Escritoras en la FIL: Andrea Chapela y Un año de servicio a la habitación

La relación entre dos vecinos de habitación. Una mujer que necesita saber cuánto mide cada elemento que la rodea. Un grupo de personas que pierden objetos e ideas. Un hombre y el gato que le enseñó a leer. Los veinticuatro cuentos que componen “Un año de servicio a la habitación” son pequeñas postales que nos acercan a la vida de todos aquellos que cohabitan un mismo lugar: huéspedes temporales, residentes y personal empleado entrecruzan sus historias en un hotel que sirve como vehículo para hablar de los estados y los espacios liminales. Con una prosa precisa y cuidada, Andrea Chapela abre un diálogo sobre el deseo de pertenencia, el amor, el movimiento, el trabajo y la búsqueda de un lugar de enunciación propio.

Texto de 25/11/19

La relación entre dos vecinos de habitación. Una mujer que necesita saber cuánto mide cada elemento que la rodea. Un grupo de personas que pierden objetos e ideas. Un hombre y el gato que le enseñó a leer. Los veinticuatro cuentos que componen “Un año de servicio a la habitación” son pequeñas postales que nos acercan a la vida de todos aquellos que cohabitan un mismo lugar: huéspedes temporales, residentes y personal empleado entrecruzan sus historias en un hotel que sirve como vehículo para hablar de los estados y los espacios liminales. Con una prosa precisa y cuidada, Andrea Chapela abre un diálogo sobre el deseo de pertenencia, el amor, el movimiento, el trabajo y la búsqueda de un lugar de enunciación propio.

Fragmento del libro Un año de servicio a la habitación, © 2019, Andrea Chapela. Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2019. Cortesía otorgada bajo el permiso de Editorial de la Universidad de Guadalajara.


28006, Madrid

La primera postal llegó a finales de septiembre. Venía de Niza. Era una de esas postales que se han puesto de moda: verticales, vintage. La imagen: una mujer con el cabello corto se reclina en un balcón y al fondo se ve una playa sin hoteles y la gente va elegante, de vestido o traje, y sombrero. Estaba escrita en pluma y tinta, con una caligrafía tan estilizada que parecía ensayada. Tenía la dirección del hotel, pero no el nombre del huésped. 15/09. A veces me encuentro en un rincón del mundo que me hace pensar: aquí pudimos haber estado. Aquí habríamos sido felices. Y entonces no puedo más que escribirte. Firmaba solo con sus iniciales, en minúsculas: gja.

La segunda postal llegó en noviembre. Atenas. Vertical. Un dibujo del Partenón y unas columnas en azul y amarillo. 11/11 Cuando decidí venir a Grecia, no pensé que me acordaría tanto de ti. Cada monumento me transporta a ese verano que nos dio por leer a todos los griegos. Primero las tragedias, luego las comedias y finalmente La Odisea. ¿Recuerdas que te llamaba Ítaca? ¿Recuerdas lo que me contestabas? Esos días se sienten muy presentes y muy lejanos desde aquí. gja. 

La tercera postal llegó justo antes de Año Nuevo; aunque nadie la vio hasta el dos de enero que volvieron al trabajo. San Petersburgo. Horizontal. Un collage fotográfico de lugares icónicos de la ciudad. 15/12 En invierno, esta no parece la ciudad que Raskolnikov recorre sumido en la locura. Cuando nieva es como si el mundo se silenciara. No hay color. No hay gente. No hay ruido. La noche es negra, no blanca, y dura una eternidad. Por eso, la locura de invierno es más sigilosa. Te toma por sorpresa. Te escribo para sacármela de adentro. gja.

La cuarta postal llegó el último día de febrero de San Francisco. Decía The City by the Bay y debajo de la inscripción un tranvía en rojos y naranjas con skyline de fondo. ¿Cómo encontrar al remitente? ¿Hombre o mujer? ¿Quién sería gja? ¿Por qué no había elegido el Golden Gate? 09/02 Fui a City Lights. Pasé varias horas recorriendo los caminos entre las estanterías. Al final solo compré esta postal. No sé qué se apoderó de mí ese día, hace años, cuando enumeraste las ciudades del mundo donde querías vivir y yo prometí mandarte una postal de cada una. ¿Cuántas vamos ya? ¿Seis? ¿Siete? ¿Cuántas nos faltan? No sé por qué sigo con este ritual. Nada me asegura que al terminar la lista te volveré a ver. gja. 

En abril llegó la quinta postal con la sexta, que en realidad no era la sexta. El cartero las entregó juntas. Una de Sídney enviada en marzo y otra de la Ciudad de México enviada en enero. Así que en realidad la de Sídney (otra postal de Anderson Design Group, esta vez el icónico edificio de la ópera entre cían y amarillo) era la sexta y la de la Ciudad de México (una toma aérea del Palacio de Bellas Artes) la cuarta. Decían así: 12/01 Anoche probé el mezcal. Me supo a humo, pero como más tomaba, más me gustaba y más se me nublaba la cabeza. Desperté hoy sin resaca, pero con ganas de escribirte. Cuando compré esta postal, me dijeron que no se puede confiar en el correo mexicano, pero ¿cómo no escribirte desde esta ciudad? Solo me faltaba estar aquí para sentirme como verdadero detective salvaje. A veces creo que te mando postales como un acto literario y no por avivar el recuerdo. gja.

16/03 Ayer que caminaba por la costa, pensé, allí, del otro lado del Mar de Tasmania, está el lugar más lejano de la Tierra. ¿Te acuerdas? Cuando tenías un mal día en casa, te encerrabas en el baño y me llamabas. Ese día, me preguntaste cuál sería el lugar más lejano de casa, porque querías aparecer allí. Huir. Todavía me acuerdo del nombre como si hubiera sido ayer cuando buscamos nuestra antípoda. Waiuku, Nueva Zelanda está a más de dos mil kilómetros y no tengo tiempo en el itinerario, así que Sídney tendrá que bastar. ¿Dónde quedaron tus ganas de huir? ¿Madrid te bastó para sentir que habías escapado? Desde tan lejos creo que mientras tú te vas encontrando, yo no dejo de perderme. gja.

Pasaron muchos meses. No se esperaban más postales, tal vez gja por fin había entendido que no estaban llegando a su destino y las había dejado de escribir. Pero a mediados de julio llegó la séptima. De Singapur. Más pequeña que las otras, cuadrada, con un dibujo de la estatua del merlión. 21/06 Ayer caminando por un mercado de comida, me di cuenta de que esta ciudad no tiene ningún significado para nosotros. Nunca soñamos con Oriente. Creo que le dimos la espalda por ignorantes. Pensé eso y luego en la ironía de que hasta aquí me persiga tu recuerdo. Me gustaría prometer que esta es la última postal, pero sé que sería una mentira. gja.

A mediados de septiembre, casi en el aniversario de la primera postal llegó la octava. De Sevilla. Una reproducción del cartel de la feria de abril del 1919. Una mujer con un vestido de lunares, flor roja en la cabeza, mantón y guitarra sentada entre naranjos y luces de papel con la Giralda a lo lejos. 01/09. Murió mi madre, por eso estoy en casa. Días después del funeral me di cuenta de que había soñado que te llamaba para contártelo. Eres la única persona con la que me apetecería hablar en este momento. O no hablar, solo sentarnos en la Plaza del Triunfo como hacíamos antes, cuando esta ciudad era lo único que queríamos y lo único que conocíamos. Esta es la primera vez en muchos años que estamos en el mismo país, pero, justo ahora, te siento realmente lejos. Tal vez es que hasta Sevilla se me antoja desconocida si no estás en ella. gja.

La última postal fue la novena. Después de eso, el hotel no volvió a recibir una. Nadie supo nunca quién era gja, ni siquiera si se habría enterado de alguna vez que sus postales no llegaban a la persona deseada. Quedaron guardadas en un cajón, porque nadie se atrevió a tirarlas. La última llegó de París, justo después del puente de noviembre. 21/10 Una vez me dijiste que me comería todas mis palabras el día que fuera a París, dijiste que querías venir conmigo, para ver cómo la ciudad me sorprendía. Dijiste que me acompañarías. Hasta este momento había evitado este viaje, pero tenía que llegar algún día y, por fin, aquí estoy. Tenías razón. Me como mis palabras. No nos queda ninguna deuda pendiente. Entiéndelo como quieras. gja. EP

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