Otras mentes, mismos pulpos

El libro de Godfrey-Smith, Otras mentes, estudia a los cefalópodos para comenzar discusión biológica y filosófica sobre la inteligencia y la consciencia animal, incluyendo a la humana.

Texto de 17/11/20

El libro de Godfrey-Smith, Otras mentes, estudia a los cefalópodos para comenzar discusión biológica y filosófica sobre la inteligencia y la consciencia animal, incluyendo a la humana.

En la tesis de licenciatura trabajé con pulpos de las costas de Yucatán y aprendí que sólo viven uno o dos años. También que, cuando depositan sus huevos, las hembras se dedica a protegerlos y ventilarlos sin alimentarse, muriendo de inanición una vez que los pulpitos eclosionan. Lo otro que aprendí fue la forma en que se pescan. Al ser animales con gran fuerza y capaces de sobrevivir fuera del agua por mucho tiempo, el pescador debe de acertarles un golpe con machete debajo de los ojos justo cuando están desorientados al salir del agua. Me llamó la atención que vivieran tan poco tiempo y que el cuidado parental fuera tan dramático, pero debo confesar que dejé el tema una vez que me recibí de biólogo para dedicarme a otros animales.

Fue hasta hace un año que me reencontré con los pulpos a partir del libro Other Minds: The Octopus, the Sea and the Deep Origins of Consciousness, de Peter Godfrey-Smith, que utiliza a estos cefalópodos para una discusión biológica y filosófica sobre la inteligencia y la consciencia animal incluyendo a la humana.

El autor comienza con la filogenia de los cefalópodos: invertebrados que abarcan a los pulpos, a los calamares y a las jibias (término español para nombrar a los cuttlefish). Sus antepasados son los moluscos. Al ser descendientes de las ostras no parecerían candidatos a contar con procesos cognitivos complejos, pero los 500 millones de neuronas que, por ejemplo, tiene el pulpo común Octopus vulgaris— sugieren lo intrincado que puede ser su mente y su comportamiento.  

Los ancestros de los humanos y de los cefalópodos se separaron hace unos 600 millones de años. Los primates aparecimos mucho tiempo después (hace unos 65 millones de años), mientras que los cefalópodos surgieron hace 480 millones de años y han tenido mucho tiempo para desarrollar inteligencia y mecanismos de percepción al entrono. Estos mecanismos son muy diferentes a los de los vertebrados. Por ejemplo, los brazos de los pulpos tienen un controlador independiente al cerebro. Cada brazo se puede mover sin una orden cerebral, pero, en algunas ocasiones, se coordinan para actuar cerebro y brazos juntos.

El libro también discute cómo muchas especies de jibias y pulpos instantáneamente cambian de color, lo que sugiere que la forma de comunicación es visual. Pero hay un detalle: ellos no pueden ver colores. ¿Cómo saben que su propio cuerpo y el de los otros cambió de color? Es aquí donde entran hipótesis sobre otras formas de percepción diferentes a la vista, como, por ejemplo, la posibilidad de percibir los cambios de color propios desde las células dérmicas.

Lo que no está a discusión es que los pulpos se comunican, se pueden orientar y tienen personalidad. Existen varios ejemplos en el libro que demuestran estos fenómenos, pero me detengo en uno: en un laboratorio, un pulpo hizo saber a sus cuidadores que no estaba dispuesto a aceptar el alimento ofrecido, esperando a tener contacto visual con ellos para tirarlo por el desagüe sin soltarles la mirada. Estas actitudes me refieren a la dignidad frente al encierro.

“La construcción biológica de las neuronas y la conducta de estos cefalópodos mueven al autor a debatir sobre lo que es la consciencia.”

La construcción biológica de las neuronas y la conducta de estos cefalópodos mueven al autor a debatir sobre lo que es la consciencia. Lo único que percibimos como real es lo que captan nuestros sentidos. Si el tacto es una forma de percepción, los tentáculos independientes en los pulpos rompen con nuestro entendimiento en la sensación sobre el entrono. Esto le permite a Peter Godfrey-Smith debatir con las ideas del filósofo David Hume, que sugiere que la consciencia es simplemente una lista concatenada de percepciones (frío, calor, enojo, hambre). De aquí surgen preguntas como: ¿los pensamientos son parte de la percepción?, ¿cómo distinguir entre la conciencia y fenómenos comunes en la orientación, como, por ejemplo, la que tienen las abejas? Si es así, ¿las abejas también tienen recuerdos? Dentro del concepto se discute el llamado “diálogo interno” que, según Darwin, es fundamental para tener pensamientos complejos.

En el libro se discute si la retroalimentación entre las percepciones y los diálogos internos nos ha generado un aumento en la complejidad del pensamiento y evalúa, desde esa perspectiva, a los cefalópodos. Es cierto que cuentan con conductas que parecerían humanas —como la dignidad frente al alimento desagradable recibido en un encierro no deseado— o los cambios de color frente a estímulos externos, pero estos parecen ser patrones de reacción monodireccionales, que no responden a la retroalimentación necesaria para generar complejidad en el pensamiento, aquello que consideramos como “consciencia”. De esta discusión el autor se pregunta si los cefalópodos están en otra ruta evolutiva en el uso de su sistema nervioso, difiriendo en lo que los humanos consideramos como un proceso cognitivo.

La inteligencia en los cefalópodos dispara otra pregunta: ¿por qué viven tan poco tiempo? ¿De qué sirve el beneficio que genera la inteligencia, el desarrollo de personalidad y el aprendizaje que promueven los millones de neuronas de los cefalópodos si van a vivir un máximo de dos años? El autor esboza interesantes pistas evolutivas que explican esta aparente contradicción, y que nos llevan a reflexionar si la evolución tiene múltiples rutas. Algunas de estas rutas son imposibles de entender desde nuestro enfoque antropocéntrico, pues somos sólo el producto de una de esas rutas.

Finalmente, el libro tiene una muy pequeña reflexión sobre los actuales cambios ambientales. El cambio climático, la acidificación de los océanos y la reducción de polinizadores modificarán drásticamente nuestros mundos: aquellos que entendemos los humanos y aquellos que entienden los cefalópodos. La cantidad y profundidad de las reflexiones que Godfrey-Smith produce a partir de los cefalópodos en tan sólo 255 páginas dispara nuevas deliberaciones para discutir en filosofía y en biología; alguien interesado en estos temas no se puede perder el libro. EP

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