Originalidad del plagio: elogio de la tesis de Yasmín Esquivel, de Edgar Ulises Báez

Hegel, Mastropiero, Foucault, Yasmín Esquivel… Si queremos apreciar la compleja obra que nuestra ministra de justicia y sus colegas de tesis nos han legado, debemos ponerla a debatir con lo más serio de nuestra tradición filosófica. Este ensayo busca estar a la altura de esa misión impostergable.

Texto de 13/01/23

Hegel, Mastropiero, Foucault, Yasmín Esquivel… Si queremos apreciar la compleja obra que nuestra ministra de justicia y sus colegas de tesis nos han legado, debemos ponerla a debatir con lo más serio de nuestra tradición filosófica. Este ensayo busca estar a la altura de esa misión impostergable.

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Es imprescindible que siempre exista el espíritu de ética profesional.

Edgar Ulises Báez1

Es imprescindible que siempre exista el espíritu de ética profesional.

Yasmín Esquivel2

Escribir con afán, afanar lo escrito

Enfrentados por primera vez a los rigores de la investigación, los tesistas suelen respaldar su trabajo en tradiciones de pensamiento bien establecidas, autores consagrados, citas célebres. Hoy nos convoca el caso de una estudiante que lleva a sus máximas consecuencias este impulso. Busca un respaldo, digamos, más integral: transcribe una tesis ya existente, pone su nombre en la portada, entrega el manuscrito a la imprenta y obtiene el título que la faculta a ejercer el derecho en México. 

El acontecimiento tarda 36 años en salir a la luz pública. Cuando lo hace, genera reacciones exaltadas y se convierte en tema de debate nacional. Una razón contribuye a encender los ánimos: la joven tesista de 1987 es Yasmín Esquivel, convertida hoy en doctora en Derecho y, nada menos, ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

La información disponible familiariza al público con algunos hechos incontrovertibles:

1) La tesis presentada por Yasmín Esquivel en septiembre de 1987 es casi idéntica a la presentada en julio de 1986 por Edgar Ulises Báez Gutiérrez.

2) La duplicación incluye índice, bibliografía, ¡título!, cuatro capítulos y conclusiones (la única sección del trabajo de Esquivel ausente en el de Báez son los agradecimientos, tal vez las páginas menos logradas de la obra).

3) La autora intelectual del tinglado es la licenciada Martha Rodríguez Ortiz, asesora de ambos estudiantes y creadora de un sistema de producción serializada de tesis (su currículum presume 499 tesis dirigidas en 40 años de servicio, algunas de ellas también reutilizadas).

4) Bajo este método, otros dos estudiantes replican el trabajo de Ulises Báez para obtener su título: Juan Carlos Blanco Silva en 1993 y Juan Carlos Martínez Mendoza en 2010, también bajo supervisión de la infatigable licenciada Rodríguez.3

La noticia es un relámpago que instantáneamente encumbra o aniquila prestigios. A Ulises Báez le confiere un raro privilegio: un tesista ordinario anhela que su texto sea leído; nadie espera ser el autor de una tesis tan escrita. También cobra celebridad Rodríguez Ortíz (verdadera Henry Ford de la producción de licenciados), una ecologista que recicla textos para combatir la polución discursiva en un mundo ya ahíto de palabras. 

Más dividido es el veredicto sobre la doctora Esquivel, quien en razón de su posición en la Suprema Corte recibe abundantes cuestionamientos, escasos apoyos, no pocas injurias. La sociedad se encrespa y solicita aclaraciones.

No es la primera vez que hechos semejantes convocan a la opinión pública de un país a confrontar documentos, calibrar préstamos y determinar autorías. Imposible no pensar en César Paladión, prolífico autor de una obra de 11 volúmenes en los que figuran (entre otros libros) la novela pedagógica Emilio, Egmont, El sabueso de los Baskerville, La cabaña del tío Tom, Las geórgicas (traducción de Eugenio de Ocho) y De divinatione en latín. Honorio Bustos Domecq, autor de la reseña definitiva de la obra paladoniana, recuerda que un crítico literario incurrió en el despropósito de acusar a Paladión de plagio, denuncia que por razones evidentes nadie tomó en serio: Paladión, recuerda Honorio Bustos, se limitaba a repetir aquellos libros que consideraba que expresaban su alma, resistiendo a la vanidad de añadir una sola línea.

El affaire Esquivel ha generado un revuelo igualmente impetuoso, beligerante. Numerosos comentaristas denuncian el plagio y solicitan las sanciones más severas”.

También acude a la memoria la polémica que envolvió al músico Johann Sebastian Mastropiero, acusado de plagiar en múltiples ocasiones a Günther Frager. Marcos Mundstock, experto en la vida y obra del compositor, reconoce que las memorias de Mastropiero son una copia textual de la autobiografía de Frager (incluido el capítulo “Mastropiero es un miserable”), pero señala que en su opinión las conductas atribuidas a Mastropiero le son del todo ajenas (tal vez, reconoce, pertenezcan a Günther Frager).4

El affaire Esquivel ha generado un revuelo igualmente impetuoso, beligerante. Numerosos comentaristas denuncian el plagio y solicitan las sanciones más severas. Como los textos son casi idénticos, la acusación no es infundada. Y sin embargo, ay, ofuscados por las superficiales semejanzas palabra por palabra, afectados por una suerte de fijación filológico-caligráfica (¡vaya monoteísmo de la literalidad!), quienes se limitan a repetir la horrísona condena tienden a perder de vista la riqueza de una obra que solicita miradas mejor entrenadas y espíritus más generosos.

Felizmente, la victoria de la crítica amateur no es total. A medida que el barullo amaina y las pasiones se serenan, comienzan a hacerse escuchar los análisis dispuestos a captar las diferencias entre cada tesis, a sopesar las contribuciones de cada autor, a preguntarse, incluso, quién ha realizado el mejor trabajo. El presente texto desearía ser digno de tal aventura hermenéutica. Sin subestimar la tesis de Báez —quien tiene a su favor el haberla escrito— considero que la de Esquivel realiza aportaciones valiosas e incluso reúne los méritos para ser considerada superior.

Que una tesis resulte mejor que otra no tiene nada de extraordinario. Que lo logre copiándola íntegramente sólo puede ser obra de un autor de virtudes notabilísimas. El avistamiento de tan portentosa rara avis invita a un análisis meditado.

Del arrebato: estado de ánimo y método de trabajo

Ante la ordalía académica, Báez elige el camino, respetable pero ciertamente trillado, de escribir su propia tesis. Esquivel se adentra en el sendero del calco, mucho menos frecuentado y por lo tanto más original —renunciando a ser la autora de la tesis, adopta el novedoso título de arribafirmante—. A cada quien según su contribución: Báez escribe un inagotable texto que ya ha servido para titular a cuatro licenciados. Pero es Esquivel quien funda toda una tradición: la de transcribir periódicamente la tesis de Báez. A partir de ese momento sus caminos se separan para no volver a encontrarse más nunca.

Si Esquivel no se extravía en las ignotas tierras de la imitación, es porque hace gala de una humildad admirable. Considérense los hechos: gracias a su peculiar método de trabajo Esquivel tenía la posibilidad de presentar como suyo cualquier texto. ¿Quién, embriagado ante tal caudal de posibilidades, no habría deseado apropiarse de una obra cumbre, un texto con visos de clásico, por lo menos un trabajo deslumbrante? Esquivel no cede a las tentaciones de la vanagloria y prefiere repetir un trabajo bien discreto, acaso ponderando que es un texto al alcance de sus todavía jóvenes fuerzas. Su decisión es una victoria de la mesura y una advertencia contra el uso de los atajos deshonestos: vayamos paso a paso —nos dice— que ya llegará el tiempo de copiar trabajos más distinguidos.

Esquivel no cede a las tentaciones de la vanagloria y prefiere repetir un trabajo bien discreto, acaso ponderando que es un texto al alcance de sus todavía jóvenes fuerzas”.

Y Esquivel asume su elección con encomiable celo: hace suyas las erratas, se resiste a mejorar la redacción, asume todos los ripios y pifias del original. Tomando en cuenta la calidad de ciertos párrafos, la decisión de copiarlos íntegramente puede ser calificada de estoica. Recordemos, por ejemplo, el famoso pasaje que sienta las bases de un marxismo intergaláctico: “En 1821, en Inglaterra se fundó la Unión Nacional de la clase trabajadora, a la que Carlos Marx consideró como la vía de la libertad para todo el universo”.5

La comparación no deja lugar a dudas. En el texto de Báez, un párrafo con redacción deficiente denota inexperiencia o descuido. Pero en el de Esquivel es fruto del ahínco de un copista diligente. Basta cierta desatención para escribir un párrafo fallido. Se necesita disciplina para repetirlo de manera idéntica.6 

Original y humilde en espíritu, Esquivel suma a su carnet de méritos la medalla del rigor.

Tesis sintéticas a priori

Si los métodos ya anuncian divergencias considerables, el espíritu filosófico de los autores es abiertamente antagónico. En su tercer capítulo, Báez dedica ochenta cuartillas a presentar su trabajo de campo: diseña dos cuestionarios que aplica a dirigentes de diez sindicatos mexicanos. Tras exponer los resultados de la investigación empírica, Báez da por demostrada (“dialéctica y matemáticamente”) la tesis central de su trabajo: “la inoperancia del Sindicato de los Trabajadores de Confianza es una dramática realidad” (p. 169).

Por razones que todavía desafían a los especialistas, Esquivel decide dejar fuera toda esta sección y pasa directamente a las conclusiones. Interrumpe la transcripción tras terminar de copiar los primeros dos renglones de la página 118 de Báez y se reincorpora a la prosa original en el tercer párrafo de la página 156, justo a tiempo para denunciar, otra vez al unísono con Báez, la “corrupción de algunos funcionarios públicos” (p. 107 de Esquivel).

He aquí, sin embargo, que la supresión del trabajo de campo no malogra la investigación. Sorprendentemente, Esquivel llega a las mismas conclusiones que Báez. Y es conmovedora la contenida vehemencia con la que, en su deslumbrante página 110 (170 en la versión de Báez), comunica al mundo su quod erat demonstrandum: “La Tesis es cierta, rigurosamente cierta”.

¿Por quién tomar partido? ¿Inductivismo o deducción? ¿Nuestro Bacon o nuestra Descartes? Báez se inclina por el empirismo. Esquivel pone toda su confianza en la potencia de la deducción. Las conclusiones de Báez podrían parecer mejor fundadas en razón del sustento que les presta el trabajo empírico. Pero también es cierto que el argumento de Esquivel, en principio idéntico al de Báez, termina siendo más sólido por el hecho de que no necesita de la investigación de campo para demostrar su validez.

“Báez se inclina por el empirismo. Esquivel pone toda su confianza en la potencia de la deducción. Las conclusiones de Báez podrían parecer mejor fundadas en razón del sustento que les presta el trabajo empírico”.

Aunque ambas decisiones son válidas, el genio de Esquivel nuevamente se adelanta. La metodología que ensaya —prescindir de la investigación y saltar a las conclusiones— ¿no es la máxima que rige al sistema de procuración de justicia en México? Esquivel logra encriptar una postura jurídica en una decisión metodológica: suprime la investigación de campo con el fin de reivindicar el principio, sagrado en los tribunales mexicanos, de dejar la averiguación para una vida posterior a la sentencia. Es difícil imaginar que exista alguien más preparado para ocupar nuestro tribunal supremo que quien desde tan joven ya había convertido este lema en norma de vida.

Esquivel y Nietzsche: el eterno retorno

La repetición como universal de lo singular, dice Gilles Deleuze. Hemos de acudir a la artillería pesada de nuestra tradición filosófica si queremos descubrir todo lo que esta revolucionaria obra pone en juego.

Comentando la teoría hegeliana de la repetición en la historia, el filósofo esloveno Slavoj Žižek acude al ejemplo de Napoleón: cuando su ejército es derrotado en 1813, en las cercanías de Leipzig, el evento bien podía atribuirse a las contingencias de una guerra. Pero la segunda derrota, en Waterloo, es la expresión de una necesidad trascendente: la demostración —dice Žižek— de que su papel en la historia había terminado. Al repetirse, el acontecimiento revelaba una verdad apenas implícita en su versión primera.7

Es bajo esta luz que podemos apreciar el trabajo de la mancuerna Báez-Esquivel (¿cabría, tomando prestado un recurso de la prensa rosa, rebautizar a este feliz matrimonio intelectual con el mote de Esquibáez?).

A Báez, diligente en las trincheras de la investigación de campo, corresponde el mérito del pionero. A Esquivel la asiste la sobriedad confirmadora. Báez escribe, por ejemplo: “una de las causas que por desgracia ha impedido la ejecución correcta de los preceptos que integran la Ley citada estriba en la corrupción de algunos funcionarios públicos…” (p.156) Un año más tarde, Esquivel repite palabra por palabra el indignante diagnóstico (p.107). Es cierto que Esquivel actualiza a las condiciones de 1987 una tesis del lejano 1986. Pero hace mucho más que eso: su trabajo es la repetición que confiere a los hallazgos de Báez el estatuto de necesidad histórica. Báez aventura hipótesis. Esquivel, al repetirlas, confirma su validez intemporal. Esquivel es la Waterloo de un Báez erigido en batalla de Leipzig, proeza contrapuntística que da forma a una tesis dos veces cierta, dos veces irrefutable; tesis bicampeona.

Ahora bien, lo anterior no implica que Esquivel repita acríticamente las opiniones de Báez, cual si el hecho de copiar la tesis le impidiera expresar un pensamiento propio. Para muestra, contrástense los pasajes en que los autores asientan su pronóstico sobre el futuro inmediato de los sindicatos de confianza. Báez advierte:

es lógico advertir que en un futuro próximo, será posible, que en la República Mexicana, se integren, registren y funcionen Sindicatos de Trabajadores de Confianza, porque la crisis económica actual, año de 1986, ha ahondado la crisis política… (p. 93)

Esquivel coincide plenamente pero adopta un tono irónico y cuestionador, manifestando así su total desacuerdo:

es lógico advertir que en un futuro próximo, será posible, que en la República Mexicana, se integren, registren y funcionen Sindicatos de Trabajadores de Confianza, porque la crisis económica actual, año de 1987, ha ahondado la crisis política… (p. 85)

A nadie pasa desapercibido el giro sutil que Esquivel imprime: ya no estamos ante la ardorosa prosa de un joven Báez que espera cambios sociales inmediatos, sino ante una mirada escéptica, más distanciada, propia de quien conoce el peso de las inercias históricas y anticipa un futuro poco halagüeño para el sindicalismo. Tristemente, el tiempo y los dos tesistas posteriores le dan la razón a la profética Esquivel.

Este desencuentro no es un caso aislado. Los disensos entre los autores, siempre respetuosos pero frontales, son tan evidentes que es innecesario embromar el texto con la citación de los pasajes correspondientes. El lector estará mejor preparado para evaluar a quién asiste la razón en cada desacuerdo.

Son disputables, bien lo sé, los elogios que este modesto análisis le confiere a nuestra máxima juez. Pero ya podemos celebrar que el trabajo riguroso de los especialistas haya comenzado a ganarle terreno a los análisis que se contentaban con constatar semejanzas y acusar plagio. Ante las abrumadoras evidencias, ya ningún lector honesto puede negar que Esquivel posee una voz única e inconfundible: la de Báez.

La tesis de los senderos que se bifurcan

Es ínfimo el territorio que cubre esta reseña. La opus magnum de Rodríguez Ortíz y su equipo de tesistas se compone de cuatro volúmenes presentados a lo largo de tres décadas. La vastedad de las posibilidades interpretativas augura análisis fascinantes: ¿conservan Blanco y Martínez la sagacidad dialéctica del dúo Esquivel-Báez? ¿Es concebible que Martínez coincida con Esquivel pero difiera de Báez y Blanco? ¿O que Esquivel inspire un argumento de Blanco que, desarrollado por Martínez, refute las tesis de Báez?

A riesgo de formular un juicio prematuro, aventuro la opinión de que los trabajos de Blanco y Martínez no alcanzan la brillantez de sus predecesores, reduciendo el arte de la transcripción a un recurso facilista que incluso malinterpreta o tergiversa a los precursores. La pluma jovial de Báez, categórica en Esquivel, es un estilo ya avejentado en Blanco que deviene insufrible en Martínez: al analizar la tercera y la cuarta versión de la tesis, el lector no puede evitar la sensación de que esas ideas ya las leyó en otro lugar. Blanco llega al extremo de suprimir el trabajo de campo de Báez, ¡e inexplicablemente llega a las mismas conclusiones! Grande debe ser la decepción de Esquivel al conocer que su método ha sido plagiado. No carecerán de razones quienes afirmen que Blanco y Martínez incurrieron en un acto hasta cierto punto deshonesto.

“La pluma jovial de Báez, categórica en Esquivel, es un estilo ya avejentado en Blanco que deviene insufrible en Martínez: al analizar la tercera y la cuarta versión de la tesis, el lector no puede evitar la sensación de que esas ideas ya las leyó en otro lugar”.

Pero no tome el lector esta reseña como cosa cierta. Será mejor que acuda a las fuentes directas y se sume a la legión de estudiosos que ya se afanan en descifrar los enigmas de la obra. En cuanto a nuestra juez suprema, nos es dado esperar que se multiplicarán los estudios consagrados a su pensamiento y las ediciones comentadas de la ya famosa tesis. No podemos más que emocionarnos al imaginar los libros que Esquivel, hoy madura y plena de experiencia, puede considerarse preparada para duplicar.

Tremendus judex, tremendae curiae, causa tremendae solvendae. Epílogum

¿Existe el autor? ¿Quién ha hablado realmente? ¿Con qué autenticidad u originalidad?, se pregunta Michel Foucault.8

¿Pero importa realmente?, parece contestarle Esquivel. Si somos, en efecto, prisioneros de un lenguaje al que sólo le prestamos nuestra voz, si somos lo hablado por un discurso cuya inmensidad hace imposible la originalidad, vuelve redundante todo intento de creación, ¿qué superstición nos lleva a seguir ensayando páginas nuevas? ¿El poder de qué ficción nos lleva a reclamarlas como propias? ¿Qué nostalgia nos obliga a mantener entre nosotros la figura fenecida del autor?

Abrumada por preguntas tales, náufraga de una era devastada por el manar incesante de los enunciados, una joven tesista prescinde de las palabras (al menos de las suyas) y pasa a la acción. Elige un texto, lo hace suyo y aguarda paciente, como quien ha lanzado una botella al mar. Treinta y seis años ha tardado en llegar el mensaje a nuestras costas. Leamos con atención. EP


  1. Edgar Ulises Báez Gutiérrez, Inoperancia del Sindicato de los Trabajadores de Confianza del Artículo 123 Apartado “A”, UNAM, FES Aragón, 1986, p. 207. []
  2. Yasmín Esquivel Mossa, Inoperancia de los Sindicatos en los Trabajadores de Confianza del Artículo 123 Apartado A, Universidad Nacional Autónoma de México, FES Aragón, 1987, p. 140. []
  3. Juan Carlos Blanco Silva, Sindicato para los trabajadores de confianza, UNAM, FES Aragón, 1993. Juan Carlos Martínez Mendoza, El sindicato de los trabajadores de confianza y el recuento, UNAM, FES Aragón, 2010. []
  4. Más cerca de nosotros, es sabido que “Martita la piadosa”, canción de Chava Flores, replica íntegramente el argumento central de las novelas Justine y Juliette, del Marqués de Sade (Matilde en el papel de la recompensada viciosa, Martita como la virtuosa infortunada). []
  5. Página 5 de Báez, 7 de Esquivel. Este pasaje propone un prometedor diálogo con el pensamiento del dirigente trotskista argentino J. Posadas, autor de Platillos voladores, el proceso de la materia y la energía, la ciencia, la lucha revolucionaria y de la clase trabajadora y el futuro socialista de la humanidad (1969), donde sostiene que una civilización tan avanzada como para desarrollar vuelos interplanetarios necesariamente debe ser comunista. Posadas lanza un llamado a contactar a los extraterrestres para solicitarles que contribuyan a erradicar el capitalismo. Extrañamente, esta tesis no tuvo gran aceptación entre el marxismo latinoamericano. ¡Nadie es profeta en su planeta! []
  6. Debo matizar los elogios al rigor de Esquivel: tan solo la portada de su tesis ostenta dos erratas (en el título, sustituye “de” por “en”; posteriormente escribe “Estaddo”). Este hecho abre nuevas líneas de investigación: si consideramos las palabras que son autoría exclusiva de Esquivel, su tasa de errores es preocupantemente alta, y comenzamos a entender que haya preferido transcribir toda una tesis. Ante lo que un texto entero de su autoría amenazaba, exponerse a la acusación de plagio resultaba un mal menor. Si es verdad que los errores humanizan, Esquivel sale del proceso de elaboración de su portada inmensamente humanizada. []
  7. Slavoj Žižek, El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI. México, 2008, p. 179 []
  8. «Qu’est-ce qu’un auteur?», Bulletin de la Société française de philosophie, Año 63, n° 3, julio-setiembre de 1969, pp. 73-104. []
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