Atractores extraños: Walden más allá del videojuego

Pocos acontecimientos ¿literarios?, ¿filosóficos?, tan discutidos e interpretados como la temporada que Henry David Thoreau pasó en el bosque, a orillas del lago Walden, en la cabaña que él mismo construyó en los márgenes de la civilización. Aunque esa aventura en buena medida fundacional duró apenas dos años y dos meses, su influencia como acto, […]

Texto de 19/08/17

Pocos acontecimientos ¿literarios?, ¿filosóficos?, tan discutidos e interpretados como la temporada que Henry David Thoreau pasó en el bosque, a orillas del lago Walden, en la cabaña que él mismo construyó en los márgenes de la civilización. Aunque esa aventura en buena medida fundacional duró apenas dos años y dos meses, su influencia como acto, […]



Atractores extraños: Walden más allá del videojuego

Pocos acontecimientos ¿literarios?, ¿filosóficos?, tan discutidos e interpretados como la temporada que Henry David Thoreau pasó en el bosque, a orillas del lago Walden, en la cabaña que él mismo construyó en los márgenes de la civilización. Aunque esa aventura en buena medida fundacional duró apenas dos años y dos meses, su influencia como acto, como acontecimiento —y no únicamente como texto— no ha dejado de crecer y, en particular en los Estados Unidos, se sigue investigando, matizando, denostando, imitando, quizá porque implica mucho más que un simple experimento literario.

Además de la catarata de nuevas ediciones y traducciones de su obra, y más allá del auge, por decirlo así, libresco de quien fuera pionero de la desobediencia civil, ahora se ofrecen cabañas austeras y apartadas para quienes estén dispuestos a afrontar, a la manera de Thoreau, “los hechos esenciales de la vida” y quieran revivir la experiencia trascendentalista de soledad y autarquía en medio de lo agreste; residencias de un año o dos —a medio camino entre la beca de estudios y el retiro espiritual— para “entrar en comunión con la naturaleza” y “beneficiarse de su aliento” y “escuchar su voz”; convocatorias que hacen sonreír un poco cuando aclaran que los únicos estudios a la mano en tales condiciones serán necesariamente con uno mismo, aunque hoy el aislamiento pueda sobrellevarse gracias a la disponibilidad de una conexión a internet…

Hace tiempo me enteré un tanto atónito de que, apoyado por el gobierno de los Estados Unidos, se lanzó un videojuego a partir de la experiencia de Thoreau en Walden Pond, el lago todavía cristalino que le dio nombre al libro.1 La idea, que se antojaría en principio descabellada, sino es que opuesta al ideario y espíritu de Thoreau, cobra sentido y se vuelve incluso desafiante a partir de que queda claro que el objetivo del juego no se limita a la mera supervivencia (construir una cabaña y procurarse alimento a través de la pesca y una forma rudimentaria de agricultura), sino a fines tan vastos y al cabo quizás inconcretos como el equilibrio con la naturaleza, la soledad dichosa o la autosuficiencia espiritual, sea lo que sea que esto signifique referido a un entretenimiento virtual.

Sin descontar que el propio Thoreau se esté revolcando en su tumba ante el lanzamiento del videojuego (después de todo su experimento de autarquía no se planteaba como una simulación, sino que abría la posibilidad de una nueva forma de vida, tan sencilla como autónoma, en la que seguramente no habrían tenido cabida los videojuegos y quién sabe si internet), la sola noticia de su aparición es un claro reflejo de la importancia que tiene —que sigue teniendo—, al menos para la imaginación, la aventura de desprendimiento y el ideal de autosuficiencia que Thoreau llevó a cabo en los bosques; esa estadía en los márgenes, después de todo no tan dilatada ni tampoco tan tajante en sus renunciaciones, pero que quizá mucho más que el libro en donde la cuenta —ese libro influyente que a veces se presenta como la sombra del experimento y a veces como su realización—, desconcierta e inspira, cautiva y problematiza, asombra e intriga. Parecería que a medida que crece su estela se delineara mejor su radicalidad, ese perfil al mismo tiempo intrépido y subversivo de una empresa que ya en su época estuvo rodeada de cierto halo de escándalo.

Así como las anécdotas de los antiguos filósofos pueden ser también leídas (esto es: interpretadas y discutidas y hasta en alguna medida objetadas); así como sus actos y gestos, su arreglo en materia de placeres y de dieta, incluso su misma indumentaria o apariencia, solían tener en otros tiempos un significado filosófico, la decisión de Thoreau de vivir una temporada en el bosque —en un proyecto que debe más a la toma de distancia que al deseo de soledad—, adquiere un peso, una relevancia crítica que rebasa el contexto trascendentalista en que se inscribía. Más que la simple excentricidad de un eremita a destiempo, de un naturalista diletante o de un solitario empedernido, el experimento de la cabaña en los márgenes, que tanto contrariaba a su amigo y mentor, Ralph Waldo Emerson, se carga de una compleja red de connotaciones literarias, políticas y existenciales, o, para decirlo en una sola palabra, ensayísticas (en el sentido amplio y en buena medida desestabilizador que le dio Montaigne); connotaciones que no eluden la contradicción ni tampoco la posibilidad del autoengaño, quizá porque giran alrededor de la pregunta siempre vigente sobre “cómo vivir”.

Es indiscutible que la misma publicación de Walden, en 1854, tuvo mucho que ver con la aceptación del carácter eminentemente literario del proyecto de Thoreau; sin embargo, la suma de interpretaciones, homenajes y continuaciones de esa aventura personal, de ese acto no puramente simbólico de tomar distancia frente a su siglo —réplicas de la cabaña, documentales, libros de psicología utópica y ahora videojuegos—, pone de manifiesto que se trata de un experimento que puede, por supuesto, repetirse, pero que en primer lugar exige ser leído, no sólo como texto, sino también como acción o, mejor dicho, como práctica. Una lectura que el propio libro demanda y al mismo tiempo va perfilando, casi como si tuviera que crear sobre la marcha sus claves y condiciones de asimilación, como si tuviera que producir al mismo tiempo un nuevo lugar desde el cual leerse, invitando a un acercamiento diferente, que en ningún caso podría equipararse a la lectura de un diario íntimo o de un ejercicio de autoficción, pero tampoco a la de un libro común de filosofía —no, al menos, a la que consienten esos volúmenes de acento impersonal y frío que hoy predominan en las universidades—; una lectura otra en la cual la idea de lo literario, sin eclipsarse del todo, se complejiza y subvierte.

Cuando a Diógenes de Sinope, mejor conocido como “el perro”, le preguntaban de dónde era, él solía responder que era ciudadano del mundo (kosmopolít¯es), “pues la única verdadera ciudadanía es la que se extiende por el mundo entero”. Cuando le preguntaban lo mismo a Crates, uno de sus alumnos, éste solía responder provocadoramente, pues no por nada lo siguió con la fidelidad que sólo podríamos esperar de un can: “Soy ciudadano de Diógenes”. ¿Qué significaría hoy proclamarse habitante de Walden o, para mayor desarraigo geográfico, habitante de Thoreau? ¿Cómo entender y sobre todo continuar —traer al presente— algunas de las prácticas asociadas a su aventura marginal: tomar distancia, desobedecer, caminar y abrir los oídos, entre otras? ¿Cómo lograr que estos ejercicios, que en Thoreau se cargaban de gran audacia crítica y se imbricaban y complementaban como parte de una filosofía entendida en primer lugar como forma de vida (en la que uno mismo se convierte, por decirlo así, en su propio Frankenstein y hace de sí mismo la arcilla para toda clase de experimentos antes que nada de autotransformación), no se queden atrapados en los límites siempre demasiado estrechos del papel?

A propósito de Diógenes cabe recordar que, al igual que otros filósofos cínicos, vio en el caparazón de la tortuga el emblema de la autonomía y la independencia. El llamado “Perro regio”, para quien el mejor caparazón consistía precisamente en no necesitarlo —si bien de manera un tanto inconsecuente no se atrevió a la desnudez total—, aseguraba sentirse a gusto en cualquier sitio, pues su despojamiento era la garantía de su libertad. Sus pertenencias se limitaban a un palio y una alforja, un báculo y una linterna; para efectos prácticos, gracias a esa movilidad que le permitía viajar en cualquier momento o bien montar su campamento en plena plaza de Atenas, sus dominios eran inconmensurablemente vastos, pues su tierra era la tierra de nadie.

A la manera de un Diógenes americano —título polémico de uno de los muchos libros que se le han dedicado—, no fue otra cosa lo que procuró Thoreau al construir su santuario de sencillez y austeridad en el bosque, incumpliendo el pacto social hasta el extremo de la abstinencia tributaria y el llamado a la desobediencia civil. Aunque sin la radicalidad del caparazón de la tortuga o del ánfora como única casa, la cabaña en los márgenes se ha convertido en uno de los emblemas más sugestivos de la búsqueda de autosuficiencia, de ese afán formativo que pasa por deshacerse de las ataduras y desprenderse del mayor número de lazos posibles (sociales, familiares, ciudadanos, patrióticos), en busca del autoconocimiento y la afirmación personal.

Thoreau comparte con Diógenes la vieja idea de que un filósofo sirve de muy poco si se pasa la vida entera en esa actividad sin que nunca nadie se sienta molesto, sacudido e interpelado, ya sea por sus argumentos y provocaciones, ya por su modo de vivir. La cabaña de Walden, o lo que queda de ella —mucho más que un montón de piedras en el bosque—, en cuanto variedad bucólica del caparazón de tortuga cínico, encarna el ideal de oponerse a la esclavitud en cualesquiera de sus acepciones, tanto materiales como espirituales: no estar atado a nada ni a nadie y, por lo tanto, ser capaz de encontrar el propio lugar en cualquier lado. Pero, sobre todo, esa cabaña simboliza el esfuerzo de poner a prueba, de experimentar y llevar a la acción —es decir, de no dejar de intentar o ensayar aquello que se piensa, situándose a uno mismo como eje y conejillo de Indias—, que es la forma en que el autor entendía precisamente la escritura ensayística, y que no es otra que la que había propiciado el propio Montaigne: “He hecho mi libro tanto como mi libro me ha hecho a mí”.

Esto hace de la cabaña, de su construcción y emplazamiento, algo más que la anécdota central de un libro que es mitad testimonial y mitad reflexivo, y en el que aún los detalles en apariencia más insignificantes cobran las proporciones de una alegoría; revela que, en particular en un proyecto de estas características, la cabaña y el libro —el experimento y las páginas en que lo relata— son en cierta forma indiscernibles, las dos caras de una misma moneda, de una moneda lanzada al aire en la que, ni más ni menos, se juega la vida.  ~

1. <http://waldengame.com/>.



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