Juegos Olímpicos Qué bronce más dorado

El periodista Aníbal Santiago narra en esta crónica el partido en que México obtuvo el bronce olímpico en futbol, a través del veterano guardameta Guillermo Ochoa.

Texto de 06/08/21

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El periodista Aníbal Santiago narra en esta crónica el partido en que México obtuvo el bronce olímpico en futbol, a través del veterano guardameta Guillermo Ochoa.

La cámara olímpica enfocó la cara de Guillermo Ochoa. Conmovido, no podía contener el llanto. Ojos enrojecidos, húmedos, el vigía desde hace 16 años de la portería nacional, el hombre que de niño empezó a aprender las artes voladoras entre los edificios de interés social del Eje 7 Sur capitalino, aunque cayera en cemento, no podía contener las lágrimas.

El técnico Jaime Lozano, en medio de la ronda de hombres abrazados, agradecía sobre el césped del estadio de Saitama la medalla de bronce a sus jugadores. Y el guardameta, como si fuera la primera gran victoria de su vida, lo escuchaba secándose las lágrimas con sus manos cubiertas por los guantes negros que en el partido por el tercer lugar salvaron cuatro veces el arco de esta selección impecable. 

No es normal que veamos a Ochoa llorar: algo muy especial debió pasar en estos Juegos Olímpicos para que el futbolista que ha jugado con la selección cuatro Copas del Mundo, cinco Copas de Oro, dos Confederaciones y muchísimos partidos más —114 en total—, que ha sumado cualquier cantidad de horas de entrenamiento con México y cuya rutina laboral año con año es la selección, sienta esta vez algo distinto. Si un empleado está cumpliendo 16 años de trabajo en la misma oficina y uno de esos días llora sobre su escritorio, algo extraordinario está viviendo.

…para Ochoa y el plantel mexicano este duelo no era una consolación, nada de “perdiste el oro, ni modo; agarra el bronce, si quieres”…

Desde que el árbitro etíope Tessema hizo sonar el silbato, para Ochoa y el plantel mexicano este duelo no era una consolación, nada de “perdiste el oro, ni modo; agarra el bronce, si quieres”. En los primeros segundos del encuentro, Memo aplaudió fuerte, gritó fuerte. Bajo un estadio desolado por la pandemia, con 63 mil butacas verdes, celestes y azules que recordaban con su eco aséptico la tragedia del mundo, se percibió el golpeteo de las manos del arquero de 36 años que impulsaba a los jugadores a los que les lleva hasta década y media.

Delante de él, como sucedió casi toda la competencia, se esforzaba un conjunto seguro, convencido, atrevido. Con la presencia brillante de Alexis Vega y Sebastián Córdova, dos jugadores-turbina de este equipo (al que a la vez esculpieron con mucho arte), México buscó con hambre la portería del japonés Kosei Tani.

El equipo local, al que uno hubiera imaginado con otro espíritu para alcanzar la presea en pleno corazón de Tokio, carecía de intensidad y también de identidad: sólo resistía el esfuerzo veloz y persistente del rival verde que remataba al arco en cuanto podía.

México era valiente al perforar el área, sacaba el torno para crear orificios. Ante eso, el zaguero Endo no pudo más y dio a Vega un pisotón en el área. Penal, que Córdova tiró potente y raso para el 1-0 apenas al minuto 15.

Japón dio señales de vida y después de un taquito de Hayashi, Endo recibió y disparó a tres metros de la portería pero se encontró con la mano de Ochoa, que soportó el golpe del botín y adolorido se retorció. El partido se volvió todo mexicano cuando Johan Vásquez pescó de palomita un centro de Córdova y fulminante marcó el 2-0. Aunque la victoria no sufría amenazas, un tiro libre japonés fue una alerta. La voz de Ochoa se escuchó clara para que la comodidad del duelo no los distrajera: “¡Aguanten abajo, puede venir abajo!”, ordenó. 

El segundo tiempo trajo la ausencia inesperada de Diego Laínez, que lesionado del empeine por una patada abandonó el campo. México administró esfuerzos e hizo el tercero en un tiro de esquina que Vega cabeceó sin marca. 

Y Japón, de pronto, revivió: viniendo desde la banca, Kaoru Mitoma fue una motocicleta por la derecha. Veloz, refinado, inteligente, se deslizó por el costado del área, superó a tres zagueros mexicanos, al portero, y con un zapatazo rabioso descontó. Aunque el técnico Lozano resopló y resopló molesto porque aspiraba a un partido sin máculas, llegó el silbatazo final. Ochoa se arrodilló, gritó bajo su arco un “¡vamos!” regocijado y se abrazó con Córdova. Apretujados, el viejo y el joven símbolos del futbol mexicano.

Los japoneses se tiraron al suelo. Lloraron mucho e intensamente, con sollozos bien sonoros: mascaron como debían su dolor. Desconsolado, Takefusa Kubo de cara al césped lloró arrodillado. La cámara se centró en su cuerpo blanco con los pulmones agitando su desdicha. Igual que los televidentes, los seleccionados Carlos Rodríguez y Jesús Ángulo también lo vieron. De inmediato, suspendieron su festejo para abrazarlo. 

En plena cancha Lozano reunió a sus jugadores. “Gracias, gracias, gracias de verdad”, alcanzamos a escuchar acá, en la madrugada del otro lado del mundo. Sus futbolistas, convertidos en gimnastas de trampolín, hicieron de sus brazos una cama elástica para que volara su entrenador. Jimmy rió con fuerza en el aire del Lejano Oriente durante los segundos finales de un cargo al que renunció pero que siempre llevará adentro. “¡Un-dos-tres-México!”, gritaron plantel y cuerpo técnico en un nudo humano.

Ya recuperado antes de ir a descansar, en una entrevista sobre el pasto, Ochoa reveló lo que les dijo a sus compañeros minutos previos al arranque: “Les platicaba antes de salir a la cancha que teníamos que ganar esta medalla a como diera lugar, porque en 2, 5, 10, 20 años que nos volvamos a ver, a cruzar, lo primero que se nos vendrá a la mente a los que estamos aquí, es que somos medallistas, que lo compartimos, y los recuerdos bonitos de esta experiencia”.

Debe ser muy emocionante ganar una medalla, pero también lo es crear recuerdos bonitos. Y de esos nos quedaron también a quienes los vimos por televisión: este equipo dejó sensaciones buenas por todos lados. Qué bronce más dorado.EP

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