Caso clínico

“Desde inicios de mayo, la terapia intensiva es un hervidero. Llegan pacientes nuevos cada hora y, si es posible internarlos, se debe a que los recién ingresados fallecen a una velocidad incomprensible”.

Texto de 18/09/20

“Desde inicios de mayo, la terapia intensiva es un hervidero. Llegan pacientes nuevos cada hora y, si es posible internarlos, se debe a que los recién ingresados fallecen a una velocidad incomprensible”.

—¡Doctor, llega paciente de piso para intubarlo de urgencia! —anuncia la enfermera a toda voz.

Desde inicios de mayo, la terapia intensiva es un hervidero. Llegan pacientes nuevos cada hora y, si es posible internarlos, se debe a que los recién ingresados fallecen a una velocidad incomprensible: se evaporan y dejan la cama aún caliente para el próximo. Su condición es tan crítica que ni siquiera da tiempo de cambiar la cloroquina por otro tratamiento. Son organismos que han combatido por días, cuyos anticuerpos no han descifrado la manera de plantar cara a la invasión. En cambio, el virus se replica con asombrosa rapidez, ganando ventaja numérica y táctica. El mecanismo de acción es sencillo y eficiente: impide que los glóbulos rojos se armen de las moléculas de oxígeno que los pulmones intentan proporcionarles para que así el gas no llegue a los tejidos y estos mueran de inanición o del esfuerzo desbordado por sobrevivir con nada.

El doctor Alfonso deja el grupo de residentes a los que da instrucciones inmediatas sobre un aumento de dosis para dos pacientes que despertaron con vida. Sólo extiende el brazo para arrastrar consigo al único anestesiólogo de ellos. Dan media vuelta y emprenden un trote rápido para seguir a la enfermera.

—¿Cómo se llama el paciente?

—Carlos. Treinta y seis años —responde ella hojeando el expediente que lleva entre los dedos.

“Treinta y seis”, repite el doctor para sus adentros.

—¿Comorbilidades?

—Ninguna, doctor: ni cardiovasculares, ni respiratorias; peso ideal, no fuma, no bebe.

—¿Alergias?

—Nada.

Al fondo del pasillo ven abrirse el elevador. Salen dos camilleros transportando al paciente.

—¿Dónde, doctor? —gritan de inmediato.

Él se esfuerza por recordar cuál es la cama que recién quedó disponible, pero los números se le confunden en la mente.

—La once —grita en su lugar la enfermera a través de la mascarilla.

Los cinco giran sobre el pasillo. Carlos abre los ojos intermitentemente. Mientras rebota su cabeza, ve el blanco estridente de la luz y el rostro de quienes lo transportan. Oye el pitido de las máquinas y de alguna cosa que se mueve como un acordeón, pero que solo emite un bufido impaciente. A lo lejos escucha voces tempestuosas, que casi gritan iracundas. “Ocho con veinticuatro”, oye de pronto y se pregunta confundido qué medida será esa. Todo se le pierde en medio del vaho que se acumula en su mascarilla de oxígeno y el sonido de su propia respiración comprometida.

—Carlos.

Oye en medio de la niebla.

—Carlos.

—¿Me escuchas?

—Carlos.

Logra abrir los ojos y ve a un médico abrir los labios. El movimiento cesa. Siente varias manos sobre su cuerpo. En un instante se da cuenta de que está en otra cama. Ahora el tronco ligeramente inclinado. Ve entonces a quienes lo rodean. No sabe quiénes son. Trajes, guantes, lentes, cofias, cubren todo. No ve nada. Solo ojos, que lo miran.

Mientras los dos que lo llevaron hasta ahí lo abandonan, siente una mano que le toca el pecho.

—Carlos, ¿estás casado? —pregunta el doctor Alfonso.

Él se queda mudo e inmóvil.

—Dime, ¿estás casado?

Logra asentir.

—¿Tienes hijos?

Levanta con esfuerzo el dedo medio y el índice que yacen a un costado.

—Dos —traduce la enfermera mientras ajusta la correa para tomar los signos vitales.

“Dos hijos”, repite el doctor para sus adentros.

—Bien, bien. —El doctor sonríe o Carlos cree que sonríe—. Mira, te voy a dormir, ¿sí? Y te voy a conectar a esto —dice señalando el ventilador mecánico detrás de él—. Te vamos a dar tratamiento y te despertamos en unos días que estés poca madre, ¿sí?

Carlos dice que sí con la cabeza. Que le hagan cualquier cosa, pero que la hagan ya. No soporta el cansancio de respirar. Ni el dolor en el pecho. Ni su garganta agrietada de tanta fricción con el poco aire que es capaz de jalar. Que le hagan cualquier cosa.

Hay un momento en el que se miran Carlos y Alfonso. Los ojos de uno y de otro tiritan. Reflejan los ojos que los miran. Y así tiritan mucho más. Se vuelven las únicas ventanas de lo que ambos sienten por dentro. 

—Nos vemos en unos días. —El médico pausa—. Hazlo por tu esposa. Hazlo por tus hijos, Carlos. Los tres van a estar esperándote cuando salgas, ¿okey?

Carlos asiente, por primera vez con decisión. Entonces el doctor da la señal al anestesiólogo.

“La enfermera ajusta la inclinación de la cama hasta que queda totalmente horizontal. El doctor Alfonso está a la expectativa, sujetando el laringoscopio en la mano izquierda y la cánula de 9 milímetros en la derecha. Tienen que aguardar a que los sedantes provoquen que el paciente se relaje, deje de respirar por sí mismo y que su cuerpo sea incapaz de poner en marcha reflejos de defensa.”

—Vas a sentir un piquete —anuncia él y, sin esperar respuesta, desliza la aguja al interior de la vena del brazo izquierdo del paciente. Carlos desvaría. Confunde por instantes a la enfermera con su esposa. Piensa que está de vuelta en casa. Quisiera estarlo. Al mirar al anestesiólogo, cree que se trata de su padre arrullándolo en la cuna y así se traslada a un pasado que ni siquiera recordaba. Se queda dormido en poquísimos segundos. El anestesiólogo aumenta paulatinamente la dosis, no tan lento como quisiera, pero no hay tiempo. La enfermera ajusta la inclinación de la cama hasta que queda totalmente horizontal. El doctor Alfonso está a la expectativa, sujetando el laringoscopio en la mano izquierda y la cánula de 9 milímetros en la derecha. Tienen que aguardar a que los sedantes provoquen que el paciente se relaje, deje de respirar por sí mismo y que su cuerpo sea incapaz de poner en marcha reflejos de defensa. 

Los signos vitales se desploman. Llega el momento.

A toda prisa, el doctor inserta el laringoscopio en la boca y hace la lengua a un lado. Por ese espacio introduce la cánula y la conecta con la laringe exitosamente. Enseguida une el otro extremo al ventilador y este arranca: empuja y jala aire al interior del cuerpo, afecta toda su dinámica natural. “Tú puedes, Carlos”, dice Alfonso en una voz bajísima mientras se retrae. Son unos soplidos que alimentarían cualquier hoguera y que, mal medidos, podrían reventar los pulmones del paciente. Los dos médicos y la enfermera los imaginan ensanchándose y vaciándose. Sucede. Los signos vitales se recuperan. El pecho del paciente sube y baja. Todos respiran.

Observan el cuerpo con cuidado extremo, como si una mala mirada pudiera desestabilizarlo. El paciente se mantiene quieto. Dan un paso atrás como el mago que se aleja de su ilusión esperando que siga en pie, deteniéndola con las manos a la distancia. Se miran satisfechos. Ahora es tiempo de comenzar con la administración de fármacos.

El doctor gira hacia la enfermera y está a punto de darle instrucciones cuando se impone el ruido de una máquina. El paciente entra en paro. Los tres se miran atónitos. Revisan la dosis de sedante, comprueban que el ventilador funcione, buscan una explicación más allá de que el cuerpo no haya resistido un procedimiento tan agresivo que vino a sumarse a días de extenuación. 

—¡Ambú! —grita el doctor Alfonso.

La enfermera sale corriendo y vuelve con la bolsa-mascarilla cuando al paciente ya lo han desconectado del ventilador. Le colocan la mascarilla en la boca y el anestesiólogo aprieta manualmente la válvula a la que está unida, intentando hacer llegar todo el aire posible. 

Alfonso inicia compresiones en el pecho para reanimar el corazón. Un, dos, tres, cuatro, fuerte. Mira la pantalla. Un, dos, tres, cuatro, fuerte. Mira a sus compañeros. Un, dos, tres, cuatro, fuerte. El anestesiólogo pide a la enfermera que lo releve. Un, dos, tres, cuatro, fuerte. Él administra adrenalina al paciente en un último intento desesperado. Un, dos, tres, cuatro, más fuerte. No puede morir. Alfonso no puede dejar que deje a su esposa y a sus hijos. Un, dos, tres, cuatro, más fuerte. No puede dejar que Carlos deje de intentar. Un, dos, tres, cuatro, más fuerte, casi traspasa las costillas. Alfonso no puede dejar que Carlos deje esta vida.

Ya ha transcurrido mucho tiempo. Demasiado, aunque ninguno podría decir cuánto. La enfermera y el anestesiólogo se miran. Notan que al fondo llegan por el elevador los camilleros con un nuevo paciente. Ven a Alfonso, que continúa absorto en las compresiones. La enfermera deja caer la válvula sobre las piernas del paciente y pone una mano sobre el médico. Pero él sigue.

El anestesiólogo le hace una mueca que ella sabe interpretar. Toma el expediente del paciente para escribir el último dato.

—¿Qué hora le ponemos, doctor?

Oye Alfonso en medio de la niebla. 

—¿Hora?

No contesta.

—¿Hora?

Sólo deja las compresiones.

—¿Hora?

Y cierra los ojos. EP

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