Hybris

Si somos lo que somos, se lo debemos a la soberbia de nuestros antepasados. Alguna vez el hombre fue doble. Tenía la cabeza bifronte, dos pechos, era redondo, cuatro pies y cuatro manos. No tenía ombligo. La historia es conocida, fue inventada por el pillo de Aristófanes en la mesa de Agatón. El castigo —recuerda— […]

Texto de 22/12/17

Si somos lo que somos, se lo debemos a la soberbia de nuestros antepasados. Alguna vez el hombre fue doble. Tenía la cabeza bifronte, dos pechos, era redondo, cuatro pies y cuatro manos. No tenía ombligo. La historia es conocida, fue inventada por el pillo de Aristófanes en la mesa de Agatón. El castigo —recuerda— […]

Si somos lo que somos, se lo debemos a la soberbia de nuestros antepasados. Alguna vez el hombre fue doble. Tenía la cabeza bifronte, dos pechos, era redondo, cuatro pies y cuatro manos. No tenía ombligo. La historia es conocida, fue inventada por el pillo de Aristófanes en la mesa de Agatón. El castigo —recuerda— incluía una amenaza: a la próxima trastada serás dividido.

Y así fue.

Ahora el hombre tenía una pierna, un oído, una mano. Al principio el trastorno dejó estigma en la columna, la cual, muy pronto, soldada vértebra con vértebra para que juntas aguantaran los restos del cerebro, ostentaba su altiva joroba frente a la bóveda celeste. El pie desarrolló dotes oníricas, los órganos sexuales se afinaron hasta el grado de que atendían sólo funciones restringidas; unos producían la vida, otros el placer. Se podía generar entre dos, aunque sin mucho entusiasmo. Para cuidar un mínimo el estilo, había que hacerlo entre cuatro, y cada quien, fértil de alegría, abrazaba a su pretérita concordia.

Sin embargo, lo que importa recordar fue la escisión del espíritu. Las almas proceden de un único principio. Las había en número finito y se adherían a los miembros venideros como huéspedes fantásticos y nunca satisfechos. Luego mudaban de estado. Eran rápidas, ligeras. A veces intercambiaban cuerpos, según afinidades fortuitas. El instante necesario para el trueque es un embrollo de metáforas o viles reticencias (hay quien le llama “amor”).

Cuando el espíritu fue repartido, a cada una de sus partes se le dio un gobierno. A la primera le fue encargado el pueblo bajo, la fábrica de piezas. La segunda las ponía en movimiento. La tercera juzgaba. Sobraba una, vacante, cuyos raptos destruían las ganancias de las otras. Los arreglos eran obras completas, los clásicos que amamos.

Si no es fácil encontrar la propia mitad, imagínate qué lío con los tres cuartos… Mas la vida, que anida como caspa en la creación, sacaba a orear sus tropas a la batalla. Todos fornicaban con todos, buscando la música en esfínteres y corvas. Las piernas saltaban extensiones depravadas. Comercios y negocios vivieron momentos de euforia y la codicia prosperaba de tal modo que incitó un regreso a la materia primitiva. Los filósofos, atentos al idilio entre khorismós y methexis, infligieron teoremas decisivos a las ciencias matemáticas del caos.

Ante dicho espectáculo, los dioses, quienes nunca dejaban de admirarse, perdían el control de las causas. Decidieron remediarlo. Mejor dos piernas que una, y dos mejor que cuatro. Al ignorar aquella injuria, además, podían pasar por sabios, magnánimos, virtuosos. La divinidad no es la razón de todo, sólo del bien.

Hicieron entonces un gran diluvio. Ahogaron a todos. Quedaba una masilla y con ésa, en un tris, rehicieron al hombre, así como nos vemos. La única licencia respecto al primer tajo fue el pacto con los astros, líricos, a quienes delegaron los caprichos del alma dividida. Ares y Afrodita, nunca convencidos de aquella solución, siguen estudiando nuevas formas.  EP

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