El cumpleaños de la Infanta de Oscar Wilde

El filósofo Alejandro Robles disecciona un cuento de Oscar Wilde.

Texto de 05/07/21

El filósofo Alejandro Robles disecciona un cuento de Oscar Wilde.

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En 1878 Oscar Wilde obtuvo un premio por su poema Ravenna. Pronto alcanzó notoriedad como dramaturgo, ensayista y narrador. Dictó conferencias en Estados Unidos y se hizo célebre en los salones de Londres por su ingenio verbal. Poseía una extraordinaria habilidad para jugar con las palabras y solía deslumbrar a todos con sus ocurrencias. Oscar Wilde jugó a ser dandi y frívolo, jugó incluso con su propia vida, y eso lo llevó a la cárcel. El marqués de Queensberry, el hombre que destruyó su reputación, fue el creador de las reglas por las que hoy se rige el boxeo moderno (Queensberry Rules). Sin embargo, en la disputa legal y en el juicio posterior que emprendió contra el escritor, no escatimó en propinarle los “golpes bajos” que propiciaron su ruina. 

En 1889, en la revista Paris Illustré, apareció su relato El cumpleaños de la Infanta. Resumo aquí su argumento. 

Se celebra el cumpleaños de la Infanta, la princesa de España. Lleva su mejor vestido y una rosa blanca adorna su cabello. Para deleitar a la princesita asisten al palacio músicos, bailarines, malabaristas, toreros, ilusionistas y gitanos. Pero lo más divertido del festejo es sin duda la danza del enanito. Cuando se presenta en la plaza con sus piernas torcidas y balanceando su inmensa cabeza deforme, todos estallan en carcajadas. El enano es irresistible, y ni siquiera en la corte de España, famosa por su afición a lo grotesco, se ha visto antes un monstruo tan extraordinario. Un día antes de la celebración, dos nobles que estaban de caza lo hallaron corriendo locamente entre los árboles del bosque, y pensaron que serviría para divertir a la princesa. Wilde se apresura a decirnos que tal vez lo más increíble es la absoluta inconsciencia que tiene el enano de su grotesco aspecto. El enano, que no puede dejar de mirar a la princesa, baila para ella haciendo las más ridículas piruetas. La Infanta es incapaz de controlar su risa y, como parte de su burla, se quita la rosa blanca del cabello y se la arroja. Sin embargo, el desdichado enano, que ya se ha enamorado perdidamente de ella, toma ese gesto como un acto de amor. Cuando termina su bufonesco espectáculo, la princesa ordena que vuelva a bailar para ella después de la siesta. Se marcha seguida por un séquito de niños y de nobles. Pero el pequeño monstruo anhela estar junto a ella cuanto antes. Flor en mano, decide recorrer el palacio para encontrarla. Recorre los jardines, los salones, las cámaras y las antecámaras, pero no la encuentra. Mientras vaga por el palacio imagina su futura vida con la Infanta y su corazón vibra de emoción. Llega por fin a un vasto salón en penumbra, pero no está solo. ¿Es acaso la Infanta la que lo espera en el extremo opuesto de la estancia? No, en el fondo del recinto hay un ser grotesco, el ser más horrendo que puede existir. Cada movimiento suyo tiene una correspondencia en la horrible figura. Sonríe y el ser deforme ríe con él. Hace una reverencia burlona, y el monstruo le responde con una reverencia aún más irónica. Alza los brazos y el monstruo hace lo mismo, arroja la flor al suelo y la horrenda criatura lo imita. Avanza hacia él, y el monstruo va a su encuentro remedando sus gestos. Alarga la mano y la mano del monstruo toca la suya, y la mano del adefesio es fría como el hielo. Finalmente, el enano descubre que lo que hay en el fondo del salón es un espejo. Humillado, comprende que la princesa no lo miraba y reía con él porque lo amaba, sino porque era un ser monstruoso, y no hacía más que burlarse de él. Como un pobre animal herido, el enano cae al suelo y muere. En ese instante llega la princesa y le ordena que vuelva a bailar, pero el enano permanece inerte. Se acerca entonces el Chambelán, pone su mano sobre el pecho del enano y le dice que no podrá bailar nunca más para ella, porque se le ha roto el corazón. Antes de abandonar la estancia, la princesa ordena que para su próxima fiesta sólo inviten a aquellos que no tienen corazón.

El artificio usado por Wilde es antiguo. El espejo de Matsuyama, un cuento anónimo japonés recogido por Lafcadio Hearn, narra la historia de una niña que, como el protagonista de Wilde, ignora la existencia de los espejos. La niña crece y su madre enferma. Antes de morir, la madre le obsequia un pequeño espejo de mano. Una noche el padre la halla conversando con su reflejo; le pregunta qué hace y ella le responde: “Padre, cada día miro el espejo para ver a mi madre y hablar con ella.” El padre conmovido por su devoción, llora, pero no encuentra el valor para decirle que lo que ve es el reflejo de su propio rostro que cada vez se parece más al de su madre. 

“Los hombres aprendieron a convertir el alma en reflejo, aprendieron a convertir el alma en fantasmagoría del alma. Las analogías entre el reino especular y el humano pueden, como dos espejos que se enfrentan en una sala vacía, no tener fin”.

No son pocos los mitos y supersticiones que involucran a los espejos o el reflejo. Quizás el más célebre es el mito griego de Narciso, el del atractivo joven que se enamora de su imagen en las cristalinas aguas y que termina ahogándose en el estanque. El propio Wilde le dedicó a este mito un brevísimo relato. En algunas culturas es frecuente que se asocie el alma al reflejo. En la isla de Aru cuando alguien muere, los espejos se vuelven contra las paredes pues las almas de los vivos, proyectadas fuera del cuerpo en el reflejo, pueden ser atormentadas por el alma del fallecido. En la isla de Saddle nadie se atreve a mirarse en un espejo empañado o roto porque eso debilitaría su alma. Los hombres aprendieron a convertir el alma en reflejo, aprendieron a convertir el alma en fantasmagoría del alma. Las analogías entre el reino especular y el humano pueden, como dos espejos que se enfrentan en una sala vacía, no tener fin. Pero no sólo asociamos el alma con el reflejo, somos hijos del espejo. Recuerdo haber leído hace muchos años un ensayo que me impresionó, no recuerdo el nombre del autor, sólo sé que era ruso, y que las tapas del libro eran color verde pino, con letras doradas y encuadernación holandesa. El autor cuyo nombre he olvidado, refiere que en una ocasión encontró a una mujer con una mancha en la mejilla derecha. Las normas de educación le impedían tocarle el rostro para liberarla de la impertinente suciedad. En tales circunstancias optó por pararse frente a ella e indicarle, tocando su propia mejilla derecha, el lugar dónde tenía la mancha. La mujer, sin embargo, se limpió la mejilla contraria, la izquierda. El equivocó lo impresionó. Repitió el experimento varias veces y siempre obtuvo el mismo resultado: invariablemente, el sujeto que tenía frente a él, se limpiaba la mejilla izquierda. La razón de esa confusión es simple: nuestra mejilla derecha está del lado izquierdo cuando nos paramos ante el espejo. De ese simple experimento, el olvidado autor ruso derivó que los hombres se ven a sí mismos como imágenes nacidas del espejo. Somos reflejos parlantes, y tan vanos como ellos. 

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El argumento general del relato de Wilde es este: el enano busca incansablemente a la Infanta a través del enorme palacio, pero su infatigable pesquisa lo deja, espantado, ante su propio rostro. Dicho de otra manera: en el principio, la ávida búsqueda de la belleza; en el imprevisible final, el descubrimiento de su terrible fealdad. 

Para algunos el relato de Wilde es una suerte de anticipación decorativa de El retrato de Dorian Gray, para otros, el texto guarda ecos de El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde. Muchos afirman que la monstruosidad de su protagonista se alza como reverso de las hermosas descripciones que colman el relato. Pero estos últimos parecen obviar la belleza convulsa de los monstruos. Tras la publicación del cuento, el crítico inglés Henry Seelakill escribió: “La Infanta es bella, pero moralmente repugnante y deforme, al contrario del enano que es un ser contrahecho, pero romántico e iluso.” 

No hay escritor memorable cuyo nombre no esté unido a una imagen. Kafka es inseparable del hombre que se transforma en insecto, Keats del canto de un ruiseñor, Cervantes de las notables diferencias de un hidalgo y su escudero, o de los molinos de viento, Homero de un gigantesco caballo de madera preñado de soldados, de la belleza de Helena y del canto de las sirenas. Quizás Wilde hubiese querido reconocerse en el ruiseñor que derrama en su canto la sangre que tiñe una rosa. Su destino, sin embargo, se acerca más al de su desdichado protagonista que termina descubriendo que no es más que un monstruo para los otros. Wilde, como el enano de su relato, buscó la aprobación, pero sólo encontró la burla y el escarnio. 

“No hay escritor memorable cuyo nombre no este unido a una imagen… Quizás Wilde hubiese querido reconocerse en el ruiseñor que derrama en su canto la sangre que tiñe una rosa”.

Pero volvamos la mirada sobre el terrible espejo de Wilde. ¿Qué significa en realidad la monstruosidad de su protagonista? ¿Por qué es un espejo el que le revela tal monstruosidad y no la voz de la Infanta a la que ama? Y aún más, ¿por qué descubre su monstruosidad precisamente en el instante en que busca el amor de la joven doncella? Entreveo razones de orden técnico. El espejo es afirmación de lo real y prueba irrefutable de veracidad. Quizás por eso la malvada bruja de Blancanieves interroga siempre a un espejo: “Espejito, espejito, dime una cosa, ¿quién en este reino es la mujer más hermosa?” 

Wilde recurre al cristal que repite fiel las apariencias, porque necesita un objeto que le revele esa monstruosidad, una monstruosidad en la que su protagonista no creería hasta no verla con sus propios ojos, allí donde un enano atroz lo mira con horror desde su cara. Para que sea creíble hace que el enano ignore la existencia de los espejos, para que sea patético lo hace desear los favores de la Infanta, para que sea perfecto, lo hace morir de espanto ante el espejo.

Pero hay otra explicación que tal vez Wilde no contempló. En la primera escena del primer acto de Otelo, Shakespeare hace decir a Brabancio: “La han seducido (…) con hechizos y pócimas de charlatán”. Ovidio (Heroidas) advierte: “que no os seduzcan/ De su hechicera lengua las lisonjas”. Todos los sucesos de la Comedia tienen, además de un sentido literal, un sentido alegórico. Dante, para descender al octavo círculo que encierra a los seductores, lo hace sobre una bestia monstruosa y alada que es la “imagen sucia del engaño”. El impulso de la metamorfosis está en el fondo de todo acto de seducción, y es el cuerpo, espacio de las apariencias, espejo de sí mismo, el primero en caer en ese abismo. Para seducir a Filíra, Saturno finge la forma de un caballo. Para seducir a Europa, Zeus asume la apariencia de un toro blanco, para obtener los favores de Leda se refugia en la figura de un cisne blanco, y la tiende bajo sus alas. Jean Baudrillard nos dice que la seducción pertenece al orbe de las apariencias, no a la realidad. El protagonista de Wilde descubre su deformidad en el preciso instante en que busca el amor de la Infanta, lo que descubre entonces, lo que lo espanta no es su mera deformidad, o su deformidad es emblema de algo más íntimo y oscuro: la monstruosidad del seductor. El silencioso cristal que colma el fondo de la habitación no muestra al ser contrahecho y deforme, sino la monstruosidad del seductor que crea un universo de apariencias e ilusiones que después se desvanece, como se desvanece nuestra imagen una vez que nos apartamos del espejo. Todo seductor miente, engaña, falsea, presume, exagera, simula, finge, aparenta… todo seductor es monstruoso. Morir como realidad y ofrecerse como ilusión es lo propio de la seducción, afirma Baudrillard. El enano ya se ha ofrecido como ilusión, ahora debe morir como realidad. Ya ha visto su rostro torvo en el espejo, ahora, como Narciso, debe confundir los límites de la seducción y la muerte.

Una aclaración final: la Infanta no lo rechaza por su mera fealdad, sino porque tiene corazón. No lo desprecia siquiera porque tiene corazón, sino porque no ha sabido llevar hasta el final el juego frío y vertiginoso de la seducción. EP

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