Dziennik Balticky

La muerte del Papa Juan Pablo II convocó a miles de feligreses a la Plaza de San Pedro. Entre ellos, un polaco llamado Marcos Dziwisz se rencuentra con su propio pasado durante esa noche en la que se alzaron las plegarias por el alma de Karol Wojtyla.

Texto de 23/01/16

La muerte del Papa Juan Pablo II convocó a miles de feligreses a la Plaza de San Pedro. Entre ellos, un polaco llamado Marcos Dziwisz se rencuentra con su propio pasado durante esa noche en la que se alzaron las plegarias por el alma de Karol Wojtyla.

Dziennik Balticky  

Me voy porque ya he dicho aquello para lo que vine. Fui enviado para hablar del hombre y de su condición terrena. He cumplido.

El Cardenal Joseph Tomko terminó de leer las últimas líneas del testamento Pontificio, se acomodó los lentes, se arremangó las amplias mangas del hábito de seda escarlata y, tomando en sus manos el volumen de piel con el escudo papal grabado al frente, cruzó con paso firme el estudio del Pontífice. En el pasillo se encontró con el Camarlengo, quien momentos antes había certificado la muerte del Papa como la tradición lo señalaba: golpeando su frente tres veces con un martillo de plata y repitiendo en voz alta su nombre.

Ambos cruzaron en silencio un extenso corredor hasta llegar a la fastuosa Sala Clementina. En la puerta, dos guardias suizos de gesto adusto impedían el paso. Junto a ellos, un prelado leía con detenimiento un informe médico.

–¿Y el Santo Padre? —preguntó el Cardenal Tomko con un dejo de preocupación.

–Ya se encuentra aquí. Lo están preparando —respondió el prelado.

Afuera, en la iluminada explanada de la Plaza de San Pedro, miles de hombres y mujeres, enfundados en sus oscuros abrigos de lana, resisten el frío amargo de la noche romana; con profunda tristeza, los rostros desencajados, esperan la llegada de la noticia fatal.

Entre la multitud, Diego Dziwisz, con las manos empuñadas en la boca, exhala una larga estela de vapor; mira incrédulo la ventana del Castillo Apostólico; llevándose una mano a la bolsa del saco, sube el volumen de un pequeño radio de baterías; las plegarias de la gente que le rodea le impiden escuchar con claridad la transmisión; acomodándose los audífonos, busca entender las noticias de la Radio Vaticana. “¿Ha muerto el Papa?”, se pregunta. Atento, sigue paso a paso el desarrollo de los acontecimientos. El frío penetra su cuerpo y humedece sus botas; con ambas manos se aprieta el abrigo y se acomoda la bufanda; mira su reloj y comienza a caminar en sentido contrario al río de dolientes que arriban a la Plaza. Diego avanza lentamente en retirada por la Vía de la Conciliación. Se dirige a un café a mitad de la calle; a su paso, se cruza con decenas de rostros confundidos, con la mirada perdida en el horizonte.

Al entrar al café observa a su abuelo, un viejo canoso de bigote ancho y mirada triste, el único cliente en la pequeña cafetería. Una mujer regordeta mira el televisor y seca un vaso atrás del mostrador; al verlo llegar, frunce el ceño y se acerca a él.

–¿Qué va a tomar? —pregunta la regordeta al extenderle una pequeña carta.

–Un capuchinno. Quiero solo un capuchinno —contesta al momento de sentarse.

Diego Dziwisk enciende un cigarrillo, observa el rostro cansado de su abuelo, inundado de arrugas que surcan su frente y sus pómulos.

–¿Qué pasó? ¿Te sientes mejor? —pregunta Diego, acariciando con ternura la rala cabellera del viejo.

El anciano asiente; sobre la mesa extiende y acaricia con cuidado un puñado de recortes de periódicos amarillentos. Una edición vieja del Dziennik Balticky muestra en la primera plana una fotografía panorámica en blanco y negro de los astilleros de Gdansk; con el fondo del río Volga congelado, en primer plano aparecen cientos de obreros en huelga, apostados a lo largo de los muelles, en las puertas de las fábricas y en las naves de los almacenes. Marcos Dziwisz, veinticinco años después, conserva todavía el recuerdo impreso de su breve intervención en la pequeña revuelta sindical, como un personal y diminuto tesoro que ahora mira con una mezcla de nostalgia y afecto.

Marcos Dziwisz, con mano temblorosa, da un sorbo a su taza de té; hojea con detenimiento, uno a uno, los recortes del diario y recuerda aquella lejana madrugada de otoño en la que él y sus compañeras, Helenna Horbitz y Esther Laundertz, platicaban y fumaban a las puertas del depósito de herramientas, cerca de la hoguera que los calentaba en su barricada, cuando por sorpresa descubrieron que el cielo se iluminaba con intermitentes centellas azules y un ejército de oficiales del régimen comunista, protegidos por la oscuridad de la noche, penetraba en silencio en el astillero, derribándolos a golpes de garrote, rompiendo la huelga y deteniendo a cientos de obreros en sus improvisados dormitorios.

Arqueando las cejas, recuerda la celda inmunda en la que vivió días sin término ni consuelo, esperando ser liberado. Todavía guarda en la memoria aquel verano cualquiera, cuando el Obispo de Cracovia regresó a la ciudad capital para dirigirse con voz dulce y firme a una multitud de obreros y obreras, ávidos de fe y libertad, para pedirles que no desfallecieran.

“Resistan. No teman; ustedes tienen que resistir” fueron las palabras contundentes del Sumo Pontífice pronunciadas durante la celebración de la Misa de la Ascensión de María, que se clavaron como espinas ardientes en el corazón de Marcos Dziwisz, esa tarde de verano, cuando el Vicario de Cristo, empuñando su báculo de oro, comprometió su recién iniciado papado a la causa del trabajo de todos los hombres.

Ahora, veinticinco años más tarde, derribado el Muro de Berlín y extinguida la opresión en la Europa del Este, Marcos Dziwisz, ya viejo, continuaba agradeciendo el sentido profundo de aquel sencillo mensaje.

Resistan.

Como obrero sindicalista, una vez fuera de prisión, y al igual que cientos de hombres y mujeres polacos, durante años sin gracia ni memoria, Marcos Dziwisz resistió como activista de la resistencia clandestina. Solidarnosc fue el estandarte, el movimiento furtivo que avanzó en las fábricas, se extendió en las esquinas, tomó las calles y cada barrio, y corrió de boca en boca, incrustándose en la piel, alimentando la esperanza y los sueños inconclusos de un pueblo golpeado por la historia. Con el paso del tiempo, la gente en la calle y en los mercados, primero en voz baja y después también, comenzó a murmurar cosas sobre la dignidad, la justicia, la libertad, construyendo en silencio un incierto rompecabezas que presagiaba el futuro. Entonces, las iniciales L.E. aparecieron en los grafitis, garabateadas en las paredes de las plazas y en los asientos de los autobuses públicos. Marcos Dziwisz, de noche, en secreto, en el sótano de su casa, apenas iluminado con un pequeño foco, acompañado de una taza de té y de su inseparable amiga Esther Laundertz, con un mimeógrafo rústico imprimía decenas de copias de L.E., que por las mañanas eran repartidas furtivamente, en escuelas y fábricas, de camino al trabajo.

L.E., las iniciales casi crípticas de una Encíclica Papal, Laborem Excersens, el grito desesperado, atrapado en el papel, de un líder religioso, dirigido en secreto a los hijos e hijas de la iglesia, y a los hombres de buena voluntad, que vio en el mundo del trabajo el camino de salvación eterna.

Para Marcos Dziwisz, L.E. representaba dos letras marcadas sobre la fotografía de Lech Walesa, esposado en las calles de Lublín; dos letras grabadas en tiza roja sobre la esquela que anunciaba la muerte de Helenna Horbitz, golpeada con saña en una celda de castigo clandestina.

Como esta, decenas de anécdotas sobre la resistencia; historias cotidianas, casi épicas, de amigos y amigas de juventud, agolpadas en la mente de Marcos Dziwisz, estallando en su presente desbordado de aflicción por la salud del Papa.

El sonido fúnebre de las campanas de San Pedro llamando a duelo devuelve a Marcos Dziwisz a la realidad.

Por la televisión, a escasos metros de distancia, el Cardenal Leonardo Sandra, desde un templete colocado frente al Palacio Apostólico, anuncia con rostro sombrío el deceso del Pastor. “Todos nos sentimos huérfanos esta noche.”

En las calles, mujeres, hombres y niños lo escuchaban paralizados. En la radio la noticia ha sido confirmada: “El Santo Padre ha muerto”. En la Plaza, el silencio sepulta el vuelo de las palomas; Marcos Dziwisz recoge sus recortes; en compañía de su nieto, se levanta de la mesa, mira su reloj y abandona el café. Cruza la calle, camina con paso lento, arrastrando los pies, llevado por la multitud, con la mirada fija en la sexta columna, a la izquierda de la Columnata de Bernini; el calor sofocante de la muchedumbre agita su respiración; su nieto, Diego Dziwisz, acompaña en silencio el dolor de su abuelo; frente a ellos, se abre la Plaza iluminada, repleta de seres que observan con una profunda tristeza las puertas de la Basílica. Un grupo de mujeres sostiene en las manos pequeñas veladoras encendidas; los jóvenes, contrariados, se abrazan para esconder sus lágrimas.

Marcos Dziwisz cruza la Plaza, las plegarias de los dolientes se elevan al cielo en búsqueda de alivio; una anciana arrodillada besa su rosario. El viejo ha llegado a la sexta columna, rematada con la estatua de San Lucas; se detiene en la pilastra de mármol; respira profundamente; su mirada busca entre los peregrinos un rostro familiar. A su alrededor, cientos de jóvenes oran en silencio. El anciano saca de la bolsa de su saco un pendón blanco y rojo; lo extiende; una lágrima rueda por su mejilla; la mano temblorosa de una mujer le toca el hombro; Marcos Dziwisz voltea y sonríe con dulzura; su amiga inseparable, Esther Laundertz, ha llegado a la última cita; ambos se abrazan, se besan, lloran. En la Plaza se escucha un cerrado aplauso en memoria del Pastor; las palomas revolotean asustadas.

Diego Dziwisz se retira unos pasos, respetando el encuentro previsto. Los cantos de la Plaza invaden el cielo.

Marcos Dziwisz y Esther Laundertz toman el pendón blanco y rojo; elevan sus brazos y lo extienden a las alturas. Esther despliega una bandera polaca que ondea en el aire frío de la noche romana.

A la distancia, los hombres y mujeres que voltean a verlos alcanzan a leer nítidamente la palabra Solidarnosc.

Ambos han cumplido su promesa.  ~

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ROBERTO TORRENS (Ciudad de México) ganó el concurso “Pétalos Dispersos” de Ediciones Andrónico (Buenos Aires, 2006) con su cuento “Dziennik Balticky”, el cual forma parte del libro El visitante y otros relatos, de próxima publicación en Madrid, España.

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