Un paseo con mis hijos

En esta vívida crónica, Antonio Moreno nos narra su periplo por Nuevo México: comienza en las cavernas de Carlsbad, pasa por la tumba de Billy the Kid y termina en el museo del ovni en Roswell.

Texto de 28/06/21

En esta vívida crónica, Antonio Moreno nos narra su periplo por Nuevo México: comienza en las cavernas de Carlsbad, pasa por la tumba de Billy the Kid y termina en el museo del ovni en Roswell.

Para Emilio y Leonardo.

Primera parada: las cavernas de Platón & Cía.

Es una aventura y un enigma dejar la superficie para adentrarse en los circuitos interiores de la tierra. Arriba quedan otros miedos, la culpa y la felicidad encubierta; debajo deriva una sensación de angustia neumática y de dislocación rampante. Es también un ejercicio equivalente a la dinámica de estar frente al psicoanalista, con el vehemente propósito de querer ayudarte en la identificación y en la no grata tarea de darle sentido a la sombra entrañable dentro de ti. Antes de emprender el descenso junto con mis dos hijos hacia el vientre de las cavernas de Carlsbad, Nuevo México, percibí en ellos que, por su corta edad, alimentaban la curiosidad por explorar un sitio nuevo y yo, mientras tanto, caía redondito en un insondable vacío existencial.

Para llegar, primero hay que sortear una carretera empinada y serpenteante, idónea para rodajes cinematográficos. Luego de alcanzar la cúspide de las montañas Guadalupe, desde el mirador, es inevitable ante los fuertes vientos no padecer la tentación básica, si es que existe aún como mero recurso metafórico, de querer volar sobre ese imponente paisaje desértico, de piedra caliza, sin árboles, pero con una vegetación primigenia de retamas y matorrales serranos. Además de embellecerlo, confirman la obviedad del mar extinto y de que estamos listos para iniciar el descenso hacia el centro de la tierra. 

«Ce qu’il y a de plus profond dans l’homme, c’est la peau»: dice Paul Valéry. Lo que es más profundo en el hombre es la piel resulta un aforismo que nos descoloca gradualmente: puede admitirse como decisivo lo que está a simple vista. Entre tanto, esta perspectiva erradica el esfuerzo racional que insinúa la profundidad como el único método; el término está asociado a la densidad, para descubrir significados de mayor peso que satisfagan nimias o pertinentes necesidades emocionales, de la mano de frases acartonadas donde las haya: ¡qué profundidad! 

Aparentemente, suena complicado desmontar el aforismo de Valéry, pieza de relojería que funciona a la perfección y puede alentar variadas lecturas. Sin embargo, lo que transciende la piel es la imaginación; sin ella, el mundo al que nos adentremos nos desbordaría por asociaciones irracionales, como las mías, y en un momento que no creía decisivo, pero todo indicaba que estaba en un error. Mis hijos parecían comprender mejor que yo el mensaje arcaico de la naturaleza: fortalecer el lado primitivo y ejercitar la imaginación cósmica.  

En un año de encierro, cociéndonos en nuestro propio jugo, doliéndonos por los que se nos fueron y por las heridas que misteriosamente convocamos a menudo, pudimos haber aprendido la gran lección de nuestras vidas. Me temo que no será en esta ocasión, muy a nuestro pesar. La pandemia profundizó nuestro terror: individual y colectivo. No por el miedo a la muerte. Al contrario, el miedo a la falta de importancia en uno mismo y del desinterés por el entorno íntimo que sostenemos con la naturaleza. De modo que empecé a experimentar ataques de pánico y un miedo incontrolable por salir. 

La voz del ranger me sacó de mis cavilaciones. Según las medidas sanitarias, conformaríamos un grupo de 20 para emprender la expedición espeleológica más importante de mi vida; nunca había aspirado descender tanto en las intrincadas concavidades de la tierra, como tampoco le he dado calor al deseo de escalar las montañas más altas; me conformo con caminar, con todo el cuidado posible, cualquier suelo parejo. Si habías recibido dos dosis, podías prescindir de la mascarilla; hablar en voz baja, prohibido tomar fotos con flash y tocar esas caprichosas y alucinantes formaciones rocosas que descerrajan la imaginación. Al margen de las horas infinitas de lectura, tirado como una bestia en el sofá —todo Nicanor Parra, todo López Velarde, todo Rubén Darío, todo Lezama Lima, todo Francisco Hernández—, intuí que no hay poeta, por muy malo que sea, que no sitúe la naturaleza como punto de partida.

Descendemos lo equivalente a cinco pisos. Llegamos a la sala de espera con el ánimo del vasallo ante la ilusoria sensación de querer negociar ante su propia sombra. Se nos dice que la ruta tiene la dimensión de seis estadios de fútbol americano (dos kilómetros, en total); que el suelo es irregular y conviene seguir el sendero indicado; antes, conviene pasar al baño. Me asombra cómo reaccionamos ante lo desconocido. Lo que veo, tras establecer contacto con el paisaje interior, es una inmensa ciudad legendaria donde convergen todos los mundos posibles: templos góticos, la nariz del Dante; la mujer de Lot; la prisión de Segismundo; la cueva de Montesinos; el laboratorio de Merlín; el altar de Tezcatlipoca; el Aleph de Borges; mandrágoras; salas de cine; las vasijas panzudas de Alí Babá; capiteles, un colosal cementerio marino; cámaras artesonadas para almacenar el inmenso tesoro del conde de Montecristo; cariátides nalgonas (Carlos Fuentes dixit); arrecifes, geométricas pozas de agua antediluviana; abismos del horror, uno de ellos lo bautizaron como el Pozo sin fondo; budas, majestuosas sinagogas; un caganer; minicatedrales churriguerescas, tetas, monstruos de la época del padre Homero, la ballena de Jonás, uno de los fundadores de la ficción fantástica; la mansión de Drácula; pagodas y caprichosas columnas vertebrales rotas y reumáticas. Las cavernas de Carlsbad poseen 490 metros de profundidad, han cartografiado 190 kilómetros; tiene 119 cuevas y sólo tres están autorizadas para la visita. 

Si ajusto el concepto de Mary Louise Pratt, para decantarlo sobre la base de las asociaciones alegóricas, es para afirmar que me encuentro en una zona de contacto. Proyecto una sombra y me aferro a ella como si fuera un tronco en río caudaloso. No es cualquier sombra. Para Platón, la sombra, la mía, guarda una correlación entre el hombre y la naturaleza; al mismo tiempo, traza la trayectoria de mi vida —así lo creo— junto con las pocas ideas que me sostienen, y me afanan el sentido metafísico del hombre en el mundo. 

Ante la realidad hostil de la superficie, acepto oblicuamente que tanto el sentido de la vida como la creación del yo forman parte de una labor inconclusa y muchas veces precaria. Aunque lo advirtamos, vale la pena correr el riesgo. Mis hijos no se percatan de que su padre ha empezado a sufrir un ataque de pánico. Lo que menos deseo es arruinarles el paseo. Toman fotos y sonríen cuando describen las formas de las rocas. Pero el deseo de salir cuanto antes es irreprimible. He perdido el fuelle en la respiración y un sudor frío perla mi frente. Después de dos horas, volvemos a alcanzar la superficie. 

Un mundo de apariencias, entre lo real e imaginario, destaca No soy Stiller (1954), admirable novela de Max Frish, cuyo personaje lleva por nombre Jim White, curiosamente, el descubridor de las cavernas de Carlsbad. El protagonista garantiza ante las autoridades suizas que su detención y encarcelamiento ha sido injusto e ilegal. Lo acusan de usurpación de la identidad y falsificación de documentos. Le cuenta al celador que es Jim White, autor de varios crímenes, que ha estado en México como trotamundos, y exalta su vínculo con el desierto. Pero todos le reconocen como Stiller; su esposa le recuerda detalles íntimos del pasado compartido en Suiza. Todo es en vano: nadie le cree. La alegoría de la novela supone la tensión por construirse uno mismo y cómo te perciben los demás. 

Los rayos del sol me pegan de frente y me devuelven a la vida. Nos detenemos en el mirador para sacudirnos un poco, ante una vista espléndida nada despreciable hacia un valle que parece infinito. Algunos versos de Nicanor Parra flotan con firmeza en mi cabeza, me habría gustado repetirlos de memoria, porque me los sé de memoria; y se los llevará el viento, como si fuese parte de un juego infantil:

Todas las tardes imaginarias

sube las escaleras imaginarias

y se asoma al balcón imaginario

a mirar el paisaje imaginario

que consiste en un valle imaginario

circundado de cerros imaginarios

Sombras imaginarias

vienen por el camino imaginario

entonando canciones imaginarias

a la muerte del sol imaginario.

Y como el viento revuelve nuestras cabelleras con mucha intensidad, se me ocurre decirles a mis hijos que el lugar es idóneo para volar papalotes. Pero no traemos papalotes. Con el ritmo cardiaco estable, me acerco y los abrazo. El mundo de las sombras corrobora la soledad orgánica del humano: siempre estamos solos y la compañía no es más que una quimera complementaria que deriva de él mismo. 

“Mis hijos parecían comprender mejor que yo el mensaje arcaico de la naturaleza: fortalecer el lado primitivo y ejercitar la imaginación cósmica.”

Segunda parada: peregrinos visitan la tumba de un bandido en Fort Sumner

Repuestos de la caminata nos zampamos unos sándwiches y bebimos agua como dromedarios. Decidimos que era buena idea, previo a nuestro retorno a Midland, programado para esa tarde, rodear hacia el norte de Nuevo México (ese dejo explícito de utopía colonial me provoca eructos). Nos montamos al auto y conforme descendíamos por la sinuosa carretera, consideré que era el momento para decirles que alcanzaríamos Fort Sumner en dos horas y media para visitar la tumba de Billy the Kid. El plan con maña fue recibido con berrinches, pero me armé de paciencia para gozar de un éxito diferido. 

Las expediciones a cementerios empezaron a causarles incomodidad. Había más que eso. No sólo incumbe la simple visita a los nichos de los escritores —predecible suponerlo— incluso la posibilidad de sostener percepciones (término idóneo) con quienes rompieron las reglas establecidas como simples mecanismos de defensa, sino la de crear una sensibilidad con el otro mundo. No iría, por ejemplo, a la tumba de Victoriano Huerta en El Paso. Si fuese, con mucho gusto, me mearía en ella. Quizá sea parte de un resorte neurótico que me impulsa a visitar los cementerios. En un texto publicado en 2006, intercalo en la narración detalles de la visita a la tumba de Poe. Me ilusioné con escribir relatos sobre tumbas de escritores, pero al poco tiempo Nooteboom publicaría Tumbas de poetas y pensadores (2007), marchitando mis modestos deseos. Es posible observar en los cementerios cómo se tejen diversos y múltiples relatos sobrenaturales una vez que ponemos nuestros pies frente a una tumba. No hay un propósito en sí mismo: la visita de quien acude al camposanto está por encima de las vicisitudes del tiempo. Revela una simplicidad traducida como parte de un acto solidario. La rosa, el cigarrillo, el par de monedas y las piedras sobre la lápida al modo judío, por decir algo, corresponden al mito y a la práctica de un rito totémico fortalecido por fuerzas antropomórficas; que, al mismo tiempo, hacen el trabajo de guardianes, donde el mensaje es claro: la vida es indestructible. Recuerdo que los llevé a la tumba de Jesse James, en Missouri, y a las de los hermanos Dalton, en Kansas, forajidos hechos para el cine, cuando tenían menos de diez años. Hoy la situación es distinta: no le encuentran sentido a visitar la tumba de un criminal y abigeo; peor si es en contra de su voluntad. 

Esta región de Nuevo México, de llanuras interminables que hechizan en un parpadeo, despoblada y con la presencia del desierto que no cede ni un centímetro, corresponde al paisaje más elocuente de la voracidad de la industria extractiva; de un lado, sus bombas chupapetróleos (Pump Jack, les dicen) que a lo lejos parecen pollitos en busca de maíz; del otro, los gigantescos molinos de viento generadores de energía limpia. 

El color local lo aporta la vida agropecuaria y apacible de los granjeros, cuyas extensiones de tierra son descomunales a simple vista; también, de lo que resulte de los menesteres de la gente de los pequeños pueblos, con sus respectivos campos de golf, transitando en poderosas camionetas todoterreno, dedicándose quizás a la cría de caballos, ovejas y vacas, inefables en su ejercicio metafísico, pastando en la pradera. 

No creo que la imagen del vaquero a la vieja usanza, a la Billy the Kid o del hombre Marlboro, esté en peligro de extinción. Sin embargo, como menosprecio de urbe y alabanza de aldea, se han visto superados en número por los viajeros con casas rodantes, abundantes en cada tramo. En una hora contamos más de una docena de RV Parks. Han legitimado una manera alternativa de vivir sin echar raíces. Viajan de un lado a otro con sus casas rodantes y se domicilian cerca de las áreas verdes. Les comparto mi interés por visitar uno de esos campamentos y pasar la noche allí (imagino hieleras repletas de cerveza, el crepitar de la fogata, como en las películas, cantando canciones rancheras) para conocer cómo se las gastan estos nómadas de sombrero, pantalones cortos y botas vaqueras; no revelo mis desconfianzas. 

A menos de cuarenta minutos de arribar a Roswell, me topo con un cielo encapotado, amenazante; empieza a diluviar sin piedad. Mis hijos despiertan sobresaltados y recibo la alarma de tornado en el teléfono móvil. Me orillo en el primer descanso. La tormenta amaina, pero como la alarma concluye hasta las 8 de la noche, decidimos que lo más conveniente es dormir en la ciudad; levantarnos muy temprano, desplazarnos a Fort Sumner; y de vuelta, visitar el museo del ovni. 

A la mañana siguiente, paso más tiempo esperando a que mis hijos se levanten y se prepararen que lo que durará el viaje a la tumba de Billy the Kid.  Entre refunfuños y consignas en contra de un viaje relámpago que —según ellos— no valdrá la pena, nos encaminamos a Fort Sumner, un pueblo de escasa población que desciende veinte por ciento en el invierno y se incrementa en el verano, con la llegada de trabajadores para la pizca de cebolla y chile. Corre a un costado el río Pecos, cuyas aguas fomentan el verdor permanente de Bosque Redondo y sustentan la fertilidad de los innumerables campos agrícolas. 

«Billy the Kid no sólo galopó por estas praderas»: suelto la frase para provocar una reacción en ellos, quienes comienzan a despabilarse conforme nos acercamos a nuestro destino; asimismo, con algunos cambios, es el paisaje de la juventud del pistolero que pasa por la ventana del auto con la misma rapidez que él desenfundaba su par de Colt Peacemaker .45. Ingresamos a la zona cero: la Main Street luce sombría y el museo permanece cerrado en domingo. Señalo un conjunto de casas a punto de venirse abajo. Para imprimirle veracidad y enjundia a mi estrategia, añado que Billy, justó allá, asesinó en defensa propia a Frank “Windy” Cahill. «Desvíate»: exclaman con el entusiasmo esperado. Lo hago en una calle de tierra sorteando los restos de un árbol a medio talar y me detengo frente a una vieja casa de madera de un piso. Tenía 15 años y se enfrentó sin temor a un matón corpulento que lo amenazaba constantemente, pegándole un tiro en la frente.

Recurrí a la estrategia que distorsionó la vida del vaquero, inflamada en su mayoría por directores de cine, novelistas e historiadores con una imaginación sin límites; paradójicamente, la misma que le cegó la vida. Se han rodado casi 50 filmes, publicado cientos de novelas, e incluso se creó una línea de ropa para niños con su nombre; a un embustero nonagenario, Brushy Bill Roberts, se le ocurrió revelar, poco antes de morir, que él era el verdadero Billy the Kid. Por eso, en Hico, Texas, se levantó otro museo que compite con éste. 

Si nos ciñéramos a un discurso exfoliante que tratara de limpiar su leyenda de todo ese sedimento fake con que se ha alimentado durante más de un siglo, Billy the Kid fue un joven precoz que se hizo hombre siendo un adolescente, a partir del enfrentamiento sostenido con el bravucón de Cahill, cegándole la vida en defensa propia, pero no donde les señalé a mis hijos. Se mudó a Lincoln para trabajar en una quesería. Después de la Guerra civil (1865), pasaron décadas para que EUA fortaleciera su economía, prevalecía el desempleo, los asaltos a bancos, trenes, diligencias y especialmente el robo de ganado. Fue peón de rancho y, dado que era buen jinete y diestro con las armas, trabajó para el inglés John Tunstall, joven empresario que ambicionaba controlar económicamente la región. Con el asesinato de Tunstall, ordenado por rancheros poderosos, inició la Guerra del Condado de Lincoln, catapultando a Billy the Kid a la fama eterna, en buena parte, por las distorsiones de los gacetilleros locales. 

Retornamos a la calle principal, al costado derecho observamos que el museo exhibe un espectacular con la imagen deformada de Billy the Kid, como señuelo para conductores con rumbo a Vaughn o Albuquerque. Aunque los escritores y directores de cine lo retratan con atractivos físicos por encima de la media (ojos azules, rubio y una sonrisa genuina que seducía a las mujeres), la única foto suya no lo reivindica en absoluto: no era fotogénico, un rostro ordinario, con dientes de conejo, los ojos ligeramente separados y un incipiente prognatismo mandibular. Pero es el Rimbaud de los pistoleros, con rostro angelical y ojos azules inmortalizado en un retrato al daguerrotipo que alcanzó en una subasta más de dos millones de dólares en 2011. 

Giramos a la derecha y tomamos el sendero Billy the Kid Road, rodeado de monte, cabañas con establos y caballerizas a los lados. Finalmente, llegamos al Old Fort Sumner Cemetery and Chamber of Commerce, con un museo que exhibe documentos implicando a Pat Garrett (su asesino) y Billy the Kid. No hay ni un alma. Imaginaba peregrinaciones, muy a lo gringo, con alquiler de caballos y campos de tiro a un costado. Por supuesto, con un minicine proyectando ininterrumpidamente fragmentos de todos los filmes, empezando por el mejor: Young Guns (1988) de Christopher Cain. Contamos 14 tumbas. Los restos del pistolero descansan en una suerte de jardín desencantado, junto a sus amigos Tom O’Folliard y Charlie Bowdre. El 14 de julio de 2021 cumplirá 140 años de reposo. El 15 de abril fue declarado culpable de asesinato en primer grado en contra de un alguacil y dos de sus ayudantes, y condenado a morir por ahorcamiento el 13 de mayo de 1881.

Me gusta su lado filo-mexicano: hablaba español y tuvo amigos originarios de Chihuahua. Enseguida, colocamos monedas en ofrenda y guardamos silencio. Observo de reojo que mis hijos, con rostros compungidos, se han tomado el ritual muy en serio. Como debe ser. Hay una parte de la existencia de Billy que puede explicarse desde perspectivas kafkianas: primero, determinados hechos cruciales de su vida fueron tergiversados e inventados por la prensa y la literatura oral; segundo, fue víctima de una poderosa persecución política y judicial fomentada por el gobernador de Nuevo México: acusado de crímenes que no cometió en la disputa de Lincoln, salvo las muertes achacadas, pero en defensa propia. El gobernador se dejó llevar por la prensa y los dichos de los testigos. Si Billy the Kid aceptaba un falso arresto para declarar ante un juez sobre los hechos ocurridos en el condado, prometía dejarlo en libertad. Intercambiaron cartas. Las suyas, muy bien elaboradas, revelan que fue objeto de una traición; tercero, su asesino, Pat Garrett, escribe un libro a cuatro manos sobre los sucesos y maniobras que, como agente federal, lo llevaron a la captura y muerte del codiciado prófugo; realmente, fue una emboscada y no tuvo la oportunidad de defenderse. Pat Garrett recorre el país para impartir lecturas dramatizadas, pero se topa con rechiflas y tomatazos de un público colérico. En mayo del año de su muerte, Billy the Kid, desesperado por salvar el pellejo, tras la traición del gobernador, quien le había prometido el indulto, escribe una carta al abogado Edgar Caypless. Para pagar sus servicios, le recomienda que venda su yegua en una subasta y se disculpa por los errores ortográficos en la carta, debido a las esposas puestas. A los pocos días escaparía de prisión y se refugiaría en Fort Sumner.

Las tres tumbas están enjauladas para evitar saqueos. Además, la lápida de Billy está sujeta con barras de hierro. Desapareció en 1951 y fue recuperada por Joe Bowlin en 1976, en Gransbury, Texas. De nuevo, en 1981, fue substraída y localizada a los cuatro días en Huntington Beach, California. La imagen y los hechos emblemáticos de su vida nunca le pertenecieron. Nos legó una manera de vestir, unos gestos y una astucia. Sobre todo, algunas cualidades primitivas para comprender y ejercer la amistad; la cultivada entre delincuentes, quiero suponer, no tiene precio; sobresalen en él su fuerza, destrezas y una energía que aún se mantiene viva.

“El mundo de las sombras corrobora la soledad orgánica del humano: siempre estamos solos y la compañía no es más que una quimera complementaria que deriva de él mismo.”

Tercera parada: el príncipe de los mayas de Palenque que fue astronauta

Incluso el experto más destacado en ciencia ficción estaría movido a decir que pasar por Roswell, Nuevo México, es parte del discipulado, con el propósito de revalorar la poética del género; es decir, un árbol frondoso por cuyas sombras se tejen hipótesis ominosas sobre política, identidad, nociones de frontera, distopías y teorías conspirativas que podrían mover al escándalo. Cuando te percatas de que a pocas cuadras de The International UFO Museum And Research Center hay un imponente y prestigioso instituto militar, empiezas a atar cabos. Más si el museo exhibe el diorama y la película de la autopsia “oficial” de los cuerpos extraterrestres., después del “accidente” de 1947, mismo año que inició la Guerra Fría. 

El emblema de Roswell es un platillo volador y algunos extraterrestres domesticados. El recurso mercadotécnico ha sido muy eficaz; todos los negocios locales asocian su marca con esas imágenes: hoteles, restaurantes, cafés, tiendas y el edificio sede de la alcaldía, una frustrada fantasía encubierta como si se tratara de gestionar inconscientemente un futuro. Este planeta parece que ya no da para más, nos estamos volviendo incapaces de revertir su deterioro. Si no cambiamos los hábitos perniciosos heredados de la modernidad tecnológica, sufrirá una crisis irreversible y sucumbiremos como moscas. 

Mientras busco un lugar donde aparcarme, para articular un pensamiento propongo a mis hijos que observen la nave y el extraterrestre con el ánimo de preparar un elogio o una crítica, quien para empezar viene de otro mundo y es un ser superior a nosotros en todo; y para joderla, sabe leer la mente. Posteriormente, les pregunto si ese ser grisáceo dibujado en una de las paredes del aparcamiento, incapaz de reírse, es más real que las imágenes que pudimos formarnos, disponiendo de toda la libertad imaginativa posible, con las milenarias figuras de piedra caliza en las cavernas de Carlsbad; o si ese ser semejante al personaje popularizado por Steven Spielberg (E.T.) que despertó nuestras simpatías, es más creíble que Billy the Kid.

Estamos quizá en el epicentro de un malentendido. Todo lo refuerza el contexto, el antecedente, la disputa geopolítica, aunado a una infinidad de correlatos que dan cuenta de la existencia de seres habitantes de otra galaxia que visitan la tierra muy a menudo, en lugares demasiado exclusivos.  

El Estado, como personaje y agencia, es el principal generador de la ficción jurídica; nos toca a nosotros, con nuestras versiones asilvestradas, otorgarle diversos tipos de trama. Con sus respectivas diferencias, las construcciones identitarias han sido muy exitosas; considero que han manipulado nuestras interpretaciones, por muy primarias que sean. También confunde la metáfora, digámosle así. Hasta el grado de no persuadirnos. Lo que miramos aquí, curiosamente, es una identidad política que nos hace espejo de alguna manera. 

Es un museo pequeño y cuento seis pabellones. Cada uno narra un episodio específico de la ficción jurídica, que —la verdad— resulta predecible. La gente toma fotos, cuchichea cuando reproducen el “accidente”, el objeto volador no identificado que se estrella en los terrenos de un ranchero acaudalado, y tres seres de otro planeta, enmudecidos, observan con esos ojos de venado lampareado al maravillado y confuso público.  

La palabra inglesa alien significa extranjero y dado que estamos ante la activación de los mecanismos de representación de la ficción jurídica, el Estado contempla cinco categorías para clasificar el término: extranjero residente, extranjero no residente, extranjero enemigo, refugiado y extranjero ilegal. 

Drácula, el Chupacabras y este ser achaparrado, desnalgado y con ojos desmesurados, pero de cuerpo esbelto, tienen algo en común, además de las consabidas minusvalías de unos y otros: el estereotipo surgido del choque de culturas, de la guerra y del horror innominado hacia el otro, al que es diferente, al que viene de otra parte.

Por su vestimenta, los administradores del museo aparentan ser serios y profesionales. Tengo la impresión de que son voluntariosos y fanáticos. Les falta la sonrisa, caminan con rigidez robótica. Disponen de un pabellón exclusivo para exhibir el cuerpo plastificado de un alienígena recostado sobre una cama de hospital y uno de los administradores se pone una bata blanca e ingresa a cada rato para maquillarlo. A continuación, en el antepenúltimo pabellón, resaltan imágenes de las ruinas de Palenque, Chiapas, algunas réplicas de jeroglíficos y de la lápida del príncipe Pakal, donde aparece pilotando una nave espacial hace más de mil años. Un video de History Channel redondea el propósito del pabellón: antropólogos y expertos del fenómeno ovni valoran e interpretan con más entusiasmo que verosimilitud las imágenes de la lápida del príncipe astronauta. En menos de media hora terminamos el recorrido. Estoy seguro de que nos hemos perdido de ciertos detalles, mas no del propósito en abstracto de la trama de la ficción jurídica, que no es ni buena ni mala: corresponde a una narración inevitablemente contradictoria y dudosa. EP

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