Réquiem por el siglo XX

El siglo pasado estuvo lleno de sucesos y cambios vertiginosos que hicieron de él un periodo a la vez terrible y fascinante. El autor hace un repaso de los avances sociales y técnicos, las guerras, revoluciones, utopías y otros hechos que marcaron indeleblemente a su generación.

Texto de 25/04/22

El siglo pasado estuvo lleno de sucesos y cambios vertiginosos que hicieron de él un periodo a la vez terrible y fascinante. El autor hace un repaso de los avances sociales y técnicos, las guerras, revoluciones, utopías y otros hechos que marcaron indeleblemente a su generación.

A todos los que gastamos la mayor parte de nuestras vidas (o al menos sus etapas más significativas) en el siglo XX, nos cuesta trabajo referirnos a él como “el siglo pasado”. Para mí, fue un siglo fascinante. Nada perfecto, pero estimulante por esa tendencia que tuvo de buscar soluciones holísticas a los que fueron, y siguen siendo, problemas sistémicos. Y desde esta misma perspectiva, el siglo XX fue más grande e interesante que cada una de las criaturas que lo habitamos. Irremediablemente, para mí el siglo pasado sigue siendo el siglo XIX.

El siglo XX continuó, y finalmente generó, las peores calamidades históricas en nombre de la civilización. Dio abrigo a dos guerras mundiales que terminaron con la vida de más de 100 millones de personas, una cifra espeluznante si tenemos en cuenta que lo que más se pareció a una guerra mundial antes de ellas —las guerras napoleónicas— no llegó a los 7 millones de víctimas fatales. Y hablando de altas mortalidades, también albergó hambrunas devastadoras, como las ocurridas en la Unión Soviética y China durante las colectivizaciones forzosas, y en el Sahel y el Cuerno de África, donde se coaligan malos gobiernos y sequías implacables.

“Varias crisis económicas asolaron los magros espacios de bienestar popular en las economías capitalistas, y en muchas de ellas el descontento fue enfrentado con dictaduras militares que mostraron ratings de inhumanidad comparables a las experiencias más horrorosas de la centuria precedente”.

Numerosas guerras coloniales tuvieron lugar en países de lo que fuimos conociendo como el Tercer Mundo, ya fuera en busca de nuevos espacios para la colonización o para defender los ya existentes de las marejadas nacionalistas. Varias crisis económicas asolaron los magros espacios de bienestar popular en las economías capitalistas, y en muchas de ellas el descontento fue enfrentado con dictaduras militares que mostraron ratings de inhumanidad comparables a las experiencias más horrorosas de la centuria precedente. Y el siglo sirvió de escenario para el ensayo de proyectos totalitarios, unas veces a la derecha y otras a la izquierda: fascismo, nazismo, estalinismo, maoísmo y, desde este, el desastre político más espectral de la época contemporánea: el comunismo agrario de los Jemeres rojos (Khmers Rouges).

Eric Hobsbawm consagró una caracterización del siglo XX como “siglo corto”. Habría comenzado en 1914, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial cerró definitivamente la Bella Época, y concluyó en 1991, cuando la oferta soviética se quedó sin compradores. Se trata de una visión exageradamente eurocentrista —los turcos jurarían que comenzó en 1923 con Kemal Atatürk y los puertorriqueños en 1898 con la invasión americana— pero incitadora, y que sobre todo puso sobre la mesa un hecho: el siglo XX fue un siglo occidental. Incluso quienes quisieron romper con el occidente capitalista lo hicieron imitándolo.

Y en cuanto producto occidental, el siglo XX ¿disfrutó, sufrió? de esa rara habilidad que Morin explicaba como la cualidad de diseñar las peores barbaries y al mismo tiempo sus más elevados antídotos. No ha existido otro siglo en la historia de la humanidad que se anunciara al mundo con mayores aprestos libertarios. Tres revoluciones mecieron su cuna: la primera fue la mexicana de 1910, que dio al traste con el liberalismo elitista y europeizante y colocó a México —y con él a toda América Latina— ante los dilemas de su historia y de su futuro. La segunda, la Revolución china de 1911, desmontó el viejo aparato imperial y anunció la entrada del gigante asiático en una modernidad de la que terminaría adueñándose. Y finalmente, en 1917, el brioso asalto bolchevique al cielo capitalista y su irresistible oferta de superar al capitalismo y abrir paso a una nueva era “sin césar, ni burgués, ni dios”.

En el siglo XX, democracia y liberalismo (dos conceptos irreconciliables en el siglo XIX) se dieron un abrazo formal que, de la mano del keynesianismo, vistió al capitalismo con sus mejores atuendos. En él se incubaron los primeros proyectos de poder alternativo —desde los conatos de comunismo hasta la descolonización— y, cuando estos sucumbieron a las rigurosidades de los tiempos y a la impericia de sus practicantes, de su crítica brotaron otras utopías más intimistas —y por ello más cotidianas— que no se preocupaban tanto por las cuotas de poder para los sóviets como por hacer el amor en lugar de la guerra. Y fue también en este siglo cuando la asepsia nacionalista de Westfalia fue retada por la aparición de un entramado mundial de coordinación y de un conjunto de valores llevados al nivel de legislaciones supraconstitucionales.

“Buena parte de lo que hoy alabamos como avances del nuevo milenio —incluidas sus portentosas innovaciones técnicas— se incubó en el siglo XX”.

Buena parte de lo que hoy alabamos como avances del nuevo milenio —incluidas sus portentosas innovaciones técnicas— se incubó en el siglo XX. Y eso abarca, por supuesto, sus daños colaterales: casas llenas de alarmas, comunidades cerradas con inmensos portones eléctricos, centros comerciales que operan como refugios de ciudadanos/consumidores y toda una generación que reverencia los aparatos electrónicos con la misma vehemencia con que los habitantes de Pyongyang alaban a su máximo líder. Pero el siglo XX los contenía a regañadientes porque su fortuna era la sociabilidad. Un siglo de plazas, galerías y espacios públicos. Fue, lo dijo Bauman, un siglo sólido.

El siglo sólido que se desvaneció en el aire

Cuando en 1908 el viejo Henry Ford sacó al mercado su modelo T, había inaugurado formalmente una era del itinerario capitalista que fue bautizada con su nombre: el fordismo. Fue un sistema, técnicamente sustentado, de explotación de la fuerza de trabajo en largas cadenas de producción y con un uso riguroso del tiempo que tuvo serios antecedentes: el primero fue el taylorismo, una brutal expropiación del saber obrero y su fragmentación y codificación en procesos repetitivos. El segundo fue la experiencia de Ransom E. Olds cuando construyó el primer automóvil comercial desde una cadena de montaje, un lustro antes que Ford, y del que solo se recuerda una marca en desuso: el Oldsmobile.

Pero la trascendencia de Ford se basó en otras dos cuestiones. Primero, él siempre habló con desdén sobre Taylor y sus aportes, considerándolos una simple sistematización del “saber hacer”. Por eso mecanizó toda la cadena de ensamblaje, imprimiendo al proceso de producción un ritmo más acelerado que el que Taylor había imaginado y quitándole al obrero el único atributo que aquel le había dejado: el relativo control del tiempo que el trabajo manual supone. El control del tiempo y su máxima economía fueron una preocupación crucial del diseño industrial de Ford. En una conocida historia, Italo Calvino lo imaginó diciendo que “basta ahorrarle 10 pasos al día a 10 mil personas para ahorrar 100 kilómetros de movimientos inútiles y energías malgastadas”. Un tipo de cálculo usual para los mesías de todas las fachadas y que nunca toma en cuenta cuán importantes pueden ser para la gente común los 10 pasos que los tecnócratas ahorran.

“Si el siglo XX disfrutó inventándose utopías e indigestándose con más de una —no olvidemos que hasta el nazismo tuvo su momento utópico—, el siglo XXI que, según Hobsbawm, se inició en los noventa, no ha podido inventarse seriamente una”.

En segundo lugar, Ford supo convertir un rasgo particular del régimen de acumulación capitalista del segundo tercio del siglo XX en el pivote de una formulación societal en que el salario era un activo de la acumulación, y la negociación corporativa era el apoyo de su gobernabilidad. Fue también de esto de lo que habló Keynes y sobre lo que cabalgaron los socialdemócratas con tal éxito que terminaron construyendo el mejor perfil estético del capitalismo en nombre de la fe anticapitalista.

Que el fordismo fue un éxito no me cabe duda. Como dijo Bauman, fue “la autoconciencia de la sociedad moderna en su fase sólida”. Fue un capitalismo territorialista con niveles de seguridad y certidumbre nunca antes conocidos y nunca después alcanzados. Incluso en la siempre maltrecha periferia latinoamericana el fordismo se expresó a través de una serie de proyectos populistas y desarrollistas que alimentaron la épica política continental. Fue rutinario —ahí residió su fuerza— y construyó casas iguales para familias iguales en ciudades casi siempre iguales. Montó un modo de regulación institucional y cultural basado en la concertación y el corporativismo, en el mejor de los casos democrático, y subordinó al mundo intelectual a una fe organicista y a una sociología del orden tan exactas como insuficientes.

Pero cuando el capital tomó nota de las nuevas velocidades que producían los avances tecnológicos de finales del siglo, y con ello de la posibilidad de levitar en torno al globo en busca de mayores tasas de ganancias al contacto con nuevas ventajas comparativas, el fordismo comenzó a hacer agua. La gran empresa multidivisional cedió lugar a la empresa de operaciones fragmentadas y propiedad severamente concentrada. La producción uniforme de masas cedió espacio a la producción diferenciada para un breve decil de terrícolas que reunía más de la mitad del ingreso mundial, y la modernidad sólida del fordismo dio paso a la modernidad líquida del postfordismo.

Los pasajeros del barco del capitalismo sólido fordista —anotaba Bauman— confiaban en que los selectos miembros de la tripulación llevarían la nave a destino seguro. “En cambio, los pasajeros del avión del capitalismo liviano descubren con horror que la cabina del piloto está vacía”. Nadie sabe cuál es exactamente el itinerario, el lugar de aterrizaje o las reglas que se deben seguir para hacerlo más seguro. A la incertidumbre orgánica del propio funcionamiento capitalista se agregan ahora la de los capi­tales golondrina, la de las disidencias grotescas y la de un tablado donde no es explícita aquella distinción binaria que, según Carl Schmitt, marcaba la política: los enemigos y los amigos.

Hay otra manera de llamar al postfordismo: el toyotismo, el cual trata de seguir la tradición de nombrar épocas a partir de autos. Pero no es un auto estadounidense sino japonés, pues el fordismo fue también la última etapa de la hegemonía de Occidente y el comienzo de una nueva hegemonía asiática oriental, uno de cuyos pivotes es su liberalismo y sentido ancestral de la autoridad. Si el capitalismo mercantil hizo del mar Mediterráneo su espacio privilegiado y el industrial lo hizo con el océano Atlántico, el capitalismo de la información ha trasladado el epicentro al Pacífico. La ampliación del Canal de Panamá por un consorcio europeo no es simplemente la ampliación de una vía para hacer más transitable el mundo: es una reverencia. EP


*Texto publicado en 2015.

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