
El documental Seaspiracy, como muchos documentales fatalistas, ha generado revuelo en las redes sociales a partir del terror sin ofrecer herramientas que cuestionen las prácticas de pesca insostenibles y sin permitirle al espectador pensar cómo mejorar estas prácticas. Andrea Sáenz-Arroyo demuestra por qué ese documental es, en realidad, periodismo pobre que contribuye poco.