Sinapsis: Rita

Esta es la columna de Daniela Tarazona, escritora reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina en la FIL 2011. La narradora, en su colaboración de marzo, nos cuenta cómo Rita, una perra que adoptó, le cambió la vida.

Texto de 17/03/20

Esta es la columna de Daniela Tarazona, escritora reconocida como uno de los 25 secretos literarios de América Latina en la FIL 2011. La narradora, en su colaboración de marzo, nos cuenta cómo Rita, una perra que adoptó, le cambió la vida.

Hace dos años miraba demasiado el cielo, como una manía. La soledad a veces me produce esa vocación aérea. Hacía una tesis y miraba el cielo, sola. Entonces, tomé la decisión de procurarme una compañía animal. Adopté a un perro pequeño, de apenas dos meses, blanco y precioso, y lo nombré Doroteo. Venía con los intestinos infestados de lombrices y enfermo de parvovirus. Duró apenas una semana en casa y, durante una de las idas al veterinario, prefirió morir en el momento exacto en que lo canalizaron con suero. Resultó tan triste la partida de Doroteo que sólo pude enfrentarme a su ausencia con el pensamiento puesto, de nuevo, en otro animal. Esperé una semana y pedí informes. Me enviaron dos fotografías de una perrita cabezona que se llamaba Abril. La adopté y le cambié el nombre a Rita. Este mes, ella cumple dos años de vida, o quizá sea en abril y por eso la llamaron así.

Rita tiene la cola larga y un antifaz integrado en el color del pelo; sus ojos están bordeados de un color más claro. En la frente se le forman arrugas que construyen un rombo atravesado por varias líneas; parece un pensamiento difícil, reflejado allí.

Cuando llegó al departamento donde vivíamos era dueña de cada una de las cosas. Destruyó varios libros: les arrancaba los forros y mordía los lomos como si fueran carnazas. Hizo trabajos de ebanistería en los muebles: lijó a conciencia las patas del comedor y los brazos de los sillones de la sala. Tenía la costumbre de abrir el cierre de su colchón y sacar el relleno sintético para dejar el pasillo poblado por nubes blancas. La travesura más arriesgada fue comerse, con cuidado de no ingerir el papel metálico, varios cubos de consomé, y también destruir y probar el contenido de dos botes de pimienta en grano. No se enfermó, a pesar de los irritantes.

Rita tiene las uñas negras, como si se las barnizara. Cuando ve perros, se emociona. Nada le produce mayor alegría que jugar con otros como ella. Suele lamer a las personas en la cara. Ha sido rara la ocasión en que ladre y desprecie a alguna visita. La única vez que lo hizo fue con el carpintero, quizá por haber sentido competencia desde su sitio de ebanista profesional.

No sobra decir que mi vida cambió desde que Rita llegó a casa. Ella es la alegría. Cada mañana despierta feliz y saluda con gusto, como si no nos hubiéramos visto en mucho tiempo. También, se regodea en el sol del balcón.

Rita es obediente y comprende lo que le dices. Pero la obediencia no es sostenida. Ella hace caso a lo que quiere. Sí se sienta, cuando se lo pides. También va a su cama a las diez en punto de la noche y duerme tranquila. El paseo es complicado, porque suele caminar llevándote con prisa; jala la correa con desesperación, yo pienso que esto se debe a su deseo de estar en la calle más tiempo y a no perderse ningún olor. Su juguete favorito es una pelota que hace ruido. Pide que se la lances lejos y cuando la recupera, la muerde para escuchar el chillido interior que le fascina.

He pensado en varias ocasiones, hasta convertir el pensamiento en una creencia, que Rita sabe cosas que yo ignoro sobre mí misma. El otro día me descubrió mientras examinaba el contenido de una caja de recuerdos y, cuando se me salían las lágrimas, ella ladraba hacia el techo, casi daba un aullido, y hacía círculos con saltos de emoción. Otras veces me ha mirado diciéndome que está conmigo a pesar de todo. Tengo la mala costumbre de creer, también, que quizá no soy la compañera más acomedida para sus necesidades. Debería, por ejemplo, llevarla más seguido al corral del parque para que salude a los de su clan, pero no me atrevo a hacerlo porque me dan miedo los perros en jauría. Ella me perdona la falla.

Dejé de ver el cielo y terminé la tesis. Rita se pasea ahora por la casa en la que vivimos y, a pesar del frío que sentimos en meses pasados, se resiste a llevar un suéter bastante feo que le compré. Se lo pongo y se lo quita. Nos iremos ahora mismo a dar una vuelta por el barrio. Los perros son fuertes criaturas que consiguen que recuperemos el hambre y la rabia. Rita es la alegría, sí, pero también la vida en la Tierra que luce espléndida sobre sus cuatro patas. EP

Rita. Cortesía de la autora


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