Las memorias no vividas de la Zona Rosa

La curadora Ana Elena Mallet nos lleva a un nostálgico paseo por la Zona Rosa, y hace una parada especial en la desaparecida Fonda El Refugio.

Texto de 26/07/21

La curadora Ana Elena Mallet nos lleva a un nostálgico paseo por la Zona Rosa, y hace una parada especial en la desaparecida Fonda El Refugio.

Hace apenas unas semanas emprendí una caminata por la Zona Rosa, buscando el edificio donde la diseñadora Clara Porset tuvo su despacho entre 1957 y 1970. Diseñado por Juan Sordo Madaleno en colaboración con Álvaro Ysita —en la esquina de Génova y Hamburgo— fue uno de los más icónicos inmuebles de “usos mixtos” construido a mediados del siglo XX.  Además del despacho de Porset, el edificio albergaba la galería Proteo, una sastrería; en la planta baja, la camisería La Parisiense, una tienda de muebles y decoración y el muy en boga restaurante La Ronda, cuyo proyecto de interiores era de la mismísima Clara Porset. Ninguno de estos negocios sigue abierto, pero el edificio aún sigue en pie, a manera de recordatorio de lo que fue esa zona: el epicentro del glamour, la cultura y la vanguardia artística y de moda en los años sesenta y setenta del siglo pasado. 

Recientemente encontré en YouTube la película Jóvenes en la Zona Rosa (1970), dirigida por Alfredo Zacarías y protagonizada por Evita y Alberto Vázquez. En ella puede apreciarse la zona en todo su esplendor: el hoy destruido mural de Mathias Goeritz, Pocos cocodrilos locos, con la fuente que lo acompañaba; las platerías de Los Castillo, Plata Ortega y otras varias en la calle de Florencia; Cafés, galerías, restaurantes —como el Konditori—; algunas de las tiendas de moda en el pasaje Jacarandas, diseño de Ramón Torres y Héctor Velázquez, un hito del espacio público y la vida urbana que marcó no sólo la zona, sino a una generación. En el filme, Evita y Alberto Vázquez deambulan por las calles de la colonia Juárez con desparpajo y naturalidad. No pude más que sentir nostalgia de una época que no viví y una ciudad que desapareció hace mucho. Gracias a aquella película y el libro Tengo que morir todas las noches (2014) de Guillermo Osorno —una crónica de la vida nocturna en la colonia en los años ochenta y una no muy lejana visita al archivo del maravilloso fotógrafo Bob Schalkwijk, quien capturó con su cámara la Zona Rosa en su apogeo—, mi imaginario está contaminado: recuerdo un barrio que no viví, pero que anhelo desde el relato de aquellos que lo poblaron y lo gozaron.

Mientras caminaba por algunas de esas calles adoquinadas, no pude dejar de pensar en que cada determinado tiempo escuchamos una nueva consigna del gobierno local en turno, apostando por “recuperar” la Zona Rosa y su imagen prístina y de vanguardia. Pero no pude dejar de cuestionarme: ¿recuperar qué?, ¿la nostalgia?, ¿el espacio público?, ¿la juventud?,  ¿la modernidad?, ¿una ciudad perdida? En esas estaba cuando llegué a la calle de Liverpool y el paisaje me llenó de tristeza. Justo en el número 166 entre Florencia y Amberes se ubicaba un mítico lugar importante para el arte, la cultura y la gastronomía: la Fonda El Refugio. Hoy un edificio de medio pelo ocupa su lugar y ese importante lugar desapareció para dar paso a una gentrificación sin mucho sentido. Apenas hace unos años, tuve el privilegio de pasar tardes enteras, comiendo maravillas y conversando con el chef Claudio Hall y la familia van Beuren sobre la historia de muebles Van Beuren, capítulo fundamental en la historia del diseño en México, y sobre su abuela, la fundadora de la Fonda El Refugio.

“No pude más que sentir nostalgia de una época que no viví y una ciudad que desapareció hace mucho”.

Judith Martínez Ortega fundó esta fonda en 1954, como una negocio, pero también con la intención de recibir a amigos, conocidos y parroquianos con lo mejor de la cocina mexicana tradicional como lo hacía ella en su casa. El Refugio es quizá uno de los antecedentes más evidentes y palpables del boom de la gastronomía mexicana actual, así como Judith Martínez Ortega, una de las mujeres más interesantes y aguerridas del siglo XX mexicano, cuya vida y obra se conoce muy poco.

Judith era una mujer de sociedad que se distinguió por su buen gusto, su ojo maravilloso y su amplia cultura. Escritora, promotora cultural, coleccionista y mujer de negocios, nació en la Ciudad de México en 1908 y desde muy joven trabajó en el Servicio Exterior lo que la llevó a vivir en países como Chile, Argentina y Estados Unidos. Fue también secretaria del general Francisco Múgica mientras dirigió el penal de las Islas Marías (1928-1933), de donde Martínez Ortega sacaría la información e inspiración para su interesante relato La Isla (1938), sobre los presos y la comunidad homosexual en aquella prisión. En 1943, se casó con Freddy van Beuren, ingeniero industrial y hermano del destacado diseñador Michael van Beuren, con quien conformó la empresa Van Beuren S.A. de C.V., la primera fábrica de diseño realmente industrial en el país.

Luego de haber fundado un jardín de niños, Judith se decantó por el negocio de la gastronomía y el entretenimiento. Así, con una clarísima visión, apostó por la comida mexicana y se esmeró en recuperar recetas, traer a la mesa las mejores viandas nacionales y unas tortillas nixtamalizadas de altísima calidad, hechas a mano en la propia Fonda bajo su aguda supervisión, con el oficio y el gusto de espléndidas mayoras. En el momento en el que en el país se asumía que la comida mexicana se comía en las casas y la competencia se aventuraba en abrir restaurantes de comida francesa, Judith se comprometió con lo local y convirtió su espacio en un lugar de moda y estatus, privilegiando siempre la calidad.

Como si el contenido no lo fuera casi todo en un restaurante, Judith entendió que el contenedor es la tarjeta de presentación; así que contrató al prestigioso diseñador Arturo Pani para realizar el diseño interior y adquirió piezas de pequeñas empresas mexicanas para los enseres de la mesa: vasos de Carretones, vajilla de Ánfora, manteles y servilletas realizados en telar de pedal en distintos talleres de Michoacán y el Estado de México. Con su gran oficio diplomático y su buen gusto, Judith también decoró paredes con piezas de colección: platos de talavera Uriarte con sus iniciales decoraban las repisas, mientras que óleos, fotografías y piezas artísticas de amigos cercanos se convirtieron en parte del inventario del local. Judith fue, además, una ávida coleccionista de arte popular, así como del arte de su época. Apostó por la pintura naïf de Montserrat Aleix, coleccionó los bodegones de Lauro López y las fotografías de Maritza López; se dejó retratar por Manuel Rodríguez Lozano, Juan Soriano, Lola Álvarez Bravo, Manuel Álvarez Bravo y Sofía Bassi. En sus manos estaba el único mueble conocido de Juan Soriano, un biombo espectacular que la acompañó hasta el final de sus días.    

En poco tiempo, la Fonda se convirtió en punto de reunión para la comunidad empresarial e intelectual de la capital. Diego Rivera, María Félix, así como políticos y empresarios eran clientes asiduos. Por si eso fuera poco —y como ella disfrutaba también de la fiesta y la noche—, fundó una suerte de cabaret despreocupado al que se accedía por una puerta secreta de la fonda. “El otro Refugio” vio debutar a Chavela Vargas, promovió el tequila y las soirées bohemias de la sociedad mexicana donde se mezclaban artistas, intelectuales y empresarios para pasar una noche especial en la que se promovía la cultura mexicana.

Judith murió en 1985 y su hija Bony quedó al mando de El Refugio. A principios del nuevo siglo, su nieto el chef Claudio Hall tomó las riendas. Con la Zona Rosa en decadencia, mantener la Fonda fue una hazaña hasta que hubo que soltar y dejar ir con tristeza un lugar icónico para la cultura, la gastronomía y la cultura. Hace apenas algunas tardes, el talentoso artista del papel Humberto Spíndola me contaba de su amistad con Judith y sus tardes en La Fonda; una vez más, sentí envidia y nostalgia por tiempos no vividos y personajes que siento cercanos, pero que nunca conocí. Lo que sí me provocó entre tristeza e impotencia, luego de mi recorrido, fue la transformación de una ciudad sin plan alguno, la pérdida de la memoria de lugares, edificios, personajes y situaciones que podrían hacernos entender nuestra urbe y nuestra cotidianidad de otra manera. EP

Agradecemos la generosidad de Bob Schalkwijk, Claudio Hall (Archivo Judith van Beuren) y el Archivo Sordo Madaleno Arquitectos por permitir el uso de las fotografías.

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