Huevo con jamón

“Qué bueno que estás aquí”, pienso frecuentemente. La primera vez fue al verte cocinar en mi hogar; un hogar del pasado, de cuando éramos casi niños. Una cocineta en un edificio grande y antiguo, sucio por el paso del tiempo.

Texto de 23/10/20

“Qué bueno que estás aquí”, pienso frecuentemente. La primera vez fue al verte cocinar en mi hogar; un hogar del pasado, de cuando éramos casi niños. Una cocineta en un edificio grande y antiguo, sucio por el paso del tiempo.

Because the night belongs to lovers

Because the night belongs to lust

Because the night belongs to lovers

Because the night belongs to us

Bruce Springsteen / Patti Smith

Sacudir la lengua con una nueva textura. Si no nueva, por lo menos distinta. Un sabor que recubre algo que nunca antes tuvo importancia. Cuando escuché que podíamos desayunar huevo con jamón, pensé en la sencillez del plato. Huevos con jamón y leche en medio del calor de esta mañana.

La saliva me hizo entender que mi cursi centro de gravedad me hace pensar que para ti es sencillo hacer que mi lengua baile con cosas simples. Educar mi ignorante garganta. El deseo hace que las cosas se sientan diferentes, se vuelvan brillantes, se sientan en el pecho.

“Qué bueno que estás aquí”, pienso frecuentemente. La primera vez fue al verte cocinar en mi hogar; un hogar del pasado, de cuando éramos casi niños. Una cocineta en un edificio grande y antiguo, sucio por el paso del tiempo. Un cuchillo machacando un ajo y una nariz olfateando. Despreciaba el ajo hasta ese momento. Yo en el marco de la puerta cuando me arrojaste un diente y lo mordí. Desde el marco de la puerta mi lengua se acomoda en ese “qué bueno que estás aquí”. No dejé de repetirlo durante siete años. Siete como los pecados capitales. Siete como los enanos de Blancanieves. Siete como los géneros dramáticos. Te miro cocinar en calzones y me doy cuenta de que mi lengua está ahí. Que la lengua fue hecha para el amor; a la vida cuando nos alimentamos, al deseo cuando deseamos probar a alguien más.

“Que la lengua fue hecha para el amor; a la vida cuando nos alimentamos, al deseo cuando deseamos probar a alguien más.”

Contigo aprendí lo que es chupar los vellos. De las nalgas, de la cara, del pecho, las piernas, los empeines, la cabeza. Tu piel es la piel que más ha recibido mi saliva, aunque mi saliva no sea la que más ha recibido tu piel. En mi lengua la textura de tu espalda lisa. En la espalda baja una mata de vello que siempre hemos descrito como “rabito de conejo” y que pienso ahora que quizá sea de lobo, que se tensa y se eriza cuando pone el ojo en la presa y babea, preparándose para el banquete; los vestigios de esa vida lupina. Esa zona que tiene textura por los granos y espinillas, que son como montañas y volcanes en la cartografía de tu cuerpo que, como topógrafa, mi boca descubre.

La textura es diferente en la aspereza de la tela cuando ha entrado a mi boca presionada por tus erecciones, en cómo la ropa interior se humedece con mi saliva. La boca es tan inteligente que tiene la capacidad de sentir, identificar y recordar texturas. Una textura áspera recuerda al sexo. Una textura suave, la infancia. Una textura líquida, el miedo. Lengua con lengua, las vidas se funden. Una parte mía y una parte tuya, compartidas en la saliva. Regadas luego en los costados resecos del abdomen.

Me descubrí en la saliva pensando que era el olor de tu piel. Después de que mi lengua recorriera cada parte de tu cuerpo, pensaba que el aroma que quedaba era tuyo. Que pertenecía al mundo misterioso que eras tú, que era tu sexo, que era tu piel y simplemente se quedaba en mí porque el olfato llega a lo más profundo de la corteza cerebral, no se le puede ocultar; el olor es lo que nos hace reconocer a nuestra madre cuando somos niños y el que tiene la capacidad de generar recuerdos más primitivos. Y el olor es al mismo tiempo un catalizador fundamental para el gusto. Por eso me estremecía cuando, al probarte, también mi nariz vibraba. Siempre pensé que eras tú. Hasta que un día me di cuenta: por alguna razón que quizá tiene que ver con traumas de la infancia, me encontré lamiendo mi propio antebrazo y, como un animal, lo olisqueé unos momentos después para descubrir la mitad de ese olor que identificaba en tu cuerpo. Entonces lo supe, y supe que nunca tendría palabras para describir el vacío que se me hizo en el pecho, cualquiera se reiría: el olor que se quedaba después de nuestros encuentros no era tuyo sino nuestro. Tu saliva, mi saliva, tu piel y mi piel, conectadas por la lengua. 

Sí: me descubriste la lengua con su olfato. Abriste caminos y posibilidades. Como si antes de que aparecieras no hubiera podido ver con claridad y al llegar a mi vida todo se hubiera vuelto tan claro como cuando a los seis años me pusieron lentes y conocí el mundo de manera diferente y sin esfuerzo. Como cuando recordando tu infancia me regalaste mis primeros higos a los que resulté alérgico y la boca se me llenó de llagas. O esa primera vez en un cuarto azul celeste, sobre una cama individual en la que bajé por tu espalda hasta encontrarme en medio del tabú del ano. Debí saberlo, era una advertencia de que, aunque la uso en exceso para hablar, a tu lado descubriría todas esas posibilidades del músculo que habita con los dientes. 

Ten mi boca.

Hazle lo que quieras.

No la dejes de tocar con cualquier parte de ti.

No le dejes de mostrar el mundo. Miro el plato y cuando el huevo se conecta con mi boca, me confirma que es sencillo y común, pero también suave, acuoso, tibio. ¿Así sabe la felicidad? Yo estoy hambriento. Podría comerte. EP

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