Adelantos: Mujercitas

En Adelantos les traemos fragmentos de novedades editoriales. Desde su publicación en 1868-1869, Mujercitas, posiblemente el clásico juvenil más entrañable de la literatura norteamericana, ha ido pasando de madres a hijas durante generaciones. Ha sido traducido a más de cincuenta idiomas e inspirado seis películas, cuatro producciones televisivas, un musical de Broadway, una ópera y una serie web. Simone de Beauvoir dijo de esta obra: «Hay un libro en el que creí ver reflejado mi futuro: Mujercitas, de Louisa May Alcott…Yo quería a toda costa ser Jo, la intelectual. Compartía con ella el rechazo a las tareas domésticas y el amor por los libros. Jo escribía, y para imitarla empecé mis primeros cuentos cortos.»

Texto de 24/01/20

En Adelantos les traemos fragmentos de novedades editoriales. Desde su publicación en 1868-1869, Mujercitas, posiblemente el clásico juvenil más entrañable de la literatura norteamericana, ha ido pasando de madres a hijas durante generaciones. Ha sido traducido a más de cincuenta idiomas e inspirado seis películas, cuatro producciones televisivas, un musical de Broadway, una ópera y una serie web. Simone de Beauvoir dijo de esta obra: «Hay un libro en el que creí ver reflejado mi futuro: Mujercitas, de Louisa May Alcott…Yo quería a toda costa ser Jo, la intelectual. Compartía con ella el rechazo a las tareas domésticas y el amor por los libros. Jo escribía, y para imitarla empecé mis primeros cuentos cortos.»

Capítulo XIII.Castillos en el aire

Laurie estaba tumbado a cuerpo de rey en su hamaca una cálida tarde de septiembre, meciéndose de un lado a otro y preguntándose qué estarían haciendo sus vecinas, pero demasiado perezoso como para acercarse a averiguarlo. Se encontraba de mal humor, pues el día había sido poco provechoso e insatisfactorio, y pensaba en lo mucho que le gustaría poder dar marcha atrás al reloj para enmendarlo. El calor lo había puesto de un ánimo indolente, y el joven había eludido sus estudios, agotado por completo la paciencia del Sr. Brooke, contrariado a su abuelo tocando el piano durante media tarde y asustado terriblemente a las criadas al insinuarles de manera traviesa que uno de sus perros estaba volviéndose loco; y, tras discutir de manera airada con el mozo de cuadra a causa de ciertas imaginaciones suyas de que el hombre tenía desatendido su caballo, se había tirado en su hamaca para refunfuñar por la estupidez del mundo en general, hasta que la paz de aquel hermoso día lo serenó a su pesar. Con sus ojos clavados en la verdosa penumbra de los castaños de indias que tenía encima de él, Laurie soñó toda clase de cosas, y justo cuando estaba imaginándose cabalgando las olas del océano, en un viaje alrededor del mundo, el ruido de unas voces lo devolvió de repente a tierra firme. Mirando por entre las mallas de la hamaca, vio a las hermanas March saliendo de casa como si se dirigieran a alguna parte.

«¿Qué demontres se proponen ahora esas chicas?», pensó Laurie, al tiempo que abría sus ojos soñolientos para observarlas bien, dado que había algo bastante peculiar en el aspecto de sus vecinas. Cada una de ellas llevaba un amplio sombrero que aleteaba con sus pasos, una bolsa marrón de lino colgada de un hombro y un bastón largo; además, Meg cargaba con un cojín, Jo con un libro, Beth con un cucharón y Amy con un portafolios. Todas cruzaron en silencio el jardín, salieron por la pequeña puerta trasera de este y comenzaron a subir la colina que se alzaba entre la casa y el río1.

«Vaya, ¡muy bonito, eso de celebrar un pícnic sin invitarme! ‒se dijo Laurie‒. No pueden ir en la barca, puesto que no tienen la llave. A lo mejor se la han olvidado; se la llevaré, y así me enteraré de lo que pasa.»

Aunque tenía media docena de sombreros, tardó un buen rato en encontrar uno, y después se puso a buscar la llave, que apareció finalmente en su bolsillo; de modo que, para cuando saltó la valla y corrió tras ellas, las chicas ya se habían perdido por completo de vista. Tras tomar el camino más corto al cobertizo de las barcas, esperó a que apareciesen; pero allí no se presentó nadie, y Laurie ascendió la colina para inspeccionar. Un bosquecillo de pinos cubría una parte de ella, y desde el corazón de este verde enclave llegaba un sonido más claro que el suave susurro de los pinos o el amodorrante chirrido de los grillos.

«¡Esto sí que es un paisaje!», pensó Laurie, mirando con recato a través de los arbustos con aspecto de estar ya totalmente despierto y de buen humor.

En efecto, se trataba de una escena bastante hermosa, ya que las hermanas se encontraban sentadas en aquel umbroso rincón mientras sobre ellas bailaban destellos de sol y sombra ‒con un viento fragante que levantaba sus cabellos y refrescaba sus acaloradas mejillas‒ y todos los pequeños moradores del bosque seguían con sus asuntos como si aquellas jóvenes no fueran extrañas, sino amigas de toda la vida. Meg estaba sentada encima de su cojín, cosiendo delicadamente con sus blancas manos, y tan fresca y linda como una rosa, con su vestido de dicho color, entre la verde hierba. Beth estaba haciendo una selección de piñas entre las muchas que se amontonaban bajo los falsos abetos cercanos, pues confeccionaba cosas preciosas con ellas. Amy estaba bosquejando un grupo de helechos, y Jo haciendo punto al tiempo que leía en voz alta. Mientras las observaba, el rostro del muchacho se ensombreció por un instante, al sentir que, como no lo habían invitado, no debía estar allí; pero se resistía a marcharse, ya que su casa le resultaba un lugar muy solitario, y aquella tranquila reunión en el bosque, sumamente atractiva para su espíritu inquieto. Se quedó tan estático que una ardilla, atareada en su recolección, se acercó correteando hasta una piña que estaba junto a él, reparó de pronto en su presencia y regresó brincando por donde había venido mientras le chillaba de un modo tan frenético que Beth levantó la vista, vislumbró el rostro cariacontecido del muchacho detrás de los abedules y lo llamó con un gesto y una sonrisa tranquilizadora.

—¿Puedo acompañaros, por favor? ¿O seré una molestia? ‒preguntó, acercándose lentamente.

Meg levantó las cejas, pero Jo clavó en su hermana una mirada desafiante y dijo, de inmediato:

—Naturalmente que puedes. Deberíamos haberte invitado antes, pero pensamos que no te apetecería unirte a un juego de chicas como este.

—Siempre me gustan vuestros juegos; pero si Meg no quiere que me quede, me iré.

—No tengo ninguna objeción, si te ocupas con algo; va contra las normas estar ocioso aquí ‒contestó Meg, de manera seria pero gentil.

—Te lo agradezco mucho; haré lo que sea si dejáis que me quede un rato, ya que allá abajo todo es tan aburrido como el desierto del Sáhara. ¿Queréis que cosa, lea, recoja piñas, dibuje o todo a la vez? Que salgan los osos2, estoy listo. ‒Y Laurie se sentó con una expresión de niño obediente deliciosa de contemplar.

—Termina esta lectura mientras me pongo bien el talón de la media ‒dijo Jo, pasándole el libro.

—Sí, señora ‒fue la dócil respuesta del joven mientras se ponía a ello, esforzándose al máximo en demostrar su gratitud por el favor de haber sido admitido en la «Sociedad de las Hormiguitas Industriosas».

La historia no era larga y, al acabarla, el joven aventuró unas cuantas preguntas como premio a sus méritos.

—Por favor, señora, ¿puedo preguntar si esta institución tremendamente instructiva y encantadora es nueva?

—¿Se lo decimos? ‒preguntó Meg a sus hermanas.

—Se reirá ‒advirtió Amy.

—¿A quién le importa? ‒opinó Jo.

—Yo creo que le gustará ‒añadió Beth.

—¡Claro que me gustará! Os doy mi palabra de que no me reiré. Venga, Jo, cuenta sin miedo.

—¡Miedo de ti, menuda ocurrencia! Bien, como sabes, solíamos jugar a El progreso del peregrino, y hemos seguido haciéndolo, pero en serio, a lo largo de todo el invierno y el verano.

—Sí, lo sé ‒dijo Laurie, manifestando su conocimiento del hecho con una inclinación de cabeza.

—¿Quién te lo ha contado? ‒quiso saber Jo.

—Unos espíritus.

—No, fui yo; quise entretenerlo una noche en que habíais salido todas y él estaba bastante triste. Le gustó, así que no me regañes, Jo ‒dijo Beth, en actitud encogida.

—Eres incapaz de guardar un secreto. Pero no importa; así nos ahorramos el trabajo ahora.

—Sigue contando, por favor ‒pidió Laurie cuando Jo se centró de nuevo en su labor, aparentemente un poco disgustada.

—Ah, ¿pero no te habló ella de este nuevo plan nuestro? Pues verás, hemos intentado no desperdiciar nuestras vacaciones, y, por el contrario, cada una de nosotras las ha dedicado a una tarea, y ha trabajado con ahínco en ella. Las vacaciones están a punto de terminarse, hemos hecho todo lo que nos correspondía y estamos muy contentas de no haber perdido el tiempo.

—Sí, ya me lo imagino ‒dijo Laurie, pensando con remordimiento en sus ociosos días.

—A madre le gusta que estemos fuera de casa todo el tiempo posible; de modo que nos traemos el trabajo aquí, donde pasamos ratos agradables. Para divertirnos, traemos nuestras cosas en estas bolsas, nos ponemos estos viejos sombreros, utilizamos bastones para subir la colina y jugamos a los peregrinos, como hacíamos años atrás. Llamamos esta colina la «Montaña Deleitosa»3, ya que desde ella podemos mirar a lo lejos y ver la tierra donde esperamos vivir algún día.

Jo señaló con el dedo y Laurie se incorporó para mirar, pues a través de un hueco entre los árboles se alcanzaba a ver, pasado el ancho río azul y las praderas del otro lado, las lejanas tierras que se extendían más allá de los contornos de la gran ciudad4, hasta las verdes colinas que ascendían al encuentro del cielo. El sol se hallaba bajo, y la bóveda celeste resplandecía con el esplendor propio de un crepúsculo de otoño. Sobre las cimas de las colinas reposaban nubes doradas y púrpuras, y elevándose a gran altura entre la luz rojiza había crestas plateadas que brillaban como agujas etéreas de una Ciudad Celestial.

—¡Qué vista más hermosa! ‒dijo suavemente Laurie, pues sabía ver y apreciar enseguida cualquier tipo de belleza.

—Lo es a menudo; y nos gusta admirarla, ya que nunca es igual, pero siempre magnífica ‒contestó Amy, deseando ser capaz de pintarla.

—Cuando Jo habla de la tierra donde esperamos vivir algún día, se refiere a la tierra de verdad, con cerdos, gallinas y heno que segar. Vivir en ella sería genial, pero desearía que la preciosa tierra de allá arriba fuese real, y pudiéramos ir alguna vez hasta allí ‒dijo Beth, con aire ensimismado.

—Existe una tierra aún más bella, a la que iremos, en algún momento, cuando nos lo hayamos ganado ‒respondió Meg, con su dulce voz.

—Pero parece tan larga la espera, tan difícil de lograr… Quiero volar ahora mismo, como lo hacen esas golondrinas, y cruzar sus maravillosas puertas.

—Lo harás, Beth, tarde o temprano; no te preocupes por eso ‒dijo Jo‒. Yo soy la que tendrá que luchar y trabajar, que escalar y esperar, y aun así quizá nunca consiga ser admitida.

—Me tendrás a mí para hacerte compañía, por si te sirve de consuelo. Habré de viajar mucho antes de que pueda avistar vuestra Ciudad Celestial. Si llego tarde, les hablarás bien de mí, ¿verdad, Beth?5

Algo en el semblante del muchacho inquietó a su pequeña amiga; pero esta respondió de forma alegre, con su mirada serena fija en las movedizas nubes:

—Si alguien desea de corazón llegar a ella, y lo intenta de verdad toda su vida, pienso que no encontrará ningún obstáculo para entrar; ya que no creo que haya ninguna cerradura en su puerta, ni guardias que la vigilen. Siempre me la imagino como en ese dibujo en el que los hombres resplandecientes6 extienden sus manos para dar la bienvenida al pobre Cristiano mientras sale del río.

—¿A que sería divertido que todos los castillos en el aire que construimos se hicieran realidad y pudiéramos vivir en ellos? ‒planteó Jo, tras un breve silencio.

—Yo he construido tal cantidad que me sería difícil elegir con cuál quedarme ‒dijo Laurie, tumbado en la hierba, mientras tiraba piñas a la ardilla que lo había traicionado.

—Tendría que ser tu favorito. ¿Cuál sería? ‒inquirió Meg.

—Si te digo el mío, ¿me dirás el tuyo?

—Sí, si también lo hacen las demás.

—Lo haremos. ¡Cuéntanos, Laurie!

—Después de haber visitado todas las partes del mundo que quiero ver, me gustaría establecerme en Alemania y disfrutar de toda la música que me apetezca. Yo mismo he de ser un músico famoso, y la creación entera ha de acudir corriendo a oírme tocar; y ya nunca me he de preocupar por el dinero ni por los negocios, sino que me dedico simplemente a disfrutar y a vivir para lo que me gusta. Ese es mi castillo favorito. ¿Cuál es el tuyo, Meg?

A Margaret parecía resultarle un poco difícil contar el suyo, y agitó un pequeño helecho frente a su cara, como para espantar mosquitas imaginarias, mientras decía, con voz pausada:

—Me gustaría tener una casa preciosa, llena de toda clase de cosas lujosas: comida suculenta, ropa bonita, bellos muebles, gente agradable y dinero en abundancia. Yo he de ser la señora de la casa, y llevarla como me plazca, con muchos sirvientes, de manera que no tenga que hacer jamás ninguna tarea. ¡Cuánto lo disfrutaría!, ya que no estaría desocupada, sino que me dedicaría a hacer buenas acciones, de forma que todo el mundo me tuviera un gran cariño.

—¿Y no querrías que hubiera un señor de la casa en tu castillo en el aire? ‒preguntó Laurie, astutamente.

—He hablado de «gente agradable», ¿sabes? ‒Y, mientras decía esto, Meg se ató con cuidado los cordones de uno de sus zapatos para que nadie viera su cara.

—¿Por qué no reconoces que tendrías un espléndido marido bueno y sensato, y unos cuantos chiquillos angelicales? Sabes que tu castillo no sería perfecto sin ellos ‒dijo la directa Jo, que aún no tenía fantasías de tipo sentimental y detestaba bastante el romanticismo, salvo en los libros.

—Tú no tendrías en el tuyo más que caballos, tinteros y novelas ‒repuso Meg, de manera petulante.

—¡Oh, desde luego! Tendría un establo lleno de corceles árabes y habitaciones con montones de libros, y escribiría con un tintero mágico, para que mis obras fuesen tan famosas como la música de Laurie. Quiero hacer algo grandioso antes de retirarme a mi castillo, algo heroico, o maravilloso, que todos recuerden tras mi muerte. No tengo claro el qué, pero estoy a la espera de que se me ocurra, y pretendo dejaros a todos estupefactos algún día. Creo que seré escritora, y me haré rica y famosa; eso me pegaría, así que ese es mi sueño favorito7.

—El mío es vivir segura en casa junto con padre y madre, y ayudar en el cuidado de la familia ‒dijo Beth, con complacencia.

—¿No deseas ninguna otra cosa? ‒preguntó Laurie.

—Desde que conseguí mi pequeño piano me siento completamente satisfecha. Mi único deseo es que todos sigamos bien, y estemos juntos; nada más.

—Yo deseo montones de cosas; pero lo que más es ser artista, viajar a Roma, hacer cuadros preciosos y ser la mejor pintora del mundo entero. ‒Tal era el humilde anhelo de Amy.

—No somos lo que se dice poco ambiciosos, ¿verdad? Todos, quitando a Beth, queremos ser ricos y famosos, y magníficos en todos los sentidos. Me pregunto si alguno de nosotros verá realizados sus deseos ‒dijo Laurie mientras masticaba briznas de hierba como un becerro pensativo.

—Yo poseo la llave de mi castillo en el aire, pero está por ver si conseguiré abrir sus puertas ‒apuntó Jo, de manera misteriosa.

—Yo tengo la llave del mío, pero no me dejan hacer el intento. ¡Maldita universidad! ‒murmuró Laurie, con un suspiro de impaciencia.

—¡Aquí está la mía! ‒dijo Amy, agitando su lápiz.

—Yo no tengo ninguna llave ‒señaló Meg, con tristeza.

—Sí que posees una ‒la corrigió Laurie de inmediato.

—¿Dónde?

—En tu rostro.

—Tonterías; eso no sirve para nada.

—Espera y verás si no te trae algo que valga la pena ‒repuso el muchacho, mientras reía al pensar en un secreto encantador que creía conocer.

Meg se ruborizó tras el helecho, pero no hizo preguntas, y dirigió su mirada al otro lado del río con la misma expresión expectante que tenía el Sr. Brooke cuando contó la historia del caballero.

—Si seguimos todos vivos dentro de diez años, reunámonos para ver cuántos de nosotros hemos cumplido nuestros deseos, o cuánto más cerca que hoy estamos de alcanzarlos ‒propuso Jo, que siempre tenía preparado algún plan8.

—¡Dios mío!, qué vieja seré entonces… ¡tendré veintisiete! ‒exclamó Meg, que ya se sentía adulta, con diecisiete años recién cumplidos.

—Tú y yo tendremos veintiséis, Teddy; Beth, veinticuatro, y Amy, veintidós. ¡Menuda panda de ancianos! ‒dijo Jo.

—Espero haber hecho algo de lo que sentirme orgulloso para entonces; pero soy un tipo tan perezoso que me temo que perderé el tiempo, Jo.

—Madre dice que lo que necesitas es alguna cosa que te motive; y está convencida de que, cuando la encuentres, trabajarás estupendamente.

—¿De veras? ¡Por Dios que lo haré, si tengo la oportunidad! ‒gritó Laurie, incorporándose con súbita energía‒. Debería sentirme satisfecho de complacer a mi abuelo, y lo intento, pero ello supone ir en contra de lo que siento, ¿entiendes?, y me resulta complicado. Él quiere que sea un mercader de Indias, como él lo fue, y antes preferiría que me fusilaran; odio el té, la seda, las especias y toda la basura que traen sus viejos barcos, y no me importa lo pronto que se vayan a pique una vez que yo sea su dueño. Debería contentarse con que vaya a la universidad, pues si yo le doy cuatro años de mi vida él tendría que liberarme del negocio; pero está empeñado, y tengo que seguir el camino que tomó él, a no ser que me marche para vivir como yo quiera, igual que hizo mi padre. Si hubiera alguien más aquí que pudiera quedarse con el anciano, me iría mañana mismo.

Laurie hablaba de manera muy excitada, y parecía dispuesto a cumplir su amenaza a la más mínima provocación, ya que estaba creciendo muy deprisa y, a pesar de su comportamiento indolente, albergaba el odio a la subordinación propio de los jóvenes y el inquieto deseo de estos de experimentar el mundo por sí mismos.

—Te aconsejo que cojas uno de tus barcos y no vuelvas a casa hasta que hayas probado a vivir a tu manera ‒dijo Jo, cuya imaginación se había avivado al pensar en un acto tan audaz, y a la que las «injusticias hacia Teddy», tal como ella las llamaba, la hacían sentirse más unida al muchacho.

—Eso no está bien, Jo; no has de hablar así, y Laurie no debe seguir tu mal consejo. Mi querido muchacho, deberías hacer exactamente lo que desea tu abuelo ‒indicó Meg, en su tono más maternal‒. Esfuérzate al máximo en la universidad, y, cuando el anciano caballero vea que tratas de complacerlo, estoy segura de que no será duro ni injusto contigo. Tal como has dicho, no tiene a nadie más que lo quiera y viva con él, y, si lo abandonaras sin su permiso, nunca te lo perdonarías. No estés taciturno ni te desesperes, y cumple por el contrario con tu obligación; entonces obtendrás tu recompensa, como ha sido el caso del buen Sr. Brooke, al ser respetado y querido por los demás.

—¿Qué sabes tú de él? ‒preguntó Laurie, agradecido por el buen consejo (si bien no le gustaba que lo sermonearan) y contento de desviar la conversación de sí mismo, tras su inusual arranque.

—Solo lo que tu abuelo le ha contado a madre de él: cómo cuidó solícitamente de su propia madre hasta que ella murió, y se negó a irse al extranjero como tutor de un buen muchacho porque no quería abandonarla; y cómo mantiene ahora a una anciana mujer que también cuidó de su madre. Nunca habla de ello, pero es imposible ser más generoso, paciente y bondadoso de lo que ya es.

—¡Muy cierto! ‒dijo Laurie con encendido afecto, al tiempo que Meg hacía un alto en su relato, mostrándose seria y ruborizada‒. Resulta muy propio del abuelo averiguarlo todo de él, sin que el hombre lo sepa, y contarles todas sus bondades a los demás para que le tengan simpatía. Brooke no entendía por qué vuestra madre era tan amable con él, invitándolo a su casa junto conmigo y tratándolo con su habitual encanto y cordialidad. El hombre pensó que era simplemente perfecta, y se pasó días y días hablando de ello, y luego de todas vosotras, de un modo muy efusivo. Si alguna vez logro cumplir mi deseo, ya veréis lo que haré por Brooke.

—Podrías empezar por no hacerle la vida imposible ‒soltó Meg, ásperamente.

—¿Y de dónde saca usted que hago eso, señorita?

—Siempre se lo noto en la cara, cuando se marcha. El día que te has portado bien, se lo ve contento, y camina con brío; y si has sido un tormento, anda serio y despacio, como si deseara volver y hacer mejor su trabajo.

—¡Ah, muy bonito! O sea que llevas un registro de mis buenas y malas notas en la cara de Brooke, ¿es eso? Lo veo inclinarse y sonreír cuando pasa por delante de tu ventana, pero no sabía que os comunicabais por señas.

—No lo hacemos, no te enfades; y, oh, ¡no le digas que te he contado nada! Lo he hecho solo para demostrarte que me importa cómo te van las cosas, y lo que se dice aquí se dice en confianza, ya sabes ‒exclamó Meg, tremendamente alarmada al pensar en las posibles consecuencias de sus negligentes palabras.

Yo no voy por ahí hablando de nadie ‒replicó Laurie con sus «aires de señoritingo», tal como llamaba Jo a cierta expresión que el joven ponía de vez en cuando‒. Pero si Brooke va a ser un termómetro de la situación, me preocuparé de que tenga buen tiempo del que informar.

—Por favor, no te ofendas; no era mi intención sermonearte ni hacer de correveidile, ni tampoco comportarme como una tonta; simplemente pensé que Jo te estaba animando a ver las cosas de un modo que acabarías lamentando en algún momento. Eres tan amable con nosotras que te vemos como a un hermano, y hablamos contigo con total sinceridad; perdóname, ¡solo pretendía ayudar! ‒Y Meg le tendió la mano con una expresión a un tiempo afectuosa y tímida.

Avergonzado por su ataque de despecho, Laurie estrechó la manita que se le ofrecía con amabilidad y dijo, con franqueza:

—Perdóname tú a mí; estoy irritable, y llevo todo el día de mal humor. Me gusta que me señales mis errores y hagas de hermana conmigo; así que no le des importancia si me encuentro gruñón algunas veces. Te estoy agradecido igualmente.

Determinado a demostrar que no se había ofendido, Laurie fue todo lo agradable que pudo: devanó algodón para Meg, recitó poesía para complacer a Jo, zarandeó algunos árboles para que Beth cogiera sus piñas y ayudó a Amy con sus helechos, mostrándose así como un adecuado candidato a entrar en la «Sociedad de las Hormiguitas Industriosas». Mientras tenía lugar una animada charla sobre los hábitos domésticos de las tortugas (después de que una de estas amigables criaturas hubiera subido tranquilamente desde el río hasta donde se encontraban), el eco de una campanita avisó a las hermanas de que Hannah había puesto el té «a reposar», y de que tenían el tiempo justo de volver a casa para la cena.

—¿Puedo venir en otra ocasión? ‒preguntó Laurie.

—Sí, si te portas bien y le tomas cariño a tu libro, como se les dice que deben hacer a los niños que estudian la cartilla ‒respondió Meg, sonriendo.

—Lo intentaré.

—Entonces puedes venir, y te enseñaré a hacer punto tan bien como un escocés; justo ahora hay demanda de calcetines9 ‒añadió Jo, agitando el suyo, como un gran pendón azul de estambre, al separar sus caminos en la puerta del jardín.

Esa noche, cuando Beth tocó para el Sr. Laurence en el crepúsculo, Laurie, a la sombra de la cortina, escuchó a la pequeña David, cuya música sencilla siempre aquietaba su espíritu temperamental10, y observó al anciano caballero, que permanecía sentado mientras apoyaba su cabeza canosa en una mano y pensaba con ternura en la difunta nieta a la que tanto había querido. Recordando la conversación de aquella tarde, el muchacho se dijo a sí mismo, con la resolución de hacer el sacrificio sin amargura: «Me olvidaré de mi castillo y me quedaré con el anciano caballero mientras me necesite, pues soy todo lo que tiene». EP


DOPSA, S.A. DE C.V
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Dulce Olivia 71,
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