Guerra, dulces y flores. Tres libros de guerra escritos por mujeres

Este ensayo es sobre tres libros de guerra escritos por mujeres y una búsqueda somera de cómo narran ellas la experiencia bélica, por lo menos hasta la Segunda Guerra Mundial.

Texto de 25/10/19

Este ensayo es sobre tres libros de guerra escritos por mujeres y una búsqueda somera de cómo narran ellas la experiencia bélica, por lo menos hasta la Segunda Guerra Mundial.

En 1985, la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich dio a conocer un libro que cimbró a la censura soviética: La guerra no tiene rostro de mujer. Esta obra, en la que construye un relato colectivo de mujeres combatientes del Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, desafiaba lo tradicionalmente aceptado como relato de guerra; la estructura era extraña para la épica bélica: transcripciones literales de relatos orales o escritos de mujeres mayores; la idea de la Victoria, elevada a Día Nacional, aparecía puesta en duda de forma notable; los relatos en voces de mujeres no se correspondían con aquellos que suelen permear la memoria de guerra en voces de varones, ni tampoco con el imaginario femenil que los hombres han construido de mujeres combatientes o en la guerra. Las mujeres con las que Alexiévich se puso en contacto en las décadas de los setenta y ochenta hablaban de enrolarse a como diera lugar, de abandonar a sus familias por ir al Frente, pero también de recoger flores para adornar las bayonetas, de sufrir en la ropa militar masculina, de periodos menstruales, de calzones cosidos, de vestidos de novia improvisados con pedazos de paracaídas, de cartas de amor y de bombones, lo mismo que de la francotiradora que llevó la cuenta de los nazis que asesinó de un tiro en la cabeza, o de la que hizo avanzar un tanque sobre cadáveres alemanes, o de evitar a toda costa la violación. Hablaban de cómo no hubo reconocimiento posterior, ni pensiones, ni honores para ellas, sino hasta tiempo después. Y eso no le gustó a la censura ni a muchos lectores, a veces ni siquiera a esas mismas mujeres, apenadas de sus propias memorias.

En 2004, Svetlana Alexiévich reeditó su libro, que apareció en una tirada de dos millones de copias. La recepción posperestroika es necesariamente otra y no voy a concentrarme en ello; diré que ya entonces se consolidó el lugar señero que La guerra no tiene rostro de mujer ha ganado, por mérito propio, en la literatura testimonial, en especial de mujeres combatientes. Cuando lo leí por primera vez me supe frente a un documento inaudito, no sólo por el tema, ya de por sí poco visitado —mujeres combatientes—, sino también por su estructura: Alexiévich apenas hace aparecer su voz con notas y apostillas a los fragmentos que decidió transcribir de sus entrevistas con o de las cartas recibidas de las excombatientes soviéticas a treinta o cuarenta años de distancia de la guerra. Estas mujeres hacen un libro con sus voces, sus testimonios son desordenados, atravesados por recuerdos que se enciman los unos en los otros. No saben qué parte de lo dicho Svetlana decidirá incluir, en qué momento, en cuál capítulo, cómo. Un libro de no-ficción/documental sin los conocidos recursos literarios que habrían permitido decorarlo, pero sí con otros, novedosos entonces, que terminaron por configurar el género testimonial y, en el caso de Alexiévich, documental, en un sentido cinematográfico.

Pues bien, hace poco tiempo recibí por paquetería un libro, editado en Barcelona en 1966, de Amigos de Ravensbrück y la Asociación de Deportadas e Internadas de la Resistencia: Mujeres bajo el nazismo, una recuperación oral y documental de la experiencia de mujeres presas en el campo de trabajo y exterminio Ravensbrück durante la Segunda Guerra Mundial. No tiene firma de autor o autora y los fragmentos tomados de obras ya publicadas aparecen en cursivas, mismos que se mezclan con testimonios de supervivientes escritos ex profeso para este volumen. Las únicas mujeres que aparecen mencionadas por sus nombres son las que murieron o las que habían publicado sus testimonios con anterioridad. Esto marca una diferencia con La guerra no tiene rostro de mujer, donde las mujeres mencionadas aparecen con su nombre y cargo —con su consentimiento—. Las mujeres supervivientes de Ravensbrück, en cambio, conservan el anonimato, primero porque ha pasado poco tiempo cuando dan su testimonio, apenas unos veinte años, y sus actividades disidentes pudieran ponerlas en algún tipo de riesgo, y segundo, por lo que creo una volición colectiva. Al menos yo leo allí una voluntad colectiva por testimoniar la misma guerra de la que hablan “las mujeres de Svetlana Alexiévich”, pero diferente en sus modos. Son ellas las que deciden reunirse e integrar un volumen con sus experiencias; sin embargo, conscientes de ello, son insistentes en su militancia e ideología, y también en contrastar la veracidad de lo que dicen: a cada descripción o relato sobre las actividades del campo de concentración le sucede una cita (en cursivas) de alguna publicación ya existente, además de incluir en los anexos una lista de arribos de trenes y otros datos. Un mashup testimonial.

Este proceder podría reflejar el intento por construirse como interlocutoras equiparables a los testimonios de varones u oficiales, pero quizá también la necesidad de hacer ver y valer sus adscripciones político-ideológicas. Es decir, hacerles saber a sus lectores que son mujeres comprometidas, que no terminaron en una guerra sin saber por qué, aunque la realidad casi siempre las sorprendió rebasándolas.

De alguna manera encuentro en Mujeres bajo el nazismo un antecedente mediante el que podríamos establecer una genealogía narrativa con La guerra no tiene rostro de mujer. No es que dialoguen; hay un espacio donde interactúan dinámicas comunes; a partir de los testimonios de los dos grupos de mujeres se pueden fijar similitudes entre las distintas experiencias de mujeres en guerra, en movimientos o ejércitos que no estaban preparados para recibirlas, y cómo la década y el territorio que compartían a fuerza de movilizaciones tenían una impronta fuerte que se manifiesta en sus testimonios, tan valiosa como lo que pudiera resultar de un análisis académico (histórico, sociológico, político) hecho desde fuera, sin su pretendida objetividad. Como dice John Beverley en La voz del otro: testimonio, subalternidad y verdad narrativa: “La cuestión consiste entonces en descifrar la lógica de las rebeliones desde el punto de vista de los rebeldes mismos”. Y ambos libros, a su modo, atienden esta cuestión.

La guerra contada y escrita por mujeres

En su artículo “La corporalidad de las guerreras: una mirada sobre las mujeres combatientes desde el cuerpo y el lenguaje”, Luz María Londoño se pregunta: “¿Existe un lenguaje femenino capaz de contar la historia de las mujeres y de la guerra con otros ritmos, con otras palabras, con otras categorías de análisis?”. Yo encuentro que sí.

Si seguimos a Adriana Cavarero, tal como la cita María-Milagros Rivera Garretas en Nombrar el mundo en femenino: pensamiento de las mujeres y teoría feminista, y consideramos que la polis, el Estado, la democracia y la ciudadanía dotaron de cuerpo y existencia (¿identidad?) a los varones, es decir, como producidos por sus propias instituciones patriarcales que no contemplan a las mujeres como parte de, sino como pertenencia a, entonces el ámbito de la palabra que testimonia la manifestación de tales instituciones en la vida de los hombres es, de hecho, una extensión institucional patriarcal (en tanto tutelada por varones).

Esta perspectiva ayudaría a explicar la diferencia estructural y estilística entre los testimonios de guerra escritos por varones y aquellos escritos por mujeres hasta donde mi corpus ha revelado. Por ejemplo, en Hombres en guerra (1969), Alvah Bessie dice: “La comida gratuita era mala”, y luego continúa el relato con una expresividad que se concentra en el hecho escritural (en cómo esto es o parece literatura): “López perdió mucho tiempo enviando un telegrama”. En cambio, las mujeres de La guerra no tiene rostro de mujer y de Mujeres bajo el nazismo dedican enormes párrafos a la cuestión de la comida: detalles profusos testimonian, sobre todo, la angustia por la falta de comida, detallan cómo tuvieron que comer excremento de caballo congelado (en la obra de Alexiévich). La guerra como institución patriarcal es vivida y narrada por las mujeres a partir de un extrañamiento que verifica que el campo de batalla, real y simbólico, no es un espacio pensado para que ellas lo habiten si no es en función de cuerpos para el intercambio o la inscripción de la violencia. Las mujeres que asisten al campo de batalla y lo narran son necesariamente extrañas, forasteras.

En este punto voy a añadir un libro al corpus, Cartucho: relatos de la lucha en el norte de México, de la escritora y bailarina mexicana Nellie Campobello, en el que encuentro una simiente fundacional del género de testimonio y relato de guerra escrito por una mujer. Fue publicado en 1931, antes incluso de que iniciara la Segunda Guerra Mundial en Europa y como parte del conjunto de textos conocidos como “literatura de la Revolución”. Cartucho, leído a la par que sus coetáneos, es un libro único en su especie, atravesado por la vanguardia (estridentismo) y, sin duda, por ese lenguaje usado en femenino con sus propias claves y ritmos al que aludí antes con la cita de Londoño.

Nellie Campobello hace que su narradora sea una niña que mira la guerra con ojos de pequeña mujer: en un mundo íntimo, afectivo, poderosamente interior. Y en esta decisión encuentro intencionalidad. La escritora fue especialista, a su modo, en Pancho Villa y la Revolución, pero decide narrar de otra manera, sin temor a infantilizarse, y crea las más insólitas imágenes de un mundo lleno de violencia política. Tanto en La guerra no tiene rostro de mujer, como en Mujeres bajo el nazismo y Cartucho —sobre todo en los dos primeros— encuentro una serie de elementos que comparten entre sí y que difieren de los testimonios (literarios o de no ficción) escritos por varones.

Dulces, bombones, flores y vestidos

Algunos de estos rasgos que menciono parecerán, en primera instancia, estereotipos de género, y quizá lo sean, pero de momento vamos a hacer a un lado esa categoría. Comenzaré con la estructura. Ni La guerra no tiene rostro de mujer ni Mujeres bajo el nazismo se parecen formalmente a una novela, a un ensayo o a un testimonio convencional en primera persona. Mientras que Svetlana Alexiévich entrevista a las supervivientes (y partisanas) del Ejército Rojo y transcribe fragmentos literalmente según una edición con la que ella va dándole sentido a los muchos relatos, inscribiendo apenas algunas de sus acotaciones, Mujeres bajo el nazismo me resulta acaso más interesante: está conformado por recortes de fragmentos de libros, informes y tesis ya publicados y que fueron cedidos por sus autores —autoras, sobre todo—. Además de estos fragmentos resaltados en letras cursivas, hay una redacción colectiva atribuida a un Nosotras Camaradas no identificada más que por esa adscripción ideológica-nacional: la Resistencia francesa. A esta narración se suma la triangulación de testimonios de mujeres que permanecen en el anonimato y a los cuales remite la narradora Nosotras Camaradas.

Aunque en ningún caso hay una pretensión de experimentación literaria o editorial, el resultado son dos libros poco típicos como testimonios de guerra: no hay personajes sino personas que se miran a la distancia, un doble registro documental sin intención de novelar. En esto son diferentes de Cartucho, del que sí podemos decir que se trata de un libro con un trabajo ficcional detrás.

Si algo ha llamado mi atención de estas obras es su crudeza. Mientras que Jorge Semprún se protege de contar las torturas y sólo vuelve un poco a ellas en su libro póstumo Ejercicios de supervivencia, las mujeres de La guerra no tiene rostro de mujer y Mujeres bajo el nazismo, y la niña Nellie de Cartucho despojan a la crueldad de sus artilugios y muestran las vísceras, los fusilamientos, describen a detalle los horrores, muchos de los cuales no son conocidos ampliamente por el público aficionado a obras sobre la Segunda Guerra Mundial o la Revolución mexicana. Para ilustrar esto baste señalar el capítulo “Los niños también” de Mujeres bajo el nazismo, en el que Nosotras Camaradas nos cuenta las maneras que encontraron las SS de exterminar a los recién nacidos en el campo de trabajo de Ravensbrück con dolor y con el ánimo de hacernos ver la imagen más nítida del horror (advertencia: la siguiente imagen es particularmente violenta): esos bebés fueron lanzados a las ratas o a los perros entrenados de las SS para que se los comieran vivos. ¿Aquello que nos describen puede llamarse vida? Allí, al menos yo, tuve que cerrar el libro de un tajo. Esperar, tomar aire. Una escritura que mueve en su simplicidad.

Al tiempo que se despliegan esas imágenes de crueldad y desmedida violencia, los relatos de las mujeres son consistentes en otros elementos, como la presencia de las flores: en el caso de La guerra no tiene rostro de mujer, abundan en presencia y son causa de que las partisanas rompan reglas militares en búsqueda de un ramito de violetas para adornar las bayonetas. O como los bombones, que aparecen también obsesivamente en el libro de Alexiévich como una necesidad de las excombatientes rusas, quienes cada vez que se presentaba la oportunidad, los compraban o conseguían:

—¿Qué se llevó a la guerra?

—Bombones.

—¿Cómo dice?

—Una maleta llena de bombones.

Los dulces aparecen también en Cartucho, en específico en el relato “La sentencia de Babis”: “Babis vendía dulces en la vidriera de una tienda japonesa. Babis reía y se le cerraban los ojos. Él era mi amigo. Me regalaba montones de dulces”. Las golosinas son el vínculo entre Nellie y Babis, a quien quemaron vivo en la toma de Juárez. Babis es los dulces que le da a Nellie, símbolo de la existencia alegre y juvenil del jovencito al que se llevó la gleba a morir en el campo de batalla, así como los bombones son el símbolo de la vida juvenil y sin guerra de las jovencitas rusas que se fueron al Frente, el lazo con la íntima belleza que la guerra rompe con su podredumbre.

Asimismo, los vestidos aparecen como contrapuestos al uniforme militar. Luz María Londoño recoge de su estudio acerca de mujeres colombianas combatientes la siguiente apreciación: “En este sentido, France Borel, citado por Blair […] ilustra la significación que tienen sobre el cuerpo el vestido o los artificios culturales, expresando que, a diferencia de lo que reza el adagio popular, ‘el hábito sí hace al monje’. Y ‘el hábito’ en este caso hace referencia tanto al uso de los masculinos uniformes militares —como factor homogeneizante, como evidencia de pertenencia a un colectivo guerrero y como elemento configurador de identidad”. Así pues, por muy chocante que resulte a la luz de las discusiones actuales sobre la socialización del género, el vestido se presenta como la ruptura del mundo respecto del que las mujeres se sienten sustraídas; el uniforme militar como una prótesis que dota de sentido a la identidad masculina se rebela en el cuerpo de las mujeres: el Ejército Rojo no tenía ropa militar de mujer, así que durante casi toda la guerra, las combatientes usaron ropa que no era de su talla, que estorbaba, que debían adaptar para lo mínimo, como caminar: “No se imagina cómo roza el capote, cómo pesaba todo eso, es para hombres, el cinturón y todo lo demás. Lo que más odiaba era el capote, cómo me rozaba el cuello, y esas dichosas botas. La forma de andar cambiaba, todo se te cambiaba” (La guerra no tiene rostro de mujer).

Diferencias hay muchas, y también matices interesantes. Mientras que en el libro de Alexiévich domina un ambiente de amargura por lo que se perdió en la guerra y por el trato que las mujeres recibieron en la posguerra, en Mujeres bajo el nazismo hay una reivindicación orgullosa de las mujeres por haber combatido en la Resistencia. Esta situación se explica, desde luego, en la diferencia de contextos entre Francia y la URSS. Me interesa mucho la amargura de las excombatientes soviéticas precisamente porque testimonia su no-pertenencia al no tenía ropa militar de mujer, así que durante casi toda la guerra, las combatientes usaron ropa que no era de su talla, que estorbaba, que debían adaptar para lo mínimo, como caminar: “No se imagina cómo roza el capote, cómo pesaba todo eso, es para hombres, el cinturón y todo lo demás. Lo que más odiaba era el capote, cómo me rozaba el cuello, y esas dichosas botas. La forma de andar cambiaba, todo se te cambiaba” (La guerra no tiene rostro de mujer). Diferencias hay muchas, y también matices interesantes. Mientras que en el libro de Alexiévich domina un ambiente de amargura por lo que se perdió en la guerra y por el trato que las mujeres recibieron en la posguerra, en Mujeres bajo el nazismo hay una reivindicación orgullosa de las mujeres por haber combatido en la Resistencia. Esta situación se explica, desde luego, en la diferencia de contextos entre Francia y la URSS. Me interesa mucho la amargura de las excombatientes soviéticas precisamente porque testimonia su no-pertenencia al mundo de la guerra, del campo de batalla; incluso las más fervientes nacionalistas o comunistas entienden el mundo de las diferencias que se nombran en femenino, que se viven en femenino. Ser mujer en una guerra que ni siquiera ha contemplado la existencia de ropa apropiada para las mujeres; ser mujer en un mundo en el que no se pueden descuidar ni de sus compañeros, que podrían violarlas en cualquier momento, exactamente como el enemigo; ser mujer en un mundo donde quedar embarazada de un extranjero puede costar la vida; ser mujer en un mundo que desmujeriza lo que hasta entonces se tenía entendido como ser mujer, en el que ellas se habían dotado de cuerpo e identidad: narrando desde la intimidad, desde el mundo de “las pequeñas cosas”, los microcuidados, las microrresistencias (como la de las mujeres francesas negándose a trabajar en la fábrica de municiones de Ravensbrück). Las mujeres que entrevista Svetlana Alexiévich insisten en eso, en cómo la guerra elimina su “mujeridad”; la guerra no es un mundo para ellas, no porque las mujeres sean incapaces de combatir o sean seres etéreos, “bellos, buenos” por naturaleza, sino que, por ser quizá la más total de las instituciones patriarcales, no está pensada para ser encarnada por ellas. Sus testimonios constatan este extrañamiento, este quiebre. Ellas concluyen que la guerra no es para nadie, y en ello radica su potencia, en la posibilidad de que las mujeres se piensen como contrarias a asimilarse a los pilares de la encarnación patriarcal, incluso las más nacionalistas de ellas.

Sea éste un breve intento de pensar la presencia de las mujeres en la guerra de un modo “que no se agote en la pretendida igualdad de los sexos”, como dice Luz María Londoño, sino más bien en lo dicho desde la diferencia como la real encarnación de ésta entre los cuerpos y las experiencias en tres libros de testimonios de mujeres que vivieron la guerra en el cuerpo y lo contaron. EP

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