Elogio de la oreja

Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura.

Texto de 17/07/20

Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura.



Estoy segura de que en otra vida fui mosquito. No porque tenga voz aguda como zumbido ni porque insista en estar donde no me desean, pues no es el caso. Se trata más bien de la fascinación que tengo hacia las orejas. 

Puedo entender las razones de los molestos dípteros al querer estar siempre cerquita del oído. Quizá lo que nosotros percibimos como una afrenta personal hacia nuestro descanso es, en realidad, el bizzbizzeo de palabras halagadoras sobre la textura, tamaño y forma de nuestras orejas. Aun así, la reacción automática es dar manotazos, taparse la cara con la almohada o, en el peor de los casos, prender la luz para acabar de una buena vez con el insolente insecto. Por mi parte, me enfrento a la incomodidad o al desconcierto de la gente cuando, colándome en el silencio de alguna conversación, suelto de pronto “Tienes bonitas orejas”. Nadie se lo espera (“Emm… ¿Gracias?”).

Mi afición se remonta a un periodo de la infancia previo a mi memoria. Las orejas eran anclas a la cuales me aferraba mientras me chupaba el dedo pulgar y para esto no hacía distinción entre las propias, las de familiares ni las de mascotas. Algunas fotos de entonces retratan a una pequeña yo con una mano en la boca y la otra en la oreja: misteriosos son los caminos de la autorregulación infantil. La etapa del dedo terminó, pero mi gusto por esa parte del cuerpo sólo se mantuvo inerte durante algunos años. 

Un día, quién sabe por qué, me atreví a preguntarle a un amigo si podía agarrar su oreja. Con cierta extrañeza, aceptó. Aquella acción tan simple me puso en contacto con una antigua sensación de seguridad que se cifraba en la confianza y la ternura. Descubrí, además, que podía existir correspondencia entre el lóbulo y el espacio entre los dedos. Me regodeé en la piel, pilosa como un durazno; en su firme suavidad; en la sensación de la oreja fría en contraste con la temperatura de mis falanges y en la forma en que se amoldaba al espacio entre mis dedos sin apretarla. Me di a la búsqueda de orejas perfectas como quien busca la llave improbable de una puerta inventada. Sobra decir que amalgamé la empresa de hallar la oreja ideal con mis intereses amorosos. 

He querido orejas que no cumplen con los estándares subjetivos de mi estética orejil, pero las he atesorado con mayor ahínco pensando que el intercambio es justo: las acepto como sus dueños consienten mi rareza e incluso la alientan. Y es que en mis pesquisas he desarrollado preferencia por los lóbulos de gen dominante, es decir, aquéllos bien definidos que cuelgan como gotas de lluvia suspendidas en vilo en la orilla de una hoja. Son más fáciles de colocar entre mis nudillos y me parecen más resistentes; los lóbulos adheridos a la cabeza me dan la impresión de membranas susceptibles de rasgarse con el tacto. A su vez, hay orejas que son malos augurios que a menudo desoigo.

Mi filia es un chiste local con mi familia y amigas. Y tal vez podrían mofarse más de mí si hubiera más casos como el mío, pero no es tan frecuente como el gusto por los ojos, las manos, los pies. Dónde he visto orejas, me pregunto. Se me vienen a la mente el rey Juan del Robin Hood de Disney, que comparte mi gesto infantil de chuparse el dedo y agarrarse la oreja; Dumbo que condenó a la comunidad de gente orejona con su nombre como apodo; aquella que Jeffrey Beaumont encuentra y tan despreocupadamente guarda en una bolsa de papel en Blue velvet o el intento nada aséptico de “Frenchy” de perforarle los lóbulos a Sandy durante una piyamada en Grease. En un tenor más culto, pienso en las orejas que aparecen en el infierno de “El Jardín de las delicias” del Bosco: por la parte superior, las atraviesa una flecha; de entre ellas salen un cuchillo enorme y un demonio, al menos cinco personas yacen aplastadas bajo su peso y una especie de verdugo o monje sale del conducto auricular, ¿acaso infestado de maledicencias?

Por supuesto, no podría faltar Van Gogh, uno de mis principales referentes en cuestiones auriculares. Una de mis tías me habló de él y me contó la versión de su famosa anécdota según la cual se cortó la oreja para dársela a una mujer. Supongo que por eso Autorretrato con la oreja vendada es una de las primeras pinturas que recuerdo. Más allá de qué teoría al respecto es la correcta, la sola idea de ofrecerle un fragmento de uno mismo a otro me asombraba. Ahora suelo bromear de vez en cuando con el más chico de mis primos diciéndole: “¿Me regalas tu oreja?” Por fortuna, siempre recibo una negativa.

Nuestras orejas no son expresivas ni útiles como las de los animales. No se mueven reaccionando a posibles amenazas. El vello que las cubre no sirve contra el frío. Requerimos de un esfuerzo voluntario para protegernos de las bajas temperaturas, para escuchar selectivamente, para aislar los sonidos no deseados. La evolución inscrita en nuestras orejas como en nuestros pulgares. Siento la suavidad de las de mi gato que no necesitaron endurecerse como chabacanos deshidratados para soportar su evolución en la Tierra. 

Aquí algunos usos no oficiales de las orejas: soportar las patas de los lentes, modelar aretes, pendientes y todo tipo de perforaciones, tener dónde colocar los elásticos de un cubrebocas o atorar los audífonos. Son también los signos de interrogación que enmarcan la máscara que presento cada día al mundo. ¿Qué podría decir la grafología del trazo de estas, de sus curvas, de su largo, de la forma en que se cierran?

Ese intrincado vestíbulo cartilaginoso tiene la doble función de conducir los sonidos y de hacer las veces de atrio para el templo auricular que alberga los huesos más pequeños del cuerpo. ¿No es maravilloso que al final de ese conducto se encuentren no sólo los receptores de las, a veces excesivas, vibraciones sonoras, sino también nuestro centro de equilibrio? Las orejas, como una ilusión óptica, ocultan con la simpatía de sus formas su elevada misión.

Siempre me ha parecido muy placentera la utilización de hisopos, pero desde hace años sé que no se recomienda porque puede causar daños graves y me asusta mucho la idea de enfermar de la audición. Acabo de leer Amores al margen, una novela japonesa que me hizo sentir acompañada en el ejercicio de valorar el aparato auricular y sus resquicios. Ignoro si Yoko Ogawa es una observadora profesional de orejas, pero su aproximación a esta parte infravalorada del cuerpo es casi poética. En la narración, hay una mujer cuyos oídos se han llenado de sonidos que le arañan el tímpano. Se somete a un largo tratamiento. En el ínter conoce a un estenógrafo con quien entabla un vínculo muy especial. Le pregunta ¿Podrías tocarme los oídos con tus dedos? La pregunta es más bien simbólica, quiere hablarle de su enfermedad y que él plasme taquigráficamente sus palabras. Resulta adecuado: en realidad mucho de lo que conocemos de nuestros oídos es a través del tacto. Aquí una cita de la novela: Al observarlas con más atención, mis orejas se me parecían como un órgano de forma extraña y complicada. Y el hecho de que sólo podía verlas en el espejo me perturbaba todavía más. Me habría gustado tanto poder mirarlas directamente, colocarlas en la palma de la mano. Como un animalito indefenso, pienso yo.

Es que, de hecho, las orejas son de una delicadeza insólita. Para comprobarlo basta hacerse nuevas perforaciones en la adultez y descubrir, a la mala, cuánto dolor puede sentirse cuando un mechón de cabello se atora con el arito por accidente. O cuando, después de un rato de usar audífonos de diadema, la presión comienza a hacer mella en el hélix. Al menos gracias a los métodos de comunicación actuales es menos frecuente calentarnos la oreja hasta el dolor por estar horas en una llamada telefónica.

Hasta hace poco, me confundía el uso indistinto entre oreja y oído. Lo que pasa es que, como la santísima trinidad, oídos, orejas y sentido de la audición son distintas cosas y la misma. Ante esta epifanía, la escucha adquirió algo de sagrada. Todo el raciocinio no me basta para entender aquellos sonidos que no puedo localizar y, por eso, si no veo lo que oigo me cuesta creer en su existencia.

Ogawa establece también una relación entre este sentido y nuestras memorias de vida. Le dice la narradora al estenógrafo: Creo que mis oídos necesitan cosas agradables y sin espinas. Tienen sed de recuerdos que proporcionen la caricia del fluir del tiempo y no sean dolorosos. Recuerdos agradables al tacto que nunca traicionan, arañan ni producen dolor. Creo que mis oídos se dañaron mucho más de lo que imaginé. Creo que intentan curarse por sí solos. ¿Adónde van las palabras hirientes que nos dijeron, los ruidos molestos, los discursos de odio? ¿Se nos enredarán alguna vez en la cóclea?

Desconfío de lo que escucho, pero las orejas me representan confianza; intimidad cifrada en una respuesta afirmativa a la pregunta: “¿Puedo agarrar tu oreja?”. Por eso no reniego de la raigambre infantil del gesto y no tengo reparo en declarar en voz alta cuánto me gusta su forma caprichosa y única, como el tipo de letra o el estilo al escribir. Me sirve también para conectar conscientemente con un placer más allá de lo sexual que se concentra en esta área de mi cuerpo, la primera a la que le infligieron dolor cuando me perforaron los lóbulos sólo por haber nacido mujer.No sé si el nombre nos determina o si nos antecede; el mío significa “la mujer que escucha”. Tal vez por eso he dedicado tantas horas de mi vida a indagar visual y dactilarmente en ese laberinto y, en el camino, he intentado tratar con dulzura los oídos de los otros. Es más fácil evitar el daño desde el principio que lamentarse después. Las lágrimas no destapan orejas ni hacen corazones blanditos, escribió Jesús González-Dávila (¿acaso no es bellísimo que exista una cavidad cardiaca que por analogía recibe el nombre de aurícula? ¿No escucharemos también con el corazón?). Limpiar los oídos sin dañar el tímpano, epítome de un cuidado que no ponga en riesgo la recepción del sonido, el equilibrio, la estabilidad. EP



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