Bibliotecas fantasma: movimiento de legítima protesta

¡La cultura no se privatiza! Carlos Armenta, editor y librero, escribe sobre la criminalización de la descarga libre en el sector editorial.

Texto de 23/03/23

¡La cultura no se privatiza! Carlos Armenta, editor y librero, escribe sobre la criminalización de la descarga libre en el sector editorial.

Tiempo de lectura: 6 minutos
  1. El ecosistema

Cada día resulta más adecuado –y urgente– el uso del concepto «ecosistema editorial» cuando surge la necesidad de englobar todo aquello que acontece para que existan los libros. Pensar en un ecosistema nos permite derrumbar la idea monolítica de un libro que se levanta en un pedestal frente a nosotros. Un ecosistema, sabemos, está integrado por todos los organismos vivos y el medio físico donde se relacionan. Esta comunidad de seres vivos y su entorno, además, están interrelacionados: unos afectan a otros. Se trata, pues, de una metáfora bellísima y por demás potente, pues pone de relieve el dinamismo del campo de producción editorial: qué actores participan, qué mediaciones atraviesan las prácticas de dichos actores, cuál es el marco político, económico y social que las abraza. El ecosistema editorial siempre se encuentra en movimiento, nunca de forma homogénea, ni sostenida, ni equilibrada. Todo lo contrario: las tensiones y conflictos son una constante. Los libros viven y habitan un espacio. 

“Pero también hay otras labores que no gozan de tantos reflectores y que resultan indispensables: productores de papel, almacenistas, transportistas, contadores, abogados, desarrolladores de software“.

Una representación gráfica —un mapa, un diagrama, un dibujo— del ecosistema editorial sería, por lo tanto, una tarea abrumadora pero necesaria. En ese ejercicio, por ejemplo, estarían representados los actores más comunes: editores, escritores, ilustradores, diseñadores. Pero también hay otras labores que no gozan de tantos reflectores y que resultan indispensables: productores de papel, almacenistas, transportistas, contadores, abogados, desarrolladores de software. Las prácticas y acciones que llevan a cabo todos estos actores son modeladas, además, por políticas públicas, tendencias de mercado, cambios tecnológicos, entre otros. Todo ellos, como he dicho ya, en constantes tensiones y jaloneos. Una mirada histórica a este mapa nos daría claridad en cómo se han transformado las librerías, las bibliotecas, el comercio e incluso el sistema autoral; no existe una ruta única para hacer libros y ponerlos en las manos de los lectores. 

  1. Las bibliotecas fantasma

En medio del constante ajetreo del ecosistema editorial se encuentran las bibliotecas fantasma (shadow libraries), repositorios de archivos digitales en línea cuyo propósito es facilitar y diseminar información que habitualmente sólo puede ser consultada a través de un pago. Son herederas directas de los centros de fotocopiado que surgían por montones alrededor de universidades y que, valiéndose de huecos legales, o bien, excepciones y limitaciones educativas en las diversas legislaciones sobre derechos de autor, fueron la mayor fuente de difusión de información de la década de los ochenta hasta la primera década de los dosmiles. 

“Las bibliotecas fantasma, a diferencia de otros sitios de descarga, no buscan el lucro, no monetizan sus páginas a través de publicidad. Esto es indispensable para comprender que su trabajo es el de la protesta: desobedecer la ley para señalar que es injusta”.

Como los centros de fotocopiado, las bibliotecas fantasma permiten que una gran cantidad de lectores, principalmente estudiantes, puedan consultar, leer y revisar materiales que de otra manera quedan fuera de su alcance. Pero también van más allá: ahora conforman un movimiento activista que, a través de la desobediencia civil —su actividad se encuentra fuera o en los límites de las leyes que protegen los derechos autorales— manifiestan los abusos que se llevan a cabo a través de la privatización de la cultura y el conocimiento. Library Genesis, Sci-Hub, Z-Library, La Pirateca, Anna’s Archive son algunas de las bibliotecas fantasmas más conocidas. Se encuentran desperdigadas por la red a partir de diversas estrategias para evitar su clausura y resistir las constantes persecuciones de los aparatos judiciales que protegen los derechos autorales. Las bibliotecas fantasma, a diferencia de otros sitios de descarga, no buscan el lucro, no monetizan sus páginas a través de publicidad. Esto es indispensable para comprender que su trabajo es el de la protesta: desobedecer la ley para señalar que es injusta. El derecho al conocimiento y a la cultura, insisten a través de diversos manifiestos y comunicados, no puede estar sujeto a pagos onerosos y desproporcionados a los diversos contextos económicos que vivimos. Las bibliotecas fantasma son un acto de profunda rebeldía, como quien sale a las calles a imaginar y exigir una mejor vida. El PDF que circula libre por la web y se comparte es un acto político que se resiste a la privatización.

La Pirateca
  1. ¿Por qué hay bibliotecas fantasma en lugar de no haber bibliotecas fantasma?

La existencia de las bibliotecas fantasma, así como su frontal petición para transitar a una cultura abierta, son síntomas inequívocos de que algo no anda bien en el reparto del capital y en el modelo de la industria editorial. En México, el caso más reciente de La Pirateca1, despierta diversas opiniones y posturas. Un perfil más empresarial de editores, que conforman las cúpulas de la edición en México y representan los intereses de los grandes grupos y conglomerados editoriales, han señalado que este tipo de iniciativas —sin ninguna prueba de por medio— están vinculadas al contrabando, al crimen organizado y la trata de personas. La criminalización y persecución del activismo de las bibliotecas fantasma ha sido una estrategia común, no solo en nuestro país. El caso del activista informático Aaron Swartz es el más recordado. En 2011, fue arrestado y acusado de fraude electrónico, fraude informático y abuso computacional, tras descargar de la red del MIT publicaciones académicas desde JSTOR (un sistema de almacenamiento de publicaciones académicas de paga), con la intención de liberarlas posteriormente, aunque nunca pudo hacerlo. Swartz enfrentaba la posibilidad de una pena de 35 años de prisión y una multa de un millón de dólares. Antes de comenzar su juicio, Aaron se suicidó. Su familia, a través de un comunicado, declaró que la muerte de Aaron no era una simple tragedia personal, sino el resultado de «un sistema judicial lleno de intimidación y enjuiciamientos excesivos». No se busca diálogo o concilio, lo más importante es salvaguardar las ganancias. 

“El cambio de paradigma editorial hacia la concentración económica en los grandes grupos comenzó en los noventa, cuando diversos conglomerados emprendieron la compra de editoriales locales y el ecosistema del libro inició un proceso de intensa transformación”.

Las leyes de derechos autorales, en más de algún caso, han sido utilizadas para garantizar el control de la producción cultural en los grandes grupos. Los autores, en realidad, suelen ver apenas una cantidad reducida de regalías sobre su trabajo (el pacto gremial habitual en México es que se le otorgue el 10% de las ventas al autor; esto es, si un libro cuesta cien pesos, el autor recibe diez pesos por cada ejemplar vendido). Son las grandes editoriales, como ya lo denunciaba el editor André Schiffrin desde hace años, quienes controlan el capital y la producción de libros. El cambio de paradigma editorial hacia la concentración económica en los grandes grupos comenzó en los noventa, cuando diversos conglomerados emprendieron la compra de editoriales locales y el ecosistema del libro inició un proceso de intensa transformación. Hoy, son cinco grandes grupos (los llamados Big Five: Penguin Random House, Hachette, HarperCollins, Macmillan y Simon & Schuster) los que controlan el mercado mundial del libro2. La lógica es producir títulos de venta rápida, que puedan recuperar y generar ganancias inmediatas para sus socios y accionistas. Así, los editores buscan fórmulas de publicación y marketing que garanticen la venta: la maquinita de la novedad editorial. Guillermo Schavelzon, quien dirigió Grupo Planeta en Argentina, lo relata en El mundo de la edición de libros: «… prácticamente todos pertenecen hoy a grandes consorcios empresariales cuyos accionistas, repartidos por las bolsas de valores de los países más dispersos del mundo, invierten en búsqueda de rentabilidad (…) ya no es el editor el que decide qué se va a publicar, sino los expertos en el mercado». Este nuevo modelo pone en riesgo, desde luego, la bibliodiversidad. Si no se vende rápido y bien, no se publica. 

Los procesos punitivos que hoy se llevan a cabo para detener el activismo de las bibliotecas fantasma —en México, actualmente, cinco librerías independientes se encuentran bajo un proceso administrativo por parte del Instituto Mexicano de Propiedad Industrial (IMPI) por tener alcancías donde los lectores hacen donativos para La Pirateca— dañan severamente al ecosistema editorial. La protesta no debe ser perseguida. Los movimientos sociales que denuncian injusticias —como las bibliotecas fantasma o el movimiento Open Access— nos permiten trazar horizontes para imaginar mejores maneras de organización dentro de la producción editorial. Que los autores vivan dignamente de su trabajo, sin duda, pero que los lectores y las audiencias tengan garantizado el derecho a la cultura. En un país donde sobresale la precarización del sector editorial, de libreros, bibliotecarios, impresores, editores, diseñadores, traductores y demás actores del ecosistema, ¿es necesario perseguir a quienes ponen un PDF a disposición de los lectores sin afán de lucro? Que la desobediencia civil y la protesta nos permitan crear nuevos caminos para los oficios y artes de la edición. La producción del libro es siempre un ejercicio de militancia y como cada generación lo ha hecho, no solo debemos repensar la forma del libro, sino proteger y salvaguardar a todo el ecosistema editorial. Las bibliotecas fantasma son una pinta en los muros de la industria de la edición. Empecemos por ahí. EP

  1. Desde 2019, La Pirateca digitaliza libros y los pone en descarga libre desde su web, bajo el lema «Los libros no se roban, se expropian». Según declaraciones en su página, el acto de compartir los libros no es un robo, sino un malentendido que ve a los libros exclusivamente como mercancía. Se trata de un colectivo anónimo y se autodenomina –al igual que otros grupos de activismo, como el Comité Invisible— como «una red sin integrantes fijos ni organización clara». []
  2. En 2022, los Big Five controlan el 80% de la producción norteamericana, el segundo mercado editorial más grande del mundo, según datos de WordsRated. En México, según datos del investigador Herrera Zamorano publicados en abril de 2020 en la Gaceta UNAM, Penguin Random House publica el 85% de la literatura de habla hispana. []
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