Tomar el toro por los cuernos: la escritura intimista de Guadalupe Nettel

Claudia Cabrera nos habla acerca de la escritura de Guadalupe Nettel, ejemplo de cómo una escritora puede apropiarse de su historia única. Según Cabrera, leer a Nettel es “…un arroyo diáfano que invita a los lectores a sumergirse en un día soleado, pero que al introducirnos y agitarlo desvela un fondo de revelaciones angustiantes que muchas veces muestran nuestras propias aprensiones y obsesiones.”

Texto de 09/06/21

Claudia Cabrera nos habla acerca de la escritura de Guadalupe Nettel, ejemplo de cómo una escritora puede apropiarse de su historia única. Según Cabrera, leer a Nettel es “…un arroyo diáfano que invita a los lectores a sumergirse en un día soleado, pero que al introducirnos y agitarlo desvela un fondo de revelaciones angustiantes que muchas veces muestran nuestras propias aprensiones y obsesiones.”

Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) es autora de una decena de libros de relatos, novelas y ensayos. La editorial Anagrama se ha encargado de distribuir su obra en buena parte del mundo de habla hispana desde la aparición de la novela El huésped, en 2006. La obtención del III Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2013, por El matrimonio de los peces rojos, publicado bajo el sello de Páginas de Espuma, la convirtió en una de las escritoras mexicanas más leídas en la actualidad. Debido a las peculiares temáticas de su narrativa —el cuerpo, la identidad, la maternidad, los animales—, y a su calidad literaria, por supuesto, existe ya una buena cantidad de artículos académicos e incluso tesis de licenciatura y posgrado sobre su obra, traducida a una diversidad de idiomas, algunas veces por ella misma.

“…su dominio del lenguaje no se manifiesta como rebuscamiento o mediante construcciones complejas, sino como una depuración exhaustiva cuyo resultado es una siempre bienvenida sencillez.”

            Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM y doctora en Ciencias del Lenguaje por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, Nettel conoce a profundidad tanto la lengua española como la francesa, y hace gala de esta maestría en sus producciones. No obstante, su dominio del lenguaje no se manifiesta como rebuscamiento o mediante construcciones complejas, sino como una depuración exhaustiva cuyo resultado es una siempre bienvenida sencillez. Sus cuentos y novelas están cargados de honestidad y claridad, por las cuales el lector transita como a través de un territorio franco, sin obstáculos ni aduanas. Sus páginas conforman un amable camino que se recorre con placer, aunque de pronto traiciona e incomoda; no por su composición, sino por su contenido, como un arroyo diáfano que invita a los lectores a sumergirse en un día soleado, pero que al introducirnos y agitarlo desvela un fondo de revelaciones angustiantes que muchas veces muestran nuestras propias aprensiones y obsesiones. Ejemplo de ello es uno de mis relatos favoritos, “Benzoar”, incluido en Pétalos y otras historias incómodas (2008).

Nettel suele referirse a una sensación que la ha acompañado a lo largo de su vida: la de sentirse excluida, de ser distinta, “de ser un chino incapaz de volver a casa”, comentó en una conferencia hace unos años. Sin embargo, ese sentimiento de exclusión y de estar perdido en un mundo intimidante es más común de lo que se piensa. O quizás no. Yo también estudié en la UNAM, cursé posgrados, pasé temporadas en Francia (en Marsella, cerca de Aix-en-Provence, donde ella vivió) y en España (en Madrid, no en Barcelona), y he pasado en Coyoacán buena parte de mi vida. También asistí a los torneos de futbol de Villa Olímpica (como espectadora) y me refugié en los libros cuando la vida se fue haciendo más densa. Tal vez es la cruz del estudiante de Letras, o tal vez no. Lo que quiero decir es que la indefensión ante las complejidades de la existencia es una lucha individual y a la vez compartida, un conflicto interior padecido por todos, en mayor o menor medida, pero solo unos pocos se atreven a darle forma en un discurso articulado y, mucho más interesante, de manera ficcional. O saben cómo hacerlo.

Por eso, cuando la excéntrica narradora de “Benzoar” confiesa: “Me había convertido en un ser funcional y ése, créame, fue el máximo logro de toda mi existencia”, el lector empatiza con la autora de la bitácora y piensa: “Claro, ese es el reto, ser una persona funcional, que no se noten los complejos, los temores, las obsesiones ni las uñas mordidas”. Y nos sentimos el Keyser Söze de la vida engañando a todos con nuestra aparente normalidad y la artificiosa serenidad con la que navegamos en los tenebrosos túneles de la existencia. Voy a recapitular un poco: la protagonista de “Benzoar” es una mujer que desde pequeña adquirió la manía de arrancarse los pelos del cuerpo. Los vellos de las piernas, de la cara, las cejas y, sobre todo, el cabello, preferentemente desde la raíz para poder morder el bulbo después. Pasa buena parte de su juventud evitando involucrarse en relaciones estables con hombres, y sólo los utiliza para darle una alegría al cuerpo de vez en cuando, hasta que uno de ellos, Víctor, se afana en verla nuevamente y no se contenta con el teléfono falso que ella le da tras haber pasado la noche juntos. Él se empeña en demostrarle que es el hombre de su vida y le confiesa que conoce su secreto: la ha visto arrancarse el pelo.

La seguridad de este personaje y su confianza en que son almas gemelas se basa en que él también tiene una manía absurda: la de cascarse los dedos compulsivamente. En un principio parecieran estar hechos el uno para el otro y que finalmente pueden mostrarse al mundo tal cual son. Pero la vida no es así. Ser conscientes de nuestros defectos no significa estar dispuestos a aceptar los de los demás. Y el hábito de Víctor termina por desquiciar a la narradora. No voy a contar el final del cuento, pero sí a mencionar su estructura, por la similitud que guarda con su siguiente producción literaria: una serie de entradas fechadas dirigidas al doctor Murillo, quien atiende a la mujer en una clínica.

Esta escritura en primera persona con un especialista como destinatario es similar a la de El cuerpo en que nací (2011), otra de las obras que más he disfrutado de Nettel. A la intimidad de “Benzoar”, se suma en la novela el hecho de ser autobiográfica. El cuento anticipa algunas de las prácticas y peculiaridades de la narradora —temporadas de masturbación desenfrenada, estar a la deriva en un mundo espeso, la separación de los padres— y, si bien se trata de voces distintas, las dos protagonistas parecen sentirse ajenas a su entorno y hacer un esfuerzo descomunal por mantenerse a flote en sus circunstancias. En ambas narraciones, asimismo, existe un interlocutor de fondo, en este caso, la doctora Sazlavski.

“La literatura se presenta como ordenadora del mundo, como asidero, como refugio.”

La novela narra la vida de una niña que debe acudir a la escuela con un parche en el ojo a causa de un lunar blanco en una de sus córneas. Describe las reacciones y el tratamiento que le daba el resto de los niños, su difícil relación con su madre, con su abuela, con su padre. El origen del relato radica, en palabras de la autora, en “la necesidad de entender ciertos hechos y ciertas dinámicas que forjaron esta amalgama compleja, este mosaico de imágenes, recuerdos y emociones que conmigo respira, recuerda, se relaciona con los otros y se refugia en el lápiz como otros se refugian en el alcohol o en el juego”. La literatura se presenta como ordenadora del mundo, como asidero, como refugio. Además de la singularidad física de la protagonista, a sus vicisitudes se suman el encarcelamiento del padre, el abandono de la madre y la estricta tutela de la abuela que se quedó al cuidado de ella y de su hermano cuando eran niños. Más adelante, la mudanza al sur de Francia y el comienzo de una nueva vida en un país lejano con un idioma desconocido. Sin embargo, no todo es tragedia en la vida de la pequeña; la narración cuenta con ciertos toques de humor y ligereza que permiten disfrutar la novela mientras empatizamos con el personaje principal y descubrimos la fortaleza de su carácter.

Algunas de las anécdotas memorables del relato guardan relación con las ideas progresistas abrazadas por la familia de la niña. En su escuela había niños cuyos padres vivían en tríos o que ostentaban nombres como Lenin, Krouchevna o Clítoris; la Navidad no existía en su casa; se hablaba libremente de lo concerniente a la sexualidad y se practicaba el poliamor. “Un vaso de agua y un acostón no se le niega a nadie” era la máxima en la década de los setenta, según se narra. Tras el planteamiento de la novela, las cosas se complican cuando comienza la discordia entre los padres y llega la separación. Entonces empieza una vorágine de duros y estrambóticos episodios que la protagonista va sorteando como puede: una estancia en una comuna en Sonora, la depresión de la madre, la vida con la abuela en Villa Olímpica, el destino de los vecinos provenientes del exilio sudamericano, el traslado a Aix-en-Provence, las amistades efímeras, las burlas de los compañeros de clase, el retorno a la Ciudad de México.

Además del interés que suscitan las idas y venidas de la narradora, el cuerpo y la literatura como anclajes a la realidad son los hilos conductores de la historia. Sorprende, en todo momento, la manera en que el personaje enfrenta los obstáculos que se le presentan, y, sobre todo, la sensación de liberación que impera en la novela. La autora, en vez de maquillar o disimular sus imperfecciones —las físicas y las biográficas—, las aprehende, las enfrenta y las exhibe al lector como fieras domadas, como cicatrices de las que se siente orgullosa. Se muestra como una sobreviviente de su circunstancia y se reafirma como una escritora valiente que ha logrado dominar sus temores y vencer la vergüenza, condición necesaria para forjar un camino sólido en el universo de las letras. Demuestra la fuerza que se requiere para escribir líneas contundentes una vez que se ha mirado a la cara a los propios demonios; todo ello sin vanagloriarse, sin tomarlo a la ligera, sin bromas, pero sin solemnidad ni autocompasión. A mi parecer, esa es la mayor fortaleza de Nettel, una de las máximas representantes de la literatura mexicana en la actualidad.

“su novela más reciente, La hija única (2020) […] aborda aquí el tema de la gestación desde una diversidad de perspectivas: lo que la sociedad espera del sexo femenino, lo que muchas quieren evitar a toda cosa, una condición que se abraza, que es temida, que se deseó en un momento dado, pero ya no.”

No quisiera concluir esta columna sin mencionar su novela más reciente, La hija única (2020), una obra que narra las historias paralelas de Alina, una madre primeriza que debe lidiar con la enfermedad de su recién nacida, y Laura, amiga suya que le demuestra su apoyo mientras enfrenta una serie de curiosas situaciones domésticas. En este caso, la historia que cuenta no es la suya, sino la de una mujer que tuvo la generosidad de compartirla y la suerte de contar con Guadalupe Nettel para relatarla. Se aborda aquí el tema de la gestación desde una diversidad de perspectivas: lo que la sociedad espera del sexo femenino, lo que muchas quieren evitar a toda cosa, una condición que se abraza, que es temida, que se deseó en un momento dado, pero ya no. Se reflexiona sobre la imperativa perennidad que significa ser madre. La escritora mexicana despliega una vez más sus habilidades narrativas para adentrarse en las profundidades de la psicología y las sensibilidades femeninas. Esta novela es, sin duda, una lectura obligada en torno al tema de la maternidad en el siglo XXI. EP

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