Ellas estaban allí. Dos libros de testimonios de mujeres en ejércitos revolucionarios para pensar el testimonio

En este ensayo la autora se pregunta si los testimonios pueden proporcionar información a los análisis cualitativos y, para ello, estudia los casos de mujeres combatientes en la Guerra civil de El Salvador y en el EZLN de México.

Texto de 25/06/20

En este ensayo la autora se pregunta si los testimonios pueden proporcionar información a los análisis cualitativos y, para ello, estudia los casos de mujeres combatientes en la Guerra civil de El Salvador y en el EZLN de México.

El testimonio se ha configurado hace un tiempo como género literario, aunque, como dice Noemí Acedo Alonso, para asumirlo como tal es preciso tener en cuenta la flexibilidad de la noción de género1. También podemos pensarlo en la clasificación que da Damir Galaz-Mandakovic como “testimonio mediato”2, en el que se incluyen tanto las novelas testimoniales como el testimonio etnográfico o sociohistórico. Si bien mi interés en él nació con la literatura, se dirige ahora a las ciencias sociales, en donde, a decir de Marina Matiolli, adquiere cada vez más interés3.

¿Cómo puede el testimonio proporcionar información a un análisis cualitativo que verifique o falsee hipótesis teóricas o que las construya? Es decir, que genere conocimiento epistémico y, a la vez, se constituya como una metodología que lidia de manera permanente con la estética. Esta cuestión plantearía el problema de la validez del testigo y la confianza en la memoria, el dilema de la subjetividad y la “veracidad” de lo testimoniado. Además, claro, de los problemas metodológicos derivados de su posible inclusión en las ciencias sociales. Galaz-Mandakovic se pregunta: “¿En qué medida la ciencia, en sus búsquedas generalizantes y universalizantes, choca con lo subjetivo, con lo experiencial, con lo particular, con lo parcial? ¿Cómo podemos situar al testimonio en esa trama y cómo lo situamos en la investigación para construir conocimiento?”4. Yo agregaría: ¿cómo tratamos al testimonio sociohistórico o etnográfico como diferenciado del testimonio jurídico mediante la lectura de su modo de decir? 

Ahora bien, presentar al testimonio como fuente principal de una investigación implica, de alguna manera, extraer de él una “verdad” que se erige como institucionalmente aceptada, y quizá en ello contravenga su cariz literario, así como el objetivo y el contexto en el que muchos testimonios nacieron: confrontar verdades oficiales. Cómo trabajar con el testimonio y hasta dónde llevar sus palabras es una cuestión metodológica nada fácil de resolver. A continuación, analizaré dos libros de testimonios para ponerlos a prueba.  

En el caso particular de las mujeres combatientes en conflictos armados y las transformaciones de estereotipos sexogenéricos, ¿cómo puede el testimonio —dado por las mismas actoras— ayudarnos a conocer si dichas transformaciones de verdad ocurren en ejércitos revolucionarios y, por extensión, en las comunidades donde habitan o donde se han movilizado? Mis dos casos son libros que surgen de entrevistas largas con mujeres combatientes, o de base social, de la guerrilla salvadoreña y el Ejército de Liberación Nacional (EZLN) de Chiapas: Tomamos la palabra. Mujeres en la guerra civil de El Salvador (1980-1992), editado por Margarita Drago y Juana M. Ramos; y Compañeras. Historias de mujeres zapatistas, de la periodista Hilary Klein. 

En ambos casos las editoras entrevistaron a las mujeres que testimonian. En Tomamos la palabra la entrevista fue hecha de manera expresa para el libro; en Compañeras, en cambio, Klein recopiló material durante años.  Ambos casos nos hablan de dos experiencias diferentes en cuanto a los modos de inclusión de las mujeres en ejércitos revolucionarios y las consecuencias socio-relacionales que se establecieron luego de que comenzaran a participar en ellos o en actividades vinculadas con el levantamiento armado.

Aunque no me dedico a analizarlo, me sirvo también de Armadas. Un análisis de género desde el cuerpo de las mujeres combatientes, de Lucía Rayas Velasco, quien, a su vez, estudia casos de El Salvador y Estados Unidos.

Tomar la palabra. El Salvador

La experiencia de las mujeres en la guerra civil de El Salvador en los años ochenta ha sido ampliamente revisada; mucho se ha hablado sobre, por ejemplo, la violencia sexual dentro de los diferentes cuadros de la guerrilla5, un tema no menor para comprender la incidencia de la violencia machista en el cuerpo de las mujeres. Y aquí comienza lo interesante, pues, mientras que los testimonios revisados por Lucía Rayas Velasco para Armadas dan cuenta de una violencia sexual persistente de parte de los hombres a sus compañeras de armas, en Tomamos la palabra esta arista de la violencia no aparece; por el contrario, algunas de las entrevistadas aseguran haber sido respetadas por sus compañeros en todo momento. Estos testimonios, aparentemente contradictorios, podrían complementarse y contrastarse entre sí. ¿Por qué no apareció la violencia sexual en los testimonios de Tomamos la palabra, pero sí en los revisados por Lucía Rayas Velasco? 

En su libro La Tropa. Por qué mata un soldado (Debate, 2019), Daniela Rea y Pablo Ferri se encuentran con que los testimonios que recogen en la prisión militar están sesgados: los entrevistados quieren demostrar su inocencia y son insistentes, por ello, en la obediencia debida. En ese punto, los periodistas deciden buscar otros testimonios, fuera de prisión, pues su investigación ha sido sesgada. 

Tomamos la palabra no es un libro de investigación, ni periodística ni académica, sino de relatos, mientras que el libro de Lucía Rayas es una investigación centrada en el cuerpo de las mujeres combatientes y los problemas de género, por lo que subrayar los testimonios sobre violencia sexual resulta relevante. Las mujeres de Tomamos la palabra tienen un interés cuya motivación no podemos especular: dejar constancia de cómo, si bien la guerra no llegó al objetivo previsto, sí les permitió acceder a la educación universitaria e incluso a puestos en la administración pública. Pese a mencionar los sufrimientos padecidos por la guerra, dejan fuera la violencia sexual. 

¿Es inevitable el sesgo en los relatos testimoniales? Esta es una pregunta de gran relevancia para la metodología del estudio con testimonios. Saber la orientación de los mismos puede ayudarnos a relacionarnos con lo dicho, pero también con los espacios en blanco sin juzgar la palabra de quienes testimonian. Me parece que no se trata de creerles o no, de desestimarlos o no, sino de saber incorporar su información. En el caso de la guerra civil de El Salvador, incluso si supusiéramos que contamos con relatos sesgados, tenemos la posibilidad de cruzar fuentes y contrastarlas, y obtener, así, la información que nos ayude a determinar algunas cosas. Por un lado, que la violencia sexual (violación, acoso, etcétera) no cesó con la presencia de las mujeres en los cuerpos de la guerrilla, y los estereotipos de madre o prostituta, mujer buena o mujer mala no se transformaron esencialmente —o se transformaron sólo mediados por necesidades de supervivencia (acceder a “favores sexuales” a cambio de protección, por ejemplo)— tal como constata Lucía Rayas. Por otro lado, y gracias al servicio que prestaron en las fuerzas armadas, obtuvieron acceso a educación y cargos públicos, como testimonian las mujeres de Tomamos la palabra. El cruce de fuentes nos revela cuán importante es conocer la palabra de las mujeres actoras de conflictos sociales, no sólo armados.

Lo que sí tenemos en ambos casos es el relato de la maternidad en contextos de conflictos armados. Vemos cómo el compromiso social de una mujer con su ideología y su pueblo “estorba” a la labor materna y viceversa, razón por la que los hijos de las mujeres combatientes de la guerrilla debieron crecer con familias de base no movilizadas: “Entonces, durante el día, pasaba sola con mi hija y le decía que yo era su ‘mamá’, porque durante el día me la convencía de que yo era su mamá. En la noche, cuando llegaba el señor de trabajar y oía que la niña me decía ‘mami’, él decía: ‘No, ella no es tu mamá, ella es la muchacha’”6

Podemos contrastar este dicho con las apreciaciones de Lucía Rayas Velasco: “En ocasiones, cuando una mujer se embarazaba de todas maneras [pese a los anticonceptivos], podía haber presión sobre ella para que abortara o se decidía entregar a los hijos e hijas a otras personas para su crianza”7. Resulta interesante que en Tomamos la palabra, las entrevistadas subrayan que la crianza de hijos ajenos es parte de la labor de base de mujeres y matrimonios no movilizados: una manera de unirse a la lucha pese al sufrimiento personal que causa la separación de madres e hijos. 

De cualquier modo, la maternidad se erige como un impedimento para el adecuado ejercicio de las labores militares dentro de un ejército, por lo que las opciones para las mujeres son no embarazarse, abortar o entregar a sus hijos a la crianza ajena. Es decir, renunciar a la maternidad. Así pues, el ejercicio militar obliga a las mujeres a tomar una decisión sobre su cuerpo y sus derechos reproductivos si es que quieren permanecer en filas, una decisión que no pesa sobre los hombres, quienes, aun cuando tienen hijos, no ven interrumpidas sus labores dentro del ejército8.

“La experiencia de las mujeres en la guerra civil de El Salvador en los años ochenta ha sido ampliamente revisada; mucho se ha hablado sobre, por ejemplo, la violencia sexual dentro de los diferentes cuadros de la guerrilla.”

Lucía Rayas concluye que las mujeres salvadoreñas que participaron en el ejército revolucionario no cambiaron sustancialmente el lugar de las mujeres en su sociedad, sin embargo, en Tomamos la palabra podemos encontrar que accedieron a sitios de ejercicio de poder a los que ni siquiera habían imaginado acceder, algo que sucedió al terminar la guerra y no durante ella. “Al final saqué la carrera de Derecho, me gradué, tengo dos hijos y trabajo con el Gobierno, en la Secretaría de Inclusión Social, en la dirección de Persona Adulta Mayor. Estoy trabajando en reformas a las leyes con enfoque de derechos humanos y género en beneficio de esta población…”9

Es verdad que, no obstante, a pesar de lo obtenido en equidad de derecho a la educación y acceso a puestos políticos, sin la erradicación de la violencia sexual y otros tipos de violencias machistas dentro y fuera de los ejércitos no podemos hablar de ninguna superación del lugar de las mujeres en la sociedad, como veremos en el caso del EZLN.

Nunca más sin nosotrAs, el EZLN

Hilary Klein vivió por seis años (entre 1997 y 2003) en territorios zapatistas. En ese tiempo se entrevistó con mandos y mujeres de base del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), quienes pudieron contarle sus historias y percepciones sobre las acciones y las transformaciones en lo relativo a roles sexogenéricos que se han vivido en las regiones pobladas por el zapatismo y en las filas del EZLN. Todos los testimonios fueron reunidos en el libro Compañeras. Historias de mujeres zapatistas10.

El caso del EZLN es paradigmático. Las mujeres fueron consideradas parte del plan de organización desde el inicio. Aun antes de pasar a la fase armada, cuando el EZLN era “la organización” en la que se hablaba de la pobreza atávica de Chiapas y se reconocía la necesidad de hacerle frente de otro modo, se decía que a cada asamblea informativa debía ir una mujer —“compañera”— de cada comunidad. Así, las primeras mujeres zapatistas se hicieron de valor para desafiar a sus padres y hermanos y acudieron a dichas asambleas. Este hecho supuso un cambio radical en la jerarquía relacional que se vivía hasta ese momento en las regiones chiapanecas, en donde las mujeres tenían prohibido participar de la vida pública de la comunidad y reunirse con hombres a dirimir asuntos: “Amelia, una de las nueras de Eva, se sintió especialmente motivada por la posición que el EZLN fijó en torno a los derechos de las mujeres. ‘Nos dijeron que nosotras como mujeres íbamos a ser tomadas en cuenta…’”11. En sus relatos, las mujeres entrevistadas son bastante consistentes, todas empezaron más o menos del mismo modo: por el runrún de que una organización hablaba de la pobreza, del maltrato hacia las mujeres, el trabajo esclavo de las fincas y las formas en que esto podría cambiar.

“(…) la experiencia del EZLN ha mostrado que no hay transformación radical que pueda sostener una comunidad si no hay una transformación sustancial de las relaciones entre hombres y mujeres.”

Los primeros pasos de la organización del EZLN contemplaron la transformación de las relaciones entre hombres y mujeres en las comunidades de base: “Teníamos un compromiso para luchar en contra de las injusticias y sabíamos que los dos unidos —hombres y mujeres— con los mismos derechos, con las mismas oportunidades dentro de una organización, podríamos juntar esa fuerza contra el sistema capitalista. Primero teníamos que cambiar nosotros y por lo menos entender eso, que fuera una revolución entre hombres y mujeres primero…”12. Así, las mujeres votaron por la prohibición del consumo de alcohol dentro de las comunidades zapatistas por considerar que el alcohol incrementa la violencia de parte de los hombres contra las mujeres. Las mujeres pasaron a formar parte de las filas del EZLN en rangos medios y superiores, participaron directamente en el levantamiento del 1 de enero de 1994 y los días posteriores; enfrentaron, de nuevo, al ejército en los embates de 1995. Encontraron en la asamblea la forma de hacer valer sus preocupaciones. Formaron grupos de intercambio de experiencias y búsqueda de soluciones (mediante la Junta de Buen Gobierno, por ejemplo), como ocurre con la violencia sexual: “Además, el sistema autónomo de justicia está preparado para responder ante casos de agresión sexual. ‘Sabemos que sí hay casos de violación —dijo Ruth— y hay reglamentos de cómo se debe de castigar pero no hemos tenido que resolver un caso de violación todavía [al 2008]. Lo que es difícil es cuando la mujer no quiere hablar…’ El análisis de género desarrollado en el sistema autónomo de justicia termina beneficiando a mujeres no zapatistas de comunidades indígenas vecinas.”13 Las mujeres zapatistas han organizado encuentros de mujeres, zapatistas y no, y han compartido su experiencia y sus métodos. A decir de Hilary Klein queda pendiente con ellas el tema de la propiedad de la tierra. 

Las mujeres zapatistas y, más extensamente, chiapanecas, siguen enfrentando resistencia de los hombres, pero la experiencia del EZLN ha mostrado que no hay transformación radical que pueda sostener una comunidad si no hay una transformación sustancial de las relaciones entre hombres y mujeres.

Sirva este esbozo para pensar, primero, en el lugar del testimonio en una investigación no literaria y, después, en el testimonio específico de mujeres combatientes para ayudarnos a saber si allí en la guerra o en los ejércitos cabe hablar de “igualdad de género”. EP

1 Noemí Acedo Alonso (2017). El género testimonio en Latinoamérica: aproximaciones críticas en busca de su definición, genealogía y taxonomía. Latinoamérica (1), pp. 39-69.

2 Galaz Mandakovic, D. (2018). El testimonio: reflexiones sobre su valor, formas y pertinencias en las ciencias sociales. Entorno, (65), p. 12.

3 Marina Mattioli, ¿Cómo trabajar los testimonios en las investigaciones? Reflexiones teóricas y metodológicas en torno al caso del aborto. X Jornadas de Sociología. Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, 2013.

4  Íbidem, p. 9.

5 Lucía Rayas Velasco. (2009). Armadas. Un análisis de género desde el cuerpo de las mujeres combatientes. México: El Colegio de México.

6 Margarita Drago y Juana M. Ramos, Op. Cit., pp. 48-49. Testimonio de Migdalia Zamora Menjívar.

7 Lucía Rayas Velasco, Op. Cit., p. 95.

8 Actualmente, las FFAA mexicanas ofrecen licencias de maternidad y paternidad para oficiales: http://comunicacion.senado.gob.mx/index.php/informacion/boletines/44312-fortalecen-licencia-de-maternidad-para-personal-militar-femenino.html 

9 Margarita Drago y Juana M. Ramos, Op. Cit., p. 212. Testimonio de Kenny Rodríguez.

10 Hilary Klein (2019). Compañeras. Historias de mujeres zapatistas. Tinta Limón: Argentina.

11 Íbidem,p. 67. Testimonio de Amelia.

12 Íbidem, p. 102. Testimonio de Maribel.

13 Íbidem, pp. 214-215. Testimonio de Isabel.

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