Becarios de la Fundación para las Letras Mexicanas: Alguien hunde mi cabeza, de David Anuar

Mariana del Vergel reseña el premiado poemario de David Anual, Alguien hunde mi cabeza.

Texto de 21/03/22

Mariana del Vergel reseña el premiado poemario de David Anual, Alguien hunde mi cabeza.

En notas y recetas, los doctores prescriben los métodos y sustancias más impronunciables contra el suicido, no entienden que no querer estar enfermo no implica querer estar sano. Los doctores no atienden a las enfermedades, las eliminan. Por su parte, los escritores tampoco atienden a las enfermedades, pero las entienden en su intento de atenderlas: ese decir su forma silenciosa y cruel. Qué hermoso es no saber que uno se está muriendo, pero también qué hermoso es saber que uno se puede —porque existe la potencia, por mínima que sea— que uno puede hablar con la muerte a través del dolor y la esperanza. Pero entonces, habría que sabernos comunicar con el dolor y la esperanza; traducir con palabras justas cada una de sus manifestaciones. En Alguien hunde mi cabeza —poemario ganador del 38 Premio Nacional de Literatura Joven, Salvador Gallardo Dávalos— David Anuar (Cancún, 1989) enuncia su propio intento de atender el dolor humano derivado de las enfermedades.

“Todas las formas: el dolor. La enfermedad en todas las formas poliédricas sin descanso”. 

Desde mi primera lectura de este poemario, hizo resonancia el “perfil poliédrico sobre la enfermedad” que dibujó el escritor Armando Salgado sobre el libro, en la cuarta de forros. Guiada por lo que implica un poliedro cualquiera, pienso en términos de contenido; en la potencia que tiene el ser un cuerpo contenedor. ¿Qué forma gráfica tiene el dolor? ¿Es esférica como las gotas del sudor o del llanto? ¿Es un triángulo o un cilindro lleno de jeringas?; ¿o tiene la forma del tubo donde se encuentra el líquido para inyectar (más o menos doloroso, según los mililitros y el principio activo de la solución inyectable)?; ¿o no será que se alza en forma vertical como el temblor de una veladora al baile de los rezos? ¿Y la enfermedad? ¿Tiene forma estrellada o prismática, aplanada o elíptica?; ¿estrellada aplanada o prismática elíptica?; o mejor aún, ¿no será estrellada elíptica globosa, o prismoaplanada redonda? Todas las formas: el dolor. La enfermedad en todas las formas poliédricas sin descanso. 

A lo largo de los cinco apartados en los que se divide el libro: «Medicina familiar», «Oncología del caos», «Cotidiano cero», «Fagias» y «El demonio de Horton», David Anuar nos recuerda que el dolor en la enfermedad (con sus espacios circunscritos) no tiene permiso para ser pensado en singular. Y que si lo pensamos así, en una enumeración de formas (justamente sobre formas de padecimientos, consultorios, afecciones corporales, valoraciones médicas, listones negros o actas de defunciones), estamos enunciando mal nuestro diagnóstico: somos “un torpe bisturí que muerde [nuestra] lengua”, como expresa un pasaje de «Oncología del caos». Este espacio poliédrico (infinitio, pues) nos hace preguntarnos, desde los dolores personales que hemos vivido, las experiencias y las circunstancias, si la enfermedad es un caudal; y más aún, si gestar la escritura sobre la enfermedad es un caudal sin forma: “escribir. escribir. escribir. es un acto redondo: un acto de agua. / involuntario se esparce / se gesta en espiral bajo la lengua”, dice Anaïs Abreu d’Argence en su poema “agua”.

“Con el libro de David Anuar nos detenemos a cuestionar cuánto de la enfermedad podemos asir no sólo en la página, sino en la plena enunciación”

Con el libro de David Anuar nos detenemos a cuestionar cuánto de la enfermedad podemos asir no sólo en la página, sino en la plena enunciación. Una y otra vez se desbaratan las formas: “lo siempre oscuro que repta por lechos invisibles / al abrir lo insoportable de los grifos / y desanudar esa costumbre del agua / diferente de sí misma”, dice otro pasaje del joven poeta en el apartado «Cotidiano cero», en donde la palabra se centra en torno a ese punto de inicio (¿o final?) al que muchas veces nos sitia la enfermedad agravada. 

Me detengo en una de las caras de la estructura poliédrica en el poemario y recuerdo a Lydia Davis, no solo aceptando sin remiendo o resignación, sino asumiendo y preguntándose por el reino inmenso del dolor y un poco de su traslación en la escritura: “¿Nos conmoverían los silencios como las notas y las palabras, o por igual?”. En los silencios, también el dolor está vivo, dice Davis. Y justamente la composición de Alguien hunde mi cabeza nos invita a plantearnos: ¿no será que para enunciar el dolor tengamos que detenernos por partes: en los fragmentos comparables a expresiones incoherentes, fugaces, emergentes, sentenciosas del dolor expresado, para comprender lo difícil de decir? Así la voz lírica que evoca —desordenada y endeble, consciente de sus límites— la enfermedad de su ser querido, que muy posiblemente ha muerto: 

Graciela
este clamor 
carne y casa
desorden 
solo puede ser
escritura mascullada

Cómo decir que me duele aquí si no sé dónde es aquí, ni sé nombrar mi cuerpo ni mi parentesco o mis diferencias con los otros cuerpos, puede ser otra de las preguntas —arenosa columna vertebral— que enriquece y sostiene a este libro. Fuera de una visión maniquea, su tono es oscilante entre el dolor y la esperanza y la curiosidad lúdica: por un lado, se enfila en la paradoja de la enfermedad como la paradoja de la salud, que es —para llevarlo más a fondo— la paradoja de la vida y de la muerte. Así, en el poemario, el epígrafe de Sergio Loo: “¿Pero estar enfermo no es la reiteración de estar / vivo, doblemente vivo?” toma resonancia con un cuestionamiento que en algún momento se hizo el chileno Gonzalo Rojas: “¿Qué se ama cuando se ama: la luz terrible de la vida o la luz de la muerte?” Por otro lado, el libro permite también una exploración lúdica: en él nos acercamos al botiquín de primeros auxilios en el baño y sacamos —como niñes vertiginoses— un bote de jarabe, una punta de bisturí, unas tijeras filosas. David Anuar nos invita a jugar a tener una identidad a partir de nuestro hacer con las afecciones; jugamos a partir de nuestras relaciones con las dolencias. 

“David Anuar nos invita a jugar a tener una identidad a partir de nuestro hacer con las afecciones; jugamos a partir de nuestras relaciones con las dolencias”.

Del poliedro se puede tomar cualquiera de sus caras: dentadura equina, poliplopía, cefaleas severas, cojera, cáncer, mioclonía, fagias de diferentes tipos (hambre voraz de pasto, hielo, cabello, velcro, caca). Estos son diagnósticos con los que la voz lírica memora a todos sus enfermos y nos invita en ese gesto a recordar a los nuestros y ser con la enfermedad; a hundir nuestra cabeza como Nabucodonosor con un gesto de varias caras: a veces en forma de refugio (para depositar los recuerdos valiosos o buscar el alimento en ellos); y en otras, estallando en lo asfixiante, por lo terrible que puede llegar a decirse:

no he podido caminar
con la cabeza erguida
por los siglos
de los siglos
de los días
en esta primaria
donde afilan un lápiz
con mi dentadura equina

Como todas las cosas que están adheridas a nosotros (por los siglos de los siglos), el libro nos hace reconocer la herencia del dolor con sus facetas en movimiento: iniciados desde niñes, rotamos todo el tiempo en los senderos de la enfermedad, donde el sistema de salud, los comportamientos en la alimentación, la inutilidad de los esfuerzos, las reservas de lo imposible, un demonio como un padecimiento, las razones escarbadas día con día durante los duelos, son caras que cambian sin fin como una mano oculta que nos sumerge y que no haya objeto que valga su constancia. EP

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