Un panorama del diseño nacional

Ana Elena Mallet hace un recorrido por la historia del diseño mexicano, desde el siglo pasado hasta la actualidad.

Texto de 12/09/19

Ana Elena Mallet hace un recorrido por la historia del diseño mexicano, desde el siglo pasado hasta la actualidad.

México tiene una larga tradición de diseño, aunque poco conocida y difundida. La historia del diseño nacional apenas ha empezado a escribirse en la última década en libros y a través de ponencias y exposiciones de tan sólo un puñado de académicos, investigadores y curadores. Sin embargo, tanto las piezas y los personajes históricos, como los diseñadores contemporáneos que trabajan en el país, han despertado interés local e internacional.

El pasado septiembre se inauguró en el Art Institute de Chicago la exposición “In a Cloud, in a Wall, in a Chair: Six Modernists in Mexico at Midcentury”, que presentó la obra de mujeres diseñadoras y artistas que vivieron y trabajaron en nuestro país entre 1940 y 1970. La muestra giró alrededor de Clara Porset (Matanzas, Cuba, 1895–Ciudad de México, 1981) y su círculo: mujeres que trabajaron inspiradas en la tradición y descubrieron un México con grandes posibilidades para la creación. Cubana de nacimiento y con una férrea ideología de izquierda, Porset llegó en 1936 y se casó con el pintor Xavier Guerrero (San Pedro de las Colonias, Coahuila, 1896–Ciudad de México, 1974), quien la introdujo al arte popular y a la cultura vernácula del país. Porset se dedicó a realizar relecturas de mobiliario tradicional mexicano, mejorando la ergonomía y los procesos de producción, y conservando siempre las importantes constantes culturales. El butaque, sillón bajo de madera con asiento curvo, es quizá su pieza más representativa. Arquitectos como Luis Barragán, Juan Sordo Madaleno y Mario Pani, entre otros, le confiaron los interiores y el mobiliario de obras importantes. Preocupada por las precarias condiciones de vida de una buena parte de la sociedad de aquel entonces, Porset dedicó mucho de su tiempo a desarrollar mobiliario de bajo costo para zonas urbanas y rurales.

Difícil de reunir por ser escasa y encontrarse en colecciones particulares, la obra de Porset es, no obstante, codiciada tanto por coleccionistas como por museos. Su archivo, que hoy se encuentra en el Centro de Investigaciones en Diseño Industrial de la UNAM, ha procurado dar ciertos permisos a compañías tanto mexicanas como extranjeras para producir nuevas ediciones de piezas emblemáticas con el fin de seguir promoviendo su legado. Luteca, que está reproduciendo el representativo butaque, y Clásicos mexicanos son dos de las empresas avaladas por el archivo Porset que hoy son responsables de que el trabajo de la diseñadora sea accesible al mercado. El interés no se ha dejado esperar: decenas de artículos en medios especializados nacionales e internacionales han dado cuenta de este renacimiento del diseño moderno mexicano. El fenómeno viene acompañado también de un interés por el diseño contemporáneo que se produce en el país.

Si tomamos en cuenta que la primera licenciatura universitaria relacionada con el diseño (industrial) en México se fundó en 1961, podemos afirmar que éste, como disciplina formal, es algo reciente en el panorama nacional. La década de los setenta fue apenas de exploración; los ochenta, un fracaso ante la inminente caída de la producción del país con la entrada del Tratado de Libre Comercio, y no fue sino hacia finales de los noventa que el trabajo de una generación de diseñadores comenzó a tener visibilidad en el mercado. Quizá los más distintivos de este periodo son Ezequiel Farca y Héctor Esrawe.

Con estilos y vocabularios distintos, Farca y Esrawe han encontrado su lugar en la historia del diseño. El primero, quien ahora radica en Los Ángeles, ha dejado el mero diseño industrial para diseñar desde edificios hasta barcos, abarcando un mercado global y cosmopolita. Por su parte, Esrawe, además de su propia marca de diseño industrial y una oficina que diseña conceptos, interiores, museografía, mobiliario, accesorios y hasta marcas completas, ha desarrollado otros proyectos como Xinú, una empresa de perfumería enfocada en herbolaria de las Américas, cuyo concepto y diseño causan suspiros. Desde los aromas, la marca, la botella, el empaque y el showroom como experiencia, Xinú (desarrollado en conjunto con Ignacio Cadena) ha logrado un concepto integral y único, todo con materiales locales.

EWE Studio es otro proyecto de Héctor Esrawe, en colaboración con Manuel Bañó y Age Salajõe, el cual se asocia con el diseño coleccionable que hoy es objeto de deseo de las ferias internacionales. EWE crea piezas únicas o ediciones limitadas de costos elevados.

En Guadalajara, los hermanos Mauricio y Sebastián Lara fundaron a finales de los años noventa su estudio EOS México, desde el cual promovieron una visión desenfadada e irónica de lo nacional —justo como respuesta a las piezas que la marca italiana Alessi había lanzado en aquel entonces—. Hicieron obras que traían a la mesa cuestionamientos como: ¿Qué hace lo mexicano en el diseño? ¿Es necesario referirse a la tradición, a la historia o al patrimonio para que un objeto sea mexicano? Un ejemplo es el Chac-Seat, un asiento de hule espuma en forma de la figura maya Chac Mool que revela un espíritu lúdico y armónico que resume la tensión entre la tradición y la contemporaneidad; es decir, la confrontación de imágenes asociadas con la herencia y la tradición hechas con nuevas técnicas de producción.

Pareciera que apenas en esta última década se comenzó a entender para qué sirve el diseño, cómo puede ayudar a crear mejores condiciones de vida y la idea de que diseñar no es sólo hacer cosas bonitas, sino útiles e innovadoras. Pero, sobre todo, se empezó a comprender que, antes que hacer diseño que “parezca mexicano”, hay que hacer buen diseño.

En 2012, con su proyecto “Destination: Mexico” la tienda del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) dedicó sus sucursales, tanto físicas como en línea, a promover durante tres meses el diseño mexicano y el trabajo de cerca de cuarenta diseñadores nacionales. La producción de México se visibilizó a nivel internacional y el MoMA adquirió la silla Knit Chair de Emiliano Godoy para su colección permanente. Este evento sin duda abrió un nuevo capítulo, quizá porque en el país seguimos esperando que desde fuera nos dicten lo que debemos apoyar y consumir.

En años recientes una buena cantidad de bazares, eventos, festivales y exposiciones han servido para visibilizar el diseño hecho en México y para crear un mercado incipiente bajo las premisas de consumir lo local y apoyar lo hecho en el país. Design Week Mexico, el Corredor Cultural Roma-Condesa y el festival Abierto Mexicano de Diseño han sido plataformas sólidas que han ayudado a posicionar el trabajo de los diseñadores. Y tiendas departamentales como El Palacio de Hierro han apostado por organizar una serie de eventos especiales dedicados al diseño nacional, y al mismo tiempo han integrado con éxito marcas como Pirwi a su sistema de “tiendas dentro de la tienda”.

Asimismo, museos locales comenzaron a interesarse por exhibir diseño moderno y contemporáneo nacional: el Franz Mayer dedicó sus salas a Clara Porset en 2006, a Michael van Beuren en 2010 y a Oscar Hagerman en 2013; el Museo de Arte Moderno, a Don S. Shoemaker en 2016; la Casa del Lago UNAM, en Chapultepec, integró el diseño a su programa de exposiciones y presentó “Rosa mexicano. Moda e identidad: La mirada de dos generaciones” en 2009, donde se mostraba por primera vez el trabajo de Ramón Valdiosera, uno de los padres de la moda mexicana, y posteriormente exhibió “Hecho a mano: Nuevos procesos colaborativos de diseño” en 2010, cuya curaduría estuvo a cargo de Cecilia León de la Barra. Esta exposición mostró la tendencia de diseñadores trabajando con artesanos y retomando los repertorios tradicionales, tendencia que aún hoy está vigente y toma más fuerza cada día.

También en años recientes museos estadounidenses como el Museo de Arte de Denver (DAM), el Museo de Artes y Diseño en Nueva York (MAD) y el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA) comenzaron a adquirir piezas de diseñadores mexicanos para sus colecciones. Y entonces se vislumbró una nueva generación de diseñadores que entendían el mercado y abrazaban la tradición, los materiales y lenguajes locales, pero que además estaban conscientes de que la tecnología digital podía mejorar procesos de producción y tiempos de entrega. Ricardo Casas, Joel Escalona, Moisés Hernández, José de la O, Luis Vega, el estudio Déjate Querer, Marisol Centeno y Rodete Studio en la Ciudad de México; Jorge Diego Etienne en Monterrey; Laura Noriega y Agustín Elizalde en Guadalajara, y Daniel Valero con su marca Mestiz en Saltillo, son sólo algunos de los diseñadores mexicanos produciendo mobiliario, objeto, joyería y textiles que están despuntando en el panorama nacional.

Sin embargo, como ha sido desde 1930, el diseño que se hace en el país no está hecho únicamente por mexicanos. Actualmente un grupo de diseñadores extranjeros, como Fabien Cappello, Clemence Seilles de Stromboli.Associates y Brian Thoreen, han optado por México como lugar de residencia, y desde aquí, lo que proponen es también diseño hecho en el país.

México ofrece una enorme cantidad de posibilidades para hacer diseño. Están, obviamente, la inspiración y las referencias asociadas a la historia y el patrimonio, pero también la mano de obra entrenada por años en oficios relacionados con la tradición y riqueza cultural que se siguen conservando tanto en entornos rurales como urbanos, así como las nuevas —y no tan nuevas— tecnologías que mejoran tiempos y procesos de producción. Si acaso algo falta son políticas públicas para integrar el diseño al sistema, y un reconocimiento desde el Estado y la hegemonía de que no sólo existe, sino que es una disciplina fundamental para enfrentar nuevos retos en tiempos de incertidumbre. EP

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