Canción para decir adiós: Infancias, abandono y migración

Nadia López García escribe sobre las infancias que deben despedirse de sus padres migrantes y presenta poemas para poder cantar la tristeza del adiós y la esperanza del reencuentro.

Texto de 12/10/22

Nadia López García escribe sobre las infancias que deben despedirse de sus padres migrantes y presenta poemas para poder cantar la tristeza del adiós y la esperanza del reencuentro.

Crecí en una familia migrante, como lo son muchas familias en la Mixteca de Oaxaca, donde parece regla ir de sur a norte, del pueblo a la ciudad, de los cafetales a los enormes campos de fresa de la frontera con Estados Unidos. En mi pueblo, como en muchos pueblos de México, el sueño americano aún sigue siendo el sueño: mes con mes veo irse a hombres y mujeres hacia Canadá, Nueva York o Baja California; se van con sus sueños y su esperanza de ganar más dinero para mandar a su familia y poder construir una casa o poner un negocio. Sin embargo, muchas y muchos jamás vuelven, nunca más volvemos a mirarles, quizá porque ya nos han olvidado o quizá porque la tierra se los ha tragado, la realidad es que la migración desde hace mucho tiempo es un animal que no tiene ojos, que camina deambulando, llorando y desapareciendo como polvo a todas y todos los que entramos a su boca. 

En muchos pueblos, apenas se espera que se cumplan los 15 años para que las hijas e hijos se vayan; actualmente comienzan a migrar de una forma masiva lo mismo hombres que mujeres, como mi tío Toribio que se fue cuando tenía esa edad y ahora lleva años y años viviendo del otro lado de la frontera. Mi tío Toribio como muchas y muchos de mi pueblo y de todo Oaxaca, son parte de la estadística; su padre se fue a buscar una mejor vida y al inicio mandaba remesas, pero después ni una llamada telefónica ni un telegrama: nada. Así le fueron perdiendo el rastro, algunas personas decían que ya tenía otra familia en Estados Unidos, otras más contaban que lo habían metido a la cárcel y por eso había dejado de comunicarse; la realidad es que en casa nunca supimos bien qué pasó, pero su nombre dejó de enunciarse y su foto fue quitada del altar. Hasta la fecha no sabemos nada de él, si vive o si ha muerto, tampoco lo hemos buscado, él forma parte de las decenas de padres y madres que nunca más vuelven. A raíz de ello, hace años comenzamos algunos talleres de poesía con infancias que habían sido dejadas al cuidado de algún familiar porque el padre, la madre o ambos se habían ido a trabajar a un lugar lejano. 

Las primeras sesiones del taller, abuelas, tías, cuñadas, hermanas –siempre cuerpos femeninos— llevaban a las infancias que cuidaban “para que se les quitara la tristeza”, para que se distrajeran, o bien para salieran un ratito de la casa. “Se me va a enfermar, si sigue así y qué le voy a decir a mi hermana”: decía la Señora Bertha, mientras empujaba a su sobrina al salón. ¿Para qué sirve la poesía con las infancias que se quedan? Sirve para hacer más transitable su paso por este mundo, su paso por el abandono.

“Las infancias que migran solas son aquellas que tienen más probabilidades de ser violentadas física, psicológica y sexualmente, el abandono siempre deja huellas, huellas que a veces ni la poesía puede sanar”.

Yo tuve la fortuna de que mis padres me llevaran con ellos a Baja California, cuando se fueron de jornaleros agrícolas. Aun así, viví mucha soledad en mi infancia, cuando no era día de escuela y no podía acompañarlos a los campos de pizca, pasaba horas y horas sentada en la entrada de las galeras, esperando que llegaran; me consolaba verles un rato por la noche y escuchar su voz, a diferencia de algunas niñas y niños que llegaron con sus familias al Valle de San Quintín, pero meses después fueron dejados, incluso, al cuidado de conocidas y conocidos para que sus padres pudieran cruzar la frontera; “luego, luego mando por ti”: les decían a varios de mis amigos. En el fondo, sabíamos que no era cierto, que era más fácil que ellos volvieran porque no pudieron cruzar a que mandaran pronto por sus hijos. Las infancias que migran solas son aquellas que tienen más probabilidades de ser violentadas física, psicológica y sexualmente, el abandono siempre deja huellas, huellas que a veces ni la poesía puede sanar; por eso comencé a hacer talleres con infancias que migran y con las que se quedan, para que la palabra pueda ser barco, avión, memoria, alegría, esperanza.

Cuentan que mi tío Toribio era muy pequeño cuando su padre se fue, al igual que mis tías que apenas comenzaban a caminar, tiempo después la tía abuela también tuvo que irse para trabajar y juntar dinero para las escuelas y los gastos que se iban asomando en la casa, así que el tío Toribio, las tía Cele y Esmeralda se quedaron solos, creciendo como hemos crecido muchas y muchos de nosotros en la migración, como árboles solos, creciendo como fruta que se corta verde y se echa a madurar a la fuerza. 

Hace poco comencé a visitar a mi familia en Estados Unidos, entre ellos, mi tío Toribio, quien ya es residente en ese país, tiene hijas e hijos y hasta nietos, pero sigue teniendo un enorme hoyo en el pecho. Los domingos, su día de descanso, saca una silla al pequeño patio de tierra que tiene en California, pone música de los Tigres y toma hasta quedarse dormido, siempre recuerda sus días de infancia en el pueblo, llora diciendo el nombre de su padre y de su tierra. Por otro lado, gran parte de mi familia ha migrado dejando a sus hijos e hijas al cuidado de mi madre, de mi abuela, de las tías de la casa; las historias se repiten en un círculo interminable, las infancias que en algún momento fueron abandonadas por la migración, ahora replican la misma historia con las y los suyos, en una espiral que parece no tener fin. 

UNICEF estima que por lo menos el 17% de las niñas y niños del país ve a uno de sus padres migrar al menos una vez durante su infancia. Si bien es cierto que no hay una encuesta específica sobre migración y abandono infantil, ni tampoco hay estudios periódicos sobre infancias y migración, sabemos por la Encuesta Nacional sobre Niveles de Vida de los Hogares de México (2002) que el 7% de las y los niños en México tenían a uno de sus padres o a los dos trabajando en el exterior. El tío Toribio, mis tías y una gran cantidad de infancias engrosan este porcentaje poco estudiado.

“Para qué le pregunta, no sabe, está muy chica”: decía la tía de una pequeña que asistió al taller Para nombrar el mundo que dimos en Oaxaca, el taller consistía en varios días de cantar, jugar y escribir poemas con infancias sobre lo que quisieran contar y decir de su vida, su familia, sus sueños, su comida favorita, sus temores; durante varios días escribíamos lo que veíamos, sentíamos y pensábamos. De las 14 niñas y niños que asistieron al taller, casi la mitad estaba viviendo con sus tías, tíos, abuelos, abuelas; somos un pueblo migrante que abandona y mucho me temo que como mi pueblo haya cientos en este país. Este taller y otros que di en el mismo sentido, me permitieron saber que hemos pensado a las infancias que se quedan en un proceso migratorio como infancias con emociones pasajeras, que extrañan poco, que pronto olvidan, nada más alejado de la realidad. Las infancias se duelen y hacen duelo por la lejanía, la nostalgia, el abandono, sus padres y madres.

¿Cómo curar la tristeza? Con canciones, dice mi abuela. Así nacieron los siguientes poemas, próximos a publicarse, y que queremos compartir para poder cantar la tristeza del adiós y la esperanza del reencuentro, para que comprendamos mejor a las infancias que se quedan, para que miremos y escuchemos con más respeto y profunda dignidad la soledad y el duelo que viven cientos de niñas y niños que son abandonados en los procesos migratorios. Busquemos crear espacios seguros y cariñosos con ellas y ellos, espacios donde la lejanía duela menos.

Que estas palabras puedan ser un apapacho para todas y todos aquellos que se quedan y a quienes queremos acompañar para hacer más cálido su paso por este camino.


Ta dina sukuachi kintuu…

Para todos los niños que se quedan…

*

Tsikua kunaa me maa,

ta saa kuzu 

tsáni koo nchacha.

Matsanu

¿ma´a ichi maa?

La noche se la llevó, 

mientras los pájaros dormían

un sueño sin alas. 

Matsanu 

¿A dónde fue mamá?

*

Me matsanu ra anga ini yùcha,

ntí’o kii kuaku chikui ntuchinuu.

Saa vichi kuzu ná´a

ra koo kana.

¿Sani maa saa ntsa´an?

Matsanu tiene un río adentro,

todos los días lo saca por sus ojos.

Los pájaros ahora duermen más temprano

y ya no cantan. 

¿Su mamá también se habrá ido?

*

Kii yutu vita ra ñu´ú ntsitsa,

vee yùù in ini

ra tutsi ini kunchee ra kuntuku

me paa ra maa ichi.

Ta tsikua me ini anga kuturri, 

kata in yáá  ini kuzu.

Ma ¿ta kunchee ntuchinuu?

Los días son bejucos y barro cocido,

pesan como una piedra en el pecho

y nos duelen de tanto mirar 

y buscar

el regreso de nuestros padres.

Por las noches mi pecho se llena de chicharras,

cantan una canción dormida,

Ma, ¿cuándo volverás? EP

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