El Club de lo Chato

Nos esforzamos por incluir datos relevantes en toda charla que tenemos, sin importar lo casual o profesional que sea. Mencionamos datos sorpresivos que hagan notar que estamos informados de las anomalías más interesantes, pero ¿es posible encontrar un lugar en donde nos reunamos las personas que queremos hablar sobre “nada”? Luigi Amara escribe, en esta ocasión, sobre un hallazgo que podría ser la salvación.

Texto de 24/02/21

Nos esforzamos por incluir datos relevantes en toda charla que tenemos, sin importar lo casual o profesional que sea. Mencionamos datos sorpresivos que hagan notar que estamos informados de las anomalías más interesantes, pero ¿es posible encontrar un lugar en donde nos reunamos las personas que queremos hablar sobre “nada”? Luigi Amara escribe, en esta ocasión, sobre un hallazgo que podría ser la salvación.

Cuentan que en Londres hay un club consagrado a la insulsez y a los lugares comunes. Que allí los miembros se reúnen para hablar sólo de tópicos y naderías (de lo caro que está la vida, del bloody fucking weather o de una golondrina solitaria que no hizo verano), y parece que si alguien osa deslizar en la conversación alguna anécdota interesante o una idea aventurada es expulsado o, por lo menos, suspendido de inmediato.

Club exclusivo, al fin y al cabo, resulta casi imposible conocer sus reglas sin antes ser admitido; con la curiosidad de situarme a miles de kilómetros de sus puertas, me he preguntado si lo que escapa de lo anodino, pero todavía no roza lo excéntrico —aquellos pensamientos con aires de audacia o que presentan rasgos sospechosos de originalidad—, ameritará entre ellos una multa, una ronda de whisky para todos o cerrar el pico durante el resto de la velada. No sé cómo se denomine a sí mismo, ni si sus miembros mantienen ese ambiente de clausura y secreto que suele distinguir a este tipo de congregaciones; tal vez, para no llamar la atención, para permanecer como una mera reunión de flemáticos sosos, como una plácida hermandad de aburridos, sólo se conoce como “el club”.

Con la licencia de no pertenecer a él, con la distancia de no tener que bajar el listón obligatoriamente y cerrarle la puerta en las narices a la tentación del ingenio, se me ocurre bautizarlo como el Club de la Fruslería, el Club de lo Gris o, quizás, el Club de lo Chato. También, si adivino bien sus intenciones, podría llamarse el Club Antipedante. Una infracción artera de sus estatutos me inclinaría a nombrarlo como el Club de las Palomas Fofas, en homenaje a aquella frase de Cyril Connolly que dice que la medianía es como las palomas de las plazas londinenses: incapacitadas para levantar el vuelo.

“Se me ocurre bautizarlo como el Club de la Fruslería, el Club de lo Gris o, quizás, el Club de lo Chato. También, si adivino bien sus intenciones, podría llamarse el Club Antipedante”

            Aunque desde tiempos inmemoriales Londres haya sido cuna de clubes y negocios raros, tanto de corte exquisito como más bien palurdo (he sabido de un club de druidas, así como de varias sociedades de magos e ilusionistas; pero también del ya longevo Club de la Scalextric, con una pista gigante para las carreras de cochecitos, sin contar que prácticamente en cada barrio se forma alguna congregación de gemelos o trillizos), supongo que al interior de un Club de la Tibieza y las Ideas Recibidas estará prohibido hablar de la existencia de otro club que, como él, se aboque a la más estricta medianía y se esmere en que la conversación nunca suba de nivel; su propia gestación sólo es imaginable al margen de su regla principal, pues como propuesta, como mera posibilidad, el veto de todo lo llamativo, la expurgación de cualquier protuberancia que se aproxime a lo asombroso e inusitado, se antoja ya demasiado estrafalaria y atractiva, así sea por recalcitrante. Un poco como el club imposible al que no entraría Groucho Marx (desde que lo aceptaría como miembro), en este Club de la Memez y el Agua Tibia sería echado ipso facto quien viniera con la ocurrencia, totalmente jalada de los pelos, de fundarlo.

“Supongo que al interior de un Club de la Tibieza y las Ideas Recibidas estará prohibido hablar de la existencia de otro club que, como él, se aboque a la más estricta medianía y se esmere en que la conversación nunca suba de nivel.”

(También en el terreno literario, Londres ha sido fértil para las sociedades secretas y las aficiones inopinadas. El club de conocedores del asesinato que postula Thomas de Quincey en On Murder Consider as one of the Fine Arts está situado allí, lo mismo que el inolvidable club de los suicidas de R. L. Stevenson, y sospecho que la discreción y reserva que sostienen al Club de la Sosería harán que en un futuro parezca una mera invención libresca, una conjetura disparatada que alcanzó a sostenerse gracias a la sola continuidad de los párrafos, pero que al dar vuelta a la página se desvanecerá).

No tengo modo de probar su existencia, y sin embargo un club que gravita en torno a la falta de relieve se antoja necesario y hasta saludable, por lo menos desde que cierta urgencia de espectacularidad ha ensombrecido el horizonte incluso de las conversaciones más casuales. El acopio de curiosidades y “datos interesantes” al que recurren casi todos los medios masivos ha terminado por trastocar nuestras expectativas en materia de anécdotas y de intercambio de información, al grado de que ya nadie logra completar el ciclo de una frase sin que aguardemos el salto de lo inesperado. Tan pronto advertimos que el relato de nuestras peripecias empieza a naufragar en el maelström de la insustancia, nos vemos impelidos a sacar de la chistera algún detalle o desenlace que haga justicia a la imagen de montaña rusa que nos hemos formado de una narración, no importa lo mucho que se aparte de la verdad.

“El acopio de curiosidades y “datos interesantes” al que recurren casi todos los medios masivos ha terminado por trastocar nuestras expectativas en materia de anécdotas y de intercambio de información.”

Seguramente todo empezó con la búsqueda de un remanso, con la necesidad de abrir un paréntesis en medio del torrente de mamonería e infatuación que nos arrastra. En su origen debió de intervenir también el hartazgo —se diría que justificado— ante las discusiones elevadas y las sobremesas pirotécnicas, aquellas en que, a punta de labia, se descree de la somnolencia y el sopor de la sangre entregada a la tarea de digerir; todas esas reuniones en que las réplicas son siempre irónicas y ágiles o demasiado sesudas —y en las que se diría que siempre hay algo en liza—:              alguna superioridad que demostrar, cierta reputación que no puede desfallecer…

Necesitado continuamente de una buena plática sobre la inmortalidad del cangrejo o sobre si Maradona fue mejor que Pelé, cuando supe por primera vez de la existencia de un club con esas características, sentí unas ganas tremendas de ingresar en él, de viajar a Londres a comer fish and chips para discutir desganadamente si la década terminó el 31 de diciembre de 2019 o de 2020… Muy pronto consideré que con lo caro que está la libra esterlina —y dada la alta contagiosidad de la nueva cepa británica del coronavirus—, no hacía falta tomar ningún avión; aun sin reglas estatuidas ni una estructura de logia, calculé que habría miles de clubes análogos esparcidos por todo el mundo, muchos de ellos seguramente amontonados en este país, algunos a la vuelta de la esquina. Clubes de la Chabacanería y la Falta de Sustancia que llevan años en funciones sin que sus miembros quizá se den cuenta de nada, fascinantes como el paisaje del papel tapiz; Clubes de los Escrutadores del Estado del Tiempo, Sectas Estentóreas del Cliché y de Más de lo Mismo (pero en otro orden), Asociaciones para la Exégesis de la Insipidez, Vertederos para Repetir lo que ya se Sabe de Sobra. Reuniones Bovinas en que lo decisivo es no decir realmente nada, dejar que todo permanezca como está, sin turbulencias, sin peligro de trepidación, como si nunca hubieran tenido lugar, incluso salpicadas por algún chiste o juego de palabras; por la celebración de la última gracejada del escritor o la actriz de moda, tan repetida como seguramente inocua; por la crítica despresurizada y baladí a todo aquello que es de buen tono criticar, sin correr el menor riesgo y sin aventurar ningún juicio disonante.

Persuadido de que esa agrupación, que bien podría denominarse el Club de la Mermelada de Nabo, estaría tan extendida y sus fronteras serían tan vastas y borrosas que acaso podría abarcar al planeta entero, tomé el teléfono dispuesto a contrastar mi hipótesis, a poner a prueba de inmediato la teoría de que el Club de las Conversaciones Chatas extiende sus tentáculos sordos y ladinos para apoderarse de todos los rincones de la Tierra. Tenía unas ganas locas de solazarme —lo confieso— en una gigantesca montaña de paja, lanzarme a un cúmulo de naderías con los brazos abiertos, por fin desprendido de la obsesión de encontrar aguja alguna. Me imaginaba tejiendo filigranas en los bordes de las ideas recibidas, rizando el rizo del hilo negro más manoseado y vuelto a descubrir, retozando irresponsablemente en disquisiciones monótonas y sin fondo como en el charco de la lluvia de ayer. Tal vez buscaba comprobaciones fáciles, tal vez me dejé llevar por la corriente de mis prejuicios, el caso es que le marqué a mi contadora personal.

En lugar de una retahíla de quejas sobre las nuevas disposiciones hacendarias, en lugar de recordatorios cansinos y lugares comunes sobre la importancia de cumplir con las obligaciones fiscales, me estuvo hablando sobre la naturaleza del placer, sobre cómo un mismo vino podía saber diferente si nos lo presentaban como vino de mesa o como recién salido de la cava reservada al Papa; yo intentaba llevar la conversación hacia los terrenos bostezantes del clima, hacía acotaciones pedestres y lánguidas en el esfuerzo de cortarle las alas a su perorata cada vez más envolvente, pero ella me hablaba de la importancia del aura y del capricho personal en las transacciones comerciales, en cómo el dinero, una entidad abstracta, cambia de signo cuando dejamos de lado los artículos en serie y nos concentramos en los que han sido marcados de alguna manera por la historia (en la pistola con la que se cometió algún crimen; en las reliquias de los santos, etcétera). Me rogó que no la llamara loca, pero que ella guardaba las servilletas que tocaron los labios de sus amantes, y también los pañuelos desechables que recogieron otros efluvios más íntimos, y que los coleccionaba en una vitrina como si se tratara de figuras de origami, todas etiquetadas y muy bien paraditas…

“Yo intentaba llevar la conversación hacia los terrenos bostezantes del clima, hacía acotaciones pedestres y lánguidas en el esfuerzo de cortarle las alas a su perorata cada vez más envolvente, pero ella me hablaba de la importancia del aura y del capricho personal en las transacciones comerciales”

Era apenas un primer desmentido, un revés que me dejó atónito y más bien monosilábico al teléfono, sin atinar siquiera a preguntar por mi declaración anual, pero me di cuenta al instante de que el Club de la Cháchara Consabida en realidad exigía a sus socios londinenses de una extraña destreza: la habilidad sobresaliente de no salirse nunca de la monotonía, de no traicionar lo insustancial, de modo que si en un principio se planeó como un reducto para el reposo y el vaciamiento de la mente, es probable que pronto la vigilancia mutua hiciera de esas selectas reuniones un arduo e inspirado ejercicio. Así como en los viejos salones franceses dieciochescos se tensaba la cuerda del ingenio y de la astucia verbal sobre el acechante abismo de hacer el ridículo, en este club de la sosería habría de reinar la grisura como una forma invertida y desconcertante del mismo miedo al ridículo, sólo que bajo la norma de que la cuerda debe mantenerse siempre floja. Dos formas antagónicas —separadas previsiblemente por el Canal de la Mancha— de entender el arte, en decadencia, de la conversación, que exigen una cuidadosa esgrima, cada cual en respuesta, presumiblemente, a una presión arterial distinta.

“En este club de la sosería habría de reinar la grisura como una forma invertida y desconcertante del mismo miedo al ridículo, sólo que bajo la norma de que la cuerda debe mantenerse siempre floja.”

En mi siguiente prueba experimental me propuse mantenerme firme en la senda de la ramplonería, convertirme en una pared inflexible de respuestas necias que rayaran en lo robotizado, de manera que mi interlocutor no pudiera tomar impulso y se viera desmotivado para darle vuelo a la hilacha.

La ocasión se presentó al encontrarme a un viejo amigo a las puertas de una librería que frecuentamos. Le hablé del clima, de las lluvias “atípicas” que llegan con toda puntualidad, incluso corrí el riesgo de decir cosas tan ñoñas y manidas que empezara a sospechar que le estaba tomando el pelo… Cuando me preguntó si había leído un libro que no se decidía a comprar, me convertí en un cintillo publicitario parlante, en uno de esos agentes de prensa que no tienen la más pálida idea del volumen ni del autor sobre el que deben explayarse; mi boca adoptó el aire mecánico de un muñeco de ventrílocuo que escupe vaguedades críticas una tras otra.

—¡Una gran fiesta del lenguaje! —le dije—; el secreto mejor guardado de la literatura mexicana; uno de esos libros que te atrapan desde la primera línea y que, conforme te acercas al final, quieres degustar sorbo a sorbo, demorar hasta lo imposible su conclusión como quien guarda para el mejor momento las gotas de la felicidad.

Al igual que cuando se ensartan los nombres de Lacan y Kristeva, de Zizek y Derrida en un hilo sin ton ni son con el único propósito de adormecer a nuestro adversario en un debate, lo único que conseguí fue desatar una reacción implacable en sentido contrario. Sin mirarme, hojeó el volumen con aire dubitativo pero ya displicente, como si en sus manos se hubiera convertido en un animal doméstico, en una bestia sonriente que le demandara caricias y arrumacos, pero que de un momento a otro pudiera orinarse. Aunque como lector suele ser de espectro amplio y, lo menos que podría reprocharse a su biblioteca es su espíritu de apertura y su hospitalidad, en vez de seguirme la corriente arremetió sin piedad contra el libro, arguyendo que no se notaba el menor esfuerzo por desestabilizar la frase, que esa prosa correcta y bien peinada podía ser adecuada para salir en una foto generacional, pero no para enfrentar la gramática del poder; que desde el primer párrafo se advertía la contención, la custodia casi suplicante de las convenciones literarias, y que daba un poco de lástima asistir al despliegue de una imaginación tan castrada por la corrección política, en que para colmo la sintaxis actuaba como una variedad de éter… Dicho lo cual, depositó el volumen en el hueco que se había formado como si devolviera a un cachorro frágil y ronroneante a su jaula, y se limpió las manos de una pelusa invisible.

“Y en la procuración forzada de lo intrascendente terminé resbalando por la pendiente del retorcimiento y la presunción.”

“La ordinariez no sabe de sí misma. Por eso es dichosa”. Palabras más, palabras menos, es una de las frases más repetidas entre los antiguos escépticos, que propugnaron por la suspensión del juicio como medio para alcanzar la felicidad. Yo había buscado artificialmente el ingreso al Club de las Conversaciones Chatas, partiendo de la idea más bien altanera de que contaría con tantos espontáneos y adeptos naturales que, en caso de necesitar la inauguración de una filial en segundos, bastaría entablar casi cualquier conversación. Movido por el menosprecio, adulteré pláticas y rebajé a mis amigos, y en la procuración forzada de lo intrascendente terminé resbalando por la pendiente del retorcimiento y la presunción. No sé si haya una dicha en la ordinariez alcanzada con esmero y perseverancia; no sé si en realidad en Londres consigan honrar los lugares comunes sin caer en la afectación, entregarse con pleno conocimiento de causa a la tranquilidad que dimana de la sosería. Lo que descubrí es que asumir que ese club se confunde con el universo, y que no hay tregua en el desierto de lo anodino, no es más que una baladronada de doble filo, una jactancia embozada que se vuelve contra nosotros, una variante melancólica del esnobismo. EP

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