Ruido blanco

Daniela Tarazona reflexiona acerca de la necesidad de etiquetarlo todo y, además, hacerlo de manera correcta. ¿Cuál es la vida que tenemos si no etiquetamos de manera correcta lo que somos o lo que sentimos?

Texto de 30/04/21

Daniela Tarazona reflexiona acerca de la necesidad de etiquetarlo todo y, además, hacerlo de manera correcta. ¿Cuál es la vida que tenemos si no etiquetamos de manera correcta lo que somos o lo que sentimos?

Cuesta hacerse de un lugar en este mundo. Si fijamos bien la mirada sobre los otros, lo que se ha extraviado vuelve a aparecer: se trata del recuerdo. En la mirada de los demás está la experiencia, quizá a veces en los gestos esté la genealogía. Pero el mundo tal como lo conocíamos se disolvió. Pareciera el final del Gran Filme de la Época en idiomas extraños que nadie comprende. Sin subtitulaje posible, sin créditos. Ni siquiera una película muda. La sucesión de imágenes del Gran Filme es dispuesta por los algoritmos; cada quien con su brebaje individual mira en torno suyo. Quienes no participan de esta nueva forma colosal de valorar el entorno, es probable que continúen sus días con la percepción de habitar otro tiempo. ¿Y qué tiempo es este?

Apenas hace dos días tomé el teléfono, mi black mirror, y le envié un mensaje de texto a una amiga en Argentina. Me dijo que anda en las mismas que yo, tampoco entiende de qué se trata la realidad actual. Podría correr un desfile carnavalesco ante nuestros ojos y ya no encontraríamos en él la celebración. Lo que antes se llamaba fiesta, ahora se llama fiesta COVID. Pero antes de todo esto, la desgracia ya consistía en ese velo de toxicidad sobre las cosas y los afectos. Hemos llegado al punto de etiquetar las emociones como si fueran precios de productos en venta. Por eso ya no es suficiente ser escritora y vivir en la Ciudad de México, ahora se piden más etiquetas que puedan ser hashtags o se puedan catalogar. Se aplauden las definiciones más precisas y divisorias, como los cafés del Starbucks. Sin crema, deslactosados, con sustituto de azúcar, no grandes sino ventis. Es decir, ya no somos personas, sino sujetos de los trending topics. Lo que se reconoce como exitoso es lo viral. Hay que autonombrarse con una etiqueta que nos catalogue en el gran mercado, por ejemplo: “Escritora de baja estatura de tez blanca y apellido extranjero a la que le gusta el café express”. A esta línea llego justo cuando ya se me pasó el tren (de las ideas) y el café se ha enfriado en el vaso biodegradable con mi nombre.

“Hemos llegado al punto de etiquetar las emociones como si fueran precios de productos en venta. Por eso ya no es suficiente ser escritora y vivir en la Ciudad de México, ahora se piden más etiquetas que puedan ser hashtags o se puedan catalogar.”

La premio booker más reciente, Marieke Lucas Riejneveld, por ejemplo, fue referida en el título de una nota periodística como: “La mejor escritora del mundo tiene 29 años, cuida vacas y no es ni hombre ni mujer”. Cualquier asunto cae bajo el peso de las etiquetas y bajo su precio. Pero no son los números de antaño sellados sobre las calcomanías con el equivalente en la moneda en cuestión, sino los códigos de barras difíciles de leer sobre la identidad y las emociones.

El virus ha sido tan implacable que afectó la economía mundial o quizá el desorden antes de su aparición era extremo, aunque poco visible. Ahora que las ventas disminuyen en cualquier sector no queda más que andar atento al comercio de las emociones ¿será más cruel la mercancía, llevará más sangre? o, por el contrario, ¿se venderán las historias más personales como churros?

“Ahora que las ventas disminuyen en cualquier sector no queda más que andar atento al comercio de las emociones…”

Las etiquetas, además, deben ser las correctas. Hay reglas, a pesar de todo. Al pan, se le llama pan y al vino, vino, pero corregidos en las nuevas lenguas edulcoradas. En el Gran Filme a las cosas y a las personas se les llama por el nombre correcto en idiomas aún no identificados. Aventurado aquel o aquella que quiera decir las cosas a la antigua. Si los grandes libros de la historia de la literatura se corregirán para no ofender a nadie, nada quedará. Nadie quedará siendo deforme.

El peso de la ley caerá de nuevo sobre los manuscritos. No tendríamos que asustarnos porque nuestros textos serán revisados antes de darse a conocer. Los ojos censores leerán con ferocidad. No vaya a ser que en el mundo exterior el manuscrito resulte reprobable.

Conozco personas que mantienen una rebeldía admirable y creen que más allá del virus está el gran tesoro, interpretan arcoíris en el cielo que viene, en vez de columnas de humo negro. Pero en el Gran Filme no hay personajes ni lenguaje, quizá se trate del ruido blanco que sintonizamos en la televisión cuando no hay señal: el resto de las vibraciones del Big Bang. EP

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