Exclusivo en línea: Bárbara Barranco

Un cuento

Texto de 11/11/19

Un cuento

 A mi madre, Victorina Rodriguez.

Ya con los manteles bajo el brazo salí al patio y no sé en qué me entretuve. Luego, ya cuando me marchaba, vi el corredor herido por los rayos oblicuos de las seis de la tarde. Viendo esa luz que siempre a esa hora ilumina de nostalgia la pared y las baldosas, di que alguien estaba al fondo del corredor. Después de un sacudimiento de sorpresa vi que era mi hermano Anastasio. Corrí a abrazarlo, a decirle de lo mucho que me acordaba de él. No era para menos, después de cinco años de no verlo. Le dije que si no fuera por los manteles me quedaba con él. Tenía que ir al puesto del viejo Otoniel porque un puesto de cena sin manteles no es puesto de cena. Como quiera, le dije, él necesitaba descansar y que en cuanto pudiera me regresaba para platicar a lo bonito. Muy contenta, pegué carrera para arriba.

Era la tarde del 24 de junio. Rápido me puse a sacar las mesas y a extenderles sus manteles limpios y planchados. El viejo Otoniel no ha querido cambiar los manteles de tela por los de plástico. Estos se limpian con una pasada, en cambio los primeros hay que estarlos lavando de continuo. A mí me gusta eso de extender el paño suave sobre las mesas todas las tardes. Yo me encargo de lavarlos y también de plancharlos. Por eso siento gusto desdoblar un mantel y acomodarlo en sus cuatro esquinas… Esa tarde llamé con el pensamiento a los guaches, guaches de todos lados y de todos tamaños: Ahí vienen los guaches, ahí viene Cheché; ahí viene la Muerte, ahí viene Caché; ahí viene Pitola, ahí viene Chuché… Esos guaches me cargan a raya para que les dé dinero para sus cigarros y uno que otro, dicen, para el hielo. Yo les doy porque me hacen mandados. Esa tarde llegaron en cordillera y los puse en trajín a sacar el puesto.

El viejo Otoniel, que siempre está de malas y no se le escapa nada, al verme acelerada, me dijo:

―¡Oye, Bárbara! ―así me llamo: Bárbara Barranco para servir a todos ustedes―. ¿Qué carreras te traes? Ya te dije que no quiero que esos muchachos drogadictos pongan sus dedos sobre mis manteles. Me van a desacreditar mi puesto.

―Nada más por hoy me ayudarán, don Otoniel ―le contesté, escurriéndome por un resquicio de su mirada malhumorada―. ¿Se acuerda de mi hermano Tacho, aquel que de niño me venía ayudar?… Pues acaba de regresar. Está en la casa esperándome. Por eso ando a las carreras.

El viejo frunció el entrecejo, echó una mirada donde los guaches, quienes de prisa y haciéndose de los disimulados, acomodaban las mesas. Luego de decir algo que no entendí, de seguro una maldición, se metió a su casa.

―¡Don Otoniel! ―le grité―. ¡Quiero que me dé permiso para ir a verlo, siquiera un ratito; y el primero de asada, apártemelo, yo se lo pago!

Bien que oyó, pero ni chasqueó los labios.

A Tacho le gustaban las carnes asadas del viejo Otoniel. Él aquí un tiempo trabajó siendo un muchachito. Hacía mandados y se encargaba de llevar pedidos. Y por ahí en la

banqueta nos poníamos a comer en algún rato de descanso. De esas noches le vino la idea de poner una cenaduría. Me lo decía cuando ya andaba trabajando en mil oficios y aun cuando ya estaba casado y era padre de familia: “No moriremos en la sombra, moriremos asoleados.”

Pero cuando hubo oportunidad para quedarnos con el puesto, Tacho ya se había ido…

Esa tarde empezamos a vender como nunca. Siempre vendemos bien. De lugares remotos venía la gente a comer nuestros asados. A pesar del humor de los mil diablos del viejo Otoniel, es bueno para eso de la parrilla y las salsas, eso que ni qué. Unas bandadas de gente que bajaban del cerro llenaron todas las mesas. No me daba abasto junto con los otros ayudantes. Yo corría de un lado para otro y al mismo tiempo decía para mí: “¡Malhaya, con esta gente que baja del cerro hambrienta no tendré ningún espacio para ir a darle una vuelta a Tacho!”

Le recordé al viejo de mi pedido de cena porque tomé la resolución de mandársela con alguien. Tan apurada andaba que se me olvidaba que los 24 de junio llueve a buena hora. Esa lluvia todos la esperamos porque es el augurio de una temporada de aguas buena. No me acordaba hasta que vi un mantel volando por los aires. Entonces sentí llegar un vendaval húmedo que sentí cómo me rodeaba las costillas… Lo sentí como el abrazo de mi hermano Tacho. La gente siguió bajando del cerro, pero ya no se quedaba a buscar un lugar para esperar la cena, y la que estaba esperando luego se fue. En un dos por tres, por la tormenta, que anunciaba un grande aguacero, las mesas se quedaron sin ningún comensal. El viejo Otoniel empezó a rechinar los dientes y a injuriarnos a todos.

―Ya ve pues, debe invertir en un tejaván para estas lluvias ―le dijo una compañera, que como yo tenía muchos años trabajando en el puesto.

―Se dice fácil, pero está prohibido hacer tejavanes en la vía pública ―contestó el patrón.

―¡Cómo, si la ciudad está plagada de caídos y volados que casi alcanzan la mitad de las calles!

En esas pláticas estábamos mientras recogíamos el puesto para que el aguacero no se fuera a llevar todo al arroyo. De pronto el viejo me llamó y me dijo que ahí estaba mi orden. A lo que entendí que me daba permiso para ir a ver a mi hermano. Tomé el plato y eché a andar. Doblé la calle y me bajé corriendo. Nadie hubiera sospechado que estaba loca porque todo mundo corre al oír y sentir los truenos y los relámpagos tan cerquita del corazón. Caían gotas gruesas, pero aún no arreciaba la lluvia.

Llegué a la casa. Abrí la puerta del zaguán. Crucé el andador y doblé a la izquierda donde está el tejaván y luego me metí al corredor. Ahí estaba Tacho sentado viendo en giros imperceptibles sobre los goznes de sus recuerdos las cosas que le pertenecieron. Pero nada le prendía una hebra de pasión. Veía el gabinete que sirvió de alacena a nuestra madre. A mí se me alebrestó el recuerdo de cómo él lo cuidaba con tanto primor. Una vez lo mandó restaurar y lo tuvo un buen tiempo sin usarlo, sin siquiera quitarle la envoltura de plástico que lo preservaba del polvo. Cuando sus ojos llegaron a la mesa que estaba a la mitad del corredor y pegada a la pared, estuvo un buen rato mirándola desde la esquina, mirando el plisado de un mantel lleno de remiendos y con los bordes en chamusquina. Se fijó tanto que yo pensé que

me iba a reclamar de cómo cuidaba mejor los manteles ajenos que los propios. Pero no volvió a decir nada. Luego recorrió con esa mirada dura, como si quisiera trasminar las cosas o arrancarlas de su lugar, las paredes rezumantes de añoranzas; vio la repisa con el espejo de su infancia borrosa. Y al otro extremo del corredor vio los retratos y cuadros de nuestros familiares muertos. Él era trigueño pero lo vi más tostado. Cuando se levantó lo vi formal y varonil. Nada qué ver con el desaliño que acostumbraba. Una ciudad lejana de colores tristes lo hizo cambiar. “He sido un obrero en estos últimos tiempos”, por fin dijo algo, apenas un murmullo: “De ese mundo vengo… de las horas de trabajo.” Su pantalón y su camisa de manga corta y de telas ásperas y picantes, con sus líneas de un planchado persistente, confirmaban su vida de obrero y no de otra cosa. Sus botas rudas y resistentes no tenían nada que ver con sus guaraches de correa ancha que usaba antaño.

―¡Vamos, Tacho! Si sigues así me harás pensar que vienes de otro mundo ―le dije para sacarlo del atolondramiento.

Nos dimos otro abrazo y le dije que comiera. Dejó el plato en el pretil y se dispuso a salir al patio.

―Hace cuatro años, luego que te fuiste, “la mafia” le pidió cuota al viejo Otoniel y dejó un tiempo sin sacar su puesto. Entonces me acordé que tú siempre quisiste que el viejo nos traspasara su puesto. Pero luego se arregló con esa gente, pero desde ahí anda inconforme. Dice que sus ganancias nada más son para ellos… ―le platiqué a Tacho, pero él seguía concentrado en las cosas que lo carcomían por dentro, como pensando en su regreso al mundo de las máquinas donde no quería volver.

Salimos al patio y ahí Tacho se soltó. Me platicó que había trabajado como maquinista en una fábrica de hilados. Aquí él fue campesino, ayudante de cocina, pero lo suyo fueron los fierros, era bueno para sus fierritos. Entendí que era un obrero robusto, alejado de cualquier vicio, de esos obreros que no van más allá que de la fábrica a la casa para estar con su familia. Para disfrutar de ese rinconcito de covacha donde se sienten felices.

Al principio, sentado en el corredor me pareció triste; ya parado, platicando sobre su vida de trabajo y de hombre cumplido y responsable, me pareció aún más triste. Y sin embargo, me dio infinita alegría verlo, el tenerlo a unos pasos y oír sus voces. Su venida, me dijo, era solo para reencontrarse con su familia. Me dijo que ya sabía que su hija y su mujer estaban en Acapulco, cosa que era cierto. Y, palpándose la bolsa de la camisa, me dijo que ya tenía su boleto para partir e media noche.

Dejó de platicar y se estuvo un buen rato viendo la oscuridad. Todo quedó en silencio. Las hojas de los árboles susurraban apenas un tenue aliento de calma. Entonces me di cuenta que había dejado de llover y que tenía que volver al puesto de cena, a no ser que al otro día el viejo carajo me corriera.

Volvimos al corredor, se sentó en el pretil y yo le arrimé su plató. Le dije que me tenía que regresar a trabajar, pero que estaría lista para despedirme de él.

Pegué carrera.

La cenaduría, luego que pasó la tormenta, se volvió a llenar de comensales. En las noches de lluvia da más hambre. Y la gente empezó a llegar de todos lados. Hubimos que instalar más mesas y bancos. Dieron las once de la noche y el puesto estaba repleto de

clientes. Pareciera que esa noche la venta se iba a prolongar hasta la madrugada grande. A las once y media, me resolví, tenía que marcharme para despedir a mi hermano. Pero nomás lo dije, el viejo de mil demonios me entretuvo bonito: “Lleva este plato”, “cambia el mantel de la mesa del banco porque se embarró de lodo”, “lleva la cuenta de la última mesa…” Así me entretuvo hasta que decidí largarle el trabajo. Faltaban quince minutos para las doce. Nomás doblé la cuadra, cuando empezó a caer el aguacero que horas antes nada más amenazó. Un grande aguacero, de esos que a uno le escarban hasta en las costillas. Tuve suerte porque en mi carrera me llegó un taxi y me subí. Indiqué a la terminal. Cuando llegué busqué en los andenes y en la sala de espera pero Tacho no estaba por ningún lago. Entonces pensé que por confiado se le había olvidado o se le había hecho tarde. Una vez así le pasó cuando se fue de vacaciones a Acapulco con su familia. Salieron de la casa pocos minutos antes de la salida del autobús y para acabarla de amolar era una noche de difícil tránsito porque también estaba cayendo un aguacero. Tuvo que regresarse porque había olvidado los boletos. Recuerdo cuando lo vi volver: abrí la ventana y, anegado bajo lluvia, como un muerto que vuelve, me dijo: “Pásame los boletos, los olvidé en la repisa.”

Yo lo esperé en los andenes hasta que el autobús despegó a su destino. Entonces pensé que Tacho se había quedado dormido o decidió no irse esa noche y quedarse unos días conmigo. Pero reparé que tal vez se hubiera ido en la salida de las once de la noche. Salí y tomé otro taxi que fue navegando en la espesura y bravura de aquella lluvia que no paraba. Entré en la casa y Tacho no estaba por ningún lado. El plato de comida que le había llevado estaba intacto en el lugar donde yo lo dejé. Entonces me conformé con la idea de que se había ido una hora antes. Siquiera estaba vivo después de cinco años sin saber nada de él.

Al otro día, aprovechando que los guaches llegaron temprano a mi casa para pedirme dinero para sus cigarros, aproveché para que le mandaran un recado a Narda, mi sobrina, única hija de Tacho. Ella con su madre habían marchado al puerto de Acapulco poco después que no supimos nada de Tacho. Narda se fue ya crecidita, por lo que conocía a varios de los guaches que me perseguían, y más de uno me había dicho que la tenían de contacto en el facebook. Por eso pensé en ellos para darle la noticia del regreso de su padre:

Querida sobrina Narda:

Después de cinco años de ausencia tu padre ha vuelto. Ayer estuvo aquí conmigo y ayer mismo, a las once de la noche, se fue a Acapulco para buscarte a ti y a tu madre. Me dijo que ya sabía dónde vivían.

Un abrazo. Saludos para tu mamá.

Al otro día, los guaches llegaron más temprano. Nada más abrieron la tienda de la esquina y llegaron. Ya traían la respuesta y querían sus cigarros. Nomás les di el dinero y me dejaron el recado. No quisieron acompañarme y desde esa fecha no se han dado una vuelta por aquí:

Querida tía Bárbara:

Gracias por recordar a mi padre. Antier, 24 de junio, cumplió cinco años de muerto. Yo también lo recordé. Espero pronto ir y darle un fuerte abrazo. Mi madre, que está amamantando al segundo de sus hijos de su segundo marido, también le manda un saludo.  

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
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Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México