El teatro en la virtualidad

La tristeza que le produjo la pérdida de los espacios teatrales llevó a Arianna Aquino a crear barreras que le impedían ver el avance y evolución de las artes escénicas. Aquí su experiencia.

Texto de 03/09/20

La tristeza que le produjo la pérdida de los espacios teatrales llevó a Arianna Aquino a crear barreras que le impedían ver el avance y evolución de las artes escénicas. Aquí su experiencia.



Para muchas de personas asistir al teatro significa un ritual, una serie de actividades que llevaban más tiempo que el acto mismo de la representación. Para mí, significaba elegir la obra, contactar a una amiga, decidir a qué función acudir, planear el día en la oficina para llegar antes de la hora de inicio, platicar con amigues que conocí en las salas, comprar un café, compartir algún chismito, entrar a la sala, pelearme con las personas que eligen envolturas ruidosas, salir, platicar de la obra, ir por una cerveza o a cenar y, finalmente, llegar a casa. 

Esta experiencia, que se repetía una o dos veces por semana, marcaba un ritmo que en gran medida determinaba mi humor a lo largo de esos días. Y de repente se acabó todo eso, como bien ya se sabe. Ante esta nueva situación, me cerré completamente a la escena virtual; me negaba a vivir una “experiencia teatral” (así entre comillas la ponía) porque me parecía algo sin sentido, porque para mí era mera inercia, una necesidad de sobreproducción y no proyectos de largo aliento. 

Sí, me acuso; no tenía idea de lo que hablaba. Si bien, mucho de lo que a regañadientes veía era eso; de forma paralela se comenzaron a comprender estas plataformas, se les comenzó a sacar jugo por parte de los productores y directoras, actrices y actores que hicieron que todo eso que pensaba se vea ahora como berrinche de novata. Parecería que no sé que el teatro está vivo y que siempre va a buscar escenarios de representación, que todos los que lo hacen posible son artistas que jamás se van a quedar quietos, que van a aprovechar todo aquel espacio en el se pueda interactuar de cualquier manera para transgredir los límites de la imaginación y crear un pacto con el espectador. 

Sería mentira si dijera que esta mudanza de pensamiento ocurrió de manera paulatina e inteligente al comprender el contexto en el que estaba inmerso el mundo entero y que pude identificar de manera sensata el cambio de paradigmas al que nos enfrentábamos. Pero no, no es cierto, seguía viendo algunas obras, sin comprometerme del todo porque “es un momento”, porque “el semáforo ya cambia a amarillo la siguiente semana y podré volver a las salas”, porque… mil pretextos, quizá sólo no podía aceptar que era yo la que no quería que las cosas cambiaran, que estaba dolida porque nadie tuvo la delicadeza de avisarme que todo eso que me era tan cotidiano se frenaría para buscar vías alternas que definitivamente no incluían sobremesa post función.

El veinte me cayó con la gran Conchi León en Cachorro de León (casi todo sobre mi padre). Esta vez sólo pedí el acceso un par de días antes; me preparé un café, me senté en la sala, esperé a que iniciara la función y la vi: ahí estaba preciosa en blanco y negro. Entonces comenzó todo para mí. Conchi se quedó viendo fijamente a la cámara, ¿me estaba viendo?, sabía que yo estaba ahí, sonrío y comenzó: “Regresé a Mérida porque me dijeron que le había dado un infarto a mi padre; un tal Mauricio León Rosas.”

Resulta que contaba su historia, en cierta medida la mía, la de muchas. Vivió una infancia con un padre que estaba ahí, pero que realmente sólo se hacía presente cuando golpeaba a su madre. Contó de qué manera esos recuerdos dolorosos se mezclaban con un amor intenso cuando reconocía que era él quien le había “regalado” el teatro, que era él quien alguna vez la salvó y que era él el que tenía historias maravillosas de amigos tan fieles como irreales. 

Y ahí estaba la Conchi que lloraba, que me contaba su vida; y ahí estaba yo, llorando también frente a una pantalla, con el café frío porque sólo pude darle un sorbo al inicio. Transcurrió la obra, habrán sido 45 o 50 minutos en los que me cuestioné tantas cosas de mis propios recuerdos, en los que entré en conflicto porque de haber vivido lo que escuchaba, no sabría si hubiera dejado todo para ir a ver a mi padre al otro lado del país, en los que sentí culpa porque en algún momento decidí que no iría, pero que pensándolo bien sí me veía tomándole la mano al papá de Conchi en el hospital. Terminó y yo era un manantial de lágrimas, sola. En la sala lloré como ningún otro día de encierro; se me deshicieron las barreras y entonces comprendí que mi postura había sido absurda. 

Ahora procuro entrar a ver las distintas puestas virtuales con ojos más receptivos. Recomiendo entre mis amigues funciones para poder comentarlas después de verlas; incluso ya hasta me sirvo un vinito durante la obra. Es un nuevo lenguaje, me queda claro, son pactos diferentes los que se sellan, es una interacción completamente distinta, pero sería injusto decir que no vale la pena seguir explorándolo. 

En este momento hay una discusión, poco aguerrida, tampoco quiero exagerar, acerca de si deberían portar estas representaciones el apellido de abolengo: “teatro”. La verdad es que no tengo una respuesta; ahora pensaría que sí, pero creo que estamos muy en el centro de todo esto que cambia día a día y que fijar conceptos u otorgar denominaciones a las cosas aún nos queda muy grande. Seguiré dándole vueltas mientras veo más y más para contarles. Por ahora, pido que se acerquen a alguna de las puestas en escena que hay en este formato en lo que suena de vuelta el teléfono para encontrarnos en el café más cercano al teatro. EP



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