Hay cosas que simplemente no se hacen a la hora de escribir

“Esbozó una mueca que admitía el ingenio de un inconsciente —ostensiblemente el suyo— que por fin se había apartado de las mismas pesadillas de siempre, y agradeció de paso el hecho de que cuando menos en aquella ocasión no se encontrara desnudo.”

Texto de 26/06/20

“Esbozó una mueca que admitía el ingenio de un inconsciente —ostensiblemente el suyo— que por fin se había apartado de las mismas pesadillas de siempre, y agradeció de paso el hecho de que cuando menos en aquella ocasión no se encontrara desnudo.”

Hay cosas que simplemente no se hacen a la hora de escribir. Por ello, Vinicio no era de esos autores de pacotilla que relataban los sueños de sus personajes. Tanto en los cocteles del gremio como en sus reuniones más íntimas declaraba que calzar lo onírico dentro de un texto, cualquier texto, era de una torpeza digna de principiantes o, peor aún, de talleres para principiantes. Para sostener sus argumentos literarios, Vinicio solía dejar una pausa entre las bocanadas de humo espeso que provenían de sus cigarros Gitanes antes de soltar otro efímero galicismo: C’est passé. Luego, como remate, encogía los hombros. Aquel gesto dejaba en claro que el asunto estaba fuera de su control. 

Mas a pesar de la ortodoxia literaria que enarbolaba con tanto panache, él mismo no podía evitar soñar. Así fue que una noche, bajo los efectos etílicos producidos en alguna feria del libro regional, Vinicio perdió el último rastro de la vigilia en su cuarto de hotel para hallarse de pronto metido tras los párpados en una escena tan escalofriante como bizarra. Se encontraba en una tarima al frente de un auditorio curiosamente similar, en términos arquitectónicos, al que le había tocado en su última conferencia de la tarde, la cual había impartido bajo el título El realismo sucio y yo. Familiar, porque había aspectos familiares: el techo era opresivo, bajo; pesaba sobre las filas de sillas plegables de un tono anaranjado nefasto. Aun así, experimentaba a la vez una sensación de descolocación extraña, como si se tratara de un lugar registrado desde otra perspectiva, guardado en una memoria ajena a la suya, como si el recuadro no estuviera completo. Faltaban elementos: en la tarima la larga mesa cubierta con un paño de felpa verde, en la mesa el venerable crítico hirsuto procurado por la editorial junto al funcionario de la feria, frente a ellos las cédulas impresas con sus nombres y las botellas de agua para refrescar sus ásperas gargantas. No había nada de eso. Hasta donde alcanzaba a vislumbrar a través del spot enceguecedor, el salón, que había estado medio vacío durante su presentación ese día —¡oh, la maldición de ser autor en este país de analfabetos!—, estaba lleno a tope. Y en lugar de estar parado frente a un atril, Vinicio se encontraba —apenas ahora se daba cuenta— atado con cuerdas gruesas a un poste colocado al centro del estrado.

Esbozó una mueca que admitía el ingenio de un inconsciente —ostensiblemente el suyo— que por fin se había apartado de las mismas pesadillas de siempre, y agradeció de paso el hecho de que cuando menos en aquella ocasión no se encontrara desnudo. Como buen caballero de letras, portaba su acostumbrada armadura profesional: un traje sastre y una camisa de cuello francés de un tono malva sutilmente atrevido, rematada, como de costumbre, con una impecable corbata de seda. Claro, había otros aspectos que calificaban como inconvenientes, si no francamente incómodos. Tenía las manos atadas, por ejemplo, lo cual le impedía alcanzar la ponencia que había preparado para leer ante el público: diez hojas impresas a doble renglón que brotaban del bolsillo del saco.

Antes de que el pánico —aquel pánico escénico tan característico de los sueños en general, y de los suyos en particular— lo engullera, una voz meliflua, muy parecida a la voz que lo había presentado con gran entusiasmo horas antes como “el maestro”, retumbaba por el sistema de sonido, informando que el foro estaba abierto para que manifestaran los presentes sus dudas y comentarios. Sintió un alivio momentáneo: al parecer, la ponencia ya estaba dada. En el mundo real, aquella frase de rigor era invariablemente recibida con un incómodo silencio que anticipaba el vino de honor. Aquí, en cambio, no hubo mano que no se levantara. 

La voz meliflua pertenecía a una joven y apetecible edecán —también extrañamente familiar— parada al pie de la tarima. Lucía un vestido ajustado con un estampado floral, y dudó con el micrófono en la mano ante la demanda de participaciones. Finalmente optó por ceder la palabra primero a un campesino descalzo, de manta y sombrero ancho, que mostraba, al ponerse de pie, una gran herida abierta en el pecho.  

—Me… —dijo, y enseguida paró de hablar. Se había acercado demasiado el micrófono, provocando que todo el público se cubriera los oídos ante la ensordecedora retroalimentación, todos menos Vinicio, que no pudo más que retorcerse un poco dentro de sus ataduras. Levantando la mano en forma de “ye” y posicionando el pulgar debajo del labio inferior, la edecán le enseñó al campesino cómo mantener el micrófono a una distancia prudente antes de que siguiera hablando.  

—Me llamo Abundio —comenzó de nuevo— y quiero manifestar mi profundo desacuerdo con el maltrato que he recibido. Allí andaba yo en Tepezpoctlán, arando mi milpa, sin molestar a nadie, cuando este señor —y señaló a Vinicio con la uña mugrosa y amarillenta del dedo índice— decidió denunciar la violencia rural a través de su cuentística matándome de un plomazo. ¡No es más que un vil asesino! 

Un murmullo de reprobación recorrió el auditorio hasta alcanzar el otro extremo del recinto, donde se irguió una mujer tan delgada como una oblea y comenzó a increpar a Vinicio con una voz igual de tenue sobre su aspecto físico. 

—Cuando menos te rellenó de sangre, con tal de derramarla. A mí me dejó totalmente plana —dijo al campesino.

La edecán, que se asemejaba cada vez más a una presentadora de un programa de escarnios televisivos, puso cara de compungida y agitó las mechas desteñidas con cierto dramatismo antes de voltear con una ceja arqueada hacia Vinicio que, atónito, comprendió de golpe que los que estaban presentes no eran lectores, sino personajes suyos. Abundio había figurado en su primera colección de cuentos, escrita precozmente a los quince años y galardonada en la ceremonia de clausura de los Juegos Florales de Yautepec. En cuanto a la dama oblea, no la ubicaba bien, pero al parecer también era de su cosecha.

Entonces se puso de pie al fondo de la sala un coro completo de mujeres sensuales de cabello abundante y oscuro, escote generoso y jeans apretados, tambaleándose sobre flamantes tacones de aguja. Llevaban un idéntico lunar al lado izquierdo de sus narices ligeramente irregulares. Ronronearon al unísono: 

—Plana, pero única. Nosotras somos todas iguales.

—Bueno, damitas, a mí me hubiera encantado ser tan imponente como ustedes —una figura masculina que nadie había advertido salió de la penumbra de un rincón; no sólo su traje, sino todo él estaba compuesto de tonos en blanco y negro—. ¿Acaso merezco ser gris sólo porque este autor de quinta opina que los burócratas carecemos de imaginación y originalidad?

La creciente ola de reclamos no tardó en inundar el recinto. Al percibir que todos, hasta sus protagonistas, rabiaban de inconformidad, Vinicio hizo otro intento desesperado por zafarse de las cuerdas que lo inmovilizaban. Pero le fue imposible. Esto no era una ponencia, sino un auto de fe. Sus propias creaciones habían formado una especie de inquisición, convocada expresamente para condenarlo a él. 

Buscando alguna salida con la mirada, Vinicio se percató con horror de que el poste al que se encontraba sujeto estaba en medio de una hoguera, formada de ejemplares saldados de sus propias obras. 

Lo que siguió fue cada vez menos nítido, cada vez más parecido a un vómito colectivo. Los más fantasmagóricos del elenco furibundo no fueron los uniformes vacíos que marcharon en formación en frente de la tarima, ni los villanos que reclamaban sus hubris diversos, sino los personajes secundarios que se manifestaban en silencio, compuestos por una sola oreja deforme, o un peluquín de copete reluciente, o unas várices ambulantes que escurrían por el suelo ante la mirada atónita de su creador. 

Se escuchó un chiflido por encima de la marea sonora, y al ver que se trataba de un joven tatuado armado con una pistola y, para colmo, bien chemo, los demás se callaron súbitamente para atenderlo. No hacía falta que la edecán le llevara el micrófono. Este personaje rondaba los vagones del metro en hora pico y sabía cómo proyectar su arenga desde el diafragma: así lo había escrito Vinicio.

—Y lo peor de la molestia que nos va ocasionando ese wey —se expresaba el pandillero con los ojos desorbitados y los puños cerrados—, ¡es que no nos deja soñar! ¡Ni siquiera ese consuelo tenemos! 

Sus palabras desataron un rugido bestial que, Vinicio sospechaba, era el precursor inmediato de un acto de extrema violencia contra su persona. Astuto hasta en los sueños, miró serenamente hacia adelante y sacó (figurativamente, porque sus manos seguían atadas) un último as de la manga. 

—Damas y caballeros —dijo, empleando un tono reconciliador—, comprendo su frustración. Pero debo informarles, con todo respeto, que tienen al hombre equivocado. El que ustedes buscan es un tal J. L. Creuzen. Revisen, si gustan, esas portadas —concluyó, mirando hacia abajo—. Ese no soy yo. Si me permiten enseñarles alguna identificación oficial, verán que yo me llamo Vinicio Pérez González.

Mientras seguía alegando, un viejo cliché sentado en la primera fila comenzó a hurgar entre las pertenencias de sus vecinos hasta encontrar un programa impreso a cuatro tintas, en el cual figuraba el pseudónimo de Vinicio en grandes letras de tipo Helvética bajo una fotografía inexorablemente suya. El anciano lo mostró al auditorio con una mano temblorosa, luego lo enrolló con mucho cuidado y, después de varios intentos, logró encenderlo con un Zippo facilitado por el pandillero. Sosteniendo su antorcha improvisada en alto, subió artríticamente a la tarima. Todos los demás personajes atestiguaban su avance con gran suspenso. Justo antes de que llegara a la meta, la edecán pidió un gran aplauso catártico del público, que le fue concedido. 

—A ver qué tan perdurables somos —seseó enigmáticamente el viejo desdentado, mientras prendía fuego a las ediciones rústicas que formaban la base de la pila—. Un buen personaje puede sobrevivir a su autor —desprovisto de golpe de la serenidad de los santos, Vinicio comenzó a aullar mientras veía cómo las llamas se le acercaban, recorriendo y consumiendo los ejemplares amontonados como si fueran capas de su propia piel. Hasta le parecía que podía oler el papel quemándose. El asunto estaba, sin duda, fuera de su control.

Despertó de golpe, chorreando sudor, de vuelta en el cuarto de hotel. Lo primero que vio fue un vestido estampado de flores, ya no ajustado sobre curvas femeninas, sino hecho bolas y tirado en el suelo. Sobre la otra almohada, la edecán seguía dormida, apeteciblemente desnuda, los ojos moviéndose tras los párpados como si vieran llamas crepitándose. Mientras seguía soñando, una sonrisa golosa de satisfacción se le dibujaba en la cara. EP

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