Cambio climático, diferentes recetas

Durante las últimas décadas, se ha hablado mucho sobre el cambio climático y cómo combatirlo, aun así las consecuencias son cada vez más acuciantes. ¿Cómo tener un futuro alentador ante este panorama? Luis Zambrano explica por qué no hemos enfrentado la problemática como se debe y propone cómo hacerlo.

Texto de 10/01/22

Durante las últimas décadas, se ha hablado mucho sobre el cambio climático y cómo combatirlo, aun así las consecuencias son cada vez más acuciantes. ¿Cómo tener un futuro alentador ante este panorama? Luis Zambrano explica por qué no hemos enfrentado la problemática como se debe y propone cómo hacerlo.

Es un reto hablar de cambio climático. Lo ha sido desde de los años setenta, cuando varios científicos se dieron cuenta de las proporciones del problema. A partir de ahí se dan entrevistas, se explican los modelos en todos los foros posibles, y los académicos nos hemos entrenado en comunicación para hablar del problema; incluso, el cambio climático es mencionado en el programa más icónico de la divulgación científica: el de Carl Sagan en su serie Cosmos. Sin embargo, medio siglo después, el discurso sigue sin profundizar y sólo desde hace un lustro —con los acuerdos de París y con Greta Thunberg— es parte de la conversación cotidiana. Todavía tenemos un largo trecho para que la humanidad comprenda todas sus implicaciones y comencemos seriamente a hacer algo al respecto. 

Esta pachorra social para comprender las implicaciones del cambio climático y tomar acciones para enfrentarlo, tiene varias explicaciones. La que más escucho es que, a pesar de todos estos años, los académicos no hemos sabido explicar el fenómeno; en parte, porque no es fácil entenderlo: desde vislumbrar los cambios atmosféricos globales y su repercusión a escalas locales, hasta sugerir cambios dramáticos en la política pública y la vida cotidiana, los científicos nos enfrentamos con encrucijadas que dificultan un discurso que ponga en su justa dimensión los problemas y las soluciones. Tengo una hipótesis relacionada con las sinergias políticas y sociales de hoy, lo que nos lleva a una ceguera autogenerada para promover soluciones reales frente a la crisis ambiental. En los siguientes párrafos, abundaré sobre las explicaciones arriba mencionadas que ayudarán a fundamentar mi hipótesis. 

¿Por qué se dice que los científicos no hemos sabido comunicar el cambio climático a la sociedad? Durante estos cincuenta años, los científicos hemos aprendido que si nuestro discurso es muy blando e incluye la incertidumbre de los resultados —somos muy cautos en presentar nuestros resultados e incluimos siempre la probabilidad estadística, que nunca es 100%—, la sociedad y los gobernantes hacen poco caso del problema. Por el contrario, si el discurso es muy fuerte y alarmante, se genera un efecto similar al que sufren las personas que están a punto de chocar: saben que ya no pueden hacer nada… y no hacen nada. La lógica entonces es que más vale disfrutar el ahora. Un efecto secundario de este discurso fuerte es lo conocido como “angustia climática”, instalada en las nuevas generaciones.

Gracias a estos aprendizajes, el discurso ha cambiado, y ahora los científicos que trabajan en foros como en el Intergovernmental Panel for Climate Change (IPCC) han mejorado la forma en la que buscan convencer a la sociedad sobre las implicaciones del cambio climático. Su discurso es contundente: señala los problemas, lo complejo de los escenarios y a qué nos enfrentaremos, con ejemplos sencillos de entender; pero fundamentalmente incluye soluciones para poder reducir e incluso revertir estos problemas. Y parece que está siendo más efectivo. 

“Un buen diagnóstico es fundamental para saber qué hacer en el futuro cercano y la mayoría de los países ya se pusieron de acuerdo y están buscando las soluciones”.

Este cambio de discurso científico ha sido uno de los pocos resultados positivos en la reunión de la COP 26 en Glasgow (octubre-noviembre 2021). Un buen diagnóstico es fundamental para saber qué hacer en el futuro cercano y la mayoría de los países ya se pusieron de acuerdo y están buscando las soluciones. Una de ellas es llegar a evitar que la temperatura global aumente en 1.5 °C. Ahora la discusión no es si existe cambio climático o si lo generamos los seres humanos, sino cómo le hacemos para evitar aumentar las emisiones que lo generan. 

Sin embargo, y aquí viene el fundamento de mi hipótesis, lo interesante no es la discusión en sí, sino que se está generando una dualidad político-económica a nivel mundial donde se reconoce el problema, pero la inercia impide cambiar, hasta en el imaginario, las estructuras sociales y económicas necesarias para resolverlo. Es como cuando el doctor nos demuestra que tenemos que dejar de fumar por aquello del cáncer de pulmón —si usted no fuma, piense en que el doctor le pide dejar de comer carne por aquello del colesterol, beber en demasía por aquello del hígado, o que tiene que hacer ejercicio para evitar diabetes—; como pacientes entendemos el problema, sabemos que tenemos que hacerlo, pero en el fondo no queremos hacerlo: sabemos que esa acción nos embargará no sólo de ese placer, sino de muchas cosas asociadas a él. Este fenómeno se da entre los gobernantes, pero también en la sociedad. 

Los gobiernos no han sido capaces de proponer una nueva realidad para aterrizar en acciones las sugerencias necesarias para enfrentar el cambio climático. En la mayoría de las entrevistas, los gobernantes evitan dar acciones específicas y aterrizadas. Los países más contaminantes hablan de grandes financiamientos para la reducción de emisiones de CO2 y de aumento de impuestos a las empresas que promueven las energías fósiles; pero los efectos reales de estos discursos están muy por debajo de los proyectos que cada gobierno considera mucho más importantes. Es evidente la prioridad para la reactivación económica con proyectos que agravarán la crisis climática; por ejemplo, en Estados Unidos a través de la nueva ley de infraestructura, en Canadá el apoyo irrestricto a las mineras, en México las mega-construcciones como el Tren Maya, el Transístmico o la Refinería Dos Bocas. Mientras que en los hechos las agendas ambientales —cuando existen— son prácticamente intangibles. Esta contradicción es notoria en entrevistas donde políticos de diversos países son cuestionados y terminan confesando que la economía no se puede detener frente a la competencia con otros países que no hacen nada por reducir sus emisiones.

“Los países más contaminantes hablan de grandes financiamientos para la reducción de emisiones de CO2 y de aumento de impuestos a las empresas que promueven las energías fósiles; pero los efectos reales de estos discursos están muy por debajo de los proyectos que cada gobierno considera mucho más importantes”.

A nivel local, existen múltiples ejemplos de esta dislocación entre decir que el cambio climático preocupa y aterrizar proyectos que realmente hagan algo para atenuarlo. Uno ilustrativo se basa en la contradicción surgida en la Ciudad de México justo cuando se estaba llevando a cabo la COP 26; me refiero a la Fórmula 1 (F1). Esta competencia genera contaminantes que afectan localmente a las personas aumentando las PM 2.5 en la atmósfera, lo que afecta la salud de los citadinos. A nivel global, cada auto de carreras incrementa cerca de 231 toneladas de CO2, sin contar el efecto que produce la producción de aceites, llantas y otros consumibles altamente contaminantes, el traslado del equipo y autos, el tráfico que se genera alrededor del evento. Cálculos generales sugieren que esta carrera arroja a la atmósfera más de 250 mil toneladas de CO2 al año. 

En la Ciudad de México —altamente vulnerable a la contaminación local, y como veremos en las siguientes líneas, al cambio climático— este evento podría considerarse como muy contaminante sin ser de primera necesidad —además de reverenciar a una de las máquinas más insostenibles y contaminantes que ha creado el hombre: el automóvil—. Las características del evento sugieren que en la ciudad podríamos dejarlo de lado a cambio de contar con un futuro menos vulnerable y menos contaminado. Sin embargo, esta sugerencia no cae en tierra fértil en el gobierno local, y tampoco en la sociedad. Las respuestas a esta sugerencia no son diferentes a las de los políticos internacionales, incluyendo las de las personas preocupadas por el cambio climático. Estas respuestas se pueden resumir en que en estos momentos con la ciudad golpeada por la pandemia, la F1 es un bastión para la reactivación de la actividad económica local. Hoy por hoy, la reactivación económica de la ciudad es la prioridad, y por lo tanto la naturaleza está en segundo plano. Otro ejemplo es el cambio de reglamento que promueve una veda temporal a la exigencia de permisos para poder construir, erradicando de un plumazo las herramientas de protección ambiental con el fin de reactivar la economía a partir de las constructoras. 

Hace dos años, cuando apareció el SARS-COV-2, a consecuencia de la destrucción del hábitat de los murciélagos y los pangolines, la discusión sobre la relación entre seres humanos y la naturaleza era parte de la conversación diaria. A principios de la pandemia, cuando todos estábamos encerrados, reflexionábamos sobre los excesos que los humanos habíamos cometido contra el planeta. “La pandemia es una señal que nos envía la naturaleza de que nos estamos excediendo”, pensábamos deprimidos vistiendo nuestras playeras, pants y pantuflas mientras veíamos desde la ventana cómo “la naturaleza retomaba las calles”, esas calles que no habíamos pisado en días o semanas.

“Hace dos años, cuando apareció el SARS-COV-2, a consecuencia de la destrucción del hábitat de los murciélagos y los pangolines, la discusión sobre la relación entre seres humanos y la naturaleza era parte de la conversación diaria”.

Incluso cuando todos tenemos algún ser querido —o al menos algún conocido— que desgraciadamente falleció por Covid, esa reflexión de nuestro papel frente a la naturaleza desapareció con la misma velocidad con la que llegó. Hoy en día, ese mismo virus lo usamos como argumento para pasar por encima de cualquier intento de protección ambiental; el crecimiento económico es prioridad. 

Si algo tan tangible como la muerte ocasionada por el virus no fuerza a repensar las prioridades de la sociedad, ¿qué podemos esperar de la reacción social, política y económica frente a los modelos matemáticos que hacen los científicos sobre los efectos del cambio climático en la atmósfera y los océanos? Aun cuando esos modelos sugieren que en los próximos años podemos sufrir situaciones tan graves como inundaciones, hambrunas, migraciones, sequías… en el imaginario, son sólo futuros posibles. Los modelos que evalúan los efectos del cambio climático son menos tangibles que las muertes por Covid, pues sólo muestran escenarios de un futuro que pueden tener múltiples respuestas (todas malas), y que generan incertidumbre en el discurso. 

Sin embargo, es relevante seguir poniendo el tema sobre la mesa, pues se trata del diagnóstico local que requerimos para buscar soluciones aterrizadas. Las ciudades cuentan con retos más intensos frente al cambio climático, puesto que la vulnerabilidad crece al contar con densidades poblacionales más altas. En la Ciudad de México (incluyendo la zona metropolitana) habita un sexto de la población de todo el país, por lo que es un buen lugar para hacer análisis de lo que puede ocurrir. 

El tipo de desastres más comunes en la Ciudad de México asociadas al cambio climático se enlista en inundaciones, olas de calor, olas de frío, tormentas —lo que ahora llamamos lluvias atípicas—, incendios y sequías (Romero Lankao 2012). 

Ahora, hablemos de los problemas de agua que tendría todo el Valle a partir del cambio climático. Como escribí en este artículo, un análisis muy somero basado en los datos obtenidos de las estaciones de monitoreo sugiere que el promedio de las precipitaciones anuales ha venido reduciéndose desde 1980 en un 10%. Por su parte, Behzadi et al. (2020), realizó un estudio sobre las precipitaciones desde 1950 hasta 2013 donde indica que las precipitaciones en verano están aumentando. Suena contradictorio, pero cuando uno revisa los modelos del IPCC que predicen el cambio de régimen en precipitaciones, no lo es. Llueve en total un poco menos, pero en verano un poco más; esto quiere decir que las lluvias —como dice el modelo— estarán compactándose en los meses de verano (de junio a septiembre) reduciéndose las pocas precipitaciones en los demás meses. En cuanto a temperatura, Behzadi et al. 2021 indica que ha aumentado la temperatura promedio en invierno en casi un grado. 

Esta información nos sugiere que el cambio climático está promoviendo tormentas —lluvias atípicas— en verano, lo que genera inundaciones en las zonas bajas del Valle, que son muchas. A su vez, llueve menos y hace menos frío en invierno, lo que aumenta la posibilidad de que exista mayor evapotranspiración. Ambos fenómenos reducen la infiltración de agua al acuífero. En conclusión, habrá menos agua que entre al acuífero y la que caerá provocará inundaciones. Si a esto se le incluye el cambio de uso de suelo posible con la urbanización en el Valle, podemos sugerir que la infiltración del agua se reducirá cerca de un 8% en los próximos años y el área de inundación posible en la ciudad aumentará un 10% (ver Zambrano et al., 2017). Esto es muy grave considerando que ya estamos sobreexplotando el acuífero y que muchas colonias de la ciudad están bajo la Espada de Damocles hidráulica.

Cuando se revisan los mapas surgidos del producto de estos modelos, los efectos del cambio climático no van a ser homogéneos en toda la ciudad. Las islas de calor y las inundaciones se generarán en las zonas más bajas y con poca vegetación. En un índice de reducción de riesgos para el cambio climático hecho por Mac Gregor-Gaona et al. (2021), realizado por regiones, se encontró que Iztapalapa es la alcaldía con el mayor riesgo de la mayoría de los peligros generados por el cambio climático; mientras que Milpa Alta, en lugar de ir avanzando para ser menos vulnerable, es la alcaldía con mayor retroceso en ese renglón. Con este tipo de modelos e índices es posible entender a lo que todos los habitantes del Valle estamos expuestos, dependiendo de dónde vivimos; a su vez, podemos ver cuáles son los problemas específicos de cada región de la ciudad y, por lo tanto, qué podemos hacer para reducir nuestra vulnerabilidad. Una de ellas es el buen manejo del uso del suelo para promover áreas verdes que ayuden a evitar la inundación, como el humedal de Xochimilco. Otra es un cambio radical en las políticas de movilidad, promoviendo el transporte público de calidad y generando fuertes impuestos al uso del automóvil, lo que reduciría la contaminación local. Por el contrario, una sola acción del gobierno actual fue en sentido contrario al construir un puente sobre el Área Natural Protegida de Xochimilco: generó más tráfico (y aumento de CO2 en la atmósfera) y destruyó un humedal que regula las inundaciones. 

En cada una de las regiones pueden surgir muchas ideas para reducir las amenazas que se proponen en estos modelos sobre la Ciudad de México. Somos más de 21 millones de personas las que vivimos en el Valle y, para tener un futuro menos vulnerable, es necesario tomar las decisiones acertadas ahora. ¿Por qué no lo hemos hecho? No es por falta de información, ni tampoco porque los académicos no sepamos cómo comunicarla. Las ideas aterrizadas que buscan reducir la vulnerabilidad han sido muy poco útiles. 

Llegamos a la segunda parte de mi hipótesis: la inutilidad de muchas de las acciones que se venden como soluciones al cambio climático y no lo son. Las ideas y los proyectos favoritos para los gobiernos y la sociedad son aquellos que mantienen las dos lógicas que nos han llevado a esta crisis climática: 1) la tecnología nos salvará y 2) la economía es el objetivo.

“…para resolver el problema del cambio climático, la economía está siendo el objetivo, y la crisis climática se ve como la herramienta para echar a andar el motor económico”.

Es cierto que tanto la economía como la tecnología son fundamentales para resolver nuestros problemas, pero no son el fin último; simplemente son herramientas. En estos momentos, cuando se habla de energías alternativas, de automóviles eléctricos, de reducción de emisiones —incluyendo la F1, que será neutra en CO2 para el 2030—, el objetivo no es la reducción de vulnerabilidad frente al cambio climático: es mantener o crecer el negocio utilizando el discurso verde. Asimismo, cuando se habla de reforestación, del trabajo con las comunidades para captar carbono, de conservación de selvas, la discusión no es socio-ecológica, sino estrictamente financiera —de esta lógica se explica la confusión del Presidente al creer que su programa Sembrando Vida es un programa ambiental—. En otras palabras, para resolver el problema del cambio climático, la economía está siendo el objetivo, y la crisis climática se ve como la herramienta para echar a andar el motor económico.

Ligada a esta lógica está la inclusión de nuevas tecnologías, donde muchos consideran que eventualmente pueden solucionar todos los problemas ambientales. Desde esa perspectiva, no es de extrañar la admiración que despierta Elon Musk con sus autos eléctricos Tesla, que para muchos son la solución a la contaminación generada por el automóvil. Esto es lo que lo ha hecho la persona más rica sobre la tierra. No reparamos en que la sola construcción de los autos eléctricos genera 75% más contaminación que un auto de combustión interna. Por lo tanto, los autos eléctricos requieren ser utilizados por más de 146 mil kilómetros para compensar lo que genera un auto de gasolina. Eso sin hablar de que la generación de energía eléctrica también produce emisiones contaminantes, en particular en la Ciudad de México, donde la termoeléctrica de Tula es una de las principales expulsoras de PM 2.5 que llegan a la zona urbana. Matizando, no quiero decir que sigamos con los automóviles de combustión interna, que son parte de la causa de la crisis climática, pero tampoco el recambio total a automóviles eléctricos será la solución. Es necesario buscar alternativas sistémicas que eficienticen la movilidad para reducir los efectos negativos.

Siguiendo en la línea de los efectos económicos, tampoco consideramos que el 1% de los más ricos —dentro de los cuales está el señor Musk— emite el 15% de carbono del total emitido, que es el doble de lo que la mitad más pobre de todo el planeta emite. Como ejemplo, basta decir que la contaminación generada en los viajes al espacio —como los de la empresa de Musk— es descomunal; 10 minutos de una persona en su cohete contamina lo que 30 personas en un año.

Para entender el mal resultado que se obtiene al invertir los objetivos con las herramientas, podemos usar, de nuevo, la analogía de la salud. Consideramos poco ético a un médico que nos receta una medicina pensando más en el bienestar económico de la farmacéutica que en nuestra salud; tampoco le rogamos al médico ir al quirófano emocionados para probar el nuevo aparato que usará el especialista. El gasto en medicinas y las operaciones con aparatos sofisticados deben estar supeditados al objetivo final que es la salud. 

“Cuando la economía y la tecnología sean simplemente las herramientas para solucionar el problema, ayudarán a poner en su justa dimensión las prioridades y, por lo tanto, los objetivos finales”.

La propuesta es entonces poner en su justa dimensión a la economía y a la tecnología. No quiero entrar en la discusión sobre los tipos de modelos económicos que nos pueden llevar a un mejor futuro, pues considero que esa discusión está en otra cancha. Cuando la economía y la tecnología sean simplemente las herramientas para solucionar el problema, ayudarán a poner en su justa dimensión las prioridades y, por lo tanto, los objetivos finales. Habrá situaciones en las que no se requiera de un centavo o no habrá ni un centavo de ganancia, pero permitirán que nuestros descendientes tengan agua suficiente. Habrá otras propuestas que requieran de financiamiento y de tecnología, y si estas herramientas están supeditadas al objetivo final, que es la reducción real de las emisiones de CO2, serán de gran utilidad. Implantando ideas en la sociedad y los gobiernos con los objetivos donde deben estar, en la dinámica de la naturaleza, tendremos un futuro alentador. EP


Referencias

Patricia Romero Lankao, 2012, Water in Mexico City: what will climate change bring to its history of water-related hazards and vulnerabilities?, Environment and Urbanization, Volume: 22 issue: 1, page(s): 157-178.

María Fernanda Mac Gregor-Gaona, Marisol Anglés-Hernández, Louise Guibrunet, Luis Zambrano-González, 2021, Assessing climate change risk: An index proposal for Mexico City, International Journal of Disaster Risk Reduction, Volume 65, 2021, 102549, ISSN 2212-4209.

Luis Zambrano, Rodrigo Pacheco-Muñoz, Tania Fernández, 2017, A spatial model for evaluating the vulnerability of water management in Mexico City, São Paulo and Buenos Aires considering climate change, Anthropocene, Volume 17, 2017, Pages 1-12, ISSN 2213-3054.

Faranak Behzadi, Asphota Wasti, Saiful Haque Rahat, Jacob N. Tracy, Patrick A. Ray, Analysis of the climate change signal in Mexico City given disagreeing data sources and scattered projections, Journal of Hydrology: Regional Studies, Volume 27, 2020, 100662, ISSN 2214-5818.

Este País se fundó en 1991 con el propósito de analizar la realidad política, económica, social y cultural de México, desde un punto de vista plural e independiente. Entonces el país se abría a la democracia y a la libertad en los medios.

Con el inicio de la pandemia, Este País se volvió un medio 100% digital: todos nuestros contenidos se volvieron libres y abiertos.

Actualmente, México enfrenta retos urgentes que necesitan abordarse en un marco de libertades y respeto. Por ello, te pedimos apoyar nuestro trabajo para seguir abriendo espacios que fomenten el análisis y la crítica. Tu aportación nos permitirá seguir compartiendo contenido independiente y de calidad.

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER


DOPSA, S.A. DE C.V