a asaltar bancos y a ser perseguidos en quince estados, y a robar coches con los que huir a toda velocidad, recorriendo sin miedo y sin futuro las largas carreteras del desierto, escuchando a Johnny Cash a todo volumen, gastando el dinero a puños, pensando en huir a México o a Alaska o a Francia. Felices, tan orgullosos de ser jóvenes, y sin miedo a morir acribillados por las balas del FBI. Mintiendo y saqueando y destruyendo, pero como niños, como ángeles condenados a vivir un solo día en la tierra. Comiendo y bebiendo cuando nos diera hambre y sed, disparando antes de preguntar, acelerando en las autopistas como queriendo llegar a ninguna parte. Pienso: eso sería solamente vivir. Porque ese bandido que sería yo no tendría que escribir, quizá ni siquiera sabría escribir, pero mi risa, mi hambre, mi rostro joven, mi insolencia y mi valentía, todo eso serían mis versos, mis mejores versos, más importantes y más bellos que la historia entera de la literatura.

Y quizá después de robar a punta de pistola un banco de ricos, ella y yo huiríamos hacia el desierto. Y no nos detendríamos hasta llegar a algún peñasco solitario, borrachos y eufóricos, donde nos sentaríamos a fumar como locos y a contarnos historias. Y de pronto yo miraría al horizonte, un horizonte que no tendría nada de bello, o sí, tendría más bien esa belleza que solo nace de la fealdad o que se le parece a la fealdad como una hermana, y mirando ese cielo de Alabama o de Nebraska, me arremangaría una camisa sucia y le mostraría a ella mis tatuajes. Y le diría este es por mis hermanos, señalando en la muñeca un tatuaje horrible de un caballo, y este es por mis amigos de la cárcel, señalando un aro de fuego, y este es por mi salvación, señalando un cristo o una virgen o una paloma, y finalmente, diría, este es por mi madre, este tatuaje de aquí, este tatuaje es por mi madre. Yo diría eso y no sonaría tonto. Sonaría como la verdad más tierna y más grande del mundo. Eso sería la mayor plegaria posible, la mejor literatura.

            Releo esto, y me pregunto por qué habré hecho una descripción sobre ser bandido, y tener tatuajes, y disparar y fumar y reir. Intuyo que es porque un bandido es lo más parecido a ser valiente. Con valiente me refiero a ser feliz. Y con feliz me refiero a no tener que escribir nada. Y con no escribir nada me refiero, por último, a solo hacer, a meterme a clases de canto, y a construir una mesa, y a hacer ejercicio. No escribir y solo hacer, que es lo más parecido a pararse en un escenario y decir cosas como: más me hubiera valido nacer un bandido. Oh que la…

            Sé que  lo anterior no lo dije sobre un escenario. Lo escribí. Ustedes lo leen. Porque estas son palabras y no son gestos, y porque ahora que escribo estoy solo y no hay frente a mi ningun público, y porque la única luz que me ilumina es la de una lámpara sobre mi escritorio. Lo que me lleva de nuevo al dolor y a la tristeza. A escribir y no hacer.  Y sin embargo, a pesar de todo, puedo decir algo: el dolor no es silencioso. Se gesticula. Es un grito. Y a mi modo de ver, escribir es como gritar. Tal vez sólo deberíamos escribir así: gritando. Mi grito entonces es el de lo que me hubiera gustado ser pero no soy. Es esa tristeza que a veces me pongo a rumiar al pensar que algo en mi vida no cierra, y que por eso escribo, o gesticulo desde una silla, que sé que nunca llegará a ser un teatro, pero que al menos los tendrá a ustedes, que me leen, como mi único público, mi único y generoso y necesario público.

Pienso todo eso, y en que podría ser una mentira. Porque lo cierto es que ahora escribo, y quizás podría decir que soy feliz mientras bailo en la silla y tecleo en la computadora, y me releo en voz alta los párrafos, y miro a los rincones pensando en las palabras exacta, y todo es dicha y todo es luz, como cuando llega el aplauso del público al final de la función. Y es que escribir es una de las formas de la valentía, porque nos obliga a mirar al mundo: es hacer que las cosas resplandezcan, que aparezcan en su presencia tan insoportable y tan dura que nos recuerda que estar vivo es una guerra, aunque parezca mentira. Y esa presencia es una pequeña fortificación, una trinchera, contra la indiferencia. Una prueba de que estamos aquí y de que las cosas se sienten, pesan, duelen. Porque las cosas me tocan, y las toco, las puedo tocar, y entonces todo termina por importar. Porque las cosas me salen al paso y siento el tacto del mundo, y eso me obliga a seguir. Porque siempre hay que seguir. Y de nuevo es Kafka que decide escribir de todos modos, a pesar del dolor, a pesar de la tristeza. Y es de nuevo esa nieve del fin del mundo, en aquella noche, que aunque era hostil y dura y afilada, termina por ser bella, y por limpiar la ciudad, y por hacernos pensar: esto cayó del cielo.  Dios debe existir en alguna parte. EP

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