Cuento: Las elegidas

Cuento.

Texto de 08/11/19

Cuento.

Tus muertos vivirán, junto con mi cuerpo muerto resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! porque tu rocío es cual rocío de hortalizas; y la tierra echará los muertos.

Isaías 26: 19-20 

Camino a Mar Bravo hay un cementerio para pobres que se convirtió de pronto en sitio de peregrinación de los elegidos porque cuatro de los suyos fueron enterrados ahí. Entre tumbas con flores plásticas decoloradas por el sol, lápidas de cemento crudo rotas en las esquinas y hierbajos, lloraban las chicas de piel centelleante como dulces acaramelados, con sus blusas blancas, sus pantaloncitos de jean, sus abalorios de colores y sus sandalias de tiritas. Se abrazaban y se acariciaban las suaves cabecitas doradas, como ninfas desconsoladas ante el cadáver de un cordero. A su lado, sin llorar, pero con las manos solemnes y apretadas a la altura de la entrepierna, los machos de esa especie: chicos preciosos con el pelo cayéndoles sobre los ojos, con los brazos deliciosamente duros, construidos para abrazar únicamente a chicas de caramelo. Pecosos, lampiños, silenciosos y adustos como genios o como imbéciles, guapos hasta el miedo. 

Entre ebanistas, costureras, pescadores y bebés malnutridos desde el vientre sepultaron a los cuatro surfistas de Punta Carnero. Los padres habían decidido que sus hijos estuvieran en aquel cementerio gris y no en el de los ricos, con ese césped verde cotorra, rosas frescas, rojas y sinvergüenzas, traídas en camión refrigerado y lápidas de mármol con inscripciones religiosas y apellidos larguísimos. Querían que los cadáveres de los ahogados más hermosos del mundo estuvieran para siempre junto al mar. Eran cuatro, heredarían la tierra. La noche anterior a la muerte habían roto setenta y siete corazones en la fiesta del Yacht Club besuqueando y agarrándoles la nalga sobre el vestido veraniego a sus flamantes noviecitas, criaturas doradas como ellos. Al amanecer, todavía borrachos, se enfundaron el neopreno negro y así, como disfrazados de calavera, salieron a surfear en marejada, convencidos de su inmortalidad de niños dioses. El mar, claro, los hizo papilla. Los escupió al séptimo día, blandos y blanquecinos como recién nacidos. 

Nosotras casi siempre nos poníamos a beber ahí afuera del cementerio de Mar Bravo porque, ¿qué más íbamos a hacer? Las fiestas eran privadas, sólo con invitación. Chicos preciosos invitando a chicas preciosas, chicos regulares invitando a chicas preciosas, chicos feísimos invitando a chicas preciosas. Puertas parecidas a las del cielo que se abrían para otras que no éramos nosotras. Una vez intentamos entrar y el guardia dijo que era una fiesta sólo para gente conocida y le contestamos: ¿conocida por quién? Pero el hombre ya estaba levantándole la pretenciosa seguridad, barras doradas con cordones gordos de terciopelo color sangre, a una chica atlética, nítida y sonriente como salida de un comercial de tampones. Moríamos por saber qué pasaba detrás de esas puertas, aunque instintivamente sabíamos que no habría lugar para nosotras allí, que nuestros defectos se multiplicarían hasta tragarnos, que seríamos una hipérbole de nosotras mismas, espejos de feria andantes: la gordota, la marimacha, la larguirucha, la aplastada, la contrahecha. Así como las chicas guapas juntas potencian su atractivo, solapando con las virtudes grupales cualquier defecto y se embellecen unas a otras hasta brillar como un solo gran astro, las chicas como nosotras cuando estamos juntas nos transformamos en un espectáculo casi obsceno, exacerbados los defectos como en un freak show: somos más monstruas.     

Sabíamos, claro que sabíamos, que ni los más desesperados, ni los obesos, ni los nerds, ni los oscuros se nos acercarían. A las chicas como nosotras sólo se acercan otras chicas como nosotras, así que ¿para qué intentarlo? Éramos libres de ir a cualquier sitio y odiábamos eso: queríamos tener la falta de libertad de las hermosas, que los brazos de los novios nos doblegaran como yuntas, coger en el cuartito de la piscina, al apuro y sin preservativo, que nos dejaran la marca de sus dedos gordos de jugar béisbol en las nalgas con celulitis. Queríamos que nos penetraran a la fuerza y gritar en cada embestida sus nombres bellos de hombres bellos. Queríamos despernancarnos para ellos y agarrarnos de sus melenas perfectas en el orgasmo, quedarnos con matojitos de pelo color arena entre los puños cerradísimos. Queríamos hacer con el néctar de sus sexos dulces cocteles, pócimas de brujería. Queríamos desaparecerlas a ellas, rebanarles la cabeza con machetes de fuego. Queríamos entrar entre truenos y voces y relámpagos y terremotos a esas fiestas privadas montadas en yeguas voladoras y hacer caer sobre esas idiotas preciosas un mar de grillos y serpientes. Queríamos que las niñas bonitas se arrodillaran ante nosotras, amazonas poderosísimas, y que vieran con impotencia a sus hombres subiéndose arrobados y dóciles a la grupa de nuestros animales. Queríamos, queríamos, queríamos. Éramos puro querer. 

Y pura ira. 

Llegaría el día, sí señor, en el que todos se fijarían en nosotras y dirían a quien pudiera escuchar: ámenlas. Ámenlas, ese mandato recorriendo la tierra. Ese día llegaría: el día de limpiar todas y cada una de nuestras lágrimas.  

Mientras tanto, teníamos carro, teníamos dinero, teníamos la noche y no teníamos nada.

Parqueamos afuera del cementerio con mucho trago, mucha maría, muchas pastillas y muchos cigarrillos. Al menos eso teníamos, la posibilidad de enviciarnos, de mancillar nuestros cuerpos con algo perverso, de sentirnos malas chicas. Vírgenes, increíblemente obscenas. Mórbidas, solas. Qué bueno hubiera sido desearnos entre nosotras: desear nuestras lengüitas amigas, alcanzar el éxtasis con los dedos de unas y otras dentro de unas y otras, buscar el jugoso amor de carne y flor entre nuestras piernas. Qué diferente ser amante de ser perdedora, pensar en las puertas de las fiestas privadas nada más para agradecer no tener que estar ahí dentro, aburridas, con la lengua erecta de algún imbécil empapándonos el oído o dejándonos marcas horribles en el cuello. Había que haberse amado entre chicas, pero somos lo que somos y los que somos es casi siempre brutal. 

Estábamos a oscuras salvo por la luz del carro. Por la vía a Mar Bravo pasaba muy poca gente, quizás una pareja que fuera a coger al mirador, quizás algún suicida. La noche era propicia para rituales de sexo, muerte y resurrección. La luna chorreaba rojo sobre el mundo como una joven desvirgada y en la radio sonaban canciones de hombres enamorados de mujeres que nunca seríamos nosotras. El cementerio bajo esa luna parecía a punto de romper a hervir. Cada una le puso a la otra una pastilla en la lengua y nos fuimos pasando la botella hasta dejarla muy por debajo de la mitad. De pronto pensamos en los ahogados de Punta Carnero y en esa belleza que trascendía la vida y que seguro también había trascendido la muerte. Pensábamos en esos hombres adoradísimos, deliciosos chicos imposibles en sus fiestas y en sus olas, ahora durmiendo a nuestro lado. Nos bajamos del carro y entramos en hilera al cementerio a bailar a la luz de la luna de sangre agitando nuestros vestidos claros y nuestras melenas nocturnas. Bailamos como si nunca hubiésemos bailado, como si siempre hubiésemos bailado, como si hubiéramos llegado a la fiesta del fin del mundo y el guardia, al vernos, hubiera levantado el grueso cordón de terciopelo con inmensa ceremonia. Bailamos como novias en su noche de bodas y así, como en un encuentro sexual pospuesto hasta el delirio, nos fuimos arrancando la ropa unas a otras hasta quedar desnudas frente al silencio de los muertos. Danzamos arrastrando los vestidos como si fueran serpentinas de flores y nos besamos en los labios y nos tocamos los pezones erectos aullando de amor. Cantamos himnos de venganza con fondo de ensordecedoras trompetas imaginarias. Éramos ángeles derramando justicia sobre nuestros cuerpos y nuestros deseos, abriéndonos al mismo tiempo que las flores nocturnas, exhalando como ellas un olor a almizcle y a mar. Buscamos a nuestros chicos entre los muertos y descubrimos que alguien había llegado antes. De los ataúdes semiabiertos se escapaban algunas manos que brillaba como metal a la luz de la luna. Conservaban su ropa, trajes azules o negros que seguro usaban para llevar a los bailes a chicas hermosas vestidas en tonos pastel. Se habían llevado los zapatos, también los relojes, cadenas, anillos y todo lo que se puede morder para saber si es valioso, pero les habían dejado el pañuelito en el bolsillo de la chaqueta, el pañuelito que nos secaría todas las lágrimas. 

Los sacamos a bailar y dijeron que sí y bailaron con nosotras primero tímidos y distantes y luego cada vez más cerca, con sus caras frías en nuestros cuellos tibios. Dijeron, estamos seguras que dijeron, que preferían estar ahí que en cualquier otro sitio, que nos preferían a nosotras que a las princesitas de sus reinos. Después del baile nos sentamos sobre tumbas, cada una con su chico perfecto, a contarnos las cosas que soñábamos, a reír como los tontos, a pedir un beso con ojitos entornados. Llegó el beso y llegó la locura, el deseo dando patadas violentas como olas contra nuestras espaldas. El amanecer nos encontró desnudas sobre los sexos erectos de nuestros amados, montadas sobre ellos, cabalgándolos ferozmente como jinetes que se precipitan sobre el mundo para destruirlo. EP

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