Los oscuros dioses del expediente

A punto de salir a la calle, Luigi Amara, presa de la paronoia burocrática, se hace la siguiente pregunta: ¿Qué documento me exigirán esta vez los nigromantes de los requisitos inesperados? ¿Qué pequeño abismo se abrirá ante sus ojos bostezantes para apartarme del proceso y devolverme a casa?

Texto de 20/08/21

A punto de salir a la calle, Luigi Amara, presa de la paronoia burocrática, se hace la siguiente pregunta: ¿Qué documento me exigirán esta vez los nigromantes de los requisitos inesperados? ¿Qué pequeño abismo se abrirá ante sus ojos bostezantes para apartarme del proceso y devolverme a casa?

Soy presa fácil de la paranoia burocrática, un delirio de persecución asociado a los problemas con la autoridad que se dispara al ingresar a cualquier edificio en que las hojas de papel se carguen de tanta seriedad y peso que se metamorfoseen en “fojas”.

            La sola perspectiva de dedicar un día completo —posiblemente tres—, ante el aparato central de organización pública, de sacrificar una mañana a la coreografía exasperante de adhesión a las reglas, al enredado ritualismo de sellos, filas serpenteantes y oráculos de difícil interpretación, arrastrando los pies por pasillos sombríos, entregado con esforzada mansedumbre a un nuevo ejercicio de control (que tarde o temprano se volcará contra mí), lleva a que los actos más sencillos de la mañana, desde amarrarme las agujetas hasta untar mantequilla en el pan, se contaminen de una pesantez imprevista, de cierto aire maquinal y plomizo, como si ya formaran parte del laberinto de contratiempos y fotocopias faltantes, de ventanillas equivocadas y dilaciones que me aguarda.

            A punto de salir a la calle, ya con la mano en el picaporte, una fuerza superior hace que me detenga. ¿Qué documento me exigirán esta vez los nigromantes de los requisitos inesperados? ¿Qué pequeño abismo se abrirá ante sus ojos bostezantes para apartarme del proceso y devolverme a casa?

            Como si redactara una nota mental para mí mismo, me repito que, una vez frente al poder impersonal de gestión, aun si su representante en turno se lima las uñas a la hora de advertir la pieza faltante, no debo caer en las patadas de ahogado del sarcasmo, estropearlo todo con insinuaciones irónicas de último minuto ni, desde luego, por más que una atmósfera engañosamente receptiva despierte mi vocación dialógica y restituya mi confianza en la humanidad, debo rebajarme a razonar con la burocracia.

            En épocas más inocentes de mi vida confieso que me esforcé por entablar algún remedo de diálogo —more socratico con burócratas y funcionarios para llegar a un entendimiento más bien quimérico que pudiera destrabar los trámites en que se me iba la vida. Recuerdo uno particularmente imposible que había sido remitido a la bandeja sin esperanza de las arenas movedizas. En mi descargo debo decir que nos encontrábamos en la universidad, en los mismos pasillos en que se jura rendir culto a la razón y la evidencia; pero está claro que evalué con demasiado optimismo el que la situación no estuviera prevista en el reglamento de procedimientos y fuera necesario echar mano de un poco de criterio, de cierto margen de flexibilidad…

            La situación, supongo que no tan desacostumbrada como me hacían creer, se reducía a lo siguiente: debía renovar mi credencial para obtener mi expediente, requisito indispensable si quería acreditar mi adscripción a esa facultad y renovar mi credencial ya vencida… La circularidad del problema era tan patente que casi se antojaba acariciable, pero el hombre detrás de la ventanilla no estaba en buena disposición para apreciar la belleza conceptual de un uroboros, de una serpiente procedimental que se muerde la cola, y con una gestualidad en la que por debajo de la severidad y la displicencia se adivinaba una profunda melancolía, me indicó la fila contigua; allí me indicarían “lo conducente”.

            En realidad no había nadie formado en esa segunda fila que, a mis ojos, se confundía con un tramo vacío del pasillo. La ventanilla a la que apuntaba permanecía abierta pero desatendida desde quién sabe cuánto, de modo que al situarme en ese espacio indeciso a unos pasos de una ventanilla desolada yo era el primero y el último de la fila, y volteaba una y otra vez alrededor, como haría un huérfano de la previsión burocrática, como haría un descobijado de las normas imparciales del poder central.

            A medida que esperaba en esa cola incierta, resistiendo como boya vertical el flujo de estudiantes y profesores, convertido en un estorbo excéntrico, en uno de esos iluminados que se detienen de pronto en las calles de la India para escuchar el llamado de la divinidad, a merced de los empujones y codazos de quienes no reconocen el carácter intempestivo de su rapto; allí, echando raíces como un Sócrates inexplicable en el instante de ser visitado por su daimon, empezó a atormentarme la sospecha de que me estuviera tomando el pelo, de que el castigo infligido a nombre de todo el departamento de administración adoptara la forma de esa venganza chapucera, de esa humillación inspirada en el teatro del absurdo, hasta que al fin, abandonado a mi suerte, no me quedara más remedio que volver en mí y proseguir mi camino con las manos vacías.

            Resultó que la ventanilla de aquella fila unipersonal era atendida por el mismo dependiente con el que acababa de tener tratos; el administrativo se limitó a dar dos pasos laterales deslizantes para atender los trámites relacionados con ese asunto en particular: “el expediente”. Atónito, escandalizado, tartamudo, le presenté de nueva cuenta mi caso, esforzándome en todo momento por fingir que no lo conocía, que se trataba de un burócrata bien dispuesto y sonriente al que yo me acercaba por primera vez en mi vida. Con una voz en cierta manera también deslizante, ya metalizada por la rutina, me puso al tanto de que, según las directrices vigentes, la obtención del “legajo” de mi interés estaba condicionada por la presentación de una credencial vigente y, por desgracia, yo no cumplía con ese sencillo requisito, pues, como podía verse fehacientemente, la mía no estaba homologada con el más reciente sello de realce. ¡Ah, la retórica campanuda de la burocracia, por cuya alquimia el plomo de sus terminajos se volatiliza para producir un efecto vaporoso de ambigüedad!

“Al borde de un ataque de nervios, deslicé paradojas que no habrían desentonado en El país de las maravillas, pero que en ese contexto, en la caja de resonancia de la planificación y la calculabilidad, rechinaban como los aullidos del gis sobre el pizarrón del infierno.”

            A partir de ese punto, todo se desenvolvió con la lógica inexorable de las pesadillas. Como si estuviera en un trance sonámbulo, caí en la ignominia de la argumentación. Presa de una locuacidad silogística sin precedentes, que al mismo tiempo sublimaba y daba cuerda a mi rabia, eché mano de toda clase de inferencias, contraejemplos y falacias; esgrimí razonamientos oscuros y cortantes como piedras de obsidiana y me perdí en largos excursos persuasivos cuyas estrategias creí aprender en las páginas de Quintiliano. Al borde de un ataque de nervios, deslicé paradojas que no habrían desentonado en El país de las maravillas, pero que en ese contexto, en la caja de resonancia de la planificación y la calculabilidad, rechinaban como los aullidos del gis sobre el pizarrón del infierno.

            El burócrata me miraba con desprecio y algo de lástima. Cuando puse fin a mi catarata de argucias y explicaciones, él, visiblemente más alterado que si hubiera sido sometido a una gritiza de insultos y maldiciones, extendió la carpeta de mi expediente, ¡la misma carpeta que se me escamoteaba desde hacía semanas!, y protegido por un cristal de doce milímetros de espesor, con ese desprecio adquirido en el laboratorio de movimientos mecánicos y quisquillosidad exacerbada en que consistían sus jornadas de trabajo, amenazó con hacer trizas el codiciado expediente si yo no ponía pies en polvorosa de inmediato.

            Ya no sé cómo se resolvió aquel entuerto derivado de la obediencia a rajatabla y la saña metódica, pero una vieja cicatriz anímica me escuece todavía mientras recuerdo aquellas monsergas y desdichas pasadas; una suerte de vacío en forma de gota halada desciende por mi columna vertebral, liberando a su paso descargas de dolor, frustración y congoja.

“No es la primera vez que me pregunto si la falta de disposición a participar en la Gran Fiesta de los Trámites es detectada de alguna forma por los burócratas, incluso antes de emitir la menor señal de rechazo o de abrir la boca con la intención de rezongar.”

            No es la primera vez que me pregunto si la falta de disposición a participar en la Gran Fiesta de los Trámites es detectada de alguna forma por los burócratas, incluso antes de emitir la menor señal de rechazo o de abrir la boca con la intención de rezongar. Ya en otras ocasiones he sospechado que uno mismo es quien suscita y acaso invoca los enredos y dificultades, como si la misma resistencia produjera un halo de negatividad que no tarda en traer consecuencias indeseables, que redundan en mayor negatividad y nuevos problemas, en obstáculos desorbitados y requisitos proliferantes, hasta amasar una inmensa bola de papel y sinsentido que termina por aplastarnos.

            No sabría decir si es a través del lenguaje corporal o de cierta irradiación hostil que los burócratas perciben con ese sexto sentido que se desarrolla en las instituciones jerarquizadas, al interior de espacios cerrados verticales regidos por la deferencia y los códigos de la subordinación. Pero de algún modo presienten la insumisión y el escepticismo; adiestrados en la escuela de la exasperación y la evasiva, identifican a quien se presenta con la mirada huidiza de “preferiría no”, la apatía del que se niega a mover un dedo en el baile acartonado de la racionalidad instrumental. Y si bien el sistema centralizado de gestión debe apoyarse idealmente en los principios de no favoritismo y neutralidad, cuando esa actitud renuente sobrepasa algún límite subjetivo cuando alguien se pasa olímpicamente de la raya, ameritará alguna reacción de igual o mayor intensidad, alguna defensa del gremio gris, pero leal de los burócratas, como revisar en forma obstinada y malévola un expediente hasta hacer aparecer alguna falla, alguna anomalía minúscula o meramente posible, que nos someterá a la tortura siempre efectiva de la espera sin explicaciones.

            Reconozco que mi expediente abunda en toda suerte de lagunas sospechosas y motivos de alarma. Mis padres omitieron presentarme ante el registro civil por motivos que han permanecido envueltos en el misterio, y perseveraron en su empeño hasta que no cumplí diez años, ¡una década entera como indocumentado sobre la faz del planeta!, y eso sólo porque la escuela insistió en que el acta de nacimiento, ya entonces escandalosamente extemporánea, era indispensable para obtener in extremis el certificado de primaria.

            Y confieso que las vicisitudes para obtener mi cartilla militar terminaron por marcarme como “Inútil a la patria”. Aunque estaba exento de esa obligación decimonónica por haberme tocado la famosa “bola negra” del sorteo, una desafortunada serie de circunstancias —entre las que se cuenta mi mala estrella a la hora de acudir a compromisos oficiales—, me orilló a la espinosa tarea de aducir, en el mismísimo corazón de las tinieblas del Campo Militar No. 1, justo en esa esquina donde convergen los peores horrores del aparato burocrático con las estricteces más tiránicas de la disciplina marcial, mis viejas dolencias asmáticas y mis plantas de los pies diagnosticadas con condiciones capciosas (“pie valgo cavo bilateral”), a fin de declararme indispuesto a marchar los sábados por la mañana y disculparme por razones de índole estrictamente médica de servir a mi país.

            He de decir que esas presuntas máculas, esas aberraciones menores y, en todo caso, relativas, ante las que sin embargo los revisores palidecen sin excepción, que les desencadenan sudores, sofocos y aspavientos que, en otro escenario, se antojarían exageradas y risibles (en lo personal, nunca me han abochornado en absoluto: preferiría toda la vida vagar por las calles con mis pies chuecos antes que marchar en un regimiento), son identificadas después en una “segunda instancia”, como acostumbran decir ellos— de que se hubiera generado un halo de aspereza y malentendidos alrededor del trámite y de que la gestión en su conjunto ya se internara en el terreno de lo ríspido y estuviera a milímetros de atascarse en la ciénega de la necedad recíproca.

            Por más que hayamos querido salir bien dispuestos y casi saltarines a pagar una multa o a presentar una actualización ante el fisco, un detalle menor, que pasaría inadvertido ante sensibilidades menos desconfiadas —una pregunta fuera de lugar, un ademán poco comprensivo, una pizca de suspicacia—, se magnifica bajo la lupa de susceptibilidad de los burócratas, quizá las principales víctimas de la estandarización en el trato. Entonces aguzan la mirada en busca de signos más comprometedores, como si detrás de la fachada de ciudadanos comunes quisieran reconocer nuestro perfil sedicioso, nuestra identidad secreta de anarquistas dinamiteros, obstinados en descarrilar a la menor oportunidad la ya destartalada maquinaria de gestión.

            El truco ha sido representado mil veces, pero he aquí que una liebre raquítica y casi sin pelo, que se diría disecada de no ser por los ojos inyectados de pura maldad, sale nuevamente de la chistera para hacernos la vida imposible: “¿No está acaso la firma estampada encima del sello y no debajo, como marca el reglamento?” “¿No debió emplearse tinta azul en la rúbrica para que no se confunda con meras fotocopias?” EP

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