El canto de los animales

Viajes al país del silencio es la novena antología de la editorial Gris Tormenta. En ella, doce voces exploran vías hacia el silencio en medio de una sociedad ruidosa y constantemente ensordecedora. ¿Cómo abrir la puerta de la sensibilidad hacia el silencio? ¿Se le puede encontrar? En las páginas de esta antología se tejen caminos hacia un país imaginario desde varios orígenes: filosofías, tradiciones milenarias, espacios naturales, prácticas del cuerpo y de la mente convergen para conversar sobre una sensación que, a veces, es tan palpable que se escucha, y muchas otras —las más— se disfraza, se esconde, se difumina. A manera de adelanto del libro, se publica aquí el ensayo de Mariana Orantes.

Texto de 12/08/21

Viajes al país del silencio es la novena antología de la editorial Gris Tormenta. En ella, doce voces exploran vías hacia el silencio en medio de una sociedad ruidosa y constantemente ensordecedora. ¿Cómo abrir la puerta de la sensibilidad hacia el silencio? ¿Se le puede encontrar? En las páginas de esta antología se tejen caminos hacia un país imaginario desde varios orígenes: filosofías, tradiciones milenarias, espacios naturales, prácticas del cuerpo y de la mente convergen para conversar sobre una sensación que, a veces, es tan palpable que se escucha, y muchas otras —las más— se disfraza, se esconde, se difumina. A manera de adelanto del libro, se publica aquí el ensayo de Mariana Orantes.

El silencio es la réplica insoportable. 

G. K. Chesterton a Hilaire Belloc

El silencio, como lo imaginamos, es un detenerse del sonido. La música suena con sus trompetas, sus tambores, su guitarra en un largo vaivén rítmico que se va destejiendo hasta que de la madeja inicial solo queda un hilo y, de repente, silencio. Silencio. Silencio cronometrado para regresar a la flauta, al golpe del piano, a la voz. 

El silencio es esencial en la música, la narrativa y cualquier otro lenguaje: está hecho de tiempo, y, por lo tanto, movimiento. No es estático: parte del flujo que lleva la vida. Incluso hay marcas que indican en qué momento es necesario introducir el silencio para que la música pueda ocurrir. No lo escuchas de verdad, porque ya decir que se escucha el silencio parece una contradicción. Pero ahí está, llevando el ritmo y la cadencia. Ahí está, llevando la batuta sin ser realmente percibido.

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En el origen del cosmos las culturas han visto una dualidad ordenada que compone su esencia: la noche antecede al día, la luz se aprecia en la oscuridad; para que la vida pueda continuar, la muerte debe ocurrir, y el sonido se percibe en tanto existe el silencio. Vivimos en una realidad que se constituye de mitades y que solo se entiende cuando se comprende el principio de los opuestos: ¿cómo podríamos anhelar el regreso de la primavera si no entendemos la necesidad del otoño? En este mundo dual también existe armonía entre sonidos: no percibimos de igual manera el mugir grave de la vaca en las tardes calurosas, cuando el hato de reses desciende por el valle, que el de los grillos que acompañan el camino de la madrugada.

Con esto en mente podemos decir que, en el principio, el dios-animal de los antepasados no era verbo porque no se comunicaba con palabras. En el principio, el dios-animal de nuestros antepasados era una canción oscura que ya no podemos entender, una canción hecha de pequeñas piezas de sonidos, ensambladas una tras otra con armonía. Y cuando la canción parecía detenerse, en realidad se hacía más intensa. Como un murmullo, se parecía a cientos de monjes rezando en voz baja por la salvación del universo. Ese dios-animal era también dual: cercano, parte de lo mundano, y a la vez sagrado y lejano, distinto de nosotras, pero tan parecido que participaba de sus ritos y mitos. Esa intensa canción que compartimos antaño humanos y animales nunca se ha detenido, sigue sonando por lo bajo: el silencio que parece haber caído sobre los animales es el olvido del significado de aquella canción. 

El silencio es parte de una música ancestral en donde el ser está sumergido. Nos dejamos arrastrar por ese caudal de aguas torrenciales sin siquiera percibirlo. Pero, entonces, ¿a qué nos referimos con romper el silencio? Nuestra limitada percepción nos hace entender el sonido (y, por tanto, el silencio) en cuanto a parámetros humanos. 

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La compañía muda de los animales, su presencia quieta, participa del caudal que no podemos entender dentro de nuestro vacío existencial: vamos por las calles con el corazón roto, preguntándonos qué fue lo que sucedió después de alcanzar la incompleta idea del amor, mientras las palomas giran en círculos rumbo al palomar, el muerto yace en una fosa común, de la que nacerá un árbol y cantarán los gusanos, y el perseguido —por cualquier régimen, porque no importa la época, el lugar, la filiación— seguirá corriendo entre los pastizales, los caminos de concreto, en los de agua o arena, dejando su huella entre el estridular de grillos que primero se aquietan, mas luego regresan impasibles a la labor. 

Y en cada escena están los animales, presencia que no se inquieta, sino que permanece y contempla. Están al fondo, y su vida parece suceder en otro plano, como si colocaras varias imágenes transparentes para formar un cuadro. La primera sería el plano primigenio en el que están plantas y animales; las siguientes serían las que corresponden al espectro humano, tan superficial y simbólico, tan complejo y básico en cada una de sus aristas.

Mientras escribo, el gato me mira: tiene los ojos fijos en mis manos, luego se acerca, me huele y se va. Delante de la ventana observa con gran atención la sombra que proyectan los pájaros del exterior. Él no sabe que las sombras movedizas son de pájaros que están lejos, en el techo del departamento vecino; maúlla y trata de alcanzar las proyecciones como si estuvieran ahí. En un principio me parece gracioso, después me intriga su manera de observar las sombras: su mirada es diferente a la mía, un abismo nos separa. 

En su manera de cazar las sombras, el gato vuelca su existencia, y yo, de manera estúpida, creo que soy mejor solo porque tengo una velada conciencia de que las sombras son proyectadas por otros animales. ¿Qué sombra es aquella que busco con terquedad en libros, palabras, personas? ¿Qué sombra me atormenta por la noche? ¿Qué proyección del pasado o del futuro que no puedo alcanzar me hace desperdiciar mi propia existencia en algo más vacío? Mi querido gato: en su silencio, mientras me observa, tiene más certezas.

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En su cuaderno de notas, Leonardo da Vinci habla de cómo se debe representar en pintura aquello que es difícil observar; por ejemplo: el aire, la mecánica del agua, el paso del tiempo o algo tan abstracto como la anunciación de un ángel. El principio es sencillo: se pinta no la cosa, sino los efectos que causa. Por ejemplo, cuando el aire se convierte en brisa o en viento, mueve de lado a lado las copas de los árboles, la ropa, y despeina el cabello de las personas; el paso del tiempo se representa por el cabello cano, las flores que poco a poco se van secando o el palacio que queda derruido y cubierto de maleza. Con esto en mente, volvemos al planteamiento: ¿cómo se pinta el silencio? Se pinta no el silencio, sino los efectos que causa, según lo planteado por Da Vinci. Aquí entra la verdadera pregunta: ¿cuáles son los efectos del silencio? O mejor aún: ¿cómo sabemos, visualmente, que algo está en silencio? 

Tomemos como primera referencia el icono copto de santa Ana del silencio. En la imagen, la virgen tiene los ojos grandes, muy abiertos; podríamos decir que está en una especie de vigilia o contemplación. La boca permanece cerrada, sin mucho detalle ni énfasis en su tamaño o forma; el dedo de la santa, en posición vertical, sella los labios, que están en horizontal —símbolo inconfundible aún de cerrar la boca y permanecer en silencio. Cuando la boca permanece en ese silencio, los demás sentidos se aguzan: ponemos atención a los detalles, escuchamos los sonidos que se despliegan en la lejanía. 

Pero el símbolo que todavía usamos para referirnos al silencio tiene que ver con nuestra comprensión. Antes pregunté: ¿cómo se rompe el silencio? El silencio se rompe cuando decimos una palabra. No se rompe con sonidos. No se rompe con el ladrido del perro a la distancia, el frotar interminable de grillos y cigarras o el canto de los pájaros al amanecer; al contrario, parece que esos son atributos o representaciones del silencio. Es cuando alguien habla que el silencio se rompe.

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Además del dedo índice sobre los labios, la representación del silencio en la pintura por lo general tiene que ver con lo humano: una mano cubriendo la boca, los labios cerrados, instrumentos de cuerda sin cuerdas o paisajes humanos deshabitados. Tenemos, en este último, los cuadros de Edward Hopper en los que impera un silencio casi estático; representando el cuerpo que no emite ni recibe sonidos, está Silencio, de Füssli; y sobre el cuerpo abstraído del mundanal ruido, existe una inmensa cantidad de pinturas sobre santos rezando, o el filósofo meditativo de Rembrandt. Sobre esta representación humana del silencio, un ejemplo que me gusta en particular es el cuadro de Vermeer de la mujer vestida de azul leyendo una carta. Sin embargo, no es esto lo que me atañe ni he querido traer a mis lectoras por este rumbo: sobre el tema del silencio en el arte se ha escrito variado y mejor, para muestra está el ensayo «La estética del silencio», de Susan Sontag. Más bien, el punto al que quiero llegar es el siguiente: otra manera de pintar o representar el silencio es por medio de animales en quietud. Tan simple. Porque si el reino del ser humano es el reino de la palabra —el pensamiento simbólico, la música disciplinada—, el reino de los animales es el reino del silencio, y, contrario a lo que pensamos, no es un reino de fácil acceso.

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Se dice que el instrumento que Hermes inventó con una concha de tortuga (porque la música, así como otras artes, llegaron al humano gracias a los animales) y que cedió a Apolo, tenía siete cuerdas, pero fue Orfeo quien le agregó dos más para honrar a las nueve musas y constituir una nueva forma de música. Hijo de Apolo y Calíope, Orfeo se pasea entre los valles del sureste de Europa, y su atributo más reconocible es el canto con el que serena a humanos y animales por igual. La iconografía lo muestra pastoreando entre paisajes bucólicos. Todo lo que hay alrededor de su figura, sin embargo, es parte de una vida que se vive dentro de preceptos más altos: una vida que puede satisfacer los sentidos porque ella misma está en otro plano. 

¿A qué me refiero? El saber trascendental es de una hermosa sencillez: la música de Orfeo podía tocar los filamentos telúricos de los animales porque él mismo logró atravesar el camino que nos lleva de lo humano a lo animal y luego de vuelta a lo humano —aunque con el saber y la comprensión primigenia de lo vivo. En el animal hay una cierta pureza: el animal mismo y su canción ancestral vibran en otro plano al que nosotros no tenemos acceso. En ese plano se extiende el silencio de las fieras, segmento vital de la canción del dios primigenio que hemos olvidado. Los órficos creían que no se debía derramar sangre animal, no comían ningún tipo de carne y vestían con lino: habían adquirido una conciencia que los hacía partícipes de un pacto místico, propio de sus ritos y misterios. 

Entre mayor sea la desconexión que experimentamos con los animales, con el dios de los bosques y la selva, con la canción que entonan grillos y chapulines en las tardes estivales, mayor es el vacío que sentimos como especie, mayor la fragmentación que busca y busca, pero no encuentra, porque los sentidos embotados ya no están hechos para dejar que el silencio animal simplemente ocurra.

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La modorra de la tarde y el calor sofocante de la casa a la que he llegado a trabajar en Colima me tumban un par de horas en el sillón de la sala. Con los ojos medio abiertos, apenas si puedo pensar: el calor es tal que incluso siento que dejo en cada movimiento una estela de agua, y no estoy acostumbrada a la sensación de la humedad escurriendo sin cesar por mi piel. 

Lo único que percibo es algo que atraviesa el cielo y que apenas puedo ver, como un cardumen de peces volando. Pero no son peces; ¿cómo podrían ser peces? Son otra cosa: pájaros que llevan un mismo vuelo, dan vueltas, regresan, cruzan de nuevo y van en rumbo definido. Quito la cortina, quiero verlos mejor: son de dos colores, grises y blancos. Dejan una mancha sobre el cielo, muestran el pecho y van en pique para alzarse otra vez. Hacen el mismo movimiento, una y otra vez, en silencio. El movimiento me parece hipnótico, me da sueño; mi cabeza se desploma en sillón y mis ojos arrastran la imagen al reino onírico.

En el reino onírico no hay silencio, hay un zumbido que guía a los pájaros en tropel. El zumbido me persigue y puedo ver que ya no hay luz. De repente, el silencio se rompe: un perro entra por la puerta principal, está molesto y grita. ¿Cómo? Sí, grita, articula una palabra humana que sale de su hocico y que me parece horrorosa. Apenas repite dos veces la palabra frente a mí y yo despierto, sobresaltada. 

¿Por qué nos parece tan aberrante y extraño que un animal hable? Cuando se trata de un cuento de hadas, es común que los animales hablen para ayudar al héroe. Pero fuera de aquella concesión ficticia donde las reglas son diferentes, que los animales hablen nos parece algo siniestro. Lo siniestro no tiene que ver con lo malo ni con lo horrible; lo siniestro solo es lo que no debería ser: que un bebé articule palabras con la misma voz y conciencia que la de un anciano, que un cadáver camine, que un objeto inanimado cobre vida o que llueva sangre. 

Que el animal permanezca en silencio es, hasta cierto punto, indicio de que el mundo sigue siendo el mismo, con sus mismas reglas.

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Me gustaría hablar de una imagen que recién vi en el hoyo negro informático de las redes sociales. Se trata de una imagen que en principio busca ser graciosa, pero a mí no me lo pareció en absoluto. Al contrario, poco faltó para que me alejara de cualquier objeto con conexión a Internet, me sentara en un rincón de la habitación y me pusiera a llorar abrazada a mis rodillas maltrechas. En la imagen aparece un cerdo con la mirada fija en la cámara y la boca cerrada. Alguien lo sostiene por el cuello y coloca sobre su cabeza una pistola de aire de las que se utilizan en el matadero. Los ojos del cerdo, así como la mirada que lanza hacia la cámara, son los más lastimosos que he visto. En su mirada está la mirada silenciosa de todo animal aniquilado por la mano humana. El gato atropellado sin piedad a la orilla de la carretera, el perro sacrificado en un refugio, el pájaro apedreado sin razón, el toro desangrándose sin comprender. Mucho podemos hablar, escribir y teorizar sobre la forma de mirar al animal: siempre el silencio y el pacto divino con ellos quedará manchado por la palabra, por el pensamiento humano, por esa torpe superioridad primitiva que creemos poseer. Creo, sin embargo, que sería mejor hablar de cómo nos miran los animales: en su silencio nos han dado la llave de la meditación, del acceso a otros planos de existencia más sencilla. Nos miran con toda la confianza del mundo y nosotros no hemos podido honrar esa confianza. Su silenciosa compañía es el recuerdo doloroso de eso a lo que aspiramos: la presencia. 

Nuestra aparente civilización no nos ha hecho mejores. En el silencio de la noche medimos la quietud en tanto sucede la vida de los animales.

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Me detengo cerca del río para escuchar el discurrir del agua. Mi corazón se agolpa en el pecho y siento la sangre que corre de mi cabeza a mi cuerpo, mis brazos, mis manos. Todo ese tremendo latido soy yo misma: músculos, párpados que rítmicamente se abren y cierran, respiración que llena y vacía los pulmones al tiempo que alimentan las fibras con oxígeno. 

Mis sentidos perciben los sonidos, mi cerebro los decodifica, los entiende, los transmite y los regresa al pensamiento simbólico en el que yo puedo escribir la palabra noche, la palabra estoy, la palabra silencio. El viento mece las copas de los árboles, la palmera se agita y arquea su rama principal como lomo de gato pardo, el río hace tintinear las piedras con su bracito —y algo que no puedo ver salta dentro del agua. Más allá, en otro árbol, una especie de pájaro lanza un chillido oscuro y breve, y el perro que está lejos ladra en espacios intermitentes. Ahí va. Ahí comienza. Ese fue el preludio, pues mientras el silencio se hace más profundo, más cantan los animales. Ahí viene el primer grillo de la noche a encender la orquesta. Chapulines y cigarras lo siguen. El murmullo continúa en oleadas que no se sabe de dónde provienen —pareciera que el viento mismo las lleva. Chispa sonora, ahí va otro chapulín y otro más. El dios-animal extiende su risa que se quiebra en astillas agudas donde el canto de los grillos lleva por lo bajo el peso del universo.

Soy parte de la canción, porque me detengo, y yo misma ahora soy parte del silencio.

Fragmento de Viaje al país del silencio. Refugios y experiencias interiores en el mundo contemporáneo. Conoce más sobre esta antología en www.gristormenta.com/vps

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