Adelantos: El incendio de la mina El Bordo

En Adelantos les traemos fragmentos de novedades editoriales. Hay algo en esta historia de asesinatos, despojos y obstinación contra el olvido que puede sentirse cuando uno visita la ciudad. Soy de ahí y sigo sin saber exactamente qué nos hizo esa infamia y las que la precedieron y las que la siguieron, pero hay algo. A ratos parece resignación, a ratos parece tolerancia, a ratos puro valemadrismo; muy pocas veces, rabia. Sea lo que sea, es más rencor o conformismo; por más oculta que estuviera la historia de El Bordo en un archivo muerto, todas esas décadas ha habido gente dispuesta a recordar que, contra lo que decían aquellos catrines, ahí abajo aún había, aún hay, gente viva.

Texto de 16/12/19

En Adelantos les traemos fragmentos de novedades editoriales. Hay algo en esta historia de asesinatos, despojos y obstinación contra el olvido que puede sentirse cuando uno visita la ciudad. Soy de ahí y sigo sin saber exactamente qué nos hizo esa infamia y las que la precedieron y las que la siguieron, pero hay algo. A ratos parece resignación, a ratos parece tolerancia, a ratos puro valemadrismo; muy pocas veces, rabia. Sea lo que sea, es más rencor o conformismo; por más oculta que estuviera la historia de El Bordo en un archivo muerto, todas esas décadas ha habido gente dispuesta a recordar que, contra lo que decían aquellos catrines, ahí abajo aún había, aún hay, gente viva.

Fragmento de El incendio de la mina El Bordo, de Yuri Herrera, ©2019, cortesía otorgada bajo el permiso de El Quinqué Cooperativa Editorial y Periférica.

Ese día

No sonaron las campanas que estaban ahí justamente para una ocasión como aquélla, aunque según diría meses después el Agente del Ministerio Público sí funcionaban correctamente.

Hubo algunos que luego dijeron haber sentido por primera vez el humo desde las dos, pero quien dio la voz de alarma fue Delfino Rendón, que venía de limpiar unas tolvas en el nivel 415 a las seis de la mañana y acababa de extraer unos viajes de metal en el 525 cuando le llegó un olor desconocido y decidió subir y subir y al llegar al nivel 365 y acercarse al brocal del tiro percibió el olor a humo como de leña y que el nivel estaba muy caliente. No vio flamas de ninguna especie, ni necesitó verlas para saber que en algún lugar ya habían comenzado a lamer el tiro, entonces dio la voz de alarma. Que fue una acción, más que una voz, porque lo primero que hizo fue empezar a mandar los botes para sacar a la gente y luego dar aviso a los departamentos con teléfono para que avisaran a todos que ya, ya mismo, ya tenían que salir. Eso es lo que hizo, como corresponde a un hombre que se precie de serlo: mirar por sus compañeros antes de mirar por las máquinas o dilatarse en preguntar cómo es que aquello había sucedido. Y los botes subieron y bajaron como ocho veces trayendo cuando mucho diez mineros en cada viaje. Delfino siguió mandando los botes que se perdían entre la humareda insoportable que colmaba el tiro, y los botes subían otra vez, pero después ya subían sin gente.

El calesero Agustín Hernández diría luego que silbando las siete fue cuando comenzó el fuego muy fuerte. Pero tal vez las primeras llamas se prendieron mucho antes, o quizá eso es lo que delataba el humo que él percibió a las cuatro y media o cinco de la mañana, cuando se detuvo en el nivel 365. Sin embargo, al preguntarle al sotaminero Antonio López de Nava qué sucedía, éste le respondió: “¿No ves que acaban de disparar? Por eso está el aire suelto”. Y como se convenció de que, en efecto, debía de haber sido una voladura no prestó más atención hasta que a las seis de la mañana sintió el humo en el nivel 415, y subió al exterior para preguntar pero no le supieron decir. En ese momento el sotaminero del 525 José Linares pidió la jaula desde allá, Agustín bajó y en el camino sintió tan fuerte el humo al pasar por el nivel 207 que a punto estuvo de perder el sentido, pero llegó al 525 y se quedó con Linares y su gente hasta que pudieron sacar a casi todos en varios viajes.

Por su parte, Linares había pasado la noche trabajando en el rebaje con veintisiete hombres, a las seis había bajado al despacho del 525 para rendir su informe y fue entonces cuando él sintió el humo; desde ahí, el nivel 525, llamó al 415 pero nadie respondió.

También Edmundo Olascoaga sintió el humo hacia las seis de la mañana, después de pasar el turno de noche trabajando en los niveles 207 y 255 con noventa y cuatro hombres a sus órdenes. Estaba precisamente en el 207 cuando lo sintió, y bajó al 255 pero no vio nada; volvió al 207, lo recorrió y bajó por el tiro de La Luz hasta el 415, donde encontró a López de Nava, que quizá ya no creía, como una hora o una hora y media antes, que el aire estaba suelto por un disparo; subió con él al 305, donde el humo estaba más

fuerte, y luego bajó al 392, “donde estaba el incendio” (eso dijo, pero no dijo por qué, y nadie más afirmó haber visto llamas ahí); y justo en el 392 se quedó López de Nava desconectando la cañería. Olascoaga subió de nuevo a la superficie, avisó al administrador White, bajaron juntos hasta el último nivel y al subir escucharon que López de Nava les gritaba, pero no se pudieron detener de tan violenta como subía la jaula. Para cuando, horas después, Olascoaga declaraba todo esto, aún tenía la esperanza de que López de Nava y sus hombres se estuvieran amparando en un socavón que comunica con la mina de Sacramento, porque después de que él y White salieran enviaron cuatro veces la jaula para que López de Nava escapara en ella, pero las cuatro veces volvió vacía.

Según J. F. Berry, superintendente de la Compañía, José Linares fue el último en salir. Lo que Linares dijo es que antes de sacar a su gente del 525 todavía alcanzó a llamar al 415 para avisarles, pero no le respondieron, y siguió llamando porque en ese momento, dijo, no sabía qué había sucedido con los hombres pero que todavía había tiempo para que salieran. Hasta que tuvo que dejar de esperar y se marchó con los suyos.

Fue el último en salir, pero no el último en intentarlo. Todavía un ingeniero de nombre Eduardo Cisneros dijo haber visto masa encefálica en una de las sogas de las chalupas; y jirones de ropa, seguramente de alguien que al ver la chalupa pasar intentó prenderla en su vuelta a la superficie.

Muy rápidamente concluyeron las autoridades que ya no había auxilio posible, aunque nadie supiera bien cuántos mineros quedaban dentro. Un representante de la Compañía llamado Silbert dijo que había cuatrocientas personas trabajando; luego que no eran cuatrocientas sino trescientas cuarenta y seis, de las cuales sólo cuarenta y dos no habían podido salir. Pero a mediodía Berry suponía y declaraba y firmaba al margen que los muertos eran diez porque él había visto salir al último trabajador, de nombre Linares, y ahí mismo decía que el incendio ya se había apagado, aunque seguían escuchándose las detonaciones de los botes de carburo.

Que ya se había apagado, decía Berry en esa declaración a mediodía, y acto seguido explicaba que para lograr “la completa extinción del incendio” (aunque “ya se había apagado”) cerrarían herméticamente el tiro de El Bordo, y luego cerrarían herméticamente el tiro de La Luz, y que cuando ya no hubiera nada de humo comenzarían a entrar por ahí para ver las consecuencias del fuego y levantar los cadáveres.

No está claro a qué hora decidieron que ya no había gente viva, pero a mediodía ya existía el plan de levantar como cadáver a quien aún estuviera allá abajo. El oficio en el que los administradores de la mina informan a las autoridades que se ha iniciado un incendio y que “se han tomado todas las medidas posibles” para su extinción no señala hora, aunque fue recibido a las once y diez de la mañana. En ese oficio todavía no hay mención a que han clausurado o están clausurando o van a clausurar la mina. Aunque no haya hora oficial de cuándo cerraron los tiros con la gente adentro, sí hay un testimonio, recogido por uno de los reporteros de El Universal, a quien el minero Delfino Roldán dijo que nomás “veinte minutos después de estar operándose en la salvación de los mineros, de improviso los directores dieron la orden de suspender los movimientos y fueron cerradas las entradas de la mina”. Esto significa que habrían sellado los tiros dando apenas las siete y veinte, antes de que muchos se percataran de que tenían que salir, pues el

calesero Agustín Hernández, que era el encargado de meter y sacar a la gente, a las siete había confirmado que aquel olor era de fuego. (Todavía tardarían días en saber exactamente cuánta gente quedó dentro y nunca se sabría cuántos ya estaban muertos para el momento en que se cerraron los tiros. Pero muy pronto se hicieron cuentas de lo que costaba tener cerrada la mina: dos días después del incendio, Mariano Soto, un ingeniero que administraba los negocios del dueño de la mina, Andrés Fernández —“potentado español” lo llama Excélsior—, dijo a El Universal que “no se trataba de un vulgar incendio en el interior de una mina, sino de un suceso muy grave, cuyas consecuencias no pueden ser medidas aún”, pero por lo pronto aseguraba que de la mina se extraían catorce mil toneladas de metal por mes, con un valor de quinientos a seiscientos mil pesos, y que el trabajo no se regularizaría en, al menos, tres meses.)

El caso es que cerraron los tiros a las siete y veinte, o a las diez, o a las doce, o a las cuatro. Y el juez Manuel Navarro ordenó que se iniciara una investigación, pero no de eso: no sobre quién cerró los tiros o a qué hora, o sobre los criterios que utilizaron los administradores para asegurarse de que ya los últimos mineros habían salido, sino sobre el origen del fuego. Ése es el propósito de la averiguación previa abierta a esas horas en las que podría haberse argumentado que lo más urgente seguía siendo cuántas personas continuaban vivas dentro de la mina. Pero la decisión de comenzar las investigaciones con ese otro objetivo se dio de manera casi natural, como el resultado de una secuencia de consultas racionales:

El Juez escuchó la exposición de Berry, y Berry escuchó a los doctores Manuel Asiáin y Guillermo Espínola, quienes dictaminaron que a causa de los gases carbónicos encerrados en la mina no podía esperarse que a las doce del día se mantuvieran con vida los operarios que hubieran quedado en el interior, pues “bastaban cinco minutos de estar entre esos gases para que hubieran muerto”. Y autorizó que se cerraran los tiros, que probablemente ya habían sido cerrados. Así que era una mera duda académica si había diez o cuarenta y dos mineros muertos: a las doce del mediodía ya habían decidido que quienes quedaran abajo estaban todos muertos, porque ninguna otra cosa era posible.

Cuando seis días después abrieron las bocas de los tiros y entraron, como habían prometido, para levantar los cadáveres, no sólo descubrieron que eran ochenta y siete, no diez ni cuarenta y dos, sino que en el nivel 207 había siete mineros vivos. EP

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