El corte de peso

Breve ensayo sobre Sonámbulos de Alejandro Espinosa Fuentes, libro ganador del Concurso Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2019.

Texto de 12/06/20

Breve ensayo sobre Sonámbulos de Alejandro Espinosa Fuentes, libro ganador del Concurso Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2019.

Lo primero que pensé al enterarme de que Alejandro Espinosa Fuentes había ganado el Concurso Nacional de Cuento Breve Julio Torri fue, y quienes me escucharon no me dejarán mentir, que el premio estaba en buenas manos. Aun sin haber leído una sola letra del volumen en cuestión —que en aquel entonces se llamaba Recuerdos de hilo—, me atreví a decir que esta vez el libro premiado no sería un catálogo de chistes ramplones ni ocurrencias cursis, como sucede tantas veces con las formas breves en la narrativa mexicana. No me equivoqué y lo supe al pasar apenas un par de páginas. No es que le tenga fe a Alejandro ni a su trabajo. Es que lo conozco y sé que es un autor disciplinado, meticuloso, fino en sus formas y de fluidez certera en sus construcciones.   

Al leer los cuentos de Sonámbulos (FETA, 2019) —título final del libro— pensé en una analogía casi de forma inmediata: Alejandro Espinosa Fuentes sabe cómo cortar peso. Suelo usar analogías relativas a los deportes de contacto, en este caso el box, porque a través de ellas el mundo me parece más comprensible, más limpio y sencillo. Alguien que viene de una novela caudalosa como Agenbite of inwit, llena de reflexiones, de pequeños riachuelos que conforman un cuerpo de agua más robusto, y pasa a una serie de cuentos breves, no puede ser sino alguien que posee un conocimiento robusto sobre la narrativa. Me recordó, insisto, al peleador que pasa de una categoría superior (en lo que a libras se refiere) a una menor, pero a uno de esos peleadores que lo hacen con rigurosidad casi científica, no los que se deshidratan en el sauna hasta casi matarse ni los que llegan débiles al pesaje y todavía más enclenques al combate, no. Él es de los que pesan menos pero su peso es magro, limpio, y llegan llenos de energía y en forma tal que apenas se puede creer que vengan de una división (o dos) más arriba. Alargando la analogía, Alejandro Espinosa Fuentes es de esos peleadores que han descendido dos divisiones y llegan con la misma pegada, pero más ágiles, con más aire.    

Al leer los cuentos de Sonámbulos (FETA, 2019) —título final del libro— pensé en una analogía casi de forma inmediata: Alejandro Espinosa Fuentes sabe cómo cortar peso.

Dividida en tres secciones (al menos de manera “formal”, porque existen vasos comunicantes casi infinitos al interior del libro) la presente obra es un compendio de historias breves en su construcción, como puede adivinarse por el premio del que fue merecedora, pero que ganan en profundidad y dramatismo por medio de frases y diálogos certeros. Si en alguna ocasión Kurt Vonnegut recomendó, en su listado de consejos sobre cómo construir un cuento, empezar tan cerca del final como sea posible, Alejandro Espinosa Fuentes empieza siempre a hilar sus historias a unos pasos del abismo al que arrojará a sus personajes. Partiendo de un basamento de aparente cotidianidad, de hastío absoluto, los personajes avanzan con lentitud en una espiral descendente hacia el fondo de sí mismos, de sus relaciones, de sus pasados y de las relaciones paralíticas que establecen consigo mismos y con los que les rodean. Con la certeza y frialdad de un movimiento de ajedrez, Alejandro, después de tejer un mundo alrededor de ellos, los derriba con un inmisericorde y discreto movimiento del que ya no se levantarán.    

Otro de los puntos que quisiera resaltar es la resignificación del tiempo y el tratamiento que le da el autor a este. Parece haber logrado solidificarlo para, después, volverlo materia dúctil y maleable. Aquí el tiempo es lenguaje, dice uno de los personajes, y me parece que esta obra es de esas que dentro de sí contiene material para que los demás podamos hablar de ella. Poblada de personajes variopintos, de recovecos donde el tiempo no se cuela a cabalidad o llega enrarecido, esta obra es un catálogo de disertaciones, de reflexiones sobre temas diversos y sobre, quizá, la ciudad que los vio nacer, así como de las ciudades que los vieron crecer. Viajero innato en la vida real, Alejandro también demuestra aquí su capacidad de moverse de una latitud a otra y adaptarse sin mayores aspavientos. Y si una latitud no sirve a sus fines narrativos, se inventa otra y la puebla de personajes, lugares y situaciones que le sirven para narrar lo que quiere tal y como quiere. Y si no se la inventa, la redecora a su antojo hasta que ya casi no se parece a la original, aunque su esencia siga ahí. Quizá aquí, como dice otro de los cuentos, podemos interpretar atmósferas, más que mensajes. No, no fue una expresión errónea: es el cuento el que lo dijo; según lo leí, son los cuentos los que hablan, parecen ser un ente más. La narrativa de Alejandro por momentos es un personaje más.

Alejandro Espinosa Fuentes empieza siempre a hilar sus historias a unos pasos del abismo al que arrojará a sus personajes.

A veces me pregunto, cuando estamos frente a una obra de un autor joven, cómo será recordada en unos años, con qué autores que le precedieron se le relacionará. Alguna vez dije que Alejandro Espinosa Fuentes podía ser nuestro nuevo Carlos Fuentes, después dije que podría ser nuestro Jesús Gardea; por momentos me lo imagino como un nuevo César Aira. Pero después de reflexionar, creo que Alejandro Espinosa Fuentes es el Alejandro Espinosa Fuentes de este tiempo y quizá de los que vengan y no nos toque ver, uno de esos peleadores que aparecen cuando se habla de estadísticas, números y récords, pero también de los que están en el recuerdo de la afición y que se transmiten de boca a boca. EP 

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