El robo del siglo, de Ulises Carrión

Ulises Carrión expuso un diamante a lo largo de cinco días de febrero de 1982 en un museo de los Países Bajos. Un diamante sin protección, sin vidrio ni pantalla, sólo sobre una base giratoria, expuesto en los varios sentidos de esta palabra. Se llamaba El robo del año.

Texto de 24/07/20

Ulises Carrión expuso un diamante a lo largo de cinco días de febrero de 1982 en un museo de los Países Bajos. Un diamante sin protección, sin vidrio ni pantalla, sólo sobre una base giratoria, expuesto en los varios sentidos de esta palabra. Se llamaba El robo del año.



A Ricardo Regazzoni

Ulises Carrión (1941-1989) … ¡qué buen tema! Me da oportunidad de hablar de mí mismo. O de algo parecido a mí mismo: este vago terreno que no sé bien dónde comienza y dónde acaba, pero que se agita porque quiere hablar de “arte contemporáneo”. Pienso que este concepto, tan abarcador como impreciso, es el resultado de abolir las fronteras que habitualmente tenía la obra de arte. Antiguamente, se decía con mucha seguridad: por aquí está la obra, por acá el público, y ambos acostumbran darse cita en este lugar llamado museo. Se afirmaba lo anterior con la certeza de que las obras traían a cuestas su propio valor histórico, pero era evidente que dicho valor era fluctuante, lo que muchas veces hacía que algunas obras fueran retiradas para ser llevadas a la bodega. ¿Cuál es entonces la certeza que recubre las obras?, ¿dónde acaba y termina la perennidad? Cualquiera que haya sido la respuesta, es imposible construir sobre ella. De ahí que la obra de arte lo sea precisamente porque se encuentra depositada aquí, frente a nuestros ojos, en un museo. Aquí representa su papel de obra de arte, ya que el museo le pide que lo haga. ¿En qué consiste esa representación a la que llamamos función estética? Alguno podría decir que se trata de quitar la utilidad al objeto. Pero hay algo más, pues si dijimos que se han abolido los límites que rodean la obra, no es posible decir en qué parte del proceso interviene el “artista”. De tal manera que, a partir de entonces, es posible contemplar la contemplación. Un espejo puesto frente a otro, lo que da como resultado un caleidoscopio delirante, una serie de intensos reflejos, como un diamante. Precisamente fue un diamante aquello que Ulises Carrión expuso a lo largo de cinco días de febrero de 1982 en un museo de los Países Bajos. Un diamante sin protección, sin vidrio ni pantalla, sólo sobre una base giratoria, expuesto en los varios sentidos de esta palabra. Se llamabaEl robo del añoy, sin embargo, sobrevivió a su exposición. Nadie lo tomó a pesar de que no había impedimentos. Regresó a salvo a casa del artista y ahí se quedó hasta que tiempo después desapareció. Muy posiblemente el autor del robo fue uno de los cercanos al artista. Pero el robo, ¿forma parte de la obra?, ¿o se trata de un hecho externo?, ¿el robo se tenía que dar durante los días de la exposición para darle sentido al título? Sólo quedan las fotografías—tomadas por Claudio Goulart—en que no se ve ningún diamante sino a las personas que están por entrar a la sala de exposiciones. En fin, insisto en que el arte contemporáneo destapa la cadena de producción del arte y la toma como la obra a exponer. Es incómodo, sí, porque desde el instante en que tenemos conocimiento de esto, formamos parte de esta concepción a la que no le importa trastocar todo aquello que, en el arte, parecía una certeza. EP

Ulises Carrión. El robo del siglo. México, Alias, 2013. (Col. Antítesis, 3)



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