Advertencia para mensajeros

Un cuento.

Texto de 16/10/19

Un cuento.


Al amanecer del segundo día de misión la tormenta se ha disipado. Escucho el golpeteo rítmico del metal contra la roca y el trasiego de una construcción. Pienso que encontraré gente y me visto con velocidad para salir a su encuentro. No es así. No hay rastros de pisadas en los alrededores del cobertizo, aunque el lodo está fresco. Tampoco hay pájaros cantando, ni chasquidos que delaten a algún animal escondido entre las ramas, huyendo de mi presencia. Hallo, medio cubierto por la hierba, un montículo de astillas de roca y a su lado martillos, picos y cinceles. 

Examino el muro a la luz del sol. Estimo que se alza más de ocho varas, aunque no veo desde el suelo su borde superior, oculto por la maleza. De su longitud aún no puedo hacerme una idea precisa. Está construido con rocas grandes, ensambladas con precisión. Ninguna sobresale por encima de las otras y en el resquicio que queda entre ellas ningún pie humano puede encontrar apoyo. Incluso el musgo encuentra dificultades para crecer en esa superficie. 

Trepo para alcanzar las ramas más bajas de un roble y subir hasta donde aún son lo bastante gruesas para soportarme. A esa altura veo el borde del muro. Detrás sobresalen las copas de los árboles que crecen al otro lado. No veo torres, estandartes ni almenas. Confirmo lo que sospechaba: el muro se interpone en mi camino y debo franquearlo si quiero continuar rumbo al Oeste. El bosque se extiende en todas direcciones y el muro lo atraviesa por la mitad. 

La muralla que rodea mi ciudad recorre diez leguas por encima del río y de la montaña y no pierde nunca su serena regularidad. La línea de defensa que el abuelo de nuestro actual soberano construyó para defendernos de los ataques del Sur es también muestra del gran talento de nuestros ingenieros. Nuestra patria no carece de grandes fortificaciones. Este muro las hace empequeñecer. 

Camino toda la mañana en dirección al Suroeste, con el muro siempre a mi lado izquierdo. Cuando el sol cruza el meridiano, las últimas nubes se han retirado y el aire del bosque es cálido y denso. Me detengo a comer. Me pregunto si cometí un error al caminar en esta dirección. Tal vez en la contraria, caminando hacia mi derecha en el punto donde me crucé con él, el muro tenga un final visible. 

Durante años recorrí largas distancias bajo el mando del capitán. Me entrenó como mensajero y sus palabras siempre me han servido de guía. Por él sé que si llego a sentirme extraviado es desaconsejable volver sobre mis pasos, porque al tiempo perdido se suma el que se pierde al tratar de recobrarlo. 

El sol del segundo día ha iniciado su descenso. Como sentado bajo un árbol y sigo caminando. Las piernas de un mensajero deben ser fuertes como las de un caballo, capaces de soportar jornadas en que el alimento y el descanso son pocos. Al mismo tiempo, deben ser ligeras como las de un zorro; posarse en la tierra sin hendirla, apenas el tiempo que toma impulsar el paso siguiente. Pocos poseemos esa rara combinación de fuerza y liviandad. No puedo descansar. Es esencial que avance con rapidez.

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Salí del cuartel con el mensaje secreto que debía entregar en la ciudad del Oeste antes de que transcurrieran tres días. El capitán me lo encomendó porque conozco el bosque y sé evitar los caminos vigilados. 

Cuando partí aún era de noche. La luna iluminaba apenas las señales que delatan los senderos para el ojo entrenado: una roca, un árbol seco, el cauce de un arroyo que corre entre los pastizales. Por la mañana el cielo se cubrió de nubes grises. Me interné en el bosque hacia el mediodía, al tiempo que empezó a llover. Pesadas cortinas de agua velaban el paisaje. Avancé por los senderos que conocía. Al atardecer el suelo se había reblandecido y mis pisadas se hundían en el fango. Quise buscar refugio y esperar a que escampara. 

Fue entonces que surgió frente a mí el muro. Apareció como si hubiera tomado forma ante mis ojos en medio de la tormenta. Se extendía a mi izquierda y también a mi derecha. Caminé primero hacia la diestra buscando una puerta, una esquina, un límite. Lograba entrever, entre los jirones de tormenta, que el muro se adentraba en el bosque hasta donde alcanzaba la mirada. Su presencia era inesperada: ni mi propio conocimiento ni los detallados mapas que nos orientan dan cuenta de fortalezas o heredades en esta región que, sabemos, está deshabitada desde tiempos lejanos. 

Di media vuelta y caminé en la dirección contraria. Desde la senda angosta que avanzaba paralela al muro vi, al cabo de una hora de marcha, un cobertizo que se erigía a sus pies. Creí que sus moradores podrían darme alguna información útil, pero lo encontré vacío. Era en verdad una habitación reducida, en la que cabían con esfuerzos un camastro desvencijado y una breve mesa al lado de una estufa de hierro. Decidí pasar la noche ahí. Encendí fuego, puse mi ropa a secar, saqué pan y salchichón que comí despacio, cortando rebanadas con el cuchillo que llevo siempre a la cintura. Con los debidos cuidados, un buen mensajero no tendrá necesidad de poseer más que uno solo en su vida. Lo limpié y afilé mientras recorría con la vista el piso y las paredes en busca de cualquier vestigio de los moradores. No lo encontré. En una de las vigas que sostenían el techo, grabé mis iniciales con el acero recién afilado. Después me acosté en el camastro, el cuchillo en una mano y la otra abrazando el fardo en donde cargaba el mensaje.

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La tarde pasa y llega el anochecer. La luz de la luna proyecta la densa trama de los árboles sobre el suelo del bosque. Camino dando las grandes zancadas por las que soy conocido. Vigilo dónde pongo un pie y dónde pondré el otro. De pronto el muro se oculta entre las sombras y, pensando que he alcanzado su extremo, atravieso un instante de alegría que dura hasta que vuelvo a ver su cara gris. El engaño se repite en varias ocasiones, minando mi buen ánimo. Aunque sigo optimista, me invade el temor creciente de que mi misión peligre. 

Hacia la medianoche resbalo. La correa de la que cuelga el fardo se rompe y éste cae. Recuerdo al capitán: la mayor responsabilidad, la única, de un mensajero, es no perder el mensaje que porta. Me arrastro por el piso buscándolo con las manos ciegas, hasta sentir la gruesa piel y el grabado con el escudo de nuestra ciudad. La sostengo con fuerza mientras recupero la calma. Junto ramas y enciendo fuego. Quiero descansar, recobrar fuerzas. En pocas horas amanecerá el tercer día. Miro mi alforja de mensajero y recuerdo las graves palabras del capitán al encomendarme esta misión. Algunos mensajes pueden cambiar el curso de la guerra. Tal vez transportes uno de ellos. 

Las llamas proyectan sombras sobre la superficie del muro. Las ramas de los árboles parecen mil brazos. Unos cargan rocas con gran esfuerzo. Otros las desbastan y las pulen con movimientos acompasados. Otros más, con manos diestras, las colocan una encima de la otra. Esto se repite a lo largo de muchas leguas. La visión se esfuma. El fuego arroja sombras agitadas que engañan la vista: ahora el muro se mece suavemente, como si estuviera hecho de la misma materia que los árboles y pudiera echar raíces por debajo de la tierra, alimentándose de los sustratos y creciendo despacio.

En este bosque no hay animales. No hay, por lo tanto, nada que cazar. 

Me levanto antes del amanecer. Camino hasta el mediodía. Trepo un árbol. El paisaje no es distinto del que divisé ayer. El muro discurre en su sólida monotonía. Pero de modo discreto ha ido girando y ahora me lleva en dirección al Este. ¿Qué haría el capitán? Si sigo en esa dirección, no debería pasar mucho tiempo antes de encontrar moradas amigables que me orienten. 

Durante esa noche en que la ciudad del Oeste espera la llegada de la información que yo transporto, camino, casi flotando, sin llegar a ninguna parte. 

Soy un explorador bien entrenado y sé orientarme. Una de mis primeras lecciones fue aprender a no andar en círculos. Sin embargo, parecería que estoy haciéndolo. 

A pesar de mis esfuerzos por racionarlas, mis provisiones se agotan seis noches más tarde. Luego avanzo con hambre, cansado y abatido, durante un tiempo que parece largo. Hasta que, por la tarde, veo un cobertizo que se alza a los pies del muro. Entro para constatar algo que ya sé. 

Me quedo de pie a la puerta del cobertizo, indiferente a lo que de nueva cuenta empieza a ocurrir a mi alrededor: el metal que golpea la roca, los látigos que resuenan sobre las cabezas de los peones que cargan pesadas rocas, los artesanos que, con manos diestras, aún levantan el muro sólido, impenetrable, siempre al acecho, que se desliza como una serpiente entre los árboles y ha terminado por rodearme. 

El sol clava mi sombra en la superficie fría del muro. Si levanto un brazo, puede alcanzar el borde superior. Me dejo caer en el suelo. Saco del fardo el cilindro que contiene el mensaje: una sola hoja. El sello con el que está lacrada no es el de los altos mandos militares, sino el de la capitanía de mensajeros; la desenrollo con cuidado. 

Leo el relato, en tono admonitorio, de la desaparición de uno de los más rápidos y astutos integrantes de nuestro agrupamiento, quien se dirigía al Oeste para cumplir una misión rutinaria. Una expedición de rescate fue en su búsqueda, pero no encontró rastros de él. Una partida posterior dijo haber encontrado una cabaña ruinosa, en cuyo interior, sobre una viga de madera, alguien había grabado las iniciales del mensajero perdido. Ese hallazgo evidenciaba que había estado ahí, pero no permitía conocer su paradero. Se enviaba este mensaje para pedir ayuda a la ciudad del Oeste en la búsqueda de aquel hombre. Firmaba el capitán. 

Cae entonces sobre mí el peso de la responsabilidad no cumplida. He defraudado al capitán y a mis camaradas. Tal y como lo aprendí en mi entrenamiento, le prendo fuego a la hoja y me aseguro de que se consuma por completo. Veo sus cenizas y me siento triste al saber que esa llamada de auxilio no será leída por nadie. 

Cierro los ojos y escucho. Canta un ave. EP

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