Adelanto: La experiencia del amor

Por cortesía de la editorial Gris Tormenta, publicamos un adelanto del libro «La experiencia del amor. Tentativas y miradas interiores a lo largo de una vida».

Texto de 13/02/23

Por cortesía de la editorial Gris Tormenta, publicamos un adelanto del libro «La experiencia del amor. Tentativas y miradas interiores a lo largo de una vida».

Gris Tormenta publica su más reciente antología en coedición con la Universidad Veracruzana: La experiencia del amor, el undécimo título de la colección Disertaciones. El prólogo es del poeta mexicano Francisco Segovia.

¿Cómo se percibe el amor luego de experimentarlo durante décadas? ¿Cómo acercarse a una idea tan trascendental y elusiva? ¿Es una relación generacional o universal? Entre el ensayo y el eco poético, doce voces exploran los caminos que, más allá de la búsqueda de una definición rígida, se acercan o rodean el tema desde la vivencia y la memoria tamizadas con los años. 

La pregunta más elemental con frecuencia es la más difícil de responder. Interrogar a la cultura y a la historia occidental por la naturaleza del amor conduce hacia la antigüedad clásica. Mark Vernon, autor del siguiente fragmento, echa mano de su conocimiento de los mitos griegos para trazar los contornos de un concepto que es menos fijo de lo que se pretende.

¿Qué es el amor? (fragmento)

Mark Vernon

Traducción de Sharbel Pimentel

Es una estadística reveladora que la pregunta del tipo «¿Qué es…?» más consultada en Google el año pasado fuera: ¿Qué es el amor? Este hecho probablemente revela más sobre la sociedad que le pregunta algo así a un motor de búsqueda que lo que revele cualquier respuesta sobre la naturaleza del amor. Pero, si no es en Google, ¿en dónde más podemos buscar para entender el amor? Las maquinarias fabricantes de fantasía de Hollywood y Bollywood insisten en que solo hay una respuesta digna de permitirse: el del tipo romántico. La mayoría de las personas, aunque solo sea de manera inconsciente, parecen estar de acuerdo. Se ven arrastradas a buscar a la persona que las volverá «completas» a través de un sitio de citas, o por un ansia menos tangible, pero no por eso menos punzante, cultivada por la misma cultura dominante que insiste en que debemos encontrar a «la indicada» o «el indicado». Y no es que sus orígenes sean modernos. Desde que la poeta Safo escribió, en el siglo VII antes de Cristo, acerca del amor que se propaga bajo su piel como viento por los árboles, el amor romántico se ha imaginado como irresistible, una experiencia crucial que marca el punto más alto de la existencia humana.

Aun así, la estadística de Google sugiere que también hay una búsqueda silenciosa en marcha: muchos de nosotros claramente no estamos satisfechos con el romance como respuesta. Entonces, el verdadero problema podría ser que la cultura contemporánea no nos prepara para pensar en el amor más que de un modo unidimensional. Así como el matrimonio se ha apoderado del monopolio en las afirmaciones públicas de amor, también la noción de romance ha restringido lo que podemos imaginar como una relación amorosa.

Los antiguos griegos, a diferencia de nosotros, no tenían una única palabra para el amor, sino muchas. Como bien se sabe, tenían philia («amistad») y eros («deseo»), storge («afecto») y agape («amor incondicional»). Quizá esa sea otra parte de nuestro problema. Nuestra lengua nos invita a pensar en el amor como una cosa individual y unificada, cuando no es nada de eso. Sospecho que las palabras no bastan para atender esta deficiencia moderna. Lo que necesitamos es un nuevo sentido de la variedad de experiencias del amor. Afortunadamente hay otro arsenal de nuestros viejos antepasados al que podemos acudir, y no son sus palabras, sino sus mitos los que pueden iluminarnos.

En cierto sentido, estamos cargados con el dominio del amor romántico; no puede nada más hacerse a un lado en favor de la amistad, por ejemplo. Eso nunca funcionaría: lo erótico es simplemente demasiado poderoso. Pero los mitos antiguos pueden ayudarnos a comprender por qué el romance es una idea tan exitosa, por efímera que sea. Quizá el mito que mejor refleje el atractivo del romance sea la idea de las almas gemelas de Aristófanes, en el Simposio de Platón. Se dice que los seres humanos originalmente tenían dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas. Teníamos la forma de bolas redondas y dábamos tumbos por la Tierra a gran velocidad. Los dioses se alarmaron mucho ante este despliegue de poder. Así que Zeus urdió un plan. Cortaría a los humanos por la mitad y dejaría a cada parte con solo una cabeza, dos brazos y dos piernas.

Era lastimoso ver a estas mitades mutiladas. Desarrollaron, en particular, el hábito de dedicar considerables cantidades de energía, ahora limitada, a buscar a sus mitades perdidas. El deseo de encontrar al otro faltante era irresistible. Los individuos prolongaban la búsqueda a pesar de rupturas repetidas y desastres románticos con la creencia infatigable de que la persona adecuada —«la indicada»— estaba por ahí. Sentían que la promesa del amor era nada menos que la plenitud.

El mito ha tenido una vida larga y describe con precisión la experiencia interna de aquellos cuya vida está incompleta sin un amor así. De hecho, no fue sino hasta el siglo XVIII que el pensamiento de Aristófanes sobre el amor llegó a su conclusión lógica, cuando Jean-Jacques Rousseau escribió sobre cómo se enamoró cuando era joven. Solo después de esa experiencia, caviló, pudo estar seguro de que había vivido de manera genuina. El resultado era que el amor romántico se había convertido en el objetivo en sí mismo. No importa de quién te enamores, siempre y cuando te hayas enamorado. El ideal experiencial usurpa la compleja realidad personal. Es por eso que el romance nos controla tan firmemente y nos vacía en el proceso. Pasa lo mismo con la búsqueda dogmática de la felicidad.

Sin embargo, de manera significativa, el mito original de Platón sobre las almas gemelas no termina con una felicidad ilusoria y evasiva, sino con un giro. Y tal vez aquí haya algo que aprender, algo que sugiere una escotilla de emergencia para escapar del bastión romántico. Zeus se apiada de las mitades de humanos. Mueve sus genitales al otro lado para que cuando se reúnan puedan abrazarse y hallar un pequeño alivio para su pasión. El sexo es una probada temporal de unidad y algo que ayuda, aunque solo hasta cierto grado. Así que cuando Hefesto, el dios de los artesanos, pasa y les promete a las parejas un deseo, estas figuras trágicas hablan con una sola voz. Únenos, le suplican: ¡fúndenos el uno con el otro!

Hefesto les ayuda. Los dos se vuelven uno. Y la nueva situación revela otra forma en la que el amor se queda atorado. Pegados, contemplando solamente los ojos del otro, los amantes pierden contacto con el resto de la vida. Al no importarles nada más, la muerte adquiere un tono atractivo y sueñan con compartir un último aliento juntos, una fantasía que perdura en el eufemismo francés, la petite mort [«la muerte pequeña»], y en el clímax romántico de Romeo y Julieta. Pero como dijo el psicólogo Erich Fromm en El arte de amar (1956), para que el amor tenga un futuro, las parejas necesitan pasar de estar enamoradas a estar en el amor. Los amantes deben aprender a aceptar lo que está fuera de su acogedor dúo para poder sobrevivir.

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La experiencia del amor es parte de la colección Disertaciones de Gris Tormenta: antologías alrededor de un tema debatido por un grupo heterogéneo de voces o alrededor de una pregunta que sugiere una disertación colectiva. Mark Vernon (Reino Unido, 1966) es psicoterapeuta y escritor británico. Es doctor en Teología y en Filosofía Clásica y previamente fue sacerdote de la Iglesia anglicana. Una experiencia así le ha permitido escribir sobre la historia del cristianismo, la Divina comedia o sobre el concepto y la práctica de la amistad. Participan también Julian Barnes, Natalia Ginzburg, George Steiner, Carmen Boullosa, Raúl Zurita, Nélida Piñon, bell hooks, Eduardo Milán, Elvira Hernández y Leonardo Padura. EP

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