Amparo Dávila: una escritora desde la oscuridad

La obra de Amparo Dávila es, en palabras de Alberto Chimal, “fascinante tanto por esa rareza, por ese carácter improbable, como por su profundidad y su hermosura.”

Texto de 16/10/20

La obra de Amparo Dávila es, en palabras de Alberto Chimal, “fascinante tanto por esa rareza, por ese carácter improbable, como por su profundidad y su hermosura.”

En México, en 2020 —el año en el que escribo estas palabras—, Amparo Dávila es una escritora que apenas necesita presentación entre nuestra población lectora. Es una celebridad, sobre todo, entre las mujeres, y más todavía entre las jóvenes, porque también es un icono: fallecida hace pocos meses, a la edad de 92 años, murió sabedora de que su nombre era más reconocido que nunca, luego de décadas de olvido y desdén por parte de la cultura literaria del país. Su biografía es uno entre varios emblemas de la lucha de las mujeres mexicanas por vencer prejuicios y discriminación que se han mantenido por siglos.

Sin embargo —y contra la idea que se tiene de la literatura mexicana en el resto del mundo—, Dávila no fue una escritora que diera un sitio central en su obra al activismo o la denuncia. No redactó grandes y densas novelas de tema social, ni mucho menos nonfiction o autofiction. Por el contrario, fue poeta y cuentista, y como narradora se dedicó exclusivamente a un tipo muy particular de historias: una forma peculiar de la narrativa de lo insólito, o lo fantástico, que ha puesto en problemas a generaciones de críticos. El Premio Nacional de Cuento que otorga el Instituto Nacional de Bellas Artes lleva su nombre desde 2018, y este es un homenaje que confirma su posición de privilegio; sin embargo, sus textos no son, de ninguna manera, “representativos” de lo hasta hoy que se espera de alguien que escriba y publique entre nosotros. Su obra es fascinante tanto por esa rareza, por ese carácter improbable, como por su profundidad y su hermosura.

Nacida en 1928 en el pueblo de Pinos, Zacatecas, Dávila descubrió la lectura —según contó en varias ocasiones— en la biblioteca de su padre. De cuatro hermanos, sólo ella sobrevivió a la infancia. Estos contactos tempranos con el lenguaje y con la muerte parecerían colocarla en la tradición de Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga y muchos otros autores, en los que el horror y la oscuridad de la propia vida se traspasan a los textos, y en efecto, Dávila está allí. Pero su carrera debió enfrentar un obstáculo adicional: fue intermitente, con largos periodos de silencio, porque la marcaron las desigualdades que hoy combaten sus admiradoras más aguerridas.

“Entre otras cosas, lo que atrae de la obra de Amparo Dávila es justamente esa fama de secreto, de difícil acceso. Pero quien se adentra en ella también descubre por qué es realmente singular.”

Aunque su situación familiar y su origen en una región conservadora del país parecían destinarla a una vida hogareña, Dávila buscó desde muy pronto escribir y publicar. En su primera juventud se mudó a la Ciudad de México: durante casi todo el siglo XX, aquella era casi la única alternativa para los aspirantes a escritor, y una aún más difícil para las mujeres, pero Dávila consiguió abrirse paso. Allí publicó —aunque con grandes lapsos de espera entre ellos— sus tres libros centrales: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977). 

Luego de que Árboles petrificados obtuviera el Premio Xavier Villaurrutia, uno de los más importantes reconocimientos literarios del país…, Dávila nunca volvió a publicar un libro nuevo, y se dedicó principalmente a la familia que había formado con el artista Pedro Coronel. Por años su obra se convirtió en una especie de fantasma, que iba de un lado a otro en libros prestados, en fotocopias de fotocopias, en recomendaciones animosas de un puñado de fieles. Su recuperación y consagración final fueron muy lentas: abarcan el cuarto de siglo que va de Muerte en el bosque (1985), la antología de sus cuentos que la presentó a una nueva generación, hasta la primera edición de sus Cuentos reunidos (2009), que la volvió parte definitiva del canon nacional.

Entre otras cosas, lo que atrae de la obra de Amparo Dávila es justamente esa fama de secreto, de difícil acceso. Pero quien se adentra en ella también descubre por qué es realmente singular.

Aunque en México hay una tradición (no siempre reconocida) de imaginación fantástica, y en especial del relato de lo siniestro —Das Unheimliche, según el concepto de Sigmund Freud, que se encuentra también en autores tan célebres como Julio Cortázar, Elena Garro o el mismo Gabriel García Márquez—, Dávila fue la primera en escribir cuentos “extraños” tomando como punto de apoyo justamente la experiencia de las mujeres mexicanas enfrentadas a su entorno social. Nadie había intentado entre nosotros su combinación tan particular y precisa del ambiente cotidiano, doméstico, agobiante en el que ella misma vivió, y de lo oscuro: la conciencia de algo indescifrable, una o muchas posibilidades de existencia más allá de lo habitual e incluso de lo humano. En sus cuentos, el misterio jamás se explica ni se mitologiza, sino que permanece informe, y por tanto se vuelve una fuente inextinguible de desasosiego, de inquietud. Quienes la leen jamás sabrán exactamente qué son esas amenazas que sus protagonistas, casi siempre mujeres, deben enfrentar. Cómo llega la locura, por qué se da la invasión de criaturas misteriosas, cuándo comenzó la disolución de la misma realidad, son preguntas que nadie puede responder. Y en los mundos de Dávila, lo más que se puede hacer es mantener a raya el peligro: sus personajes están muy lejos de la imposición, la guerra, la conquista, de este lado del espejo y también del otro. Y sin embargo, persisten.

Como algunas otras celebridades literarias de México, Amparo Dávila prefería dar a sus cuentos fantásticos algún otro calificativo, para protegerlos de otro prejuicio: el que la cultura de mi país tiene, incluso hoy, contra la imaginación fantástica como recurso estético y posibilidad de reflexión. Ella eligió el adjetivo vivencial, con el cual subrayaba la parte más personal de sus influencias. Hasta hoy, más de un crítico se cree literalmente esa maniobra evasiva, y se hace nudo intentando reducir cuentos como “El huésped”, “Tiempo destrozado” o “La señorita Julia” a ejemplos del “relato testimonial” o la “literatura femenina” (categoría de por sí sexista, evidentemente). Pero Amparo Dávila sobrepasa todas esas lecturas. La oscuridad —en la casa, en la ciudad, en el universo— se vuelve su aliada, y ambas nos llaman, una y otra vez, para volver a contarnos sus historias y sus enigmas. EP

México, agosto de 2020

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